CAPÍTULO 107
De una llegada triunfal
Un murmullo recorrió la marea de personas que ocupaban la plaza.
Era una estampa similar a la que había visto en mi último intento de llegar hasta allí.
El lugar estaba abarrotado, y se formó un corrillo a nuestro alrededor.
No es muy inteligente llevarse la mano a la espada cuando tienes la punta de cinco lanzas tan cerca del cuello, así que opté por el diálogo. Quizá me serviría.
—¿Dónde está el cantamañanas?
Igual no había sido la mejor forma de hacer la pregunta, pero fue la que me salió.
—¿El cantamañanas? —murmuró uno de los guardias.
—Sí, Háchpirey. Pelirrojo, vestido con colores chillones, no para de hablar…
—Ah —dijo uno de los guardias, que separó un poco la lanza de mi cuello—. Sir Háchpirey Tredembaun, Maestro de los Bardos y Secretario de la Duquesa de Rádamo.
Asintieron contentos. El bardo se los tendría ganados de sobra.
—Así que, en los meses en los que he estado fuera, el tocaflautas ya se ha buscado un nuevo título que sumar a su ingente lista. —Con afán apaciguador, les dije—: Y si dejáis de apuntarme, ¿eh? Entiendo que tengáis que ganaros el sueldo, pero os podéis relajar. No soy una amenaza.
Se miraron entre ellos. El que había hablado antes negó con la cabeza.
—Habéis aparecido de la nada. Claro que sois una amenaza.
—Es una larga historia. —Erguí el pecho y con firme seguridad, les dije—: Me llamo…
—Málakor Arben —una voz desconocida para mí emergió de entre la multitud.
En la marea de gente, que murmullaba sobre mi nombre, hubo movimiento y se hizo un pasillo por el que avanzó un hombre de pelo castaño, semilargo, y ojos claros.
Vestía túnica larga de un blanco tan impoluto que deslumbraba.
El dorado de los ribetes de sus mangas y bajos era también llamativo.
Había algo en su rostro que me era familiar; sin embargo, no supe ubicarlo.
Caminaba con los brazos abiertos, con gesto conciliador.
—Hermano Cadius —dijeron los guardias, mas no variaron su postura.
—Por favor, bajad las lanzas
—Ha parecido de la nada —se defendió un guardia—. ¡¿Y si es una treta de nuestros enemigos?!
—Él no es un enemigo. Al contrario, es más que bienvenido. Es uno de los Heraldos del Bien.
—Eso. Así que quitad las lanzas de mi cuello de una maldita vez, u os las meto por los ojos.
Los guardias las apartaron al momento, y sentí gran alivio. Miré al tal Cadius. Algo en él me recordaba a Altaxio, quizá es que era, como él, un siervo de los dioses. Pero no iba a quedarme a averiguarlo, tenía otras cosas que atender.
—Gracias —le dije.
Él sonrió mientras asentía.
—No tenéis por qué darlas.
—¡Málakor! ¡Málakor! —Volvió a resonar mi nombre en la plaza. Esa vez no venía de una voz desconocida, sino de mi amigo Háchpirey. Nunca me había alegrado tanto de oírlo.
El gentío volvió a moverse. Vi entre ellos al bardo, que caminaba a paso ligero hacia mí. Tan bien vestido como siempre, con el pelo recogido en una coleta que le caía sobre el hombro derecho y esa sonrisa suya tan genuina.
—Mi querido amigo Málakor Arben. —Abrió los brazos de par en par.
—Hach —pronuncié, casi sin voz, y con el hondo deseo de correr a abrazarlo.
Lo hice, y mi cuerpo y el suyo se encontraron pronto. Cayeron el hatillo y los libros a mis pies cuando abrí los brazos también para estrecharlo con ellos.
El bardo. El bardo estaba allí. A salvo. Y yo al fin estaba con él. Lo abracé hasta estrujarlo.
—Por los dioses, Málakor, me vas a ahogar.
—Pues mejor, así te callas de una vez.
Sentí su risa reverberándome en el pecho. Le cogí la cara entre las manos y lo miré a los ojos. Me parecieron más verdes y vivos que nunca.
