Malas lenguas 14
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Bernal estaba adentro, otra vez —y la frase ahora era mía, sí, sólo mía.

Si no llegué a pronunciarla fue porque esa madrugada larga y lenta preferí tener la boca ocupada en otras cosas.

Sonreír, sin ir más lejos, o cantar canciones que había olvidado que recordaba, melodías románticas, como se las llamaba en la infancia de discos, revistas, golosinas y televisión monocroma que me enseñó a adorarlas, que Bernal, para mi regocijado asombro, se sabía de memoria.

Pometta, Consonni, Della Longa: las glorias de Eurovisión, el Olimpo del festival de San Remo.

Todas las cantó, todas con el temblor, la sed desesperada, el acento justos.

No tenía mala voz, pero la impostación de reciedumbre embriagada con que atacaba los versos —parodia de la mala vida de puerto que había llevado— pegaba mal con su fragilidad.

Por lo demás, para cantar tenía que abrir la boca; si a plena luz hedían, es difícil describir lo que hacían sus dientes a primera hora de una mañana cualquiera.

Yo dormí un rato más. ¡Ah, los posfacios del amor, tanto menos cargosos que los de los libros!

Apenas abrí los ojos me di cuenta de que algo faltaba.

La casa estaba vacía —sin él, quiero decir: más vacía, ya entonces, de lo que habría estado sin mí.

Pero le gustaba dejar huellas, como a casi todo huésped atento, y durante unos días toleré y conviví con las suyas (restos de un tallo del seudo regaliz mordisqueado al pie del couch , hebras de tabaco por todas partes, un pañuelo manchado de sangre cuyas iniciales —tenía monograma— no correspondían con las de su nombre) manteniendo una distancia respetuosa pero atenta, como con un enfermo, un perro muy viejo o una escena de crimen.

Uno de mis pasajes favoritos del Derqui es la carta en la que Rísquez le confiesa a Rivodó que está enamorada del Monstruo, que estuvo enamorada del Monstruo siempre, desde el día uno, desde que la vio bajar del tren engrillada, toda tintineos, como un cencerro, y se dijo: la llamaré Monstruo.

Le dieron la orden de quitarle el muñón de cigarrillo que llevaba apagado entre los labios.

Rísquez la ejecutó y Derqui le escupió en plena cara, precisamente la clase de desprecio de la que ninguna guardia quería ser víctima, y menos en presencia de las demás.

Me gusta que el libro reproduzca la carta entera, con todas esas tonterías sobre la huerta, las pantuflas y la regla dolorosa intactas.

Alguien menos sensible o más torpe —nuestra amiga, sin ir más lejos— las habría suprimido, ansioso por ir al grano.

Me gusta incluso la alevosa impertinencia, tan objetada en su momento por los talibanes del género, de reproducirla manuscrita, en facsímil, en el corazón mismo de la sección bibliográfica, como una florescencia de vida artesanal en pleno feudo tipográfico, exhibiendo sus negligencias ortográficas, el previsible senserro , el delicioso tintinero (que rima con el repiquetero del renglón inferior).

Pero es mi pasaje favorito (de un libro que no lo es) porque la carta llega demasiado tarde, cuando su destinataria ya no está en condiciones de leerla ni su remitente de aprovechar la libertad que conquistará confesando, porque la Derqui, el objeto de su amor, por primera vez reconocido públicamente, está muerta.

Qué aguda conciencia tiene Bernal de todo el asunto.

Si no la tuviera, si semejante despliegue de golpes bajos fuera pura espontaneidad, ¿por qué pone la carta donde la pone?

¿Por qué al final del libro, cuando ya no queda nada por agregar, polizón inesperado de ese último vagón donde las biografías serviles amontonan los regalitos que dicta el protocolo, notas, apéndices, reconocimiento de deudas, índices?

Llega tarde en la vida de esas mujeres —es la carta más sola del universo— y llega tarde en el libro, cuando creíamos que la suerte estaba echada, la historia contada, el caso cerrado —un poco como esas escenas que las películas, sobre todo las malas, no sacan de la galera hasta que los créditos finales terminan de desfilar, el volumen de la música empieza a decrecer y todos los espectadores han abandonado la sala, todos menos la media docena de tercos o clarividentes que resisten en sus butacas, los únicos que se enterarán de que el planeta que llevó tres largas horas devastar todavía palpita, la especie a primera vista aniquilada subsiste en un huevo que está a punto de crujir y una pequeña porción de la tierra con que se ha cubierto el cuerpo ametrallado del villano se pone a temblar.

