Malas lenguas 1
1%
Malas lenguas

Malas lenguas

Por Alan Pauls

© inepub.com

1

Bernal, a quien conocimos en el capítulo doce, tenía poca experiencia en bibliotecas.

Tan poca en realidad como en volar o el planchado a seco, pero mientras la idea de ser piloto o atender una tintorería jamás se le habría cruzado por la cabeza, a las diez en punto de esa mañana de otoño estaba preguntando por Baldó en el hall central de la biblioteca Naldoni.

Se había bañado y afeitado y tenía unos lamparones feos en hombros y rodillas, porque aunque había salido con paraguas, el más sensato de sus anacronismos, algo, quizá su misma condición anacrónica, le había hecho olvidar que lo tenía, de modo que lo había llevado sin abrir todo el camino hasta la biblioteca.

Registramos la mención porque el nombre —Bernal— no nos deja indiferentes: apenas suena sentimos la clase de vibración, de sinestesia prosaica que nos asalta cuando oímos nombres de lugares aplicados a personas y viceversa.

Pero decir que lo conocimos sería exagerar.

Lo que cuenta de él ese puñado de renglones a esa altura del libro es poco y es superficial, y si nos descuidamos puede que hasta lo hayamos leído antes referido a otro.

Además están entre paréntesis, como agregados a último momento, sugerencia de un revisor con escrúpulos que quizá no estuviera incluido en el plan original.

Cuesta no preguntarse a qué se debe la parquedad de la mención, si al descuido de la autora, por lo general tan perspicaz, tan proclive a entrar en detalles, o si al mismo Bernal y su vocación retráctil, su temor a importunar.

Sabemos qué contestaría la autora, y con qué tono: “Yo escribí la vida de Baldó. Lo demás está ahí porque se rozó con esa vida, no por mérito propio”.

Lejos de estas frivolidades, Bernal, que acaso las hubiera disfrutado, esperaba.

La bóveda, los arcos, la lámpara con su larga cadena y su aire medieval, la paloma que miraba hacia abajo mientras picoteaba el aire, como eligiendo un blanco propicio.

.. Cómo sobresalen y brillan, cómo nos soplan ahora secretos al oído los divinos detalles que nos habría gustado leer en este libro.

Qué podía hacer Bernal sino esperar, desperdiciar un par de esos largos minutos estériles que componían las mañanas para un trasnochador como él, confiado en que al final, como la imagen en el papel fotográfico que hace la plancha en un piletón de ácido, su cuerpo se materializaría y el empleado que revolvía un cajón hurgándose una oreja con la punta del lápiz terminaría por notar su presencia.

Toser, golpear el piso con la punta del paraguas, librarse con grandes gestos del abrigo mojado: había muchas maneras de hacerse notar, las conocía bien, podía ejecutarlas con naturalidad y razonable eficacia.

Pero esa mañana, por alguna razón, parecía decidido a llevar su invisibilidad hasta las últimas consecuencias.

Y sin embargo, qué presente estaba él para él mismo mientras esperaba.

Aunque había desayunado, una víspera de náusea le revoloteaba en la boca del estómago.

Sentía la cabeza demasiado grande, hinchada o forrada por fuera con una membrana acolchada que le daba calor, como le pasaba cuando dormía poco o se creía afiebrado.

Empezaba a picarle el dorso de las manos, en particular la horqueta formada por el pulgar y el índice, con ese sobrante de piel lleno de pliegues que no podía evitar roerse cuando el escozor se le volvía insoportable.

Cuanto menos lo miraban, más recrudecían su cuerpo y sus cosas, de pronto exaltados, como chicos que se ponen a saltar sobre los sillones no bien los dejan solos.

Sin embargo, ese racimo de molestias diversas —que un observador menos entrenado habría interpretado como síntomas de inquietud, de cierto malestar— pasa inadvertido para el ojo de nuestra autora, que prefiere detenerse en una, quizá la menos relevante: el rosa roast beef matizado, crepuscular, de un resto de llaga que tarda en cicatrizar a un costado de la falange medial del dedo mayor de la mano derecha, fruto de un error de cálculo —el tamaño de plato equivocado— al dar vuelta una tortilla de acelga que, por lo demás, esto refrendado por alguien que tuvo el privilegio de probarla, resultaría todo un éxito.