—Te he echado tanto de menos, cantamañanas, que hasta te besaría.
—Quizá me deje… —dijo con voz guasona, y me cogió también la cara entre las manos—. Mi rudo mercenario poniéndose sentimental. —Me apretó los mofletes, los hombros, los brazos, los costados, la cintura y la espalda.
—Si sigues bajando al final te beso, eh, te lo advierto.
Volvió a reír. Nos dimos otro abrazo. A nuestro alrededor, la gente sonreía y soltaba comentarios enternecidos.
—Qué han hecho contigo en Sigmarina, ¿eh? Pareces otra persona. Vas vestido como un… lechuguino de esos que tanto te gustan.
Cuando le dijera por qué llevaba ese traje, iba a caerse de espaldas. Pero no era el momento de hablar de eso, había cosas más importantes que decirle y preguntarle. Como el hecho de que hubiera mencionado Sigmarina como si nada.
—¿Cómo sabes dónde estaba? —Fruncí el ceño—. He estado preocupadísimo pensando en que no teníais la menor idea y en que estaríais buscándome.
—Tékim nos explicó por qué. Él envió al pájaro sabiendo que tu colgante tenía parte de su energía. Él quería que fueras a Sigmarina y estuvieras con Anamkha, porque sabía que solo con ella podrías aprender muchas de las cosas que necesitabas para lo que está por llegar.
—Maldito Dios de la Magia —gruñí—. No sé si quiero matarlo o darle un abrazo. Debería de haberme dicho algo. No se le manda a uno a otro continente sin avisarlo. Mañana lo mandaré yo de una patada a alguna parte, a ver qué tal le sienta.
—A él no sé, pero a ti te sentaría como una bola de fuego en la cara. A tu abuelo le encanta quemar cosas. Xel suele decir que ojalá supiera quemar cosas como él, porque quemaría Narqania entera.
—¿Y mi sobrino? ¿Dónde está?
Temí, a causa de mi angustia, que le hubiera pasado algo. Las pulsaciones se me aceleraron y el estómago se me encogió.
—En el comedor, con Panceta y Gris. No te preocupes por ninguno de esos zascandiles. Están mejor que bien.
Sentí como si hubiera dejado caer una enorme mochila. Ellos estaban bien.
—He visto a muchos elfos oscuros en Sigmarina, ¿sabes?
—Eso no es bueno. Aquí, cada día llegan más noticias sobre su crueldad. Lo hablaremos todo en su momento, ¿vale? Ahora tienes que descansar un poco. Y, antes de que digas «no me hace falta», hazme caso: te hará falta.
Me agaché a recoger los libros. Al tocarlos, pensé en Cerennis y en Ursa. En su bonito hogar, en el pequeño Xely, en el asado. Quizá nunca volvería a verlos, y eso me puso infinitamente triste. Luego me incorporé. Al mirar al bardo, mi tristeza fue menor.
—¿Traes libros contigo? —dijo ceñudo—. Vaya, sí que estás distinto.
—Pues verás lo que traigo en el hatillo… —dije pensando en el arco.
—¿Qué? Es igual, te perdono que los hayas dejado caer, ha sido por abrazarme, pero que no se repita, ¿eh? —Me los quitó de las manos—. Pobrecitos, se les han doblado las esquinas.
—Son para ti.
—¿Para mí? —exclamó con su entusiasmo habitual cuando se trataba de cosas llenas de palabras—. ¡Qué detalle más maravilloso!
—Algunos los he… escrito yo. —Carraspeé. Sus cejas se alzaron hasta el infinito. Antes de que pudiera decir nada, agregué—: También he traído para Xel y para Leyla. —Esperé su reacción al mencionarla.
—Ah, le gustará. ¿Cómo es eso de que…?
—¿Le gustará? —interrumpí—. ¿No está en la Ciudad Maldita?
—Sucedió algo complicado, pero no está en sus manos, puedes estar tranquilo.
—Por todos los dioses… ¿Y Azani?
