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Fue entonces, me acuerdo, cuando me di cuenta de que esa no era la primera vez que nos veíamos.
Se incorporó —vértebra por vértebra: sabía muy bien lo que hacía—, y cuando se volvió hacia mí para recuperar su ejemplar firmado, ruborizada y sonriendo, como quien acaba de descubrir cuánto lo enardece ahora el fustazo que solía hacerlo sufrir, la vi emerger del ramillete de mosquitas muertas de la facultad entre las que siempre se había guarecido, con la cara que tenía a los veinte, idéntica pero más luminosa, sin ese rodete ridículo coronándole la cabeza, pero con la misma falta de criterio para vestirse, pintarse, enjoyarse, apocada, ansiosa, y desde una distancia prudencial —porque nuestros mundos eran contiguos pero tenían prohibido tocarse— la vi ejecutar exactamente el mismo rito servil que acababa de ejecutar conmigo, esta vez para congraciarse con cierto escritor joven con fama de agreste, tan desaseado como ella, que una cátedra con ínfulas de avanzada había invitado una mañana a conversar con los estudiantes.
Todo cerraba de algún modo. Por remota que fuera, esa astilla de pasado común explicaba que ella supiera lo que yo sabía sobre Baldó y hubiese venido a extraérmelo en persona, y explicaba también la comedia de idas y vueltas, tanteos y provocaciones, en que se nos iba esa mañana sofocante.
Pero también podía estar equivocándome. No habría sido la primera vez que abrazaba con efusión a perfectos desconocidos y desairaba mirando para otro lado a personas con las que había compartido ropa interior, viajes en funicular, cepillos de dientes, tardes eternas de retozar y dormitar.
Al pasado le gustan los espejismos. Así que miré mejor y lo que vi entonces ahí, a apenas un pasillo (y un cesto lleno de ropa sucia) de distancia de una cama deshecha, que es como debe esperar una cama cuando no se la necesita para dormir, me interesó, me interesó mucho, fuera o no la versión madura de la chirusa de anteojos que acababa de despertarse en mi memoria.
La carne es débil, repite el ocurrente matarife que se roba la novela de Sánchez-Sahenz.
Pero más débil que la carne es el alma de la carne, presa fácil del desaliento cuando el fruto publicado de seis largos años de trabajo —incluida una temporada de rehabilitación muy onerosa en las sierras de Yacobazzo— sólo ha sido advertido y (mal) paladeado por gente vulgar, profana, de un mal gusto desesperante.
La carne de mi alma era débil esa mañana, y ella era flexible, entusiasta, una acróbata vistosa e inútil.
Una máquina de ocurrencias, a cual más estrafalaria; pero bastaba que pusiera una en marcha para perder interés y pasar a la siguiente, que se desangraba también al instante.
Divertido pero agotador. Olía bastante mal: el típico tufo arrogante de los que no piden permiso.
Es todo lo que voy a decir. Eso, y que los estremecimientos producidos por las estalactitas de sus uñas (que en su versión universitaria aparecían roídas hasta la cutícula) eran bastante particulares, neurálgicos, y que tenía un extraño talento para darles usos inesperados a cables de teléfono, desodorantes sólidos, bufandas, broches para colgar la ropa, cosas que yo a duras penas me daba cuenta de que existían y, en varios casos, ni siquiera sabía cómo usar en sentido propio.
Así, entre una cosa y otra, se nos fue la mañana.
Soberbia, indiferencia, impunidad: todo le perdoné en esa última, espasmódica media hora que ella, por decirlo de una manera vulgar, siguió usando para sacarme el jugo que ni yo sabía que tenía.
¡Qué tesoros descubrimos que encerramos cuando hurgan en nosotros con la llave apropiada!
