Málakor 4 CAPÍTULO 106
99%

CAPÍTULO 106

De las cosas que son hermosas

Tras ese beso, con el que el templo entero rompió en vítores, nos separamos.

Quizá por los nervios, nos echamos a reír.

Luego todo fue una locura. Abrazos por parte de todo el mundo, felicitaciones, un pasamanos, un desfile a caballo, una infinidad de regalos por parte de los ciudadanos y de diplomáticos llegados de los lugares más cercanos.

Sigmarina celebraba como nunca la había visto, y eso que la había visto celebrar muchas cosas en esos meses.

Cuando llegamos al salón en el que se celebraría el banquete y pude sentarme, solté un suspiro de alivio.

Miré a la pelirroja, a mi lado. Apenas habíamos podido pararnos a hablar después de la ceremonia; después de ese beso cuyo recuerdo aún me calentaba los labios.

Ella me sonrió, como de costumbre, y fue a decirme algo; sin embargo, no nos duró mucho la paz. El rey anunció el momento del baile.

El baile nupcial típico de Sigmarina no es uno de esos bailes íntimos; es muy alegre, se baila en conjunto, con animadas palmadas, un coro cantando y tocando instrumentos animados.

Y así lo bailamos. Mientras lo hacíamos, las muchachas solteras anudaban cintas y guirnaldas de flores a nuestras muñecas.

Quien lo hiciera con mayor destreza, se casaría al año siguiente.

Habría estado mejor zampando que dando brincos, sintiéndome fuera de lugar, pero ese momento hizo feliz a Anamkha, así que traté de vivirlo de la mejor manera posible.

Al cabo del alba, hartos de comer, bailar y brindar, llegó la hora de la despedida.

Nadie puso impedimentos. Seguro que estaban pensando en que la princesa y yo nos íbamos a hacer princesitas y principitos.

Nada más lejos de la realidad. Por suerte, en asuntos de intimidad no se metían, por ese decoro y pudor, así que nos dejaron en paz.

No quise enredarme con despedidas largas, por lo que fingí que nos volveríamos a ver. Aunque Khabyr y Azkena sabían la verdad. Su abrazo fue más fuerte que ningún otro. El mío hacia ellos lo fue también. Iba a echarlos de menos.

Ya en mis aposentos, mientras yo recogía algunas de mis pertenencias, Anamkha fue a coger los libros que reposaban sobre la chimenea, entre ellos mis cuadernos llenos de vivencias para el bardo.

Había uno más, que debía de haber añadido ella sin que me diera cuenta. Me lo mostró cuando se acercó a mí.

— De cuervos y lobos —musité—. El libro sobre esa guerra.

—Sí. Léelo o dáselo a tu amigo. Lo que quieras. ¿Quieres dormir un poco antes de irte?

—No, ya dormiré allí. —Me puse los libros bajo el brazo y agregué—: Listo.

Anamkha tiró de mí y apenas me dio tiempo a mirar atrás y despedirme de aquella habitación en la que tantas cosas había vivido.

Corrió conmigo por los pasillos, las estancias…

Sin pararse a saludar a nadie ni a dar excusas.

En menos de unos minutos, estábamos en el patio de armas, donde un caballerizo nos esperaba con Epona.

—¿Estás cansada? —le preguntó Anamkha. Para ella, el día también había sido duro.

—Estoy bien —respondió la yegua, y le hizo un gesto a ella para que lo supiera—. ¿Qué hacéis que no estáis en el lecho?

—Regreso a Rádamo.

—Rádamo… —rumió—. Maes Ir estará triste cuando te vayas.

—Lo sé, yo también estaré triste cuando me vaya.

Anamkha nos miró sonriendo y luego le acarició la testuz. Cogió una capa que colgaba de una de las paredes del cubículo de Epona. Se la colocó y se puso la capucha.

—Cúbrete la cabeza. El aire viene del norte. Además, aún habrá gente en las calles. No es menester que nos vean.

Hice lo que me pedía y, al punto, estábamos subidos en Epona.

