Málakor 4 CAPÍTULO 102
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CAPÍTULO 102

De la mitad de mi Destino

Los ojos del dios oscilaron entre ambos. No de un modo literal, ya me entendéis. Pensé que nunca diría nada; que tendría que sacudirlo para sacárselo; sin embargo, cuando estaba a punto de replicar, él me frenó con un gesto de mano. Al fin, habló:

—Es lo que sois —soltó con todo el peso que esas palabras merecían.

Anamkha y yo nos miramos a la par. Por más que mi pulso latiera errático, encontró el ancla, una vez más, en sus ojos. Teñidos por lágrimas de emoción, de duda o de… qué sé yo, se quedaron en los míos diciéndome que estaba a mi lado. No solo de un modo físico, era su alma la que estaba conmigo.

—Sois Ankarach y Málak. En otros cuerpos, en otra vida, pero en este mundo —indicó el dios sin que dejásemos de mirarnos—. Por eso os es imposible no querer estar cerca del otro.

—Entiendo el sentido de todo esto, y entiendo nuestro cometido, aunque sienta a la par una rabia profunda al saber la verdad de tantas cosas, pero… no siento que quiera estar cerca de él solo por eso —soltó ella, lo que me hizo sonreír—. Simplemente quiero estar con él por lo que me hace sentir.

Le rodeé los hombros con el brazo y la atraje hacia mí.

—Claro que sí, pelirroja. —La besé en el pelo. Ella se apoyó en mí mientras soltaba un suspiro—. Nosotros somos mucho más que eso.

—Y en eso no os falta razón. No os sentís unidos solo por una cuestión de la magia, o por lo que fuisteis en otra vida. Es que vuestros corazones son afines. Lo han sido desde que os visteis por primera vez, en esta vida, hace largos años.

—¿Alguien puede explicarme eso? —pedí, expectante—. Has dicho que Ankarach y Málak estaban destinados a reencarnarse siempre para luchar contra la oscuridad, pero Anamkha ha luchado contra la Oscuridad antes, en esta vida; sin embargo, yo no estaba con ella.

—Sí estabas, solo que no lo recuerdas —dijeron ambos a la par.

—¿Cómo?

Retiré el brazo de ella y me giré para hablarle a la pelirroja. Anamkha también se movió. Frente a frente, dijo:

—El niño que llevaba en brazos en aquella visión. Eras tú.

—¿Yo? —Mi ceño se contrajo—. ¿Era yo?

—Sí, tú —repitió ella—. Aunque eras un bebé y no recuerdas nada. Tuve que ponerte a salvo, dejarte en manos de otra persona para que ella pudiera sacarte de Hérenthor.

Ni siquiera me paré a preguntar quién era ella. En mi mente, solo había una persona: Azani.

—La diosa me dijo que había sido ella quien me había puesto en manos de Elidebra, mi madre humana, que ella estaba en Ardacia.

—Azani no siempre habla de un modo tan claro como le gustaría —dijo Gékim.

—Eso lo sé de sobra… —suspiré.

—Fue la diosa, Málakor, sí, pero a través de mí, su Espada Esmeralda.

—¿Entonces conociste a mi madre? ¿A Debra? —La voz me tembló.

—No fui yo quien te llevó con ella. Fue Zeniah, la Segunda Depositaria del Conocimiento de la Ciudadela de Meironn Gobragh. La madre de tu amiga la maga.

La historia de aquel hombre al que Hach escuchó hablar en una taberna en los arrabales de su ciudad, siendo un niño, me llegó a la memoria. Le hablé de esa historia a Anamkha. Luego, con la confusión más absoluta apretándome las venas, dije:

—Pero hace más de doscientos años de todo esto.

Y, sin embargo, Háchpirey escuchó hablar de aquello siendo niño.

Medora no ha cumplido aún los veinte, yo tengo muchos más, ¿cómo íbamos a haber nacido en el mismo momento?

—Sentí que el cerebro me daba contra las paredes del cráneo, de tanto como estaba forzándolo a pensar, a comprender—.

A no ser que a ella le hubiera sucedido como a mí, a causa de su poder, y no recordarse todos esos años atrás.

—Supongo que la magia os llevó a lugares distintos en momentos diferentes del tiempo, atendiendo a lo que estaba por llegar —explicó la pelirroja, más consciente de esos asuntos que yo, como de costumbre—. Igual que al resto de nosotros, aunque tampoco puedo aseverarlo con seguridad.

Miramos al dios, sin embargo, él se cruzó de brazos y mantuvo una expresión neutral.

Intenté recordar el nombre que el bardo mencionó, sacado de labios del viajero de las historias extrañas.

— Chi… —La miré, esperando que terminase la palabra.

—¿ Chiaranán ? —Cuando asentí, agregó—: Es una palabra élfica que significa: «Los hijos del pasado».

—¿Es lo que eres? Por eso estás viva a pesar de haberme visto siendo un niño. De haberme tenido en tus brazos.

