Malas lenguas 7
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En el extraño, elástico mundo de nuestra autora, ciento cincuenta eternas páginas le llevan al director de la Naldoni mudarse, hacerse extirpar un par de lunares benignos, viajar dos veces a cierta capital de provincia, sufrir y sortear un par de sórdidas escaramuzas ministeriales, hacer la laudatio fúnebre de un colega (el malogrado Popolizio) y adoptar a dos de sus sobrinos más fieles, o más fornidos, inaugurar el pabellón Palumbo de la biblioteca (cuando el Olloqui llevaba ¿cuánto?

¿seis años esperando, tapiado de andamios?), renovar el paño de las mesas de la sala de lectura principal, sacrificar (volveremos sobre esto, sí, ya lo creo que volveremos) a Tilde, su viejo dálmata ciego, bautizado así en honor al Tilde de Te veo en Bottai , etcétera.

Pobre Bernal, perdido entre tanta pequeñez.

Mejor hubiera sido que ni lo nombraran. Pero hasta esa clemencia le niega nuestra autora.

Lo nombra en el famoso capítulo doce y la mención, que podría ser una señal de reconocimiento, es el primer paso para suprimirlo, esfumarlo en la niebla Baldó: medianía, insulsez, futilidad.

Hace con Bernal lo mismo —en versión pérfida y vengativa— que Bernal tenía la costumbre de hacer consigo: mimetizarse con la nada.

En otras palabras: le paga con la moneda de su propio karma.

Con lo que mata dos pájaros de un tiro: lo degrada y se exculpa, lo manda al muere y se absuelve: “¿Yo? Yo no hice nada. Así será él: un imitador del aire”. Chapeau .

( Karma se llamaba, ahora que lo pienso, la revista en la que Bernal estrenó su vocación de poeta y de imperceptible.

Una brochure ilegible y suntuosa, ilustrada con viñetas lascivas color pastel, que unos muchachos sin mayores compromisos repartían gratis en las galerías de arte (las librerías les parecían cosa pasada del pasado), convencidos de que la promiscuidad tipográfica y usar abotinados sin medias en verano les daba chapa de artistas.

Duró dos números; el segundo, si no recuerdo mal, corregía imaginativamente las erratas del primero.

Bernal firmaba la traducción (que no había hecho él) de un soneto sobre joyas, leyes, callos, Courtonne, seguramente, o quizá Fantappiè, y cedía la autoría de la que sí a Saint-Lô, la arribista descarada que lo cortejaba entonces, responsable de las viñetas y principal inversora de la publicación.

A medida que la banda se acercaba a las galerías, envalentonada por esas mezclas de alcoholes baratos que hacían furor entre la juventud acomodada, Bernal, intimidado, iba rezagándose, hasta que el grupo lo dejaba atrás como a un niño que anda en babia por la vida.

Se quedaba afuera, en la puerta, montando guardia, como me dijo un día en que se le dio por confesar cosas, y yo no supe si se ruborizaba por el pudor que le daban esas aventuras juveniles o por cierto tic que tenía yo por entonces, que a veces se prestaba a malentendidos.

Así pasó por todas las aduanas que la época le impuso a su generación: revistas, grupos de teatro, cenáculos, células políticas.

Así vivió, siempre presente, siempre inadvertido.

“Habría que avisarle a Bernal”, se acordaba de golpe alguien en una reunión.

Y él, en silencio, fantasma solícito, salía de la sombra y metía un codo, una rodilla, dentro del campo visual del alma caritativa que se había acordado de él, sólo para hacerle saber que estaba ahí y que podían contar con él para el ensayo, el cierre del número, la reunión previa a la marcha, la imprenta, lo que fuera que estuvieran considerando avisarle.

Y a veces ni siquiera eso. Si total después, una vez allí, pensaba Bernal quieto en su nube, todo se repetiría idéntico: “¿Y Bernal? ¿Estaba avisado Bernal? ¿Qué pasa con Bernal, que no aparece?”.