Malas lenguas 4
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De modo que es un hecho: está adentro.

Es una frase que por algún motivo siempre me conmovió, que siempre quise decir como veía que la decían en las películas de espías: de noche, desde la cabina telefónica de una calle desierta, ahuecando la mano enguantada sobre la bocina del teléfono para evitar que el espía enemigo que se había deslizado conmigo en la cabina —sin duda emisario de un país superpoderoso porque era invisible, mientras que la invisibilidad, para mi pobre patria, seguía siendo un desvarío de la ciencia ficción— leyera —¡leyera!

— el mensaje en clave que me tocaba trasmitir: “El gorrión está en la jaula”, “El violinista en el tejado”, “El guardián en el centeno” o algo por el estilo, algo que ya no sería la frase que siempre me conmovió sino, con suerte, el título de uno de esos bodoques de quinientas páginas que se compran en la estación de tren para las vacaciones y quedan olvidados en un parador de playa, con un reguero de migas de calamares fritos haciendo de señalador en la página equivocada.

La frase no me tocó; no en este caso. Pero fue tal el deseo que tuve de decirla que la sentí vibrar en el aire, como si existiera.

La escuché. No fui la voz que la pronunciaba en plena noche; fui el oído que la recibió, en la misma noche pero lejos, del otro lado.

Y, cualquiera sea la cumbre de placer que me hubiera proporcionado decirla, debo decir que fue muy agradable escucharla.

Una maniobra ingeniosa, reconozcámoslo. Difícil que saliera mal, a menos que la ejecutaran los artífices inapropiados.

A pesar del lugar más bien pálido que le concede nuestra autora, Bernal era un candidato inobjetable.

Y Baldó, que tenía sus debilidades, tampoco desvariaba.

Se había hecho traer el ejemplar del Derqui de la biblioteca, traspapelado, cuándo no, entre manuales de agricultura indígena, y aunque el libro no lo impresionó, algo se le encendió cuando llegó a las ilustraciones, al rostro de la insurrecta detrás de los barrotes, llorando, con el pelo rapado, pero sobre todo a los facsímiles que el libro difundía por primera vez, todos encontrados y reunidos por el mismo novato que ahora golpeaba a su puerta.

Así, a través de los ojos que esa mañana admiraron las largas manos de Bernal —en su versión aterida, porque hacía frío además de llover, un frío insidioso, que la escala y la piedra como de cripta de la Naldoni multiplicaban sin piedad—, el que evaluaba no era sólo el libertino septuagenario despertando de una hibernación prolongada.

Era el funcionario y el especialista también, con su expertise y sus exigencias.

Después de todo, más allá de los beneficios secundarios que prometían —un adelanto de los cuales Baldó tuvo de inmediato mientras bajaba la escalera, cuando vio que Bernal, en una especie de continuum lisérgico de gestos, peinaba una de esas cejas rebeldes que tenía, se pellizcaba el lóbulo de una oreja y prendía uno de sus pestilentes cigarrillos negros con el zippo cromado del que no se separaba—, esos dedos eran los mismos que habían exhumado los papeles de la Derqui, las cartas, el diario, hasta el plan de operaciones.

Y exhumado literalmente, no en ese fácil sentido figurado en el que se amparan ciertos fantoches de nuestra disciplina para sostener que investigar la vida de otros es de por sí excavar, romperse las uñas, desenterrar, cuando los tesoros que encuentran, si es que son tesoros, y si es que encuentran algo que no hayan encontrado otros antes (el caso du Molinet, para nombrar un ejemplo que quizá nuestra autora no haya olvidado del todo), tienen tanto que ver con las profundidades de la tierra como el polvo que junta una sala de archivo municipal, copada por los ácaros pero ventilada una vez por mes, con las fosas perfumadas donde se pudren un Bardi, una Lajoue, un Bartolomeo Bimbi.

Bernal, en cambio, se había arremangado, como se dice.

Hay en el Derqui una foto donde está con boina y barro hasta las pantorrillas, las manos cruzadas sobre el pubis, con esa rigidez mesiánica que sólo exhiben los anarquistas de principios de siglo, ya no recuerdo cuál.

Eso solo —y el contraste de su pathos de compromiso y arrojo con tanta investigación a distancia, tanta biografía de escritorio, con té caliente y leños que arden cerca, mientras una legión de esclavos mal pagos se encarga del trabajo sucio— alcanzaría para explicar el desconcierto, incluso el malestar que produce el papel insignificante que le asigna el libro de nuestra autora.

