CAPÍTULO 101 #2
En la imagen ante nosotros, vi a Azani. Los dioses no envejecen, solo cambian su forma, pero me pareció que entonces era más joven, más niña, más humana incluso.
Su aura de divinidad no era tan deslumbrante.
Sus rasgos no estaban tan marcados por los años de aprendizaje.
Ataviada con un hermoso vestido verde y azul, se arrodilló junto a Ankarion y lo tomó en brazos.
El hombre despertó. Lloró de alegría al verla.
—Eres tú —dijo—, has regresado.
Hasta su voz me fue familiar, y una gota de frío sudor me recorrió la espalda, pues una idea se había instalado en mi mente; una que no quería escuchar ni comprender por extraña.
Gékim movió la mano de un lado a otro; la imagen cambió. Aquel pelirrojo tomó de manos de la diosa la Espada Esmeralda, esa que ahora llevaba Anamkha, y esta brilló como cien soles.
—Esmeralda… —musitó mi amiga, atónita.
—Así es —dijo el dios—. La diosa le dio a Ankarion la Espada Esmeralda y el poder de hacer frente a todas las criaturas de la oscuridad con ella. De destruir incluso a dioses y semidioses. Sin embargo, y a pesar de todo, él estaba triste.
El dios nos mostró a una dama joven, de cabellos también rojos, largos y brillantes, tendida sobre un charco de sangre.
A ella también la había visto en alguna parte.
Miré de reojo a Anamkha. Se parecían. Aunque quizá era solo a causa de mi confusión y de su cabello.
Sea como fuere, el corazón me martilleó en el pecho ante aquella idea.
—Era el padre de Ankarach, la de rojos cabellos, la primogénita del primer linaje humano —explicó el dios—.
Días atrás había encontrado a su hija herida, y la creyó muerta.
Todos lo hicieron, salvo su esposo. Que pertenecía a otro linaje de seres no humanos.
El primero de ellos se llamó Málak. De ahí el nombre de su linaje.
Un hombre de cabello negro y ojos azules tomó a la mujer en brazos y la sacó de allí.
La llevó a través de bosques, senderos y cañadas hasta una cueva, donde la tendió, la sanó, arropó y cuidó.
Prendió un fuego para mantenerla caliente y se tumbó a su lado, donde la abrazó como si fueran uno solo.
A él…, a él también lo había visto. Era una versión de mí mismo.
Si mi corazón latía acelerado de por sí, en ese entonces, se movió en mi pecho como si mis costillas fueran barrotes de los que quisiera salir.
Una parte de mí empezaba a entender por dónde iba aquella historia.
O quizá estaba volviéndome majara e inventando cosas donde no las había.
—No voy a lanzarme a hacer elucubraciones, aunque esto me está dando bastante miedo. —Tomé aire y lo solté con apremio—. ¿Estás viendo lo mismo que yo, Anamkha?
—Lo veo, Málakor, pero… es imposible.
El dios nos miró por encima del hombro.
—No hay nada imposible. Solo hay aquello en lo que podemos creer y en lo que no. Y aún os queda mucho por ver.
De un golpe de mano, barrió la imagen anterior y mostró una nueva. Málak llevó a esa mujer lejos de la cueva, a un lugar tan distinto al anterior que casi parecía otro mundo: un rincón del bosque, junto a un lago sobre el que vertía sus aguas una cascada.
—Si la sangre de Ankarach es poderosa, la de Málak lo es más. Así que pudo salvarla y llevársela a un lugar seguro donde pudiera recuperarse. Uno de los pocos lugares que quedaban a salvo de la destrucción de Nadiackus.
Allí cantaban los pájaros; todo era verde y frondoso.
El sol se colaba delicado entre las ramas; el ambiente transmitía una sensación de esperanza.
La pelirroja y él se abrazaron a las puertas de un casona de techos de paja, cobijada a la sombra de un árbol rojo, en cuyo camino de acceso reinaban las flores.
Luego, él la besó en los labios, le dijo adiós con la mano y se marchó.
La expresión de tristeza en el rostro de ambos, al separarse, me conmovió.
Otro golpe de mano de Gékim cambió la imagen.
—Fue a buscar a Ankarion, para asistirlo en su lucha contra la Oscuridad. Al padre de Ankarach lo llamaron la Espada Esmeralda y a Málak, su Campeón.
