CAPÍTULO 103
De los días que quedan
Lo del Dunnas Meriq fue más que pan comido.
Acostumbrado a saltar de tejado en tejado, eso de ir de roca en roca se me hizo más que fácil.
No me hizo falta hacer trampas, así que mi amor por Anamkha quedó más que probado ante los ojos de los ciudadanos y mi habilidad los dejó tan sorprendidos que empezaron a llamarme « quissa amusta ».
Anamkha, tras felicitarme por mi proeza, me dijo que significaba: «gato ágil de pelo negro».
Me lo tomé bien. No era ofensivo y yo estaba de buen humor.
¿El motivo? Ese día corrió la cerveza y se sirvieron grandes asados.
Muy grandes y jugosos. Con la panza bien llena, la vida se ve de un modo distinto.
Incluso cuando uno acaba de enfrentarse a algunas de las más grandes verdades de su existencia.
Pensé que Anamkha estaría peor con respecto a eso, más disgustada o taciturna tras saberlo; sin embargo, pareció aceptarlo como quien acepta que va a llover.
En el fondo, pensé entonces, estaba negándolo de alguna manera, igual que cuando alguien muere y no te lo crees, porque muchas partes de sí misma habían muerto y otras estaban a punto de nacer.
No la presioné a nada, ni siquiera a hablar de ello, era menester que tuviera su espacio para procesar todo eso, igual que yo lo tenía.
Sabía que, en cualquier momento, me hablaría de las cosas que había vivido, de lo que sentía.
Y una de las partes vitales de amar a otro, sea la clase de amor que sea, es aprender a respetar sus tiempos.
Lo de montar a caballo no fue tan sencillo.
Hizo falta al menos una semana para que aprendiera a manejarme un poco.
Sin embargo, se notaba que lo llevaba en la sangre, porque me sentía cómodo.
No lo sentí tanto cuando tocó ensayar esa cosa llamada «baile nupcial».
Como su propio nombre indica, implicaba: bailar.
Algo para lo que nunca he estado demasiado preparado.
Tampoco para el resto de los preparativos de la boda.
Aunque sería una semana de fiesta, al fin y al cabo.
Comiendo, bebiendo… Algo bueno debería tener.
No obstante, hacer todas esas cosas con Anamkha era divertido.
Ella convertía lo difícil en fácil; hacía que la angustia que llenaba mi pecho al pensar en la situación en Ítaro fuera menos.
Le daba a todo un sentido más profundo, más digno de ser vivido.
Aunque agotados del trajín del día, que seguía incluyendo largos entrenamientos, nos quedábamos despiertos hasta altas horas hablando de cualquier cosa, tendidos el uno al lado del otro o sentados al calor de la chimenea en esas noches que empezaban ya a ser bastante frías.
Ellos llamaban a esa época del año el Aenn Keleb, el Ciclo de Kejos, que en Luara vendría siendo el otoño tardío.
Para nosotros, eran fechas de finales de año, para ellos, era el comienzo.
Honraban a la memoria de sus muertos, iban a verlos a sus tumbas y las llenaban de flores.
Hasta comían sentados junto a ellas. Las campanas tocaban cada siete horas de un modo más solemne aún.
En algunas partes, celebraban fiestas en honor a Akariq, un dios que yo desconocía pero que bendecía los nuevos comienzos; también a Damien, a quien llamaban el Adalid de los Cambios.
El adalid de la molestia, más bien, pensé refunfuñando cuando lo supe.
Sea como fuere, las gentes vivían felices los comienzos, porque en ellos siempre parece que todo es posible.
Un día, los habitantes de Sigmarina se reunieron en la gran plaza de la catedral y echaron al fuego todo lo que no les servía. Anamkha me llevó y me preguntó si quería tirar algo a la hoguera. En ese momento de mi vida, no había nada conmigo que no significase algo para mí.
—¿Puedo tirar a Khabyr? —dije en broma—. Esta mañana me ha dicho que te ve más radiante que nunca, que si por las noches te hago algún masaje especial.
