CAPÍTULO 105
De poner la rodilla en el suelo y el corazón en los labios
Después de que las doncellas me cortasen el pelo y la barba, me hicieron darme un baño de dos horas.
El agua estaba perfumada con el jabón con el que debían bañarse los dioses.
Luego me ungieron de aceites para sacarme brillo igual que a una bandeja de plata.
Tras perfumarme, me peinaron a conciencia.
No había un cabello en mí que no estuviera en su lugar, porque lo adecuaron con una crema que lo puso brillante y repeinado como jamás lo había tenido.
No me quedaba mal. Lo que no sabía era cuanto me iba a durar bien peinado, conociéndome.
Tras todo ese ritual de aseo, se dispusieron a vestirme.
El traje de novio era bonito hasta para mi gusto.
Y, algo muy importante: no llevaba encajes ni puntillas.
Gracias a los dioses. Era de un negro grisáceo con bordados dorados, colocados al filo de las mangas, en el cuello alto de la levita, el pecho y en los laterales de los pantalones.
En el centro del pectoral, sobre los bordados, estaba la insignia de los Dos Unicornios, rampantes y oscuros.
Las botas, de cuero negro, tenían un acabado perfecto y eran cómodas.
No pensaba salir corriendo en mitad de la ceremonia, pero siempre andaba con la mosca detrás de la oreja esperando que Azskar apareciese.
Llevaba también la capa del reino, más brillante y sedosa que ninguna, y, a los hombros, algo que las doncellas llamaron «charreteras».
Tenían pelos que parecían de las crines de un caballo al que hubieran bañado en oro.
Del filo de estas se prendían dos joyas esmeralda a las que se unían brillantes cordones de oro que cruzaban mi pecho.
—Son el símbolo de su dignidad y autoridad, Kaes Ir —me habían explicado cuando los vestí—. Indican que es Comandante de los Ejércitos de Sigmarina, como corresponde a su rango al haberse desposado con la Maes Ir.
En la ceremonia de la boda, Anamkha ratificaría ese título. Tomé aire, me tragué aquello y asentí. Era inútil luchar contra los títulos, me salían de todas partes, igual que los problemas.
No era la primera vez que me veía así, ciertamente. Días antes me lo había probado y había posado durante horas delante de un retratista. El resultado hecho óleo colgaría de uno de los salones de palacio junto al resto de retratos de la familia real.
Familia real.
Yo.
Al final, después de todo, ese era mi destino: ser parte de un linaje de lechuguinos, ya fuera en Luara o en Hérenthor. Por todos los dioses, qué sarpullido. No dejaba de pensar en qué diría el bardo de aquello. En qué dirían todos. Eso estaba siendo algo digno de contarles.
Terminados los arreglos, una comitiva de nobles, siervos y soldados me escoltó hasta las caballerizas.
Allí, me dieron un caballo negro, robusto, de brillantes crines azabache, enjaezado, digno de la realeza.
Al mirarlo más detenidamente, me di cuenta de que se trataba de Málakor, el semental de Anamkha.
—¿Ya se te ha acabado la diversión en el reino de los elfos, tocayo? —le dije una vez me subí. Aunque era tan alto que daba vértigo, su fortaleza ofrecía seguridad.
—También tengo diversión aquí, no te preocupes. —Hizo un sonido parecido a una risa.
Sacudí la cabeza, riéndome también.
— Felicidades, por cierto, por eso de la boda. Aunque ya sospeché que le gustabas. Anamkha solo le pone nombre a sus caballos de las cosas o las personas que más le importan.
—Celebro entonces que te llames como yo. —Palmeé su lomo con suavidad—. Quién me iba a decir, aquella vez que te vi, que acabaría aquí contigo.
—La vida da tantas vueltas como una zanahoria resbaladiza.
—O como una cabeza lanzada desde una almena.
—Mientras que no sea la mía…
—Claro que no. ¿Me llevas a mi boda?
—Será un honor.
El equino comenzó a andar, a un paso lento y seguro.
Me sentía dueño del mundo, más cerca de mi padre y de esa parte de mi linaje que me ataba a él.
Eso también fue como cerrar un círculo. Bendije a los dioses, sin que sirva de precedente, por haberme llevado a Sigmarina, pues allí até nudos que llevaban sueltos por demasiado tiempo en mi vida.
Mecido por el suave traqueteo del paso equino, afiancé bien las riendas, erguí el torso, levanté el mentón e inspiré el aire de la mañana con la sensación de que nada podía salir mal.
Solo esperaba no equivocarme.
La comitiva, a pie o a caballo, nos escoltó durante todo el trayecto a la catedral.
Sigmarina estaba a rebosar, con sus habitantes vestidos con sus mejores galas.
A mi paso, lanzaban pétalos, flores y vítores, desde el suelo o las ventanas y balcones.
Las multitudes nunca han sido lo mío. En eso me siento como un gato; sin embargo, los saludaba, sonriente, y agitaba la mano.
