Malas lenguas 10
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En esa época yo estaba en guerra con el teléfono.

Aborrecía la impertinencia del timbre, la impasibilidad bovina con que el aparato —un modelo solemne y cursi, regalo de un amigo aficionado a las chaquetas de toreros— me miraba cada vez que astillaba el vacío de la mañana y yo, fuera de mí, me le tiraba encima, menos para hablar con el idiota de turno que para que dejara de sonar.

Pero todavía atendía; entre otras cosas, porque mis Stoppio acababan de aparecer, de aparecer y desaparecer (así de parpadeantes son a veces las alegrías en nuestro pequeño mundo), y yo alentaba la idea, sugerida por una editora joven con afán de reconfortarme, de que algún idiota ocasional, de alguna misteriosa manera, dadas las indigencias con que llenaban espacio en los suplementos literarios, podía contribuir a posponer un poco la extinción del libro, lo suficiente, al menos, para demostrarme que existía como existen los libros, en el mundo, y no encerrados en esas cajas de cartón en que los devuelven (si no los guillotinan) las editoriales, y con las que los autores viven tropezándose durante meses en sus departamentos.

Así que atendí, y sin pensar en la cosecha que había obtenido hasta entonces (la reseña de Di Fazio, que estropeaba con erratas todos los nombres propios de la única cita textual que se dignaba hacer del libro; la columna de Requena, que le daba primero una bienvenida cordial, aparentemente sincera, para olvidárselo después en un pelotón de colegas indignos, como un regalo equivocado), me bastó sentir cierto anhelo en la voz, una tenue señal de interés del otro lado de la línea, para deponer toda pretensión, y renuncié a lo que en circunstancias menos dramáticas habría exigido sin piedad ni remordimiento: fijar el día de la entrevista (fue un viernes, mi día de retiro y rehabilitación, puesto que por entonces solía salir los jueves), la hora (fue de mañana, cuando hasta los zorzales son un martirio para mí), la extensión (una hora eterna que al final, con la coda imprevista, se iría a dos), el lugar (mi casa, donde había jurado no volver a atender a la prensa desde el asunto Balcarce).

Cedí en todo. Y si no ofrecí en ese momento lo demás, la gama de agasajos a los que habían terminado sucumbiendo Requena y Di Fazio —Di Fazio un poco a regañadientes, alegando una condición médica que opté por desoír—, fue porque preferí guardármelos para cuando los necesitara en serio, si las ideas que me habían quedado en el tintero sobre las gemelitas no resultaban suficientes.

No resultaron. No por previsibles o insípidas, quiero creer, sino porque no hubo tiempo de desarrollarlas.

Que se me entienda bien: todo sucedió a las nueve y veinte, diez minutos antes de lo pactado, y de una mañana como elegida por el demonio, lluviosa, con baja presión, y a mí se me partía la cabeza —un clásico de los viernes—, y uno de los dos responsables de que se me partiera la cabeza había volado de mi cama en plena madrugada (al otro conseguí meterlo en el último taxi), aprovechando que yo buscaba en el baño, con media mano hasta las amígdalas, un alivio que nunca llegó.

Y de pronto la que aparece es nuestra autora: impuntual, impune, impúdica, alta incluso para mí, que tengo experiencia con altas.

No sé si antes o después de saludar, sacude esos hombros rectos con una especie de escalofrío y deja deslizar por su espalda el impermeable que trae en modo capa, estilo dandy friolenta.

Lo recogí antes de que tocara el piso. Pese a los taladros que se ensañaban con mi pavimento mental, seguía teniendo muy buenos reflejos, y ella muy buenos tobillos.

Qué cosa extraña es una persona desconocida.

Cuánto más extraña se vuelve cuando, una vez que la hemos conocido, y que ya nada de ella puede sorprendernos, ni siquiera lo nuevo que tiene para dar, hacemos memoria y la vemos otra vez en esa cápsula de inocencia a la que nunca volverá.

También ella estuvo allí, y yo no ganaría nada con negarlo.