La pelirroja guio a la yegua por las calles aún atestadas de gente, inmersos en la celebración, hasta que encontró una bocacalle con menos afluencia y pudo ir a mayor velocidad.

Pero, en cuanto salimos de la muralla, casi voló.

Me agarré a ella con mayor firmeza y pegué la cara a su espalda, porque el viento me secaba los ojos y era tan frío que me dejaba casi sin aliento.

Cuando llegamos a unos metros del borde de los acantilados, tuve la sensación de que era el mismo punto en el que nos habíamos visto tiempo atrás.

Me parecía un lugar hermoso y significativo para despedirme de ella.

Despedirme… de ella. Un sudor frío me recorrió la espalda y hasta las manos me temblaron.

Bajé del caballo, con el estómago encogido por una apabullante sensación de angustia. No solo porque dejaba a Anamkha allí, sino porque no sabía qué iba a encontrarme en Rádamo. Todo aquello me daba vértigo.

Anamkha tomó un hatillo de las alforjas y avanzó hacia el filo de los acantilados. El aire del norte movía sus cabellos cual pendón de un ejército por el que habría luchado hasta morir.

La seguí, extendí la mano y toqué uno de sus mechones al vuelo. Ella se giró para mirarme y sonrió. Unos pasos más adelante, se detuvo. Me paré frente a ella, los dos de costado al borde del acantilado, que estaba a una distancia prudencial.

—Esto es para ti. —Retiró la tela del hatillo y me mostró un hermoso arco, sencillo, con algunos labrados en la madera. Había un carcaj con varias flechas, de esas que había disparado cuando la amantir—. No dejes de practicar, ¿me lo prometes?

—Te lo prometo. Seremos el arco y yo, mucho más. Gracias.

—Dentro del carcaj están los viales con el antídoto del Loto Negro.

Es lo más que mi hermano ha podido conseguir.

—Sacó de debajo de su manga un frasco muy pequeño, apenas medía más que su dedo corazón.

Tenía un líquido de un púrpura vibrante, en el que se veían unas vetas rojas—.

Tienes que beberlo, pensar en el lugar al que vas.

Solo en eso. En nada más. ¿Podrás hacerlo?

—Podré intentarlo.

—Solo tenemos una oportunidad, Málakor.

—Anamkha…, me cuesta dejarte, ¿no lo entiendes?

—Lo entiendo porque lo siento. Lo siento en el corazón.

Sus palabras me arrancaron una sonrisa que dispersó por un momento mi malestar. Ella puso el frasco en mi mano y yo lo miré como si fuese un abismo al que tuviera que lanzarme.

—Espera —dije, tras coger aire profundamente—. Déjame abrazarte una última vez.

—No será la última. Pero, por favor, abrázame.

Dejé los libros en el suelo para poder abrazarla bien.

La apreté contra mi pecho como si toda mi vida se fuera en ese gesto.

Ella me estrechó con la misma fuerza. Sus manos pegadas a mi espalda, su corazón latiendo tan fuerte que podía sentirlo.

El aroma de su cabello me llenó la nariz.

Cerré los ojos por un momento, porque sería última vez en mucho tiempo que experimentaría aquello, que la tendría tan cerca.

Tan real. Con todas sus letras y consecuencias.

En carne y hueso. Piel con piel más allá de aquel lugar mágico en el que se daban nuestros encuentros.

La sensación que me invadió casi me mareó, y me aferré más a ella, como si fuera el ancla que me mantuviese pegado a la tierra en una tempestad.

—Tienes que irte —susurró, y se apartó de mí.

Tenía los ojos llenos de lágrimas. Yo notaba la humedad en los míos.

—Ha sido bonito estar contigo, pelirroja. No cambiaría lo que hemos vivido por nada del mundo. Lo bueno y lo malo.

—Yo tampoco lo haría.

Le sequé las lágrimas con los pulgares, que se le desbordaban ya por las mejillas, y ella secó las mías.

—Volveremos a vernos, ¿de acuerdo? Porque recuperaré Erisias contigo, aunque sea lo último que haga, ya lo sabes.

—Lo sé.

Me miró de un modo que me intrigó.