Sí: Bernal se arremangó, le arrebató la pala al palurdo que papaba moscas a su lado (que una mano piadosa suprimió de la foto), cavó como un poseso, se zambulló en la fosa y, haciendo palanca con la llave que había tenido la previsión de traerse de su coche, un Fortunio celeste metalizado, abrió la tapa del cajón él mismo —él, Bernal, el tímido, el siempre en segundo plano— y rescató para la posteridad los papeles borrados del mapa por la runfla de jueces venales de Orr.

Ese era Bernal. Ese —con algunos años más y el vigor intacto— es el Bernal que nuestra autora describe como “un joven pálido, algo excéntrico y sin mayor experiencia en el área, a la que había llegado por vías misteriosas”.

Ese es el Bernal que el libro, páginas más adelante, no se sabe bien en calidad de qué, incluye en la confusa serie de “desengaños” que habrían precipitado el final de Baldó.

Un Baldó ya exhausto, como la misma autora reconoce, consumido por “la voracidad de la Naldoni, la institución a la que había entregado los mejores últimos años de su vida, además de su salud y, a título póstumo, unos cinco mil volúmenes de su biblioteca personal”.

Esa parece haber sido la idea, en efecto.

Digamos —para matizar un poco las cosas— que la puesta en orden de la donación se interrumpió a poco de empezar, minada por una serie de rencillas entre los responsables de llevarla a cabo.

Aparte de Martinengo, que mal que mal había trabajado con Baldó en la biblioteca, saltando de puesto en puesto hasta acomodarse como secretario personal del director, ¿eran los otros dos sobrinos las personas idóneas para la empresa?

La carta con la última voluntad de Baldó nunca apareció, y la que apareció era tan falsa que daba risa.

Cierta llave se extravió y los libros quedaron presos en un altillo de la quinta de Hurlingham —que, recién vendida, estaba en manos de una oscura fundación católica—, a merced de ratas, filtraciones y la cuadrilla de peones encargada de convertirla en un instituto religioso.

Era ahí donde después, cuando tiraron la puerta abajo, tendrían que haber estado los famosos incunables —el núcleo duro de la donación—, pero las cajas no aparecieron y los libros, unos pocos, en realidad, resucitaron meses después en el quincho de cierto afamado disoluto, debajo de una pila de leña.

Pero digamos que sí: Bernal entró en la Naldoni a principios de mayo (estrenaba zapatos); el infarto de Baldó fue en febrero, el más tórrido en décadas, durante la última, hórrida semana del receso de vacaciones, que Baldó, según su costumbre, pasó chocho de la vida en su despacho de la biblioteca, gozando de los salones desiertos y el fresco tétrico del edificio.

Pero ¿desengaños? La palabra, me temo, implica engaños o promesas que dudo que existieran.

Bernal vivía en su mundo pero tenía modales.

En ningún momento escondió su gratitud. Zárate, el ordenanza, responsable de subirle a Baldó el termo con té y los gajos de manzana con cáscara, estuvo ahí la mañana en que su jefe recibió a Bernal y se formalizó la contratación.

Pudo ver las sonrisas, el largo apretón de manos, y oyó palabras de agradecimiento convencionales pero sentidas, que Baldó quiso pero no pudo rechazar y terminó agradeciendo a su vez, incómodo, mientras la uña de su dedo meñique luchaba con un resto de cáscara atorado entre dos implantes.

El testigo, el único de primera mano que hubo, no oyó promesa alguna, nada que justificara otra esperanza que la de asistir al renacimiento de Manuscritos Raros, una de las secciones a las que la biblioteca debía su antigua fama, últimamente tan de capa caída.

Trabajo, dedicación, lealtad, posiblemente: dado lo mucho que le costaban la ambición, el afán de persuadir a cualquiera de cualquier cosa pero especialmente de sus propios méritos, dudo que Bernal prometiera esa mañana mucho más que eso.

¿Por qué lo del desengaño, entonces? Nuestra autora no lo explica.

Tira la bomba y se llama a silencio, a esa forma aviesa de silencio en que incurren los biógrafos cuando cambian de tema y pasan a otra cosa, un viaje, una indisposición, una mudanza, un nuevo incidente con la corte de sobrinos, esta vez a propósito de un reloj de oro que Baldó no encuentra en el cajón donde debería estar.

Nuestra autora se olvida del asunto. Se olvida pero el mal ya está hecho: Baldó es el santo, Bernal el ingrato, el que promete y no cumple.

Y todo por esos segundos de más que las manos del jefe y el empleado permanecen estrechadas, como posando para un escudo patrio.