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Necesitaba trabajo. Al parecer con algún apuro, aunque las personas que se desesperan cuando están sin trabajo suelen ser las que acostumbran trabajar, y hacía rato que a Bernal no se le conocían responsabilidades de ese tipo.
Tampoco es que anduviera por ahí pidiéndolo.
Era demasiado orgulloso para eso. O quizá pensara, como muchos talentos improductivos, que el trabajo que estuviera a la altura de sus méritos nunca lo encontraría pidiéndolo; simplemente le llegaría, en virtud de esas coincidencias mágicas que es inútil buscar y ridículo prever.
Actuaba con una confianza plena, como si tuviera todo el tiempo del mundo.
Pero a la vez, no se sabe bien cómo, sembraba en quienes lo trataban, que no eran tantos, una especie de zozobra compasiva o de preocupación, la sospecha de que los coágulos de polenta fría y la salchicha de ayer con que desayunaba, los dobladillos de los pantalones que arrastraba o los restos de cigarrillos ajenos que fumaba no eran los placeres peculiares que proclamaba que eran sino indicios, tal vez, de una incipiente indigencia.
A simple vista no tenía necesidades, sólo lujos, pero los lujos que puede darse un mendigo una noche fría bajo el puente, mientras se rasca.
¿Cómo sobrevivía? ¿En qué gastaba el dinero que ganaba dónde?
¿Era pobre? Puede que sí, puede que no, qué importancia tiene.
No es el libro de nuestra autora el que nos dará las respuestas, y no necesariamente porque ella no las conozca.
Lo que importa es que la siembra funcionó: alguien, una connaissance más o menos reciente, digamos, entendió que las semillas eran algo serio, un pedido de auxilio, no el reflejo de coquetería que fastidiaba a la mayoría, y tomó cartas en el asunto.
Socorrer a una criatura orgullosa es un arte.
Cualquier brusquedad puede arruinarlo todo, y todo puede ser una brusquedad.
La ayuda, si quiere prosperar, no debe ser frontal; debe delegarse en intervenciones parciales, indirectas, y en terceros episódicos, en lo posible anónimos.
Así, fruto de una ingeniería mundana escrupulosa, el auxilio pareció venir de un contacto, un satélite más bien, uno de esos personajes que viven en la órbita de otros, moviéndose al capricho de circunstancias que aprovechan y desaprovechan sin saber cómo ni por qué, siempre guiados por algún interés apasionado, tan secreto como persistente, que, si sale a la luz, sale a la luz recién al final, cuando se satisface o queda claro que no se satisfará jamás.
Ya que la autora lo pasa por alto, como si Bernal hubiera llegado a la Naldoni por casualidad, o leyendo los avisos clasificados, llamémoslo Dolce.
Es un buen nombre, corto y eficaz; bien pronunciado tiene su encanto, y encanto era más de lo que podía pedir tener alguien que por entonces no era nadie, y por lo tanto tenía razones para entrar en una maniobra de esa clase.
Si entró, pues, debió querer salir con algo más, algo que no llevaba consigo al entrar.
No, no amor, y no sin duda el amor de Bernal, porque aunque casi no se conocían estaba enterado, igual que nuestra autora, de la naturaleza atípica de su corazón.
¿Su cuerpo, entonces? Quién sabe. No en ese primer momento, en todo caso.
Incluso un mercado de carne en baja como el que nos ocupa ofrecía entonces opciones más tentadoras que Bernal, con su altura de jirafa, sus dos metros cuadrados de pálida piel lampiña, su red de venas prominentes, sus piernas valgas de cómoda escandinava.
Ni amor ni carne, pues; una deuda, a lo mejor.
Puede que Dolce se conformara con eso. Quizá fuera un compromiso de gratitud —una ración de tiempo— lo que confiaba en merecer con su gesto.
Como si conseguirle una recomendación para la sección Manuscritos Raros de la biblioteca Naldoni fuera forzarlo a aceptar una insolvencia vaga, de duración indefinida, que Dolce podía decidir no ejecutar pero que, como constaba en el contrato, seguiría teniendo su peso: Bernal podría reconocerla y hasta retribuirla, pero difícilmente la agotaría.
