Malas lenguas 12
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Fue tal como digo. Sacó el Bernal de esa cartera de millonaria vieja que usaba y esto fue lo que yo vi.

Primero vi la tapa del libro: la cara de la Derqui en pleno aullido, desencajada, con su prognatismo de esperanza rapaz recrudecido por el arrojo y la bandana, la eterna bandana de arpillera teñida, arengando a las internas desde su barricada —estamos en pleno motín, a diez minutos del incendio del penal, pero una guardia (Rísquez, como corrige Bernal en una nota al pie, no la Rivodó, que ese día tenía franco) vio la imagen de la insurrecta, quiso que no se perdiera y la retrató—, y luego el nombre de Bernal en letras finas, rojas, contra un fondo de insólito cyan, encogido en un rincón con aire incómodo, como uno de esos testigos involuntarios que darían cualquier cosa por estar en otra parte, otra tapa, otro libro.

No sé qué me pasó. Fue ver Bernal, el apellido solo, sin nombre, como firmaba siempre desde que firmaba cosas, según me enteré después, y querer a toda costa conocerle la cara, como pasa a veces al leer una frase inspirada en una página que no la hacía prever, pensando que la cara del autor acaso explique el misterio.

Ella debió notarlo, porque interrumpió el movimiento de guardar el libro y se detuvo un segundo a mirarlo, como si temiera haberse perdido algo importante, algo que siempre había estado a la vista, y por fin me lo alcanzó.

Lo transportó hasta mí acostado en las palmas de sus dos manos juntas, según ese ardid japonés que hace que cualquier porquería —flor, plato de comida, puñal, prenda íntima— tenga visos y eficacia de ofrenda, y así lo puso en mis manos.

“Hay una foto en la solapa”, dijo, contestando lo que leía que decía mi pensamiento, y haciendo con un dedo infantil unos círculos rápidos en el aire, como de tirabuzón, me invitó a abrir el libro y, supongo, a darle la razón.

“Tiene sus años, pero es una foto”. Años, nueva: qué ineptas sonaban esas cosas aplicadas a Bernal, que no había cumplido los veinticinco.

Una insensatez tan capciosa como reprocharle patas de gallo a una efímera.

El problema no era ese, desde luego. Era que el fotógrafo (que resultó ser fotógrafa, una cero a la izquierda con ínfulas de artista), tentado por el encanto fácil del retrato bifronte, había apostado los pocos cartuchos con los que contaba al espejo del armario de roble que había a la izquierda de su modelo, dejando en un charco de sombra la mitad derecha de la cara.

Del resto se encargaban el blanco y negro poco contrastado y la impresión rudimentaria.

Curioso cómo un vulgar retrato puede alentar toda clase de falsas impresiones.

Ese Bernal tenía la impronta arrogante y como poseída de esos vanguardistas del pasado que parecían venir del futuro, siempre bien vestidos, concentrados, rodeados de discípulas jóvenes que adoraban las polleras tableadas, dominaban el arte de cruzar las piernas y eran más geniales que ellos y morían ahogadas en un arroyo, al término de una fiesta de disfraces alocada, o desaparecían del mapa.

Ya usaba los lentes Itten, tenía cejas muy pobladas y una sonrisa inconclusa muy desconcertante, fruto quién sabe si del pudor, la impaciencia o algún súbito malestar estomacal.

Desfigurado y todo, ese fue para mí el primer Bernal, el que no esperaba, el que me sorprendió con la guardia baja.

Naturalmente, mordí. Pero por el crujido que se oyó al morder entendí que yo era la fruta, madura, todavía jugosa, como nuestra amiga podía dar fe, y él el colmillo que se clavaba.

Él, Bernal y su juventud divina. (Ya llegaré a las consideraciones dentales).

Veinticinco años. La cifra no da siquiera una idea de lo que era ese prodigio, y menos de la manera mágica en que se ejercía, su valor de emanación.

Que se me entienda bien: no hablo de firmeza, vigor, elasticidad, resiliencia, valores que aprecio y he tenido más oportunidades de disfrutar de lo que se dignan admitir mis detractores.

Cualquiera que haya pasado por la experiencia de enseñar sabe de qué clase de asombros estoy hablando.

Nada cotiza tan alto como la carne joven; lo sé y lo digo por haber pertenecido a los dos bandos, el de quienes tasan y el de los tasados.

(Hubo un interregno milagroso, fugacísimo, en el que me tocó pertenecer a los dos a la vez, y fue tan pero tan intenso que si un Dios cruel bajara a la Tierra y me lo ofreciera de nuevo lo rechazaría).

Pero tarde o temprano hasta el más verde de los estudiantes pisará el palito y dará señales de afán, será ambicioso u obsecuente y echará a perder el arrobamiento inocente con que nos devoran sus ojos, colmillos de luz, mientras vamos y venimos en el estrado con sueño y hambre y los hombros manchados de tiza.

Nada de eso afeaba a Bernal, ni lo amenazaba.

Era joven sin voluntad, sin esfuerzo, como sólo lo son los que se mueren por ser viejos.

Los libros —el páramo exigente que se chupaba la firmeza de nuestras carnes, nuestras fuerzas, nuestra rapidez mental—, que en los demás hacían de la juventud un simple instrumento, en él la preservaban y adoraban, diosa única y distraída en ese altar de páginas.