Al bardo le cambió la expresión, como si le hubieran salpicado la mirada con un pincel hecho de tristeza. Supe que lo de Azani era verdad.
—Hablaremos dentro, vamos. Así me cuentas cómo es eso de que has escrito libros. Podría esperar muchas cosas de ti, pero ¿esa? Jamás.
—Creo que llamarlos libros es faltarle el respeto a tu profesión, son más bien unas cuantas páginas llenas de pensamientos. Unas memorias, a mi manera. Me han ayudado a… echaros menos de menos. Valga la redundancia.
—Yo también te he echado de menos, amigo. —Me echó el brazo por los hombros.
Me dejé llevar por él y nos dirigimos al palacio.
La plaza regresó a la normalidad y la gente se dispersó.
Eran personas de toda clase, niños, adultos, ancianos…
Con ropajes muy distintos, colores de piel y rasgos bien diferentes también.
Lo comparé a como si hubieran cogido a todas las personas de las diferentes ciudades de Luara y las hubieran contenido en el mismo sitio, aunque con las de Rádamo.
Sus lenguas y acentos también sonaban distintos entre sí.
Tras aquella puerta, descubrí un lugar asombroso.
Había un enorme zaguán de entrada, con una alfombra y una escalinata doble, de mármol, que se abría a ambos lados.
Bajo el punto central, coronado por una balaustrada y un distribuidor, había un arco que desembocaba en un pasillo.
Dos pasillos más con otros dos arcos a mi derecha y a mi izquierda, antes del pie de las escaleras.
No estaba excesivamente decorado, aunque los acabados del palacio eran bonitos.
Sobre nuestras cabezas había una entrada de luz como la del aula de anatomía.
No obstante, sus cristales estaban decorados.
Pendía de ella una lámpara de varios brazos.
El bardo me condujo hacia el pasillo tras el arco bajo las escaleras, mientras parloteaba sobre lo excelente de la manufactura de mi traje.
Apenas habíamos alcanzado la puerta, decidió que era buena idea dejar de hablar de ello, gracias a los dioses.
Allí oí los ruidos típicos del servicio.
Movimiento de vajillas, trapos al ser escurridos, algún cuchicheo y la risa de unas doncellas.
Pero no vi a nadie. Debían de estar en el sinfín de habitaciones que se distribuían en los laterales del pasillo.
Entre puerta y puerta, había algún candelabro, algún cuadro.
Los primeros eran de plata, los segundos tenían escenas de paisajes.
—Tenía que haberme traído el cuadro de la oveja —dije para mí.
—¿El cuadro de la oveja? —preguntó Hach.
—Es una larga historia, de las muchas que te tengo que contar
—Sí, y también me explicarás lo de ese artilugio a modo de dedo.
—Me lo ha regalado Anamkha, ella y yo… —La vista se me nubló de golpe, las piernas se me doblaron y tuve que agarrarme al bardo para no desplomarme.
Mientras me sujetaba, empujó de un taconazo la puerta de unos aposentos y me ayudó a llegar a la cama. La cabeza me daba más vueltas que aquella vez en la que casi me dejé los sesos en la cueva del príncipe de los venenos. Retorciéndome sobre la colcha, solté un quejido.
—¿Por todos los dioses, Hach, qué es este dolor? —Me llevé las manos a las sienes, con ganas de aplastármelas para que dejase de doler.
Escuché cómo corría las cortinas. Abrí un poco los ojos. Aquella penumbra me reconfortó por unos segundos, pero al poco tuve que volver a cerrarlos, porque me sobrevino un agudo pinchazo en las sienes.
Se sentó a mi lado y me obligó a bajar las manos.
Apreté los dientes y los párpados, soportando un latigazo de dolor en la parte baja del cráneo.
Pero solo conseguí que me radiase hasta los ojos.
Me pareció que me estallarían o se me hundirían en los sesos.
Destellos de luces blancas intermitentes se apoderaron de mi visión.
Aunque recordé lo que Anamkha me había dicho, eso de que experimentaría malestar, no imaginaba que tanto.
