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¿Quién soy yo, quién es cualquiera para objetar cómo alguien elige sobre quién escribir, a qué réprobo repatriar del olvido, qué pavo real bajar del pedestal de un hondazo, suponiendo que haya alguien tan insano para andar repartiendo hondazos durante cuatrocientas páginas?
Si hay una virtud que aborrezco es la facilidad con que proveo de argumentos a mis enemigos, pero ¿por qué Baldó no y sí, por ejemplo, ahí está: una Norton, un Lecumberri?
¿Porque Baldó tenía piernas combadas y usaba sacos entallados con escuditos del club de remo en el ojal y escribió siempre para sí, como un divertimento de puertas adentro, anteponiendo a su poesía —con bastante buen tino, a juzgar por los pocos versos que reproduce el libro— una carrera de académico y personaje público, mientras que a Norton y Lecumberri los sigue promoviendo el plumaje romántico de la poesía, además de una serie de escándalos sobrevalorados?
¿Qué virtud, qué bien, qué hazaña deciden que alguien merezca sobrevivir entre las tapas de un libro?
¿Fama? ¿Poder? ¿Aventuras? ¿Una vida atormentada?
¿El brillo de la excentricidad? ¿Alguna estrambótica conversión existencial?
Yo, sin ir más lejos —y qué lejos podría llegar yo si me pusiera a hablar de mí: ¿por qué las mellizas Stoppio y no, no sé, Dohrn, Améndola, Balocchi, con cuyas vidas infames me permití coquetear más de una vez?
Podría seguir así horas, frases enteras, mientras afuera, en la copa de un árbol, la luz contaría las perlas de su collar y un pájaro cuyo nombre nunca sabré cruzaría apurado un paño de cielo limpio.
Está bien: Baldó. Después de todo, hace rato que los biógrafos aceptaron que el mundo no consta sólo de héroes, emperadores, filósofos, generales de a caballo; que los gestos de un tornero o las devociones de una criada merecen tanta atención y tinta como las proezas del mártir, el artista de genio o la inteligencia que revierte una batalla con un enroque magistral.
Es cierto, siempre queda la duda —que en su momento hice pública en un pasquín menor, bajo el primer seudónimo que se me ocurrió, y no tuvo el menor eco— de si necesitábamos una ponchada de páginas sobre alguien como Baldó, alguien que sólo era alguien para unos pocos carcamanes cortos de combustible, cansados hasta para animar las intrigas de palacio que maquinan, y que ni siquiera comprarían el libro, porque el solo hecho de ocupar un asiento en la academia les daba derecho a un ejemplar sin costo.
Etcétera. Pasaría por alto este asunto, el de los méritos de Baldó para aspirar a setecientas páginas (no hay caso: el número se me va, se me va siempre, y no tengo mi ejemplar a mano) de inmortalidad y las muchas otras reservas que se me ocurren si nuestra autora no incurriera en un abuso que, doy fe, domina como nadie: la lengua fácil.
Se me dirá que mal no le fue. Después de todo, este revoltijo fue lo que celebró el jurado del premio Cannistrà cuando dijo que el libro era de una “exhaustividad diabólica”.
La gansada, típica de Pasutto (yo ya la había oído antes en el fallo del premio Curupí, otro de sus kioscos, a propósito de la crónica de Bartesaghi sobre el sauce criollo, que por suerte no ganó), aludía supongo al ritmo de vértigo con que ese tipo de pequeñeces se multiplican a lo largo del libro.
No fue el primer papelón del Cannistrà, y tampoco sería el último.