No quería defraudar a Anamkha. Quería que todos vieran que su esposo era alguien digno de respeto.
Además, se lo debía después de haber inundado su ciudad, ¿no?
Sabía que el escriba había repartido partes de mi historia entre copistas, bardos y voceros.
Ellos habían ido por la ciudad contando relatos sobre mí en tabernas, gremios y plazas, para que la gente se familiarizase conmigo.
Todas, desde luego, revestidas de la pátina que los narradores de historias épicas quieren darle a los héroes.
Porque su princesa, la heroína de algunas de sus guerras, no merecía otra cosa más que un igual a su lado.
En el aire flotaba el aroma de los pétalos, el sonido de las risas, las celebraciones, la música y la cerveza. Aunque el día era frío, el sol brillaba como para calentarnos. Pareciera que todo estaba hecho para que ese día fuera feliz, digno de ser vivido.
Aunque me sentía seguro, no dejaba de ser yo, arrastrando todas mis vivencias. Así que bajo las ropas llevaba mis dagas. A cada tanto, oteaba la multitud, en busca de amenazas. Topaba con algún guardia, dedicado, como yo, a tener mil ojos puestos en todas partes.
Una vez ante las escalinatas de la catedral, rodeado también de ciudadanos alegres, desmonté.
Dos mozos se llevaron al caballo después de que le diera las gracias, y yo subí por las escaleras.
Esas mismas que pisé tiempo atrás para lanzar una vela al aire y pedirle a los dioses por cuanto me preocupaba.
Habían pasado seis meses, no era el mismo, desde luego, y supe que no cambiaría ni uno solo de los momentos vividos allí.
En el rellano que precedía a las puertas de la catedral, aguardaba Khabyr, así como algunos nobles.
Quizá los de más alto rango. Tanto el capitán como el resto lucían sus mejores galas.
Vi tras la espalda de él que el templo se hallaba lleno de gente.
Salvo el pasillo central, los invitados ocupaban el espacio interior: en bancos o de pie.
El olor a flores y perfume venido de dentro era abrumador.
—¿Nervioso, mercenario? —Khabyr me palmeó el hombro en cuanto estuve a su lado.
—No.
—Lo estarás cuando la veas.
Y por los dioses que no se equivocó.
Aguardamos ante la puerta, pues era la tradición, la llegada de Anamkha.
Cuando la vi aparecer a lomos de Epona, junto a su hermano, montado en un caballo también engalanado, sentí a mi corazón latir de un modo distinto.
Acelerado, sí; también calmado. Fue una sensación muy extraña, pero una sensación que me hizo sonreír como un tonto.
Estaba increíblemente hermosa, irradiaba luz y felicidad.
Era curioso que ambos estuviéramos así, a pesar de que esa boda solo era un trámite, de que no era una boda de verdad.
Me pregunté cómo se vería al desposarse con alguien a quien amase y pensé que el hombre que lo hiciera sería muy afortunado, porque si entonces lucía espléndida, con el amor llenándole el pecho habría sido algo digno de ver.
Su atuendo era como una versión de mi ropa hecha vestido.
De corpiño ceñido, con una falda abultada y un velo, que le caía del cabello semirrecogido, similar al que vistió en el Festival de las Mariposas.
Una fina gasa bordada con pequeñas estrellas doradas adornaba las mangas acampanadas y le cubría hasta el inicio de los dedos, donde lucía nuestro anillo.
En la mano derecha portaba a Talabarina.
Al cinto, una daga que tenía aspecto de ser ceremonial.
—Cuando ella llegue, has de ponerte de rodillas —me recordó Khabyr, que dejó un cojín ceremonial, con los colores e insignias del reino, ante mí.
Asentí, sin dejar de mirarla. No podía apartar los ojos de ella.
No sabía si su hermano me miraba, si alguien más lo hacía.
No me importaba. Solo quería mirarla a ella.
Cuando puso los suyos en mí, tragué saliva.
La luz de su sonrisa iluminó mi alma. Entonces mi corazón, firmemente, dio un salto hasta mi garganta. Apreté las manos, tomé aire.
Anamkha ascendió por la escalinata, despacio, sujetándose el vestido.
Unas doncellas sostenían el velo, tras ella.
La gente calló, expectante. Sus ojos y los míos no se separaron.
Como diría el bardo, eran luz de la misma estrella.
Tampoco dejamos de sonreírnos. Estaba a dos escalones de mí cuando bajé la mirada y me arrodillé ante ella. Sigmarina rompió en aplausos.
—Hola, Málakor —dijo Anamkha ya frente a mí.
Los bajos de su vestido se tendieron en la piedra, ante mis ojos.
—Hola, Anamkha —dije a media voz.
—Estás tan guapo que me ha costado bajar de Epona sin tropezar.
—Ni lo he notado. —Reí suavemente—. Tú tampoco estás nada mal, pelirroja.