—Es lo que soy. En el mundo pasaron más de doscientos años, pero no para mí. Tu sí los viviste, el medallón te mantenía siendo un niño, inconsciente del paso del tiempo. Perdóname por no habértelo contado antes. Azani…

—Ya lo sé… —resoplé—. No te disculpes, lo comprendo. A estas alturas, ya lo comprendo.

Llené los pulmones, despacio, tratando de asimilar el aire al igual que la información.

Nunca había estado demasiado conectado a la magia y de repente parecía que todo cuanto me rodeaba tuviera que ver con ella.

Me sentía ignorante, impotente y frustrado por tantas cosas…

Esas que pensé eran de un modo y habían resultado ser distintas.

Por tanto como no comprendía. Echaba de menos esos tiempos en los que mi vida sucedía ajena a tales cuestiones; sin embargo, eran esas cuestiones las que me estaban construyendo.

Igual que las ciudades se levantan piedra a piedra, todas esas verdades erigían lo que era.

Lo que había sido y, quizá, lo que sería.

—¿Y por qué Segunda no se quedó con su hija? —pregunté.

—Eso no lo sé —respondió ella con pesar.

—¿Crees que sigue viva en alguna parte? —Se me hizo un nudo en la garganta—. Hach escuchó hablar de ella siendo un niño, como te he dicho, y él tiene tres años más que yo.

—No sabemos si ese viajero escuchó su historia de labios de otra persona, y esa persona de otra, así hasta… cientos de años atrás. O quizá se la inventó.

—O si él en sí mismo era un dios, tal y como al bardo le pareció.

—No podemos saberlo —concluyó ella—. En cualquier caso, si Zeniah estuviera viva, habría seguido buscando a su hija.

Andric y Segunda usaron parte de su poder para llevaros lejos de aquí.

Quizá el de ella se vio más afectado y terminó por perderlo con los días, apartada de la Ciudadela y de sus conocimientos.

Quizá lo agotó buscando a Andric, a juzgar por lo que me contaste de que había llegado solo. Es algo que escapa a mi comprensión.

Gékim carraspeó, así que le prestamos atención al momento.

—Me temo que va siendo hora de que os marchéis de aquí, podéis seguir hablando fuera de estas cuestiones, si así lo deseáis.

—Respóndeme antes a una cosa, Gékim, ¿qué hay de mi hermano?

Él también está aquí —pregunté; por intentarlo, que no quedase—.

¿También es parte de Málak? Dijo que si yo no hubiera nacido, todo habría sido para él.

Que nuestro poder era tan grande que el Destino decidió que debía contenerse en dos almas. En dos cuerpos.

—Has oído hablar del Equilibrio, supongo —dijo, y ladeó un poco la cabeza.

—Mil veces —farfullé exasperado.

—El poder de Luz que venía contigo en esta vida era demasiado grande como para que el Destino y la Magia no se vieran forzados a equilibrarlo. Entonces llegó él, pero él no es Málak. No eres tú, aunque sí perteneció a tu linaje.

Con un gesto de mano, volvió a dibujar su terrible imagen en el firmamento. Sentí un escalofrío al verlo a esa mole enorme y amenazante, hecha de negrura, a lomos de aquel caballo que tanto me recordó al que montaba mi hermano la noche de los acechadores.

—Su padre, Netzalión el Condenado, fue uno de los primeros en corromperse con las malas artes de Nadiackus. Se convirtió en su adalid, en su arma ejecutora. Él lo llamó Masacre. Vivía y respiraba violencia, así que obligó a una de las mujeres de tu familia a concebir sus hijos.

La imagen que mostró a continuación, en la que ese villano cometía atroz crimen contra esa mujer, fue tan terrible que aparté la mirada.

Anamkha soltó una exhalación de angustia, y la atraje más hacia mí.

La sangre me ardía en las venas por la rabia.

Quise atravesar la imagen y frenar ese acto arrancándole la vida a ese zafio; sin embargo, sabía que era imposible.

No tenía potestad sobre ese pasado, como tampoco lo tenía ya sobre las muchas veces que eso sucedió en Ledaria.

Eso seguía atormentándome. Cuánto dolía no haber hecho todo lo posible entonces.

—Nergal, llamado entonces Nergalión, en honor a su padre, nació de aquel acto cruel.

La voz del dios me sacó de mis amargos pensamientos, y volví a mirar.

Sobre un lecho de sangre llegaba a la vida un niño que pronto rompió en llanto atronador.

El dios nos mostró varias etapas de su vida, todas envueltas en actos atroces.

Algunas no eran muy distintas a lo que había sido mi infancia en Ledaria, así que sentí compasión por él y por mí mismo.

Mi asombro se volvió mayor pues, cuanto más crecía ese niño, más se parecía a Azskar físicamente.

—Por todos los dioses, es idéntico a Nergalak —dijo Anamkha, a lo que yo asentí.

—Se convirtió en uno de los Siete Avatares de la Destrucción.

Dolor era su nombre. Dolor, lo único que sabía procurar — explicó Gékim, con voz pausada—.

Estuvo encerrado junto al resto de los horrores en una prisión ancestral, gracias a uno de los medallones de Méistar, la antepasada de tu amiga Medora.

Esa mujer es el origen del linaje de Andric y Medora.