Por supuesto, Bernal no recibió la oferta del propio Dolce sino de un tercero, uno de esos satélites de satélites cuyos rostros y nombres rara vez recordamos o tendemos a confundir con otros, siempre menos importantes, pero que son la savia de la vida social.
Se presentó ante Bernal como un simple intercesor, un mensajero —qué deliciosamente arcaica es la mundanidad cuando quiere—, y recién soltó el nombre de Dolce a último momento, muy a regañadientes, alegando que revelarlo le costaría caro.
Tanta reticencia no podía no surtir efecto aun en alguien remiso como Bernal, que aceptó la proposición sin más.
No creía conocer a Dolce (“Nadie lo conoce”, le hizo observar el mensajero al despedirse, con su caída de ojos más descarada), pero, temiendo ser descortés, dijo que le sonaba su nombre.
Días más tarde, para terminar de convencerse, lo maceraría un largo rato en la boca y lo pronunciaría mucho, bastante más de lo necesario, con el propósito extra de sumarse sin despertar sospechas a una conversación que llevaba un rato ignorándolo.
Fue en la Casa Tencio, que relanzaba su colección de clásicos bilingües.
La bebida, mala, como de costumbre, corría a la velocidad de los chismes, y Bernal se aburría hasta por los codos, hasta la penuria física —otra vez el pliegue de piel de la horqueta de la mano.
La jugada era audaz pero no le salió mal: mechó cuatro o cinco Dolces en una anécdota con varios decorados y saltos de tiempo, confusa pero con la dosis justa de maligna lujuria, y al rato ya pasaba por una especie de alma gemela de Dolce, un nuevo fogonero de la espuma social, con la particularidad de que era difícil decidir si decía poco porque lo que sabía no valía gran cosa, y en ese caso lo decía todo, o porque se reservaba la mejor parte, la que esperaban escuchar los demás, para una oportunidad más redituable.
“A un cierto punto”, como le gustaba decir a Tencio padre, y no por el alcohol, porque estaba en uno de sus períodos de abstinencia forzosa, cuando sus interlocutores ya daban por sentado que el personaje que invocaba existía, Bernal sintió un sacudón de vértigo, como si su vida de segundón, hasta entonces tan cómoda, estuviera al borde de convertirse en una de embustero o de impostor, preñada de peripecias y aventuras que lo excedían.
¡Dolce, Dolce, Dolce! Era como si la repetición lo hubiera hiperventilado.
Por suerte para él —no tanto para el resto—, en ese momento empezaron los discursos, y se apartó del grupo sin llamar la atención, dio unos pasos desorientados, hizo trizas una copa —la bandeja pasó más rápido de lo que pensó— y dejó que su mirada se perdiera en el vacío de una generalidad confusa, uno de esos oasis que brotan a veces en el corazón de una noche poblada, donde la sorprendí yo, que no estaba muy lejos.
Había seguido la conversación desde atrás de una versión gigantográfica de Grottone, el Grottone de barba, bufanda y lentes de ciego —mina de oro del imperio Tencio—, mientras simulaba interesarme por una calumnia sin gracia con la que alguien pretendía probar mi lealtad.
(Yo también había contribuido alguna vez al catálogo bellettriste de la casa, un aporte que la familia Tencio —en especial Cosme, porque a la loca de Mabel le tenían vedadas la contabilidad y las listas de invitados— seguía retribuyéndome con invitaciones y ejemplares fallados).
Podría jurar que había oído la voz de Bernal abrirse paso hasta el corrillo donde me fumaban en la cara otros idiotas éditos.
Ahora, sin embargo, lo veo más que oírlo.
Lo veo como si fuera ayer. Viste su uniforme de salir, la misma elegancia apolillada que luciría en la entrevista con Baldó en la Naldoni: pulóver de cuello alto, pantalones oscuros de corderoy grueso, todo dos talles más grandes que el suyo. Invisible pero oversized .
¡Bernal!