Malas lenguas 76 #2
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76 #2

Lo odié, por supuesto. Sin la obnubilación del odio (y la mala iluminación del hall) no habría pagado de más por la entrada ni enfilado hacia la sala como una tromba ofuscada, sin reparar en el extinguidor de incendios (del que mi hombro sigue acordándose) ni en la pintoresca cartelera, que anunciaba las películas del día con una docena de tipografías diferentes.

¿Habría entrado, de haber leído los títulos?

Quién sabe. Es una de esas preguntas enojosas, imposibles, que todos nos hacemos alguna vez y los biógrafos serios más de una.

Lo cierto es que ya estaba adentro, algo que creo haber dicho antes hablando de otros, de las encrucijadas que enfrentan a veces las vidas de los otros.

Y la verdad es que no era desagradable. El piso crujía, los indicadores luminosos parpadeaban y un obstinado filón de humedad palpitaba en el mar de lavandina y desodorantes con que habían intentado aplastarlo.

Apenas me senté, el asiento se hundió casi hasta tocar el piso; una especie de escalofrío recorrió toda la fila de butacas y pareció sacudir al espectador sentado en la otra punta, que se levantó de un salto y se fue.

Pero la butaca, aun desvencijada, tenía algo cálido y acogedor, como hecho a la medida de mi cuerpo por alguno de esos artesanos viejos, con las manos deformadas por la artrosis, casi ciegos, que hacen en secreto los pulóveres, los guantes, las frazadas, los zapatos, los sombreros, todas las fundas en las que nuestro cuerpo calza de un modo milagroso y se siente seguro y feliz.

Quizás el respaldo de la butaca de adelante me había quedado un poco alto.

Pensé en moverme, en usar a Bobèche de almohadón y ponérmelo bajo las nalgas.

Pero temí que el menor cambio, por razonable que fuera, destruyera el extraño, satisfactorio, casi voluptuoso equilibrio al que había llegado, y no me animé.

(Aproveché el impulso de la idea y dejé los libros en la butaca de al lado).

Por lo demás, veía bien: el filo del respaldo mordía apenas la base de la pantalla.

No había subtítulos, todo parecía suceder en la mitad de arriba, así que no se perdía nada.

Tampoco sé en realidad si había algo que perder.

Durante unos segundos, mientras me entregaba al amparo de mi pobre nido desfondado, estuve mirando la pantalla y no entendí nada.

Siempre desconcierta llegar con las cosas empezadas; hay que volver a afinar, recalibrar, ajustarse a las formas y colores de un mundo que no nos esperó, que ni siquiera reparó en que no estábamos prestándole atención, un poco como cuando nuestros ojos pasan de una página de libro a una ventana, a lo que está detrás de la ventana, al espacio mayor, cielo, balcón, calle, donde el pájaro traza sus círculos, el vecino cuelga ropa, el repartidor de comida patina con su moto y por poco se mata.

Era una fiesta, creo, y había música, y gente que saltaba o bailaba, y cada tanto, desde abajo, del respaldo de la butaca de adelante, brotaban unas alegres salpicaduras de agua.

Alguien chapoteaba en alguna clase de pileta.

Decidí que eso era lo que pasaba, esa la acción de la película, al menos la visible, y pensé que con esa sola información me sería imposible determinar en qué punto estábamos, cuán empezada estaba la película, cuán cerca del principio o del fin, y me despreocupé, y terminó tragándome el dulce letargo de la hospitalidad.

Cuando volví a abrir los ojos tenía encima la cara inmensa, patética, de Yuyi Falasca.

Aun desfigurada por el llanto, por un maquillador incompetente, más bien, la reconocí en el acto, entera, como si hubiera estado soñando con ella y su imagen en la pantalla no fuera más que la proyección de mi sueño.

Sus párpados caídos, la línea irregular de su pelo, cortado por las tijeras brutales de la cárcel, los dientes podridos, los labios cuarteados de sedienta profesional, hasta su nombre se me impuso sin que tuviera que hacer, recordar, pensar, asociar nada, simplemente exponer mis ojos a su emanación.

Sólo unos segundos después, quizá porque la cámara había empezado a retroceder, reconocí, a medida que se iban formando, las borrosas líneas verticales de las rejas, y la puerta de la celda, y la minúscula ventana en la pared del fondo, tapiada por sus carceleros para que ni la luz del sol pudiera darle esperanzas.

Recién entonces, como si fueran parientes lejanos de la Falasca, la nota de pálido color que condimenta la foto de familia, pensé en la Derqui y en Bernal.