—Qué tonto es —dijo entre risas—. No tiene remedio.
Clavé la mirada en las altas llamas y asentí. Sabía lo que ese hombre guardaba dentro, sabía de dónde venían todas esas bromas.
—¿Tú crees que se enamorará algún día? —le pregunté—. ¿Que volverá a casarse?
—No lo sé. Lo único que quiero es que encuentre el modo de ser feliz, con esposa o sin ella. O esposo. Con Khabyr nunca se sabe.
Asentí. Eso era lo importante después de todo: encontrar el modo de ser feliz incluso en la soledad. Sobre todo en la soledad. Feliz con uno mismo y con la vida que se está viviendo.
Anamkha se acercó al fuego y lanzó un viejo papel arrugado.
—¿Qué has tirado?
—La lista de cosas que no podía contarte, pero que ya sabes.
—¿Tenías una lista? —dije al borde de la risa.
—Dos. —Alzó las cejas—. Aún me queda una.
—¿Y qué dice en esa otra lista?
—Quizá algún día también pueda quemarla.
Echó a andar, tan rápida como de costumbre.
No me disgusté; a esas alturas, ya comprendía que era lo mejor.
Ese mismo día, fuimos a ver a Ursa y su familia.
En su casa se respiraba felicidad. Zofi y Brenny, el chico que habían adoptado, ya vivían con ellos.
Él era un chiquillo tímido y amable, y habían hecho más que buenas migas.
Comimos asado, celebramos los nuevos comienzos y Cerennis nos leyó algunos cuentos al calor del fuego.
Aquella era otra de las cosas que me prometí que haría cuando llegasen los días de paz.
Reunir a mi familia para leerles algo junto al fuego.
Si estaba Hach, leería él, que eso se le daba mejor que a nadie.
Mi querido Háchpirey. No podía dejar de pensar en volver a verlo y darle todas las cosas que había escrito para él sobre Hérenthor.
Me moría de ganas de verle la cara de asombro.
Cabe decir que lo mencioné más a ningún otro mientras le contaba al escriba mi historia, o al menos las partes de ella que quería que los ciudadanos supieran.
Estaba seguro de que lo revestiría todo de más grandeza de la que tenía.
Yo, al fin y al cabo, aunque hijo de reyes y dioses, no era más que…
yo mismo. Rememorar mi historia me hizo más consciente de cuan largo era el camino que había recorrido y de aquel que quería recorrer.
Sin embargo, como decía Khabyr, solo teníamos el presente, y ese, sentado frente a un escriba parloteando de los avatares de mi existencia, lo recordaría por siempre.
Tres días antes de la boda, fui a recoger los anillos. El joyero me recibió de buena gana, porque le habían encargado los anillos oficiales, elegantes y recargados, como mandaba la tradición. No me importaba mientras pudiéramos llevar también los que había encargado.
—Espero que sean de su agrado, Kaes Ir —dijo—. Los he hecho con mucho cariño, a pesar de ser algo tan sencillo. Nada comparable a los anillos que se darán en el enlace, claro. ¡Qué ganas tengo! Llevaré mis mejores galas. Todos lo haremos. ¡Una boda real en Sigmarina! Qué gran ocasión.
Sacó de un cajón una cajita revestida de terciopelo azul que puso en mi palma.
La abrí al momento, con mucha ilusión. En ella había dos sencillos anillos de plata, con una zona aplanada en la cara que iba vista en el dedo, en el que estaban engarzadas las dos mitades de la talabarina.
Aquella parte aplanada, en los laterales opuestos, tenía el relieve del lateral de las hojas, de forma que si los dos anillos se juntaban, quedaba completa.
La plata brillaba, la esmeralda también.
Había algunos detalles de nudos típicos de Sigmarina que lo embellecían sin recargarlos, así como unas diminutas mariposas naranjas.
—Son muy hermosos —dije, pues era una verdad irrefutable—. Ha hecho un gran trabajo. Aunque yo no dije nada de incluir unas mariposas.
