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Números, números. Nada de este oficio me desmoraliza tanto.
Puedo darlos si son estrictamente indispensables.
¿O no manejamos las líneas de tiempo como el tahúr los naipes?
¿No es ese nuestro arte, si hay alguno en lo que hacemos: contar un transcurso, contraer y dilatar la duración de una vida, borrar el límite entre los minutos y las décadas?
Hay en el Baldó de nuestra amiga una idea agradable, seguramente robada: una cronología discontinua, que no avanza por años, de manera regular, progresiva, sino un poco a los saltos, sin medida común alguna, de modo que puede referir en dos páginas los treinta segundos de un sueño premonitorio, en seis renglones un largo año de postración, en tres un cambio de casa, de peinado, de milenio, de manera que el fluir de una vida se parece menos a un río —uno de esos riachos medio secretos que Baldó conocía tan bien, donde le gustaba dejarse pasear por algún remero joven mientras declamaba a Cancio o a Trebonio— que al caos espasmódico de un corazón fibrilado.
Una idea simpática, sí, pero improcedente, que la vida de Baldó no honra y nuestra amiga, quizá por no entenderla del todo —algo que pasa a menudo con las ideas robadas—, descarta y olvida enseguida, como a un zapato lindo que nos queda chico.
Números: seis semanas desde el palacio Donn’Anna; doce desde la mañana pringosa, tan propicia para el amor, en que nuestra amiga vino a tocarme el timbre con su farsa de entrevista bajo el brazo y, luego de quedarse con todo lo que yo ignoraba que estaba dándole, me ofreció su espalda, se mofó de mi colección de cactus, manchó mi cama y me sirvió en bandeja la cara de Bernal; dieciocho semanas desde que mi libro sobre las Stoppio vio la luz, brilló para los pocos que podían apreciarlo, se obnubiló y corrió a refugiarse en un oscuro depósito de libros suburbano, donde la editorial que lo publicó pero nunca lo quiso eligió unos cuantos, que me envió en cajas mientras pasaba el resto por la guillotina; veintidós años desde que frecuentamos con nuestra amiga las mismas aulas, los mismos pasillos, los mismos bares universitarios sin sentir la curiosidad de darnos la hora para entender por qué teníamos derecho al mutuo desprecio o a la amistad, o quizás al híbrido de amistad y desprecio al que llegamos de común acuerdo esa mañana.
A todas estas cifras que consigno aquí para cumplir, no porque signifiquen gran cosa, el contador atento que duerme la siesta en todo biógrafo agregaría un tiempo extra, más breve, el único en el fondo que hace que todos estos ejercicios contables suenen menos burdos de lo que son, porque es el tiempo que nos atraviesa y nos cambia sin que nos demos cuenta, el tiempo que algo más poderoso que nosotros nos roba y se lleva consigo: los cuatro días de reclusión, fiebre y ayuno en que me devoré —más números— las seiscientas setenta y tantas páginas del Derqui.
Cuatro que podrían haber sido dos, o incluso uno y medio, si el coloquio Teodorescu no se hubiera metido en mi camino.
Yo hacía rato que me había bajado de la ola Teodorescu.
Esas camisolas como de pirata, con la pechera llena de volados, de acuerdo; veinte años sin cortarse las uñas, genial; desplantes en vivo en el plató del programa de Bolettino, chapeau .
Así y todo era ropa vieja, otra camorrera profesional que se hundía en el pasado y hundía con ella su obra, todos esos tomitos oscuros, afectados, inútiles, salvo quizá Los atriles (donde aparecen por primera vez Náñez y su secta) y Electromagnética , que tan buena compañía me había hecho un verano especialmente caluroso en la costa Dimó, donde lo leímos a voz en cuello con unos hermanos filipinos que daban la vuelta al mundo juntando groserías para un diccionario global de la injuria.
A veces, actualizando mi currículum —un consejo que sigo desde siempre, desde la mañana de lunes, dedicada a Marcial y el ablativo absoluto, en que nos lo dio Baldó—, tropezaba con los artículos que había escrito sobre ella y me costaba reconocerlos como míos.
