Málakor 4 CAPÍTULO 105 #2
97%

CAPÍTULO 105 #2

Ese día, ella olía a flores de invierno.

Aspiré su aroma; lo que me relajó un poco.

Al menos hasta que vi las botas de Azkena a unos pasos.

Su hermano estaba al lado de ella. Mi cuñado.

Ese que había trabajado día y noche para darme mi billete de vuelta a casa.

Ese que me había recibido reacio a mi presencia, pero que luego se había abierto a mí.

Estaría añorando mucho a su esposa, pensé; sin embargo, aunque le había escrito, ella no había llegado a tiempo.

No había hablado en profundidad de lo que mi boda con su hermana significaba para él, más allá del asunto de la tradición, pero esperaba que, en el fondo de su corazón, tuviera claro que jamás haría nada para perjudicarlos.

Que mi compromiso con Anamkha era serio, aunque no llevase el nombre del amor.

Al menos no de esa clase de amor que muchos esperaban.

Anamkha desenvainó la espada y puso la parte plana de la hoja en mi hombro derecho.

En la tradición de Sigmarina, eso se conocía como «dar el espaldarazo».

Lo había visto hacer también en Ardacia, así que no me sorprendí.

Levantó Talabarina ligeramente sobre mi cabeza y la pasó al otro hombro, plana también sobre él.

—Málakor de Ardacia, ¿juras lealtad al Reino de Sigmarina, a sus leyes, a sus reyes y sus ciudadanos? —preguntó con firmeza.

—Juro lealtad al Reino de Sigmarina, a sus leyes, a sus reyes y sus ciudadanos —dije, y agaché aún más la cabeza.

Puso la espada en mi espalda y dio un golpe leve en ella con la parte plana.

Ese acto simbólico significaba que ese sería el último que aguantaría sin pelear; pues todos los demás que cayeran sobre mí habrían de ser respondidos por la fuerza de mi brazo, del suyo y del mismísimo reino de Sigmarina.

No solo yo servía al reino; ahora él también me servía a mí.

Ratificó con ese gesto y con sus siguientes palabras mi dignidad y autoridad allí.

Un honor que ella me otorgaba como hermana del rey.

—Te nombro entonces Kaes Ir, Comandante de los Ejércitos y Protector del Reino. —La más honda solemnidad llenó su voz—. Repite tu juramento.

—Juro lealtad al Reino de Sigmarina, a sus leyes, a sus reyes y sus ciudadanos. —Tras una breve pausa, agregué algo de mi cosecha, que la hizo reír suavemente y despertó entre los ciudadanos expresiones de emoción—: También a ti, Anamkha de Erisias.

Después de que ella retirase la espada y la envainase, hice algo que tampoco estaba en los planes: tomé su mano, levanté la mirada hacia ella y la besé en el dorso.

La pelirroja soltó una risa agradable, con las mejillas hechas fuego.

Se hizo un silencio sepulcral, que duró apenas un segundo, pues alguien se lanzó a aplaudir mientras gritaba algo en sigmari que no entendí, pero que los demás secundaron entre aplausos también.

Algo que debía ser bueno por cómo sonreían todos.

—Ponte en pie, Málakor —pidió Azkena.

Así lo hice. Él tomó la espada de manos de Anamkha y luego me la entregó de un modo ceremonial, sosteniéndola con ambas manos. Cuando la tuve en las mías, el mismísimo rey colocó el cinto y la vaina a mi cintura.

—Te entrego esta espada para que con ella defiendas a mi hermana hasta el final de tus días. Y si fallase tu espada, habrás de hacerlo con tus manos desnudas, pues nada habrá de tener más valor para ti que su vida, ni siquiera la tuya —dijo después, mirándome a los ojos.

—La defenderé con uñas y dientes si hace falta, cuñado.

—Hermano, así habrás de llamarme de ahora en adelante. Envaina tu espada, Kaes Ir.

Cuando lo hice, él nos pidió que uniéramos las manos. Puso la suya sobre las nuestras, y dijo:

—Que los dioses os bendigan, pues yo lo hago. —En su mirada vibró tal verdad.

Besó a su hermana en la frente; después a mí.

—Gracias —le dije.

Los ojos de Anamkha brillaron de felicidad.

—No, gracias a ti por quedarte hoy a pesar de todo —respondió él.