—Son las consecuencias de la magia prohibida. Medora lo llama «migraña mágica». Ella la ha padecido alguna vez, sobre todo después de conjurar hechizos que no debería según el juicio de Téramo, ya me entiendes.
—Nunca me ha dicho nada. Ni lo he notado.
—Porque pensaba que era un castigo por hacerlo. Ha sabido que ese dolor ha acabado volviendo locos a muchos magos. No es de extrañar —comentó—. Ya supuso que la padecerías.
—Ya estaban locos… Son lameazufres. ¡Ah, dioses! —Me retorcí de nuevo.
El dolor que habría tenido que soportar Medora en silencio me hizo sentir compasión por ella, así como admiración por haber sido capaz de aguantar semejante tortura sin desplomarse.
—Deja de gritar o empeorarás. —El bardo suspiró—. Tienes que intentar calmarte.
—Cuando fui a Sigmarina estuve bien —dije a duras penas.
—Porque el método por el que llegaste allí partía de manos de Tékim, el Dios de la Magia. Su poder es estable, divino y… muy elevado. Pero tu regreso se ha conseguido por otros medios, ¿verdad? O al menos eso dijo el dios que sucedería.
—El hermano de Anamkha hizo una pócima con a saber qué. —Gemí de dolor. Me coloqué en posición fetal y me presioné la frente con la parte baja de la palma de la mano—. Arráncame la cabeza, Háchpirey, te lo suplico. Esto es peor que oír cantar a una caterva de bardos.
—Ni rabiando de dolor dejas de meterte conmigo, ¿eh? —Rio—. Te traeré unos paños fríos, es lo más que puedo hacer.
—Vale… —Tirité incontroladamente—. Y un hacha, para que me corte la cabeza.
El bardo se fue de allí rezongando y soporté el dolor como pude. Cuando regresó, me ayudó a quitarme las armas, la levita y las botas, me colocó unos paños fríos en la frente y me dio a oler esas sales suyas que habían ayudado a Medora tiempo atrás.
—El frío hará su efecto. Intenta mantener la calma, los ojos cerrados y la respiración controlada. Si gritas o te crispas será peor. Se te tensarán los músculos. —Me arropó con las sábanas—. ¿De acuerdo?
—De acuerdo… —musité, aferrando la tela como si pudiera salvarme de aquel dolor.
—Si quieres te doy un cojín para que lo abraces. Medora abraza al dragón cuando le pasa.
—Si quieres te doy una paliza, tocaflautas. —Resoplé, pero él me puso un cojín encima y lo abracé. Estaba frío, y eso también me consolaba—. Le lleva cientos de años. Es una cosa muy turbia que estén juntos. No me lo recuerdes.
—Tú también le llevas cientos de años a tu esposa.
—¿Cómo lo sabes? —dije tras otro quejido.
—He estado leyendo en el mar de páginas, y ya sé a quién le debo este color de pelo.
Y sé quién es ella y quién eres tú en realidad.
Aunque creo que tú no sabes quién soy yo.
Te lo contaré cuando no estés mordiendo un cojín y puedas prestarme atención.
—Me lo apartó suavemente—. Deja de hacer eso. Te harás daño.
—Mátame. Nunca te he pedido nada, Hach. Mátame.
Él se rio. No tenía fuerzas para mandarlo a freír espárragos.
—Inspira y espira. Vamos. Inspira y espira.
—Lo que voy a hacer es expirar a este paso.
Recordé el parto de Ursa y me pregunté si aquello dolía más o menos que esto.
No, desde luego más, yo no tenía que sacar un niño con la cabeza enorme de ningún agujero de mi cuerpo.
Al pensar en ese momento, a pesar de todo, la sensación cálida de aquel recuerdo me tranquilizó.
Metí la mano en el bolsillo y rocé el mechón de Anamkha con los dedos.
—Eso está mejor. —Hach debió de notar que me relajaba—. Vendré a verte más tarde.
El bardo me besó en la frente y luego se fue. Sacando lo mejor de mí mismo, seguí soportando el dolor, hasta que se hizo menos latente y me sobrevino un agotamiento que me condujo a un sueño profundo.