Era un momento de extrañeza profunda, como si una mano ajena estuviera alterando mi vida pasada, o como si la mano fuera mía pero estuviera dormida, haciendo su vida, y me asombraba que todo eso hubiera nacido de alguien tan poco trascendente como la Teodorescu.
Pero yo lo que quería era leer. ¡Leer!, ¡leer!
Era un manojo de nervios, un pozo sin fondo, una llaga.
Yo sólo quería leer, pero mi ejemplar del Derqui se había volatilizado.
Me había pasado las cuatro horas y media de tren con los ojos abducidos por el libro, en catatonia, mientras la laguna Egman, la cuenca Rodó, el paso Bosanquet, todos los clásicos de la geografía provincial —varios de los cuales aparecían mencionados en el libro, embellecidos por la sensibilidad puntillista de Bernal—, pasaban sin pena ni gloria del otro lado de la ventanilla, el resto de la delegación arengaba a copar el vagón comedor (que estaba clausurado) y una ventosa trémula, húmeda, áspera —que recién al bajar, al verlos tan pálidos y solos, comprendí que eran los labios de la chica Ultimátum— asediaba reptando las pocas zonas de piel que había aceptado no vestir.
Me di cuenta de que el libro había desaparecido cuando hacíamos cola en la recepción del hotel.
Casi me da un ataque. Me dio un ataque pero implosivo: los otros nunca son el infierno que son cuando es pleno invierno, en un hotel de playa.
¿Me lo habría olvidado en el tren? Pero ¿cómo?
¿Quién se deja olvidado su propio corazón?
(Algo por el estilo pero menos romántico, ahora que lo pienso, le contesta a Rízquez Rivodó, que era cornuda pero no idiota, nada idiota, y escribía bastante bien).
Me puse a buscar el libro, a añorarlo, a alucinarlo.
Creí reconocerlo en la portada, el lomo, el canto de las páginas, cualquier cosa que ese parador gagá me ofreciera con forma de libro, la guía telefónica del distrito, el tratado sobre médanos, faros y dunas de Desjeux.
Nada. Era como si lo hubiera soñado. (De hecho lo soñé: dos veces lo soñé esa única noche que pasé en el hotel, supongo que en una de las pocas treguas que la chica Ultimátum aceptó incluir en su apretado programa de actividades nocturnas: en el primer sueño, con un encarnizamiento cerril, luchaba por meter el libro en el bolsillo interno de un abrigo, un bolsillo de red, apto para el tipo de billeteras que yo usaba entonces pero no para el tamaño del libro; en el segundo, yo lo leía y no podía entenderlo: las frases estaban ahí, yo sabía que eran del Derqui pero sonaban como dichas en otro idioma, un revoltijo de dígrafos y geminadas parecido al que el dueño del hotel usaba para burlarse de sus huéspedes y maltratar a su personal, todas mujeres, todas hermosas y asustadizas, como rescatadas de la mazmorra de un castillo medieval.
Estaba por gritar cuando mi compañera de cuarto me rescató con alguna necesidad impostergable).
El misterio se develó el domingo, poco antes de emprender el regreso.
Al borde del colapso, yo venía del baño, de regar la bella y vieja loza del inodoro con mis últimas, escuálidas babas biliares, cuando me llevé por delante el bolso de playa de la chica Ultimátum.
Ahí estaba, sepultado bajo el par de paletas de madera que habíamos dejado sin estrenar.
Celos, desde luego. No se canjean sin costo las solicitudes de una ventosa ávida por unas horas de ensimismamiento lector.
Celos. He leído y escrito sobre ellos. Con De Donno, que dios lo tenga en la gloria, yo podría decir que he pasado horas intensas dejándome mecer por su oleaje.
En el fondo, nunca los he soportado: tan altivos, tan intelectuales.
Prefiero la envidia; es áspera, no tiene pretensiones ni límites.