Málakor 4 Epílogo
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Epílogo

De rojo sobre negro

Cuando abrí los ojos, la habitación estaba a oscuras, salvo por un pequeñísimo haz de luz que se colaba por la rendija inferior de la puerta.

No sabía cuánto tiempo había estado durmiendo, pero debía de haberse hecho de noche.

Solté un quejido de satisfacción al comprobar que el dolor se había disipado, y me incorporé.

Tenía mucha sed y una necesidad imperante de vaciar la vejiga.

Eché las sábanas hacia atrás. Al hacerlo, distinguí dos puntos rojos en la oscuridad del fondo de la habitación.

El cuerpo entero se me tensó, mas apelé a alguna explicación lógica.

Quizá aquel hilo de luz llegado de la puerta incidía en algo metálico, quizá…

Sin embargo, aquellos puntos rojos desaparecieron y volvieron a aparecer.

Entonces supe lo que eran. Dos ojos del color de la sangre puestos en mí.

No sabía dónde demonios había puesto el bardo la espada, pero tanteé con las manos sobre las sábanas y estiré una de ellas más allá.

—Tu espada no te servirá conmigo. Aún no —dijo una misteriosa voz femenina.

De golpe, prendieron las velas de la estancia.

Un fulgor rojizo y dorado lo llenó todo.

Apreté los párpados, incómodo por el cambio de luz.

Cuando pude abrirlos y acostumbrarme a ella, distinguí con nitidez a quien me había dicho esas palabras.

Una mujer joven de belleza sobrenatural, con el pelo oscuro como la noche, largo y brillante.

El carmesí de sus labios resaltaba en su pálida tez; más pálida que la luna.

Estaba sentada en una butaca en la esquina de la estancia, cómodamente, con una pierna cruzada sobre otra, visible desde la parte alta de su muslo a causa de una apertura en el largo vestido rojo de pronunciado escote.

En los pies llevaba unas sandalias oscuras, De diamantes negros y obsidiana, anudadas al tobillo con finas hebras de oro.

Adornaba su cuello con joyas de igual material y rubíes, los mismo que la tiara que ceñía en su cabeza, rematada en los laterales con sinuosos pináculos.

En su centro había una media luna recostada sobre su vientre.

No fui capaz de decir palabra, a pesar de que mis labios se separaron para hacerlo.

La fascinación que sentí por ella me dejó mudo, al igual que el irremediable deseo de desnudarla y perder en sus brazos el sentido de todas las cosas.

Hasta de mí mismo. No pude controlar aquella necesidad que hizo latir mi corazón más aprisa.

Tampoco lo que a la par se apoderó de mí.

Un terror absoluto que me cortó el aliento y me atenazó los músculos.

Tenía tantas ganas de salir corriendo como de quedarme.

Sin embargo, mi cuerpo no obedecía a lo primero.

—Me encanta lo que sentís cuando me veis por primera vez. —Su voz era letalmente atrayente, como si solo con ella pudiera llevar a los mortales a la necesidad irrevocable de derramar su sangre para dársela toda—. Es tan… satisfactorio.

Se puso en pie y caminó hacia mí. Al pie de la cama, posó ambas manos en ella y se inclinó.

Las largas puntas de su cabello se tendieron en las sábanas y, cuando avanzó hacia mí, a gatas, y se colocó encima de mi cuerpo, las sentí en mi pecho.

Estaba sentado, y ella me tendió suavemente hacia atrás, a horcajadas sobre mí.

Mi respiración agitada se mezcló con el ruido de las sábanas al rozar con mi cuerpo, bajo el peso de ambos.

—Puedo notar el deseo que sientes por mí.

Tu desesperación. Tienes sed… Sed de mí…

—Puso las manos en mi pecho. La curva de sus brazos presionó sus senos contra sí.

Esa visión me secó la boca. Jamás había experimentado aquel deseo animal.

Tenía el poder de sacar lo más bajo de mis instintos—. ¿Verdad que tienes sed de mí?

Me tomó la barbilla con dos dedos y me hizo asentir. Sus uñas eran de un negro brillante, como si las hubieran teñido. Estaban adornadas con las fases de la luna.

La sangre. La luna. Aquella atracción. Esos ojos rojos.

«Deidre», gritó mi cabeza. Sin embargo, no pude decirlo en voz alta.

—Quieres correr, pero no puedes hacerlo.

Quieres poseerme… —Movió sus caderas suavemente, en círculos.

Una erección descontrolada se apretó contra mis pantalones y su sexo—.

Ya veo que quieres poseerme. Todos quieren.

