9
Reconforta ver lo que hace nuestra autora con esa velada festiva.
Si su prioridad fueran la precaución, el terreno seguro, podría haberla suprimido sin más y el libro no sufriría demasiado.
Sería más aburrido, eso sí, y la etapa universitaria de Baldó, uno de los caballitos de batalla en los que se monta su biógrafa para enaltecer su figura, perdería quizás una de esas frutas abrillantadas (me consta que hubo otras, aún más sabrosas, aunque yo no tuve la suerte de presenciarlas) que dan color a la masa más árida y los lectores, sobre todo los de pan dulce, suelen agradecer.
Es este episodio particular, pasado por el tamiz de nuestra autora, el que curiosa, paradójicamente consolida la autoridad de Baldó como pedagogo, y quizá también su carisma, no del todo obvio pero que tuvo su descendencia.
Rigor, distancia, desapego, incluso desdén o crueldad: al lado de esa noche de farra, con sus mascaritas, su ponche, sus invitados estrafalarios, las cualidades del catedrático eminente parecen brillar más, no menos, o brillar mejor, como si los cristales de los que están hechas tuvieran dos lados, no uno, y uno mirara hacia la luz y el otro a la sombra, y fuera la alternancia de ambos, al girar, la que irradiara ese fulgor tan especial.
Reconstruida por nuestra autora, la razzia se reduce ahora a un simple patrullero convocado por unos vecinos irascibles, y el operativo de moralidad a un caso de ruidos molestos y reglamento de copropiedad desoído.
No es toda la verdad, es cierto, pero la parte velada por nuestra autora sigue presente en algún lado, invisible pero activa, haciendo presión, preñando, tiñendo de un color oblicuo lo que leemos en la superficie del libro.
Y después están los detalles con que nuestra autora ambienta la parranda: los cortinados obispo de la garçonnière ; las curiosas manchas en la alfombra (que una facción de los invitados, lo recuerdo bien, jugaba a identificar con países); los antifaces, las túnicas, las capas; el menú, sofisticado pero escaso (a tal punto que en un momento me encontré en la cocina robando de una alacena unos paquetes de galletitas de agua, en compañía de un fauno con acento italiano y manos muy rápidas).
No hay tiempo para la adulación ni para remembranzas difusas: nuestra autora parece por fin tener algo que contar, y lo que cuenta tiende a aparecérsenos en vivo, con lunares, arrugas, nervaduras mínimas, la clase de señas particulares que, bien captadas, vertidas con atención y gracia, permiten reconocer una época, un contexto, una manera de vivir, y sobre todo al personaje que los encarna, con su cuerpo y su espíritu y su estilo propios, su manera inconfundible de habitarlos y hasta de tropezar.
Leo estas páginas y digo, quizá por primera y única vez: eso es Baldó.
Eso es para mí, que lo conocí y orbité en su presencia, su magisterio, sus mórbidas propensiones, y yo no tengo la costumbre de comprar buzones —salvo que vengan con documentos comprometedores o cartas subidas de tono.
Si esos detalles captan mi atención y me arrebatan es porque son de primera mano, y la primera mano que los recabó es mía.
Yo reparé en ellos, yo los recorté con fruición y cuidado de la persona que los lucía, yo los archivé en el altillo donde se aburrían mis días de estudiante.
Y así como los archivé me tomé el trabajo de buscarlos, y los encontré, y me hicieron estornudar mientras los desempolvaba.
¿Y todo para qué? Para dárselos a quien menos se los merecía.
¿Por qué, por dios? ¿Por qué tuve que hablar? ¿Por qué atendí ese teléfono?