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Supongamos que fue así. Supongamos que esa persistencia en el contacto alentó ciertas expectativas.
Tampoco sería tan raro, como lo sabemos bien quienes, aun manteniendo gachas, castas, las cabezas, pastamos en el mundo académico.
No en vano reputadas universidades del extranjero, menos cándidas que las nuestras, advierten a profesores y estudiantes de la necesidad de evitar todo contacto visual que supere el plazo de dos segundos, o cuatro, o seis, ya me olvidé, un número par, en todo caso, que dicho en frío parece nada, algo que sólo podría escandalizar a una monja de clausura.
Pero en el fragor de la situación, cuando se tiene frente a sí a un metro noventa de fibrosa carne de color, saludable y joven como una gacela joven, de la misma edad inconcebible que tenía Bernal esa mañana, con dos diamantes turquesa a modo de ojos y una sonrisa que habría iluminado sola el sótano entero de la biblioteca, tan preñado de secretas posibilidades, seis segundos pueden durar lo que una radiante, salvaje eternidad.
Supongamos que Baldó se conmovió, que dio por hecho que esa primera fricción se prolongaría más adelante, una vez relajado el decoro de la relación laboral y lejos de la mirada del ordenanza, cuya fidelidad apreciaba pero no tanto en ese momento particular.
¿Es ese tipo de promesa el que insinúa nuestra autora?
¿Ese tipo de desengaño? ¿El que remunera con una moneda digna pero insípida —trabajo, abnegación, ahínco, lealtad— una confianza que en lo más íntimo sueña con otra clase de gratitud, más dulce y más lánguida?
Supongamos que sí, con la salvedad de que no estamos aquí para suponer sino para corregir, rectificar, enmendar, cosa de evitar que el error, o más bien la perversidad, recrudezca y haga perder de vista el camino principal.
¿Por qué la culpa del desengaño recaería en Bernal?
¿Por qué no atribuírsela a Baldó, que fue quizá quien alentó las expectativas?
¿No es acaso la ilusión misma, con su potencia de engaño y desfiguración, la que decepciona al iluso mucho más que la realidad, que se limita a ser lo que es y la desmiente por definición, sin proponérselo?
Sabemos que se dieron la mano un rato, pero no quién apretaba la mano de quién, quién presionaba y quién cedía, hasta qué punto era recíproca la cosa, consensuada, y hasta qué punto no.
Es un enigma perdido, que Baldó decidió llevarse a la tumba, y apuesto lo que no tengo, que a esta altura es mucho, que lo inconsulto de la decisión alimenta parte del despecho que corre por las venas de nuestra autora o de su libro.
Ambos estaban en su derecho de esperar algo.
Baldó, por ver en Bernal la sangre joven que necesitaba para revitalizarse y despabilar un área de la Naldoni que llevaba años marchitándose; Bernal, por ver en Baldó la posibilidad de un porvenir inmediato sustentable, seguro, a prueba de turbulencias.
Eran sus vidas, después de todo: un jirón pequeño, modestísimo pero crucial, de sus vidas, ese abismo al que los biógrafos, intrusos de trasnoche, solemos asomarnos demasiado tarde, cuando sabemos que el abismo no podrá o no querrá contestarnos.
Alguna vez alguien a quien no alcancé a distinguir bien porque la coordinadora del programa de conferencias, una entusiasta insufrible, había insistido en “poner en valor” —una sandez muy de moda por entonces— la ronda de q no tenía sentido, no desmentía ni concedía nada: sólo se interponía entre el Grial que perseguíamos y el filo mellado de las zarpas con que pretendíamos desenterrarlo.
Distinto es lo que pasa con los silencios parciales, me encontré alegando más tarde en el New Morning, el tugurio donde solían terminar de naufragar las conferencias de aquel bendito programa.
Ya tenía el cheque en el bolsillo, la coordinadora había desertado y la voz apetecible tenía cara por fin, una cara cercana, tibia, de una palidez casi kabukiana y el pecho chato de una estrella de la gimnasia artística, y dorsos de manos sedosos donde tomaba nota como afiebrada de la bibliografía que yo iba sacando de la galera para abonar una tesis en la que había dejado de creer: la cantinela del silencio como síntoma, moribunda pero aún en pie.
