Málakor 4 CAPÍTULO 105 #3
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CAPÍTULO 105 #3

—Ahora sois el uno del otro, desde este momento hasta el resto de la eternidad —anunció su hijo, como esa otra vez—.

Sea cual sea el devenir de los tiempos. Que Thaliz, los Cuatro Dioses y todos los Dioses Buenos os bendigan y os protejan de los que no lo son.

Igual que el vínculo que os une. Podéis… besaros para sellar la unión.

Giré la cabeza hacia él, de una sola vez, al igual que su madre, con los ojos bien abiertos.

—¿Besarnos? —dijimos al unísono.

Él asintió; las multitudes jalearon animadas para que lo hiciéramos. Un pequeño detalle que habíamos olvidado tener en cuenta en nuestro plan de ser un matrimonio de conveniencia.

Ella y yo nos miramos; apretamos los labios.

—Vale, pelirroja. —Inhalé y exhalé de una—. Valor y a por el dragón.

—¿Eso me convierte en un dragón? —dijo ceñuda.

—Pero un dragoncito pequeñito.

Se rio con ganas. Aún quedaba risa en ellos cuando le tomé el rostro entre las manos.

—¿Quieres que te bese? —pregunté con los ojos clavados en los de ella. No había en ellos un ápice de desagrado; estaban plenos y felices—. Puedo cargármelos a todos y huimos juntos de aquí.

Los ciudadanos seguían aguardando, coreando en espera del beso.

—Prefiero tu beso a una masacre.

—No sé si tomarme eso como algo bueno o como algo malo.

—Depende de cómo beses.

Eso sonó a uno de sus desafíos.

—Anamkha… —Esbocé media sonrisa, acaricié sus mejillas con los pulgares.

Ella susurró mi nombre de un modo que me instaló un cosquilleo en el vientre.

Una de sus manos se posó en mi pecho; la otra, en mi bíceps derecho.

La leve presión de su contacto me hizo sentir emociones que no deberían estar ahí.

No por extrañas o desagradables; todo lo contrario, porque eran demasiado familiares y amables, demasiado reales y profundas.

Cosas que jamás había sentido o que pensé jamás volvería a sentir.

Tragué saliva, me humedecí los labios. Puse la mirada en los de ella.

Entreabiertos, llamaban a los míos. Nunca me había fijado demasiado en los labios de Anamkha; uno no se va fijando de esa manera en los labios de una amiga, y los percibí hermosos.

Hechos para sonreír, para decir cualquier cosa que quisieran, hechos para no callar, pero también para hablar en los silencios.

Hechos para decir algo que me sacase del abismo en el que a veces me sumía; para recordarme que todo iría bien.

— Béril ne veril —le dije.

Ella repitió mis palabras y cerró los ojos, tras acercar el rostro un poco al mío. Me acerqué a sus labios, despacio. Cerré los párpados también, presto a entregarme a aquel inesperado beso.

En el segundo que restaba entre su boca y la mía, mi corazón latió con tanta fuerza que pensé echaría a andar y no pararía hasta llegar a Rádamo.

Hach vería aparecer por allí a uno de mis órganos y se preguntaría cómo demonios había pasado.

Y mi corazón le diría: «No hagas preguntas, bardo, y prepárame un bocadillo de panceta.

Lo necesito, más que nunca. Los bocadillos de panceta son fáciles de entender, pero esto que estoy sintiendo no lo es».

¿Eran mis piernas las que temblaban o era el suelo?

Cuando rocé sus labios con los míos, sentí, más que nunca, que era la mitad de mi destino.

Cuando junté su boca con la mía, sentí algo que no tenía aún nombre, pero que me gustó.

Cedimos ambos a la leve presión del otro; a la caricia de los labios ajenos que terminan siendo de uno por unos momentos.

El beso no fue profundo, desde luego, no era la intención ni el momento, pero sí las sensaciones; sí el cosquilleo en la piel; sí esa voz pidiendo más.

Su boca sabía a todo lo que está bueno; a las cosas que me gustan; a promesas por cumplir; un poco a fresas y otro tanto a algo dulce. Era suave, cálida. Era… ella.

Correspondió a mi beso con un deseo que reverberó en sus labios y se hizo notar; que la hizo acercarse más a mí, tanto que sentí las formas de su cuerpo contra el mío.

Puede que el beso hubiera sido convenido, pero las ganas que pusimos en él no lo fueron.

Una parte de mí, que hablaba un idioma que ni yo mismo conocía, deseó que, ese beso, aunque inesperado y sujeto a las circunstancias, durase para siempre.

Para siempre.

«Tuya, nuadhair . Ahora y siempre», repitió su voz en mi cabeza.

¿Por qué eso me resultaba tan agradable viniendo de ella? ¿Por qué la perspectiva de que fuera mía, de un modo hermoso y nada posesivo, llenaba mi ser de dicha?

En ese momento, algo nació en mí con la misma fuerza que esos rayos de sol que rompen el grueso de las nubes de una oscura tormenta.

Nació en mi pecho, en mis manos que tomaban el rostro de Anamkha, en mi boca y en el centro de mi vientre.

Nació en mis músculos, en mi piel, en mis órganos.

Nació en mí, enteramente. Pero lo más importante es que también lo hizo en mi cabeza, allá donde se racionalizan las cosas que el corazón vive desbocado y sin un ápice de razón.

Cuando sientes que algo se apodera de ti de esa manera, es que es de verdad.

El problema era que, en ese momento, aún no lo entendía.

El problema era que, en ese momento, lo entendí del todo.

Pero no quise creerlo.

Sea como fuere, la besé con todo mi ser. Anamkha no merecía menos.