Pero no todos pueden hacerlo. A ti… —Se inclinó sobre mí y me susurró al oído—: A ti quizá sí te deje, Málakor, sangre de mi sangre.

Cerré los ojos y cogí aire. No era yo quien quería aquello.

Era ella. Su influjo. Igual que la luna tenía poder sobre las mareas, moviéndolas a su antojo, ella tenía poder sobre mí.

Hacía bombear mi sangre a toda prisa, la aplastaba contra las paredes de mis venas.

De todas mis venas. Yo no era aquel. Yo no la deseaba. No lo hacía.

—Deidre —logré decir—, deja de jugar conmigo. Quítate de encima.

—No… —Su lengua recorrió mi cuello dejando su húmeda y caliente impronta tras de sí.

Carraspeé, intentando obviar esa burda necesidad de poseerla.

—Somos familia, para de una vez. Esto es grotesco.

—¿No sabes que entre los dioses no existen esos límites?

—Pues si no existen los pongo yo. Apártate —dije entre dientes.

Ella se apretó más contra mí, y solté un gemido de placer.

—Eso me gusta más, Málakor.

Tomó mis manos, que no fueron más que juguetes en las suyas, y las puso contra sus pechos. Nunca había tocado nada tan suave. Nunca había querido morder nada con tanta ansia. Quería lamerlos hasta perder el sentido.

Cuando mi dedo de plata rozó su pezón, marcado en la tela del vestido, Deidre soltó un gemido.

Aquella descontrolada parte animal de mí me aceleró aún más el corazón y me permitió moverme.

Solo que no hacia donde yo quería, que era hacia la puerta para salir de allí.

Tomé a la diosa con firmeza de las caderas y la tendí en el lecho, colocándome entre sus piernas.

Las abrió sin reservas y luego las anudó a mis caderas.

Le sujeté las muñecas por encima de la cabeza, con una sola mano.

Con la otra, le tomé el rostro. Pasé el pulgar por esos labios carnosos y henchidos de sangre.

Ella lo lamió, con sus iris carmesí clavados en los míos.

Lo mordió y esbozó una sonrisa. Alzó la pelvis para estar más en contacto conmigo.

Su roce acrecentó aquel deseo que no comprendía, que no quería, pero que no podía evitar.

Una parte de mí seguía gritando por salir de aquello, la otra me mandaba callar.

La diosa me miró con lascivia y urgencia.

—Tómame, Málakor, sangre de mi sangre…

Solté un gruñido en el que iba una mezcla de mi deseo y mi rabia. Agaché la cabeza, dolido conmigo mismo. No quería mirarla. No quería ceder a aquello; sin embargo, mi cuerpo se arrojaba al deseo a pesar de que sabía que podía arder en él.

Al mirar abajo, vi la piedra de mi colgante posada sobre su pálida piel. Refulgió. Entonces, escuché la voz de Anamkha.

—Eres el Campeón de la Espada Esmeralda, el Hijo del Agua y el Sol —dijo—. La diosa de la Sangre y la Luna no puede hacer que te doblegues a sus deseos.

Eso me hizo volver a la realidad de golpe. El terror hizo ceder al deseo animal. La rabia por lo que estaba intentando hacer conmigo superó a todo lo demás. Llevé la mano libre al cuello de Deidre, la otra seguía en sus muñecas.

—Eso me gusta… —gimió—, aprieta un poco. Y luego más.

Apreté tanto que abrió los ojos desmesuradamente. Vi entonces el terror en ellos.

—¿Esto te gusta, diosa? —mascullé—. Si quieres puedo seguir apretando.

Negó levemente con la cabeza. No podría matarla aunque quisiera; sin embargo, al parecer, sí que podía hacerle daño.

—¿Qué es lo que quieres? ¿Seducirme para ir con mi hermano a burlaros de mí?

—No… Solo quería… —La voz le salió en un hilo.

—Voy a soltarte, pero si intentas alguna que otra jugarreta te juro que me la pagarás. Quizá no ahora, pero me la pagarás. No pararé hasta que no me vengue de ti.

La diosa asintió un poco. Cuando la solté, tomó una bocanada de aire como si no fuera más que un mortal pugnando por respirar.

Me aparté de encima de ella y salté de la cama, avergonzado por la estúpida reacción de mi cuerpo. Las partes íntimas me dolían por la presión. La diosa se sentó en el lecho y me dirigió una mirada rabiosa, con los ojos entrecerrados.

—Tú no lo entiendes.

—No sé lo que piensas que no entiendo, pero te diré lo que sí: has intentado que te tome en contra de mi voluntad. Eso has hecho. —La señalé, furioso—. ¿Es que además de la Diosa de la Sangre y la Luna ahora eres la maldita diosa de la lujuria?