Nuestro informante, que ha aceptado informar, nos recibe en su casa, nos invita a sentarnos, nos sirve té y sándwiches y unas masas secas algo secas, sobras posibles de un encuentro con el ave de rapiña que se nos adelantó, y en un momento dado, ante la mención de cierto nombre propio, cierta fecha, cierta carta no respondida, cierta citación judicial, frunce el ceño y enmudece, elige un alfajorcito de maicena, lo mira y lo deja otra vez en la bandeja, y de pronto recuerda que olvidó que tenía algo que hacer —algo de vida o muerte— y nos echa amablemente a la calle, y ahí estamos otra vez, atónitos, con el anotador abierto y con frío, porque con la precipitación de la retirada nos hemos olvidado el pulóver en una esquina del sillón, donde ya debe estar cubriéndose de pelos de gato.
Algo habla en ese callar. El silencio-huella, los detectores de verdad, el primer von Schlosser, la escuela de Giambologna: declamé todo eso que la voz apetecible seguro se habría aprendido de memoria y ya había olvidado a la madrugada siguiente, cuando aprovechó que yo dormía para irse en puntas de pie, privándome de su exquisita timidez, dos racimos de uvas verdes sin semillas —cortesía del hotel— y mi cheque, bastante más modesto que el que había cobrado Pilone un mes antes por perorar quince minutos menos que yo.
Francamente no sé de qué otro modo tomar la palabra desengaño.
¿Profesional, quizás? Harían falta pruebas.
Pero para qué buscarlas, si ni siquiera aparecen en las páginas de nuestra autora, que sin embargo las sobreentendía.
En el libro, de hecho, Bernal nunca llega tarde, ni traspapela cartas, ni se olvida de ponerse los guantes, ni levanta la voz, ni da calce a ninguna de las tentaciones que le llegan del depósito del segundo subsuelo de la biblioteca, donde Tortós y Toletino, ahora con algún recato, perpetúan los comercios non sanctos que en su momento le costaron el puesto a Lanteiro.
Eso es lo que deduciría cualquiera del hecho de que Bernal no vuelva a aparecer en todo el libro.
No news, good news . En cambio, podemos intuir lo mucho que tenía para aportar en los apuntes con que la autora va dando cuenta del cambio de clima que se vive en la Naldoni desde su incorporación, desde el concurrido capítulo doce.
El gusto por las fórmulas más convencionales no facilita las cosas, pero cada vez que se topa con cosas como “Un sol radiante golpeaba la fachada de la biblioteca”, o “Baldó mejoraba, la psoriasis retrocedía”, o “La Naldoni se reincorporaba al programa de excursiones de la enseñanza primaria”, o “Baldó redescubría sus pasatiempos: la esgrima, las postergadas mamushkas, el sánscrito y los versos, tan sensibles, tan a mano alzada...”, el lector imagina la sombra de Bernal animando todas esas postales de lenta convalecencia, afilando sus lápices cada mañana y guardándolos por la tarde en el cajón junto a los guantes, repartiendo rapé entre compañeros estupefactos, preparando el exquisito café quemado que era su especialidad.
.. ¡Tantas cosas! (Ya llegaré —todo a su tiempo— a las “buenas noticias” que Baldó, dice nuestra autora, empieza a recibir de la sección Manuscritos Raros).
Yo me la imagino —yo, que no tengo nada que ocultar.
Pero ¿y la autora? ¿Hasta qué punto no hay en esa omisión de Bernal una intención puntual, un plan?
¿Y cuál podría ser la fuerza que los mueve?
El valioso Bernal asoma la cabeza y se retira del libro casi sonrojado, como esos chicos que llegan tarde a la escuela y abren la puerta del aula equivocada.
Mientras tanto, nuestra autora se regodea con una celebridad de las lenguas muertas devenida funcionario público, de la que se propone, según anuncia en la introducción, contárnoslo todo.