—¿Qué pasa?

—¿No vas a insistir en saber qué más dijiste?

—No, prefiero esperar a ese momento para vivirlo intensamente y llevarme la sorpresa. Además, ya nos hemos besado, Maes Ir, el beso de ese cuadro queda en anécdota.

—Exactamente. —Sus labios se estiraron hasta formar una hermosa sonrisa y, por un momento, bajó la mirada como si observase algo en el suelo—.

Málakor, hay algo que debes tener en cuenta.

Aunque el contenido de la poción actuará con fuerza en tu cuerpo, y no te sentirás mal cuando lo tomes, pasadas unas horas, es posible que experimentes un gran malestar. Descansa en cuanto te sea posible.

—Lo haré, no te preocupes.

Besé su frente. Cuando me separé de ella, clavé la mirada en sus iris castaños. Un pensamiento más poderoso que mí mismo me llenó la mente y el corazón. Un pensamiento que encerraba unas viejas palabras que Xelirian había dicho.

—¿Sabes una cosa, Anamkha? Ya sé lo que son tus ojos.

—¿Qué son?

— Eireath adail. Toda tú eres eso.

«Se dice cuando alguien o algo te resulta tan hermoso o grandioso que, aunque no puedes creer que exista, agradeces su existencia como si fuera la tuya propia».

— Eireath adail —repitió, sin perder aquella sonrisa—. Eireath adail nantyre anmelieth.

—¿Qué significa eso?

—Que tú lo eres también para mí.

Sonreí tanto que noté un tirón en las mejillas.

—Dime, ¿quién te ha enseñado a decir eso? —quiso saber—. Es muy hermoso. Un viejo dicho de los elfos.

—Mi sobrino Xelirian. Dijo que alguien de la superficie se lo enseñó, si mal no recuerdo.

—Probablemente Rethy. A él le gustaba mucho. Yo se lo enseñé cuando empezó a hablar, en uno de nuestros viajes a Ellertanah.

Quise arrancarle la tristeza que le inundaba el alma cuando hablaba de eso aunque fuese a espadazos; pero no podía, y eso dolía. Había aún muchas cosas de las que no podía salvarla. Tenía que aprender a aceptarlo, a tener paciencia y aguardar el momento de hacerlo. Si es que se podía.

—No te preocupes, le hablaré de él y obtendré cuanta información pueda. Salvaremos a tu sobrino, Anamkha.

—Lo haremos. —Me tomó el rostro entre las manos y besó mis mejillas—. Ahora vete, Málakor Arben, que los dioses que son buenos te guarden.

—Y a ti, Anamkha de Erisias.

Me puse los libros y el hatillo bajo el brazo y abrí el frasco.

Un denso olor agrio me llenó la nariz, haciéndome arrugarla.

Cerré los ojos y lo tragué de una. Y no quise abrirlos más, porque si miraba a Anamkha, no sería capaz de irme.

Pero estiré la mano para que tomara la mía.

Sentí su suave tacto; sonreí. Luego me forcé a pensar en Rádamo.

Háchpirey mirando esos grandes edificios con gesto de asombro.

Conjuritos desmayándose en brazos del dragón por la impresión de saber que el Dios de la Magia le enseñaría cosas increíbles.

La mataelfos. Aquel lagarto que ceceaba.

Gris y Panceta corriendo por la plaza. La sonrisa de Xelirian cuando los miró.

El ériath rojo que me había llevado hasta allí.

Pensé, sobre todo, en esa plaza llena de gente, tal y como la había visto cuando casi conseguí marcharme.

En la alta torre. En el palacio. En aquel mosaico.

Noté un cosquilleo en todo el cuerpo, más aún en la punta de los dedos. Ya no sentía a Anamkha. Sentía… una brisa fresca. Ya no olía a mar. Olía a… piedra puesta al sol. Ya no escuchaba el rumor de las olas. Solo el bullicio de la gente. Abrí los ojos, de golpe.

Estaba en Rádamo, sí, pero… había un problema.

Un problema en forma de cinco hombres armados apuntándome a la garganta con sus lanzas.