Yo no “tengo recuerdos”; no almaceno postales, ni estampas de santos, ni chistes recortados de una revista con una tijerita escolar.

Pero una vez creo que le dije... Sí: estaba casi en la vereda del sueño, con el cuerpo encajado en el confortable ataúd de sus huesos, cuando le pregunté por esa carta.

Un impromptu de fan, lo reconozco. Pero no era tanto la curiosidad como el deseo, la ilusión de dormirme escuchando su voz, la lluvia de su arrullo.

Bernal se estremeció apenas, sobresaltado, y sentí cómo crujía el exoesqueleto que me abrigaba.

“Qué carta”, dijo, o eso creí entender yo, porque entre la boca de Bernal y mi oído había no sólo cierta distancia y un par de dedos suyos —tenía un después muy oral, en especial cuando la actividad digital había sido intensa— sino piel mía, piel de mi nuca, y también un pedazo de sábana, de modo que todo lo que decía entonces corría peligros diversos.

Y además, como buen goloso, le gustaba mucho paladear, siempre estaba como saboreando algo, especialmente cuando parábamos para reponer energías, y lo que decía en esos casos nunca llegaba a escucharse bien, perdido como estaba entre chasquidos y crepitaciones.

Así que hice un esfuerzo y se la resumí, le cité hasta el número de página, terminé recitándosela entera —y ahí fue cuando me di cuenta de que me la sabía de memoria, y que ese ruido como de flema bajando a los tumbos por una cañería muy vieja que empezaba a ensordecerme no venía de arriba, del piso de Nogués, que solía usarlo para darme a entender que estaba disponible, sino del mismo Bernal, que roncaba.

Roncaba como un tísico, un tísico blando, reblandecido por tres semanas de cura a la intemperie serrana.

Alguna vez, más tarde, en los primeros tiempos de nuestra accidentada convivencia, hablando no sé de qué pero seguro que no del tema, que es como suelen surgir esas perlas que los biógrafos recién se convencen de haber encontrado cuando las ven impresas, Bernal me confirmó que sí, que había sido tísico, tísico y sifilítico, en ese orden y con menos meses de intervalo que lo aconsejable, pero que en su caso el paquete de infecciosas no había venido con un sanatorio serrano —por suerte, porque aborrecía las sierras, el mar, el aire libre, todo lo que propagara los beneficios de una naturaleza virtuosa, no tocada por lenguaje humano alguno— sino de la mano de un destacamento naval perdido en la costa patagónica, con sus típicas ofertas de sordidez, promiscuidad y holganza prostibularia, highlight de una vocación castrense descubierta a los once años de manera algo abrupta, tras pasar cinco como rehén en una escuela primaria piloto de la capital, a merced de su pintoresca pareja de fundadores, el discípulo díscolo de un californiano desquiciado y la heredera de un prolífico inventor de los Balcanes.

Pretendía convencerme, esa misma vez u otra, del hilo secreto que unía enfermedades y esdrújulas, pero algo lo desalentó antes de empezar, quizás el hecho de que yo le dijera enseguida que sí, que yo también lo había pensado y que sería una pena que se nos secaran los filets de panga que se cocinaban en el horno.

Esa noche dormimos como ángeles, pero sin arrullo ni revelaciones.

La carta era lo que era. Deliberadamente o no, el silencio de Bernal —su ronquido atronador, más bien— me enrostraba una evidencia que nadie que se dedique a las vidas de los otros podía desconocer, a tal punto estaba siempre ahí, al acecho, lista para venírsenos encima y pulverizar nuestra ambición cuando más cerca creíamos estar de alcanzarla.

Nuestra ambición de sentido, quiero decir, o de verdad, y no uso mayúsculas porque, a diferencia de nuestra amiga, por poner un ejemplo a mano, sé lo que digo y puedo decirlo con franqueza, sin camuflar con gestos grandilocuentes una ignorancia que por otro lado no sufro.

Es la redundancia, bestia opaca y sin forma, mitad orgánica, mitad nada, mitad obcecación, lo que nos espera al final del camino.

¿Qué tendría esto de desolador, qué de decepcionante, si la carta de Rísquez, ahora que sé que dice lo que dice y nada más, sigue siendo para mí el flechazo que fue cuando la leí por primera vez, a las cinco y veinticinco de la mañana, seis semanas después de que nuestra amiga, embriagada por los caireles de su propia risa, diera aquel paso atrás en el palacio Donn’Anna y nos dejara solos en medio de la muchedumbre?