Ella fabricó el Manantial de los Bosques, la piedra que dio origen a vuestros medallones.

Por eso, uno de sus descendientes podría contaros todos los secretos que guardan, con solo leer en los conocimientos arcanos que su sangre conserva.

—Hablas de su sangre como si fuese un libro —observé.

—No más preguntas —dijo, y se selló los labios.

— Pero tengo muchas que hacerte. En Ítaro…, mis amigos…

Me frenó con un gesto, y no me atreví a desobedecer. No sabía hasta dónde podía llegar ese dios.

—No puedo ayudaros más, y que estéis aquí implica un coste que habrá que subsanar. Vamos, es hora de que os marchéis.

Chasqueó los dedos. Rosquillas apareció desde alguna parte. Traía la nariz llena de polvo dorado. A saber dónde se habría metido.

—Os deseo lo mejor, Espada Esmeralda y su Campeón —dijo el dios—. También a ti, querido Rosquillas. Vuelve siempre que quieras.

El gato se frotó contra su pierna y echó a correr, no sin antes decirme que lo siguiéramos.

Anamkha y yo fuimos tras él, a toda prisa.

Miré hacia atrás. Gékim se quedó allí parado, mirándonos con expresión curiosa.

Era, cuanto menos, un tipo interesante. Lo mejor de todo: no chillaba como Tékim, no me metía ni en la mitad de problemas y contestaba a mis preguntas, a casi todas al menos.

Rosquillas se detuvo ante un agujero, en medio de la explanada de estrellas, hecho de azul y oscuridad.

—Saltaré, ya sabéis lo que tenéis que hacer.

Le di las indicaciones a Anamkha. El micho saltó ágilmente. Siete segundos después, lo hicimos nosotros. Cuando me vi de vuelta en aquella estancia púrpura, me sentí entre confundido y aliviado.

Altaxio corrió a abrazar a su madre. Rosquillas, a saludar a Ivarix.

Y yo… Yo me senté en el suelo. Tuve que sentarme.

Las piernas no me sostenían. No, ni sentarme me parecía suficiente.

Me tiré cuan largo era. Clavé la mirada en el techo y cerré los ojos, envuelto por ese zumbido y por el crepitar de las arañas y la magia.

Había vivido cientos de vidas en cientos de mundos.

En todas ellas, había servido a algo más grande que yo mismo; había luchado contra la Oscuridad en todas sus formas.

En todas ellas, estaba junto a Anamkha. Esa mujer de la que hasta hacía poco nada sabía, o, al menos, nada recordaba, pues verdaderamente la había conocido siglos atrás, al principio de esta existencia.

Solo los dioses sabían porqué habían decidido juntarnos de nuevo en ese momento y no antes, pero me alegraba de que lo hubieran hecho.

Sentí su presencia a mi lado. Miré hacia la derecha. Anamkha estaba allí, tumbada también.

—¿Estás bien? —me preguntó.

—Creo que el corazón me va a colapsar en el pecho y serás viuda antes de lo que esperabas.

—No hables de morirte. No me gusta que lo hagas.

—¿Y qué importa si me muero? Volveremos a encontrarnos en otra vida, ¿no? En otro tiempo. En otro mundo o en este.

—Sí, pero aún no hemos vivido juntos esta vida —dijo, con suavidad—. Ahora mismo, es la única que me importa.

Eso me hizo sonreír, de oreja a oreja, y amansó las aguas de mi tormenta.

—Pues vivámosla. Como si fuera la última.

Me puse en pie y le tendí la mano. Ella la cogió al momento. Tiré de Anamkha hacia mí y la pegué a mi pecho.

—¿De verdad me has tenido en brazos siendo un bebé?

—Eras un bebé adorable, mucho más que ahora que eres adulto.

Reí, suavemente.

—Qué cosa más rara. No sé cómo sentirme al respecto, pero gracias por haberme salvado.

—No, tú me salvaste. Si no hubieras estado allí, habría muerto. Los tres lo habríamos hecho.

—¿Tú, yo y…?

—Mi lección definitiva. —Esbozó una sonrisa nostálgica—. Al menos, por el momento. ¿Nos tomamos una cerveza? Por favor.

—Nos tomamos Sigmarina entera, pelirroja. Esta noche, olvidémonos de que tenemos que salvar el mundo. De lo que fuimos y de lo que seremos. Pensemos solo en lo que somos. Dos amigos… ¿casados?, en otras vidas y en esta, pero dos amigos, al fin y al cabo.

Rio con ganas, tiró de mi mano y me sacó de allí, a toda prisa.

Aquella noche, eso hicimos. Olvidarnos de todo.

Bebimos, celebramos, jugamos a los dardos e incluso bailamos.

La pelirroja me obligó. Al filo ya de la madrugada, la escuché de nuevo cantar, en El Laurel Dorado, admirado por la belleza de su voz.

No sabía si todas las Anamkha de otras vidas cantaban igual de bien, más allá de esa a la que había visto; pero supe, en ese preciso instante, que me habría pasado la vida entera escuchándola.

Y eso que la música no era de mis grandes pasiones. Sin embargo, ella…

Ella sí.