Yo no había visto la película, pero conocía bien el libro, que debo tener, muy manoseado, en alguna parte, y sobre todo el vacío de lastimado rencor en el que la había envasado Bernal.

Estábamos por la mitad, un poco pasados de la mitad, digamos, cuando la heroína, hasta entonces una rebelde, una aguafiestas, un alma litigiosa, se convierte en una bomba de tiempo.

Su némesis, el torvo Requena, acaba de sacarla de la celda en la que él mismo la encerró, aprovechando de paso para toquetearla un poco (lo que le valió la pérdida de una falange, que la Derqui le corta en seco con los dientes y se traga entera), y le ofrece un trato: reducirle la pena, reducírsela mucho, a cambio del nombre de sus cómplices.

La Derqui se niega; mucho peor: se ríe, se ríe con las carcajadas limpias de una demente —y por un momento tuve el impulso de levantarme, ir corriendo hasta la cabina de proyección y pedirle al proyectorista que rebobinara la película hasta esa escena magistral—, y la risa multiplica sus ecos de desprecio entre los muros del penal, y luego, cuando vuelven a encadenarla, le zampa a Requena la filípica que todo el mundo conoce, modelo inmortal de todas las diatribas producidas por los últimos cien años de este país.

Ahora, de vuelta en su celda (a la que un asistente de producción ha añadido un par de ratas), llorando de odio, la Derqui entra en su destino de mártir.

Y mientras la cámara retrocede (o la celda se aleja, quién sabe), una voz venida de otro mundo, dulce y profunda, recita muy despacio unos versos, y es ella, la voz, son ellos, los versos —no el director con sus ideítas, no el editor y sus dedos ansiosos— los que nos transportan con su hechizo de la celda a la capilla de la cárcel, donde está el paje que, de espaldas a nosotros, los compone y dice mientras lee, se hurga las uñas o cose.

Dijiste algo

una vez —

apenas una grieta en la tarde.

El aire no lo oyó,

ni el perro,

ni la hoja que se movía cansada.

Sólo yo,

que no soy aire ni perro ni hoja.

Hice con tu palabra

una cápsula de silencio.

La llevo bajo la lengua,

donde los sueños se disuelven sin testigos.

Si algún día me abren el pecho,

encontrarán sólo eso:

una sílaba tuya,

viva todavía,

la brasa que queda

necia

cuando ya no hay fuego.

O alguna cursilería por el estilo.

El paje cose, y el paje es Bernal.

Creo que dejé de respirar. Fue un segundo, pero juraría que todas las funciones vitales de mi cuerpo suspendieron sus actividades, un poco como cuando alguien en una reunión pide un minuto de silencio y todos se callan y pasa una eternidad en que sólo se oyen el zumbido de la heladera, el goteo de una canilla, el disco que sigue sonando muy bajo en la habitación de al lado, todos los estúpidos signos del mundo que los muertos ya no habitarán.

Pero todo se reanudó y yo solté un suspiro muy largo, y entonces fui capaz de verlo .

Qué hermoso estaba con su tonsura, su túnica de lana, sus sandalias franciscanas, demasiado chicas, me pareció, para sus pálidos pies.

Qué joven, dios mío. Estaba más joven que cuando lo conocí, que era como decir más helado que un bloque de hielo polar, más ardiente que el fuego, más antiguo que el primer fuego hecho por mano humana en la tierra.

Era un ángel, un ángel poeta. El paje cosía.

¿Qué cosía el paje? Una cosa plana, pequeña, con forma de.

.. No sé, no se veía bien: la luz de la escena era tenue, la copia de la película dejaba bastante que desear y a mí se me había dormido un pie.

Siempre que se me duerme una parte del cuerpo tengo un sobresalto de pánico, como si fuera el principio del fin.

Era algo para la Derqui, supongo, de la que estaba secreta, terca, locamente enamorado.

O cosía la poesía, los versos que decía mientras los decía.

Yo no quería llorar. No estaba despilfarrando la tarde de sol en un cine para eso.

Pero los versos, la voz, la cara blanca, casi transparente de Bernal, con sus pómulos duros, y el aire de recién nacido, de niño expósito recogido en las aguas de un río que le daban los pedazos de tela austera que le habían puesto encima, el niño más alto del mundo.

.. Así que lloré, otra vez. Al final, estas páginas no serán más que la historia de alguien que no quiere llorar y llora.

Pero ¿por qué? ¿Por qué alguien no quiere llorar y llora?

Quizás ese fuera el secreto de mi corazón, el que Bernal me había jurado por escrito que estaba a salvo en sus manos.

El que me había robado antes de que yo pudiera descubrirlo.