CAPÍTULO 104
De elecciones que se hacen con el corazón
La mañana antes de la boda, que se celebraría a mediodía, estaba de pie ante el espejo, aún con la ropa de cama, cuando Anamkha entró en la estancia.
Los lacayos, que habían acudido bien temprano para ayudarme a vestirme, soltaron una exhalación de asombro al verla.
Me habían reiterado mil veces que no podíamos vernos antes de la ceremonia, que eso daba mala suerte.
Había bufado diciéndoles que ya estábamos casados, pero nadie parecía entenderlo.
—¿Qué haces aquí? —le pregunté, sorprendido.
—Tenemos que hablar.
Caminó hacia mí a toda prisa. Luego le hizo un gesto al servicio para que nos dejase a solas. Obedecieron al punto y se marcharon murmurando algo para sí.
—Dime la palabra porque esto es de lo más inesperado.
—Talabarina.
—Está bien —respiré tranquilo—. ¿Vienes a decirme que ya no quieres casarte? Llegas tarde, pelirroja, ya te has casado conmigo. Esto es mera formalidad.
—No, no es eso. Vengo a decirte que mi hermano… ya tiene tu pasaje de vuelta a casa. Lo ha terminado al amanecer. Ha estado dándole vueltas a si debía decírmelo o no, o decírtelo a ti, por esto de la boda, pero cree que es justo que lo sepas. Ya puedes volver a Rádamo, Málakor.
Pestañeé incrédulo. Había esperado mucho tiempo para poder oír eso y llegaba en un momento en el que quería irme y a la par no. No era capaz de ordenar mis pensamientos. Tragué saliva, pesadamente, y me rasqué el cuello.
—La boda —fui capaz de decir.
—La ceremonia dura un día, pero las celebraciones se prolongarán una semana.
—Lo sé, pero esto es importante para ti y para tu hermano.
—Para nosotros lo es más tu felicidad, Málakor, la paz que sentirás cuando regreses y puedas saber de tus amigos; puedas ayudarlos, si es que te necesitan. Eso es más importante.
—Anamkha… —Abrí los brazos para estrecharla, ella también me abrazó—. Quiero irme, pero no quiero irme. No sé lo que siento. No pensé que este momento llegaría así, de sopetón. En un día como hoy. Pensé que estaría preparado después de tanto tiempo.
— Beril né veril, Málakor, recuérdalo.
—Sí, todo irá bien.
Suspiró tan profundamente que noté cómo lo hacía.
La separé un poco de mí, y puse las manos en sus hombros.
Miré a sus ojos, intentando hallar en ellos alguna respuesta.
En ellos vivía la misma lucha que en mí mismo: el anhelo de que me quedase y la necesidad de que me marchase para atender a otras cuestiones.
—Quiero que te quedes, que te quedes para siempre, pero… si no te vas ahora, te arrepentirás —dijo con la voz al borde de rompérsele por una emoción contenida—. Ni estarás aquí ni allí, porque no dejarás de pensar en que deberías estar en Rádamo.
—Lo sé. Lo sé. —Cabeceé, y volví a abrazarla.
La tristeza que sentí ante la idea de separarme de ella me hizo estrecharla aún más, quizá por si su calor podía derretirla y alejarla de mí, o al menos transformarla en algo más soportable.
Anamkha se cobijó en mis brazos, como tantas otras veces.
Al cabo de unos segundos, me separó suavemente de ella.
—Pues vete de una vez. Coge tu espada y los libros, y vete.
No pierdas más tiempo. —Sus ojos estaban húmedos, y se frotó los párpados aprisa.
—Te acompañaré a los acantilados. Necesitamos un punto despejado y alto.
No puede haber demasiada gente alrededor ni nada que pueda perturbarlo todo.
Yo… —Detuvo sus palabras y esbozó media sonrisa llena de cariño—.
Habría sido la envidia de Sigmarina cuando me llevases al altar.
—Y yo también lo habría sido. Algún día te llevaré. Te lo prometo.
—Eso ya da igual. —Levantó la mano que llevaba nuestro anillo—. Ya estamos casados. Esto solo es una ceremonia.
Junté mi anillo al suyo. Luego la besé en la frente. Estaba más que decidido a irme; sin embargo, algo me atenazó el pecho con una fuerza que no pude ignorar. Algo que me decía que marcharme así sería traicionar a una parte de mí mismo.
—Debo irme, pero una parte de mí piensa que no sería justo hacerlo en un día como hoy.
Tu hermano y tú habéis hecho muchas cosas por mí, habéis arriesgado mucho haciendo esa pócima.
Lo menos que puedo hacer es quedarme unas horas para que podáis cumplir ante los ojos a vuestro pueblo.
No quiero que nadie te haga más la vida imposible aquí.
Nuestro enlace hará que todos se callen de una vez.
Sus ojos vibraron llenos de agradecimiento; sin embargo, habló su preocupación por mí:
—Málakor, no pasa nada si te marchas, lo entiendo.
—Sé que lo entiendes. Por eso es también por lo que me quedo. —Sonreí, y ella también lo hizo—. Llevo aquí seis meses, podré estar un poco más. Me quedaré hasta el final del día.
—¿Estás seguro?
—Muy seguro. Elijo hacerlo, y lo elijo con el corazón. —Me llevé la mano al pecho—. Venga, ve donde tengas que ir. Nos veremos en la catedral.
Anamkha asintió entusiasmada. Plantó un sonoro beso en mi mejilla y luego salió de allí, corriendo como de costumbre. Tuve la certeza de que había tomado la decisión correcta.