Su sonrisa fue inmensa, y la correspondí sin dudar. Los ciudadanos rompieron en alabanzas y de alguna parte cayeron pétalos sobre nosotros.

Entonces, la pelirroja me hizo un gesto que supe a qué venía. La solté de la mano y le tendí el brazo para que se cogiera de él. Era tradición que entrásemos así en el templo.

Con toda la seguridad que cabía en un mundo, lo hicimos. No hubo dudas, ni miradas nerviosas. Solo pasos firmes y el convencimiento de que era el sitio donde queríamos estar.

Un coro de niños, apostados cerca del altar, comenzó a cantar una melodía suave, bonita incluso para mi gusto.

Una flauta los acompañaba. Me acordé tanto del bardo que casi se me saltaron las lágrimas.

¿Qué pensaría cuando supiera de aquello?

¿Le parecería bien? «Lo he hecho por el Bien Común, Hach», pensé en decirle.

Aunque él se lanzaría a elucubrar cosas románticas, eso desde luego.

Las miradas de los ciudadanos, que se pusieron de pie en tanto que transitábamos por el pasillo entre los bancos, eran curiosas; llenas también del orgullo que sentían al vernos; al saber que, al fin, la Maes Ir tomaba esposo.

Aunque fuera un extranjero del que solo conocían historias revestidas de gloria. En el fondo, ella también lo era.

Vi a Ursa, Cerennis, Florian, Cassanty, los cadetes… Vi a todas las gentes que habían sido un pedazo de mí en esos meses. Hasta el pequeño Xel estaba allí, y me pareció que sonreía, envuelto en una mantita. Les dirigí un saludo, que ellos correspondieron.

Altaxio nos recibió en el altar, con los brazos abiertos. Besó a su madre en las mejillas, la abrazó, le dedicó palabras hermosas; luego, a mí. Azkena y Khabyr se quedaron en la primera fila de bancos. Pronto, todo el mundo se sentó esperando escuchar las palabras del clérigo.

—Hoy, los dioses nos han bendecido con el mayor de los regalos: la celebración del matrimonio. Nunca pensé que diría esto, pero… ¡mi madre se casa! —soltó, despertando risas y gruñidos de aprobación.

Anamkha rio por lo bajo. El discurso de su hijo continuó, intercalando frases en sigmari y en común.

Se hizo más serio y solemne, hasta llegar a los votos e intercambio de anillos.

Zofi, vestida como una princesa en miniatura, los trajo al altar.

Eran dignos del mejor de los joyeros y de un matrimonio real, engarzados con ónice y esmeraldas.

—Al final zí que ez tu novio, Maez Ir —dijo con gesto pillo.

Anamkha se agachó para darle un beso en la mejilla.

—Es más listo de lo que parece a simple vista —soltó, y la niña se echó a reír.

Solté una carcajada y miré a la pelirroja con un regaño. Ella me guiñó un ojo; un gesto dulce que le dio alas a mi corazón. Por todos los dioses, ¿qué me pasaba cuando estaba con ella que se apoderaba de mí un bardo?, suspiré.

Tuvimos que repetir aquellos votos que ya dijimos una vez, solo que esa estábamos delante de una multitud. En cualquier caso, Tampoco me invadieron los nervios, pues ella estaba frente a mí. Ella y su sonrisa, espada de luz capaz de aniquilar a todos mis demonios.

—En el hogar de los dioses y en esta tierra, así como en todas, soy tuyo. —concluí, mientras ponía aquel elegante anillo en su dedo anular. Allí, le haría compañía al nuestro—: Tuyo, pelirroja. Ahora y siempre.

A la mención de esa palabra, la sonrisa de ella se estiró aún más y no la perdió mientras decía los votos, con sus hermosos ojos en los míos.

—En el hogar de los dioses y en esta tierra, así como en todas, soy tuya —concluyó, poniéndome el anillo—: Tuya, nuadhair . Ahora y siempre.

— Nuadhair … —musité, y luego cité lo que me dijo un día—: Un extranjero que llega en son de paz y es bien recibido. Al que le abres tu hogar y esperas se quede largo tiempo.

—Así es, y espero que, la próxima vez que llegues, sea para quedarte.

—Quizá seas tú la que llegue entonces.

—No lo sé —respondió—, solo sé que quiero volver a verte.

—Y yo.