«La Espada Esmeralda y su Campeón». Tragué saliva, densa como miel en invierno.
En una hondonada, en la que la tierra y los árboles estaban calcinados, bajo un cielo del color de las cenizas, coronado por una luna hecha de sangre, Málak peleaba junto al pelirrojo.
Armados con esa espada y otra de igual brillo, luchaban contra una miríada de criaturas oscuras.
Tras muchas batallas, cuyas imágenes se sucedieron a toda prisa, la mujer de cabellos rojos se unió a ellos.
Presenciamos el último aliento del pelirrojo, cómo le daba la espada a su hija.
Ella la tomaba, llorando afligida. Málak ponía la mano en su hombro para consolarla.
—Ankarion cayó en batalla y legó su espada a su hija Ankarach, vinculada a la sangre de su linaje.
Entonces, ella fue la Espada Esmeralda y su esposo, su Campeón.
Juntos siguieron con la tarea de su padre —indicó el dios, que contemplaba también la escena—.
Lucharon mano a mano, inseparables, dos partes de una misma cosa, contra las huestes de la oscuridad.
Nadiackus temía su destrucción, y en un último intento por sobrevivir, encerró a los mortales para usarlos de moneda de cambio en su perdón. El Creador os amaba tanto, que cedió.
—¿Ankarach y Málak estaban encerrados también? —preguntó la pelirroja.
—Sí. —Gékim se detuvo y se giró para mirarnos.
La imagen en el cielo, tras él, se desvaneció—.
El dios oscuro les tenía tanto miedo, porque sabían que su poder era tan grande cuando estaban juntos, que conjuró para separarlos.
Los conocía bien, al fin y al cabo, eran los padres de la doncella mortal que él amó.
Aquella de la que nació su hija Moirann.
Más conocida como Muerte. Anamkha bien la conoce.
—Sí… —Noté cada una de sus heridas al respecto en el tono de su voz.
Le apreté la mano, una vez más, en tanto que decía:
—¿Y qué hizo Nadiackus con ellos?
—Más bien qué intentó hacer—respondió él con expresión sonriente—.
Yssal y Tékim no se lo permitieron. Aunque Nadiackus destruyó su cuerpo mortal, no pudo acabar con sus almas.
Quedó escrito entonces que se reencontrarían en muchas vidas y en muchos mundos, siempre que la Oscuridad se cerniese sobre ellos.
Ya fuera como mortales o como dioses. Ya fuera como raíces y árbol.
Ankarach y Málak siempre estarían destinados a encontrarse.
A luchar juntos. A perecer juntos. A hacer frente a la destrucción del mundo, mano a mano, como la Espada Esmeralda y su Campeón.
A medida que hablaba, los veíamos allí, en otros cuerpos pero las mismas almas. En todos esos escenarios, a lo largo de los tiempos. En ciudades distintas, bosques, senderos…, siempre con un mismo propósito: salvar al mundo de la destrucción.
—A unque sea con las manos desnudas y las llamas de su destrucción quemándonos la piel —cantó Ankarach en una de sus vidas, mientras paseaba por los bosques de robles rojos de Erisias recolectando flores en una canasta.
La pelirroja se llevó la mano a los labios; sentí que reconocía a esa muchacha y me pregunté si no sería una de sus antepasadas.
Quizá su retrato adornaba los pasillos del lugar en el que ella se crio, como un fantasma de otros tiempos.
Debía de ser gracias a ella que esa canción había llegado a sus tierras y se había transmitido de boca en boca a lo largo de los años.
Sentí que el corazón se me había quedado parado entre las costillas y que nunca volvería a latir.
Que me desplomaría en el sitio y moriría en ese mundo entre los mundos.
Abrí los labios para formular la pregunta que quemaba en ellos, en la garganta y hasta en la espina dorsal.
Y me costó hacerlo, así que me salió con un hilo de voz.
—¿Es lo que somos Anamkha y yo? ¿Por eso es la mitad de mi Destino.
Aguardé la respuesta del dios con la sensación de que iba a desvanecerme. Miré a la pelirroja. Su pecho subía y bajaba con esfuerzo. La incertidumbre la dominaba igual que a mí.