Pero eso fue antes —en el edén que es todo alguna vez, incluso lo más triste y lo más sórdido—, antes de que su nombre quedara asociado para mí con el baldío Baldó, páramo de prosa desanimada donde hasta perlitas como los tiradores, los sacos ajustados, la heráldica de los remeros y el Rotary Club, el revoleo de ojos por efecto de una trouvaille etimológica suenan forzadas y hasta risibles, igual que la peluca, el falso lunar o la renguera con que un actor sin luces trata de dar vida a un personaje que no entiende.

Cómo me equivoqué al abrirle la puerta esa mañana y ofrecerle lo poco que tenía en materia de hospitalidad formal: un té.

—Gracias. ¿Verde tenés?

Era buena. Para incomodarme con su incomodidad, sin duda, buscó lugar en el sillón superpoblado y lo encontró en la apretada esquina que había dejado libre, inexplicablemente, la parva de carpetas, fotocopias, listas de alumnos, bibliografía de exámenes, números viejos de cierto suplemento literario que dejaría de aparecer diez días más tarde, después de que su editor, un dipsómano amigo de la casa, se diera a la fuga con los viáticos de una semana en el salón del libro de Coquimbo.

Era muy buena. Torció las rodillas a un lado, una pose, según me confesaría después, ya relajado el protocolo, que había descubierto en la publicidad doméstica de los años 50, investigando la relación entre cuerpo y tecnología electrodoméstica o algo por el estilo.

No sé si lo hizo a propósito o algún hada aviesa le dio una mano, pero un broche cedió y los labios de su horrible cartera de charol se entreabrieron en una especie de mueca, dejando ver la parte superior —con la foto de esa deslumbrante venus atrapamoscas que tanto me había costado encontrar— de la tapa de mi libro sobre las Stoppio.

No, verde no tenía. Ni siquiera sabía que existiera el té verde.

Le serví uno cualquiera, en hebras, medio seco, que dejé infusionar más de la cuenta y que más de dos horas después se iría sin haber tocado, aunque una huella rojo mate en el borde de la taza probaba lo cerca que había estado de complacerme.

No grabó, que yo recuerde. Pero no me habría sorprendido que uno de esos alevosos aparatos en miniatura lo estuviera archivando todo en el fondo de su cartera mientras ella, en la superficie, atareada en ofrecerme su mejor perfil, con el que el chorro de lechosa luz que entraba por la ventana se llevaba especialmente bien, parecía abandonarse a la improvisación del momento.

Leyéndola —es un decir, porque a esta altura del partido no creo que tenga nada que ofrecerme, y mi ejemplar de su Baldó no aparece por ningún lado—, me sorprende su memoria.

Estuvo un cuarto de hora con las manos sobre la cartera, cruzadas en devota cruz y apoyadas en la tapa de mis gemelitas, apoyadas apenas, con la misma delicadeza levitante con que las manos de las santas de la pintura sacra se apoyan en la fontanela del niño Jesús o el lomo de un cordero.

Aduló en general, sin dar precisiones, pero aduló donde había que adular, de modo de embriagar a la vez que anestesiaba, sin dar tiempo ni lugar para la resistencia o la sospecha.

Hubo las dos o tres preguntas de rigor: cómo se me había ocurrido la idea del libro; qué edad tenía yo cuando el caso de las Stoppio salió a la luz; si había consultado el libro de Popescu.

Estaba a punto de destrozar al pobre Popescu —siempre empiezo por ahí, es otro vicio que tengo— cuando una especie de niebla me envolvió, como el efecto retardado de un veneno muy caro.

Ahora lo veo: fue entonces cuando el enroque sucedió.

Ella había dejado de trabajar para mí (si es que alguna vez lo había hecho); yo empezaba a trabajar para ella, para ella y su libro, y cómo, con qué afán, con que dedicación concienzuda.

En menos de un cuarto de hora mis gemelitas quedaron atrás, olvidadas, con la sola, mala compañía del interés que nuestra amiga había fingido tener en ellas, y yo ya era otra cosa, eso que la hidráulica de la información —y los biógrafos que la van de responsables— llama una fuente.

