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Lo tomaron. Como dije, como apunta nuestra autora con algún sarcasmo, sus antecedentes en materia bibliotecológica eran nulos.
Pero era o había sido escritor, de la clase de los precoces, y aunque sus tres primeros libros —si no los mejores, los más descarados— languidecían en cajones de librerías de usados, las brasas del cuarto y último seguían tibias, en parte gracias al respirador de una versión para cine poco escrupulosa, que malentendía el espíritu del libro pero había tenido la astucia de confiar —de entregar, como dijo alguien con justa maldad— el mesianismo sacrificado de su heroína a Yuyi Falasca, que por entonces, recién egresada de la clínica Facco, estaba en uno de sus picos de popularidad.
Al revés que el público, Bernal no avaló la decisión, pero qué podía hacer.
Vendidos los derechos, había perdido voz y voto.
Conservaba tres cosas, sin embargo: una especie de fe obtusa, ensimismada —capaz de explicar, entre otras cosas, que dedicara unos buenos cientos de páginas a una oscura amotinada de provincias del siglo XIX—, una memoria precisa pero caprichosa y diez dedos larguísimos, de una delicadeza crustácea, capaces de desplegar las contorsiones más acrobáticas en los espacios más reducidos.
Las dos primeras, más el impulso de la recomendación de Dolce, hicieron que Baldó no descartara el nombre del candidato cuando se lo propusieron.
Pero fue la tercera —que le llegó en ese orden, como un golpe de gracia— la que lo decidió a bajar a recibirlo esa mañana en la biblioteca, contra los consejos de su cadera artrítica.
Difícilmente habría bajado por su currículum, una página tipeada a doble espacio con una máquina de escribir que pronto se quedaría sin tinta.
Incluía cinco renglones de noticia biográfica y una lista poco impresionante de títulos, editoriales, fechas de publicación, con mayúsculas y minúsculas que se alternaban siguiendo un patrón opaco, como pasa en las cartas de intención con que ciertos lunáticos con ínfulas de genios se postulan para cargos o premios que nunca obtendrán, gracias a Dios.
Me ha tocado leer algunas y no tienen desperdicio.
Pero no era apuro sino desdén, puro amor propio y desdén, lo que explicaba la desidia.
En casos así, me consta, es inútil ir contra la corriente, salvo que uno tenga ganas de ahogarse.
Antes de leerlo, si es que llegó a leerlo —la autora, una vez más, no da pistas al respecto—, Baldó sin duda levantó el teléfono, pidió que se lo resumieran (lo que no era difícil) y preguntó si el chico valía la pena.
La voz del otro lado hizo lo que tenía que hacer: puso por las nubes su convicción y la memoria del aspirante y deslizó al pasar, como una nota al pie de color, una infidencia sobre su prodigiosa digitación, las destrezas inusuales de las que era capaz, y Baldó, que ya se dormía, pegó un respingo y pidió detalles, muchos detalles.
El que le dieron debió ser un parte muy específico, por no decir exagerado.
Digan lo que digan, ningún ardid táctil abre las puertas de ningún paraíso en treinta segundos.
Aunque quizá las exigencias de Baldó, su particular constitución sensual, exigieran inflar un poco el globo, lo que en ese caso no sería una muestra de torpeza sino de inteligencia.
En este contexto —mañana lluviosa de otoño, hall desolado de la biblioteca, edecán, auxiliar, ordenanza (nunca supe los nombres ni las funciones de toda esa gente cabizbaja que vegeta en esos mausoleos públicos) que se escarba la oreja con el lápiz, etc.
—, da especialmente que pensar que nuestra autora, que dedica a Bernal una mención tan escuálida, repare en el rosado de la llaga y omita los factores decisivos de la situación, se abisme en contingencias y pase por alto lo que cualquiera con dos dedos de frente pondría en letras de molde.
Da que pensar pero no sorprende, porque a la altura del capítulo doce la suerte del libro está echada: cada desliz es una decisión, cada laguna el fruto de una voluntad que no osa confesar su nombre.
Lo cierto es que fueron los dedos los que decidieron su destino esa mañana, al menos en cuanto a la fuente de ingresos con la que contaría en el futuro inmediato.
Los dedos de Bernal, tijeritas pálidas, álgidas.