Malas lenguas 8
10%

8

Menciono el episodio sin ánimo de censura, sólo para destacar el chispazo de osadía que hace brillar, por un momento, una existencia no especialmente llamada a dejar huellas, salvo las de polvo de ladrillo que estampaba en los pasillos siempre que iba a dar clase directo del club, y que permitían reconstruir sus pasos por la facultad.

Como sea, el sabor que me dejó la velada debió ser menos amargo de lo que pensé, porque semanas después de la razzia dejé la cátedra enemiga y me reintegré al debilitado redil de Baldó.

Volví porque me di cuenta de lo limitada que era la oferta de su rival: dentro de las aulas, donde podía pasarse una clase entera escandiendo mal y a los gritos una misma estrofa, y también afuera, en especial en la oficina de ordenanzas, incómoda pero por alguna razón, quizás un oportuno soborno, bastante disponible, donde tardaba horas en encontrar lo que buscaba y hacer lo que decía que quería hacerme y rellenaba los irritantes tiempos muertos con chismes sobre Baldó, no todos antojadizos, como yo podía dar fe, pero aun así despreciables, porque lo que los inspiraba no era un reflejo de decencia o el deleite de una buena calumnia sino el placer de serrucharle el piso.

Fue horrible. Todos los días aparecía un petitorio nuevo pidiendo la cabeza del depravado.

No firmé ninguno, ni siquiera cuando me invitó a hacerlo —con los ardides que yo ya conocía, sólo que mejorados— la jefa de prácticos que había querido comprar mis favores durante la soirée , al parecer llena de despecho porque nadie la había alertado de la razzia y se había pasado dos días con sus noches en una celda de comisaría vestida de vinilo, rodeada de rateros y borrachos ruidosos, a veces cantores.

La recordaba más linda con máscara, francamente.

Pasillos, aulas después de clase, bar, biblioteca, baños, sobre todo baños, en particular el del primer piso, con su falso aviso de fuera de servicio: cualquier lugar era bueno para el complot, la caza de brujas.

Jamás di el brazo a torcer. Mientras muchos devotos históricos de Baldó dudaban, se hacían los distraídos o desertaban, yo no; yo seguí en mi puesto en modo soldado, con mis lagañas, mi flat white, mis marcadores de colores y mi cuaderno sediento de las perlas inútiles que sólo prometen las lenguas muertas, con adentro, bien disimulados entre las hojas, los poemas de Don’Anna, el diario de Palepoli, lo que fuera que leyera entonces para ayudarme a llegar al final de aquellas mañanas difíciles.

Aprobé, con la nota máxima. Baldó, que, aunque el horno no estaba para bollos, sobreactuaba su severidad de examinador para reafirmar su inocencia, pretendió acorralarme en el final con diez versos de Lucano que yo ni siquiera había mirado.

Me conmovió esa intransigencia, como de general dispuesto a morir con las botas puestas.

Me incliné un poco —no sé por qué porque estábamos solos: los colegas, sobre todo en época de exámenes, huían del réprobo como de la peste— y para mi sorpresa con bastante afinación, dadas la hora de la mañana y mi natural poco melódico, le canturreé al oído una de las piezas que había entonado aquel cetáceo lírico en ocasión de la velada.

Lo vi ruborizarse y palidecer, todo al mismo tiempo, espástica, estroboscópicamente, y luego dibujarme un diez elegante, con aquella cursiva llena de rulos que tenía, apartar de sí, más que empujarla hacia mí, mi libreta universitaria, y cubrirse la cara con el pañuelo para atajar un estornudo que ni siquiera explotó.