—Gracias, señor. Es que pensé que, ya que usted le salvó la vida a la Maes Ir aquella noche —explicó algo nervioso—, un momento tan importante debía de quedar grabado en sus anillos. Perdóneme la libertad, si usted quiere, puedo…
—No, está bien así. —Sonreí amablemente—. Me gusta. Mucho.
—Me alegro. —Cabeceó en señal de respeto—. Ha sido un honor fabricarlos.
—Y será un honor para mí llevarlos.
El hombre me miró con los ojos brillantes. Luego me tendió otra cajita.
—Esto es cortesía de la casa. Unos pendientes a juego para la Maes Ir. O para usted, aunque ya veo que no acostumbra a llevarlos.
—No, y de momento pienso seguir sin hacerlo, pero gracias.
Guardé ambas cosas, le pagué el resto y me fui de allí muy contento.
Aquella misma noche, cuando estábamos sentados en la cama, con la espalda apoyada en los almohadones, jugando a imaginar formas con las sombras que las llamas de la chimenea hacían en la pared, salté del lecho y fui a buscar los anillos.
—Cierra los ojos, pelirroja —le dije.
—¿Qué vas a hacer?
—Hazme caso. Venga.
Nerviosa, se tapó los ojos con las manos.
—No hagas trampa —advertí.
—No hago trampa —replicó con fastidio—. Eres tú el que hizo trampa ayer jugando a los dardos. ¿En qué mundo se ha visto que me ganes? No tienes mejor puntería que yo.
—A veces no basta con la puntería, basta con poner nervioso al contrincante. Y logré ponerte nerviosa.
—Susurrándome al oído tonterías.
—Nadie dijo que no pudiera hacerlo. Que yo sepa, no hay ninguna regla al respecto.
—Tramposo.
Me puse de rodillas en la cama, a su lado.
—Acepta la derrota —susurré a su oído— y abre los ojos. En el orden que quieras.
Se rio y apartó las manos a la par que los abría. En las mías estaba aquella caja, cerrada. Le hice un gesto para que la tomase. Con los ojos de un gato curioso, la abrió. La sonrisa le llenó el rostro y le achicó la mirada.
—Talabarina —susurró—. Son tan bonitos. No tenías por qué, han encargado anillos para la ceremonia.
—Ya, pero estos son nuestros anillos. Solo tú y yo sabemos lo que significan.
Asintió con ganas y sacó el mío.
—Te lo pondré —dijo después.
Le tendí el dedo y ella lo colocó en él con suavidad. Puesto quedaba aún más bonito. Hice lo mismo con ella. Anamkha lo miró con la ilusión haciéndole brillar los ojos y sonrojándole las mejillas. Pegó su dedo al mío, uniendo así los bordes de los anillos.
—Ahora formamos un trébol de cinco hojas. Somos un amuleto de la buena suerte cuando estamos juntos. —Se inclinó para besarme en la mejilla—. Gracias. Me acordaré de ti siempre que lo vea.
—Te acordarás de mí siempre, no digas tonterías.
Soltó una carcajada que amenazó con despertar al resto del palacio. Debían de ser ya las tres de la madrugada, a juzgar por la posición de la luna en el cielo. Brillante en el espacio oscuro que se veía desde la ventana.
Me tumbé a su lado y la cobijé en mi pecho, como venía siendo costumbre.
Observamos el fuego en silencio, un buen rato.
Con ella estaba aprendiendo que a veces no hacía falta decir nada para decirlo todo.
En esos momentos, más que nunca, nos entendíamos aún sin hablar.
Me acordé de esas palabras de Leyla sobre los silencios.
Sobre las cosas que se dicen en ellos. Le pedí a los dioses que guardasen a la exploradora y también a Anamkha cuando tuviera que separarme de ella.
Posé un beso en su frente. Ella me miró con cariño. En silencio me dijo que era feliz a mi lado. Acomodó de nuevo la cabeza en mi pecho y, al compás de su respiración, que fue volviéndose pausada, me quedé dormido.