—En este continente sí. También poseo ese atributo. —Salió de la cama. Con andares elegantes, caminó hacia mí.

Di unos pasos atrás e interpuse la palma de las manos entre nosotros.

—Si vuelves a tocarme…

Ella levantó un poco el labio superior, en un gesto de desprecio.

—Tendrías el honor de haberme poseído. Hay mortales y dioses que matarían por eso.

—Pues ve con ellos y déjame en paz.

Dejó salir un gruñido de disgusto; yo, otro. Nos miramos igual que dos gatos a punto de meterse en una encarnizada pelea.

—Necesito engendrar un hijo de ti —soltó de golpe.

La mandíbula casi se me cae al suelo.

—Mira que los dioses no estáis bien, pero esto se lleva la palma. ¿Qué demonios dices?

—No puedo controlar a tu hermano. Ahora quiere mi poder, mi posición. Cuando tome tus dones, quiere ocupar mi puesto. Anhela ser el Dios de la Sangre y la Luna, el Dios de la Luz y el Agua. Quiere serlo todo. ¡No puedo permitirlo! Necesito un hijo con el poder de tu sangre para que pueda frenarlo.

—Has perdido el juicio… —mascullé—. No tendré ningún hijo contigo. Antes me corto los huevos. ¿Te gusta la sangre? Pues verías un montón si lo hiciera.

—¡Cállate! No entiendes la gravedad del asunto.

—¿No? —Avancé hasta estar frente a ella. Mi rostro quedó a un palmo del suyo; mi mirada fiera se hendió en la de ella—. La entiendo perfectamente. Mi hermano lleva atormentándome con ese asunto de la Magia de Sangre durante meses, y todo ha sido por tu culpa, ¿verdad? Tú le has enseñado.

—Sí, yo le asistí —contestó sin arredrarse—. Su causa me parecía legítima. Ahora está fuera de control.

—¿Y por qué no le pides ayuda a tus amiguitos el tío verde y el señor del Mal?

—Porque ellos también se han vuelto en mi contra.

Mi padre no quiere ayudarme, dice que me lo merezco por meterme donde me advirtieron que no lo hice, y mi madre no puede.

Nadiackus la tiene en su poder. Lo referente a Tékim ya lo sabes.

Nadie más podría ayudarme. Nadie. Así que sacrifícate por el bien de todos.

No será tan malo, habrás yacido con una diosa.

—Deidre, solo dime cómo demonios me protejo del hechizo de sangre de Azskar. Yo haré el resto. Acabaré con él. Anamkha me ayudará. Ella es la Espada Esmeralda. Sabes que si no se hace con mi poder, podré hacerlo.

Ella soltó una risa sardónica.

—Es imposible que lo consigas. Solo podrías protegerte de él gracias a una única cosa, y no está a tu alcance.

—¡Dime de una maldita vez cómo! —bramé, fuera de mí.

—Sangre de dragón. Aunque no de un dragón cualquiera. Del primogénito de la estirpe de los dragones negros. Arkaidon. Creo que ya lo conoces.

Tragué saliva, abrumado.

—No es cierto.

—Te lo juro por mi sangre divina —aseveró tras soltar un suspiro cansado—.

Él no te dará la suya ni aunque la salvación del mundo dependa de ello.

Ni aunque Tékim se lo ordenase. Ese dragón engreído solo piensa en sí mismo.

Así que estás perdido, Málakor. Todos lo estamos.

Nuestra única salida es engendrar a un vástago al que pueda transmitirle parte de mi poder para que, junto al tuyo, antes de que tu hermano te lo arrebate por completo y me lo arrebate también, pueda hacerle frente.

De lo contrario, estamos condenados a perecer bajo su poder.

Da igual lo que hagáis. Lo mucho que luchéis.

Tu hermano se hará con todo. Nadiackus se hará con todo.

El mundo, tal y como lo conocemos, llegará a su fin.

¿No te sacrificarías por salvar al mundo, tú, hijo de reyes y héroes, Campeón de la Espada Esmeralda?

Sus ojos carmesí refulgieron puestos en los míos, como pozos de sangre en los que pudiera hundirme.

A lo largo de todos mis años me había cuestionado cientos de cosas para las que me creía preparado y para las que no.

De todas ellas, jamás pensé que tendría que enfrentarme a una decisión así.

Porque no, para eso sí que no estaba preparado.

Sin embargo, una parte de mí me empujaba a buscar una solución a aquello.

A tomarla.

Quizá no fuera la más fácil.

Pero sería.

CONTINUARÁ…