Le perdoné el desaire del té, la mirada de irritado desconcierto que había posado sobre mis cosas, en especial mi colección de cactus, y hasta el subterfugio que usó —rebuscado, pretencioso, casi tanto como la especie de nido que remataba su peinado, tan incómodo de deshacer— para poner en evidencia, con el propósito evidente de humillarme, que la L de mi biblioteca, con su elenco de Lablaches, Lalannes y Licetis, pasaba olímpicamente por alto a Lugli, todo Lugli, no sólo las Decrepita (que ella, después de todo, tampoco tenía en gran estima) sino las Cartas , el Memorial de Bedi y las Últimas recetas , su preferido.
Más me chumbaba ella, más me convencía yo de que le interesaba, de que deseaba lo que yo tenía.
Cultivaba una manera de desdeñar adorable —sacada también, supongo, de esas películas viejas donde todas las casas tienen las mismas persianas y la misma luz tableada—, que consistía simplemente en mirar un segundo el cenicero, la lámpara de pie, el almohadón, el frutero con sus frutas, lo que fuera que pretendía desacreditar, y apartar los ojos al mismo tiempo que los cerraba, en una simultaneidad muy estudiada.
Ser lenta entre mis cosas era su injuria.
Pero cada una de sus chicanas era una señal de necesidad y de avidez.
No recuerdo bien qué nos detuvo, por qué en algún momento de la mañana nos pareció que había que pasar a otra cosa, no sé si a otra posición, porque yo mi repertorio ya lo había agotado, quizás ella a vestirse y yo a poner orden, lavarme un poco, hacerme unos buches.
Llamaron a la puerta, fui a abrir, era otro de esos paquetes para otros que el correo se empeñaba entonces en dejar en mis manos, que nadie reclamaba y seguían ahí durante meses, hasta que se los regalaba al portero o los usaba como atención, para premiar cierto tipo de servicios.
Cuando volví la encontré sentada en el mismo brazo del mismo sillón, ya vestida, maquillada, peinada, perfectamente compuesta y me pareció que media hora — esa media hora— más joven, salvo porque el libro que tenía en las manos llevaba en la página de títulos una dosis de tinta —sólo mi firma, sin “para” ni “con el cariño de” ni mención de lugar o de fecha, ninguna de esas mariconadas— que no tenía antes, y en su mentón y la punta de su preciosa nariz y algunas otras áreas menos obvias de su persona asomaba un conato de sarpullido que yo no había notado antes en su cuerpo, puedo dar fe, aunque no sabría decir si tampoco en su fantasía, su ambición, su sed de maquinar, que sin duda ya funcionaban a pleno cuando puso los pies en mi casa.
Estúpidamente, quise retenerla. Le dije —mentira indigna hasta de mí— que los Luglis —incluida una edición de autor de Máscaras verdaderas , un mamarracho eminente aunque bastante bien conservado— estaban en la biblioteca de mi oficina (de la que me habían echado hacía dos años, sede actual de una importadora de artículos de pirotecnia), y que ahora que lo pensaba tenía un Bedi de más, con el ex libris original, que me había regalado su albacea, un hijo de calabreses al que más de una vez me había regodeado imaginando en situaciones escabrosas.
Esto último no lo dije, sólo lo recordé.
Pero por el modo en que se sonrojó y bajó la vista la reminiscencia debió ser ostensible.
Le ofrecí el ejemplar extra, que se negó a aceptar, y cuando se llevó un par de dedos al tobillo para rascárselo, un reflejo típico de pudor, vi que tenía la media gastada, casi a punto de abrirse, y adiviné que el paso siguiente sería guardar mi libro en la cartera y ponerse de pie y, medio atragantándome, llevando la inversión de nuestros papeles a una escala vergonzosa, le pregunté a boca de jarro en qué andaba, si por casualidad estaba leyendo algo que valiera la pena que yo leyera también, preferiblemente a la par que ella, dado el timing más que virtuoso de nuestra ejercitación matutina.
La pregunta la contrarió, o quizá la distrajo de la escena más inocua, menos comprometedora, que tenía prevista.
Así que infló la boca con un discreto suspiro de impaciencia, metió la mano en la cartera —todo el brazo, en realidad— y sacó el Derqui de Bernal.