Con la salvedad de que una fuente suele ser consciente de que lo es y yo, en pleno embrujo, no estaba en condiciones de saber nada.

No, era más que muy buena; era de temer.

Su arte —todo el arte del que carecería su libro, o que su libro supliría con astucia, omisiones deliberadas, embellecimientos gratuitos— consistía en el ejercicio de un extractivismo denodado, irresistible: hacerme hablar de lo que ella quería, el Baldó profesor —con sus tiradores, su pañuelito al cuello, su escudo del Boating, etc.

—, haciéndome creer que seguíamos hablando de mí, de mi dorada juventud, mi formación, mis años locos universitarios.

¿Había leído mi libro? Lo dudo. O sólo la página, los párrafos, las líneas imprescindibles para hacerme creer que sí.

Salvo la nota al pie que le dedico al gabinete de curiosidades de Izzo, que pasteuricé para evitar represalias y dejé por razones estrictamente venales, dudo que el gótico estrafalario del mundo de las Stoppio echara luz o rimara con una vida como la de Baldó.

Leído de oídas, a lo mejor. Puede que no lo desconociera, o que le hubieran hablado de él.

Algo así me insinuó una fuente (una de las mías) que por aquella época regaba mis plantas y sábanas a menudo.

Parece que Durazzo le había encargado a nuestra amiga reseñarlo y que ella aceptó, pero que horas antes del deadline hizo llamar para dar parte de enferma (había hecho correr el rumor de que era endometriósica, como la menor de las Stoppio) y dejó colgada la página central de bibliográficas, que creo terminaron llenando con algo sobre el Container de Tottel & Spampinato, lo que dice mucho de la parrilla de notas de la gestión Durazzo.

Nunca supe cómo tomar su defección, si como un desaire o una cortesía, porque mi fuente me dijo que junto con la orden de escribir, nuestra amiga había recibido la de hacerme polvo.

No me extrañaría, viniendo de Durazzo. Me la tenía jurada desde el episodio Barbosa.

No me perdonó que lo entrevistara, menos todavía que publicaran la entrevista mientras estaba afuera, veraneando en Michelena, y para colmo completa, con el tramo sobre los contratos con el grupo Sprudel (cuya prensa Durazzo llevaba años haciendo en secreto).

Pero volvamos, volvamos. Puede que nuestra amiga sólo hubiera leído la contratapa, que recogía algunas de las frases escandalosas con que me había instado a sembrar el libro mi editor.

Lo cierto es que cuando por fin sacó el libro de la cartera —uno de esos gestos sencillos pero extraordinariamente significativos en los que converge de pronto, como en un embudo, todo lo que los precedió, que los prefiguraba sin delatarlos—, no tuve la impresión, por el modo en que lo manipulaba, de que lo hubiera tenido mucho en las manos.

Demasiado pesado, demasiado grande, demasiado resbaladizo.

Gracias a la torpeza lenta de la operación, sin embargo, pude descubrir, y admirar, el prodigio que eran sus uñas, unos largos apéndices de color púrpura que prolongaban sus dedos afinándolos en rayos delicadísimos, de una fragilidad alarmante.

Casi me dolió cuando las vi que rozaban la sobrecubierta plastificada del libro, y creo que ella se dio cuenta.

Escribía como una secretaria de actas, pero tenía una sensibilidad medio sobrenatural para todo lo que fueran tropismos íntimos: escalofríos, enfriamientos súbitos, vértigos de inquietud o de éxtasis.

Cuando me repuse, ella ya estaba de pie, con el libro en una mano y una de esas inconcebibles biromes de muchos colores en la otra, debidamente amartillada.

Me pidió que se lo autografiara. Quise negarme, le mostré, abriendo las manos desconsoladas, el desorden que nos rodeaba, los papeles que lo cubrían todo, y cuando me disculpaba, ella me ofreció su espalda a manera de mesa.

Apenas lo apoyé, el libro, tan arisco en sus manos, hizo clac entre sus omóplatos, como hecho a medida.