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Hablando de colmillos, fueron sus dientes, sin embargo, lo primero que me impresionó cuando lo vi en persona, unos meses después.
Desparejos, encimados, con las junturas selladas por emparches de un sarro alquitranado, les faltaba poco, muy poco para pudrirse, quizás una o dos semanas más de la dieta con la que venía alimentándose, si se puede decir así, desde los dieciséis años: café quemado, tabaco negro sin filtro, riñones asados a punto carbón, queso fresco y dulce de membrillo, fernet, un vino tinto abominable, en envase de cartón, que reservaba exclusivamente para él la dueña del supermercado chino que tenía frente al antro donde decía que vivía, y unos chupetines de algo que sólo él podía atreverse a llamar regaliz, en su opinión mil veces más sabroso que el regaliz, flacos y largos como grisines —otra de sus debilidades—, que atesoraba en cajas debajo de su cama, chupaba durante horas y hacía saltar de una comisura de la boca a la otra sin más ayuda que la invisible de su lengua, malabarismo que probablemente cultivara para encubrir su calamitosa condición dental.
Lo hizo, de hecho, la primera vez que lo vi en carne y hueso, como se dice, aunque carne, en su caso, había más bien poca.
Lo hizo ante mí, “conmigo”, y ese sutil desliz gramatical fue más hipnótico que cualquier caída de ojos.
El efecto fue instantáneo, parecido al que mi imaginación sigue atribuyéndoles a esos elixires endovenosos embriagadores que nunca nadie me ofreció, quizá porque jamás los habría aceptado.
Hizo su truco del chupetín y me gustó, aun con los chispazos de saliva que provocó, pero vi de todos modos el triste cordón de sus dientes irregulares, mellados, y él me vio verlos, yo me di cuenta, y retrocedió un par de pasos como buscando que se lo tragara una sombra, con tanta mala suerte que la plancha de hueso que era su espalda embistió la espalda de LaCapra —Dominic, no Simón, que por entonces seguía de cónsul en Ceilán— y le hizo volcar encima la copa que el autor de Pistachos llevaba un cuarto de hora sin poder probar, arruinándole el saco de lino italiano tan ponderado por su corte de genuflexos.
Típico faux-pas de cóctel en el palacio Donn’Anna, donde a cierta hora, si el evento no es un fracaso, no queda espacio ni para pestañear.
Fue entonces cuando nuestra amiga se rio, con esa risa linda que tenía cuando quería, descarada, contagiosa, no del todo armónica —la escala de notas turbadas, un poco disonantes, que una aprendiz de pianista le saca a su instrumento mientras su pequinés le lame la planta de los pies con frenesí—, y riéndose envolvió y selló el programa de pequeñas acciones, gestos, frases, que hizo en la fracción de segundo inmediatamente posterior, no sucesivos sino simultáneos, como la funambulista que era cuando serlo le era vital, no siempre, no cuando se inclinaba a abrocharse la hebilla de una sandalia, por ejemplo, y perdía el equilibrio: reír (qué sano y pérfido floreció el árbol de su risa en mis noches de insomnio); apoyarse apenas en nosotros, una mano en el antebrazo de Bernal, la otra en el mío; echarse hacia atrás y de algún modo misterioso inducirnos a acercarnos uno al otro ocupando el espacio que ella liberaba al recular, mientras decía sin dejar de reír, en su estéreo altivo: “Ustedes dos (por Bernal y por mí), ustedes dos sí que deberían conocerse”.
La palabra técnica es pase. Así llaman, me enteré por casualidad tiempo después, de madrugada, en una boîte, de boca de un antropólogo pasado de copas que pretendía que nos lanzáramos juntos al karaoke, la maniobra a primera vista casual pero altamente ritualizada por la que las caciques de cierta tribu de Mindanao se sacan de encima las parejas con las que convivieron durante las últimas seis cosechas para endosárselas a otras caciques de la misma edad pero de un rango inferior, a quienes se han tomado el trabajo de elegir pero no de consultar y que, en virtud de ese mismo acto de cesión, pasan a ser sus sucesoras, sus más enconadas enemigas, y muy pronto, armadas hasta los dientes, destruirán sus telares y las esclavizarán.
Después de enredarse con el cable del micrófono, el antropólogo, mejor informante que cantor, tuvo que colgarse de mí para mantenerse en pie, y antes de que lo viera abrir la boca me regó la pechera de la camisa con dos salvas de un vómito incoloro, sorprendentemente insípido, bastante más amable que la salva de vino que aquella noche —porque el cóctel, para asombro de todos pero más de los organizadores, se prolongó más de la cuenta— había deshonrado el lino del saco de LaCapra.
Recuerdo todo con cierta claridad, incluso esos ridículos discos de plástico negro que mantenían las copas unidas a los platos, de modo de dejar libre una mano para operar en simultáneo con tenedores o cigarrillos —todo menos a quién o qué se homenajeaba.
Quién sabe dónde guarda mi cabeza esas cosas.
Pero si era en el Donn’Anna y estaba LaCapra con su claque —la claque completa, incluso con Galdo, Caldo, como se llamara el matoncito irascible y retacón que por entonces le cuidaba las espaldas—, las opciones no son muchas: o bien lanzaba algún bodrio MilleMilione, la editorial que había asilado a LaCapra tras la quiebra de Bolkonski, o los verdugos de Bolkonski, Dispis tenía la dignidad hipersensible de un refugiado.
Pero tampoco me pidió nada. Creo que ni siquiera usó el baño.
Todo lo que hizo fue fumarse dos cigarrillos al hilo de pie, casi sin moverse, salvo para ladear boca y cabeza y escupir el humo para un costado.
En un momento nos quedamos callados y él bajó la vista hacia sus mocasines (nos sorprendió que todavía los tuviera puestos), y yo entendí que me pedía que lo dejara solo.
Hice bien en tardar en dormirme, porque lo oí dar vueltas y el couch soltó por fin esos quejidos que me gustaban tanto, aun cuando no se los arrancara yo.
En ese duelo de tensa displicencia habremos estado media hora, hasta que a mí me durmieron la excitación y el cansancio.
Empezaba a amanecer cuando lo sentí meterse en la cama y en mí, sigiloso y sucio, y darme a probar algo de la sabiduría de sus dedos, portento que el pobre de Baldó esperaría en vano.