CAPÍTULO 101
Del guardián del mundo entre los mundos
No soy bardo, ya lo sabéis, así que intentaré explicar lo que vi, a mi manera.
Al frente, un cielo profundo, de una mezcla entre el azul más intenso y el negro más puro, pero no era oscuro, porque rutilaban en él millones de estrellas.
No eran todas como las que solemos ver, de plata o dorado, depende de cómo les dé la luz; eran de millares de colores, algunos como nunca los había visto.
Infinidad de ellas. En cúmulos, separadas, creando formas como montañas.
No, pilares. Altos pilares. Como esos cúmulos de piedras que los enamorados saltaban en Sigmarina.
Sí, eso era. Así, pero hecho de estrellas.
El horizonte se confundía con el suelo. Era como un espejo de obsidiana, ese que usó Ivarix, y fui consciente de que pisaba algo sólido, aunque, en realidad, la cúpula celeste se reflejase en él y todo pareciese parte de la misma cosa.
Rosquillas se adelantó, casi confundiéndose con el paisaje.
—Vamos, está más adelante —apremió.
Avanzamos tras él, sin soltarnos de la mano.
Más adelante, cruzamos un bosque de estrellas, todas de color púrpura.
Tomaban la forma de los cristales mágicos de los túneles, hasta que, de golpe, todo fueron extensiones de esos cristales, de diverso tamaño y color.
Los más grandes, los azules. Rosquillas saltaba entre ellos, sobre ellos, ágilmente.
A nosotros nos tocaba colarnos por entre los escasos huecos.
Al final, llegamos a un claro en el que había un lago de aguas cristalinas, que reflejaba la cúpula celeste. Era agua hecha de estrellas.
Me sentí más ligero, como si no tuviera cuerpo en realidad; mis pulmones más llenos de aire, mi corazón más fuerte para bombear la sangre. Una vez más, no había marcas de batalla en nosotros. Mi dedo estaba ahí. Las cicatrices se habían esfumado.
Anamkha me soltó la mano, despacio, y se apartó unos pasos.
—Esto es hermoso. —Paseó la vista a nuestro alrededor—. ¿No sientes como si fueses capaz de todo? De volar incluso. De derrotar ejércitos enteros. De amar hasta el infinito.
—Sí, tengo esa sensación.
Dio vuelta sobre sí misma, con una inmensa sonrisa de felicidad.
—Pelirroja, este sitio te favorece. Pareces hecha de estrellas. Estás más bella incluso.
Posó la mirada en mí y sonrió de oreja a oreja.
—«Ella es más bella que el sol y supera a las constelaciones de las estrellas. Comparada con la luz del día, sale vencedora, pues a esta sucede la noche, pero la maldad nada puede contra la sabiduría».
—¿Es otra canción?
—No, es uno de los rezos de Altaxio, de su libro sagrado. Habla de la sabiduría. Creo que esto es lo que se siente aquí, Málakor. Vida, sabiduría, todas las respuestas del universo. Siento que podríamos conocerlas si preguntásemos.
—¿Y a quién preguntaremos?
—A él. —Anamkha señaló un punto más adelante.
Se aproximaba, hacia nosotros, una figura masculina.
Solemne, con larga túnica entre el gris y el azul.
Un hombre joven, con el rostro sereno; sin nada reseñable en él pero agradable de mirar.
Llevaba el pelo corto, de un blanco profundo, igual que su barba bien recortada.
Sus ojos eran de un azul claro, con vetas de púrpura. Lo había visto en alguna parte.
Un dios. Era un dios. De eso no me cupo duda.
Rosquillas maulló a modo de saludo y corrió hacia él. La deidad lo recibió de buena gana, agachándose para acariciarlo. El gato se puso panza arriba.
—La magia es igual de adictiva para los gatos que tumbarse al sol. —Le rascó la barriga. Su voz era serena, como su apariencia—. O que la comida.
—Y vos estáis hecho de magia —dijo Anamkha.
Él levantó la mirada hacia ella; se incorporó. Los pelos del gato que volaron en el aire, al contacto con su ropa, restallaron en púrpura.
—Anamkha, me alegro de verte y de que me veas. Muchas veces has estado aquí y no me has visto. —Puso la mirada en mí—. Con él; a solas. Puedes hablarme de tú, me pasa como a mi padre, no me van las formalidades.
—¿Quién eres? —pregunté.
—Gékim, Señor de los Sueños, de la Buena Suerte, Guardián del mundo entre mundos y, cuando mi padre así lo ordena, Asistente de la Magia.
—¿Eres hijo de Tékim? —dije atónito.
—Ya sé que no armo tanto escándalo como él ni como mi madre. Emer, la diosa del Amor. Lo indico porque tú no andas muy puesto en la genealogía divina. Y eso que somos tu familia. Deberías estudiar más.
—No, gracias, sé que os acostáis todos entre todos.
—Yo no me he acostado con nadie todavía.
—Levantó las palmas de las manos—. Lo que es paradójico, siendo hijo de quien soy.
Es más, técnicamente, ningún dios se ha acostado con otro, no en la forma en la que tú lo entiendes.
Pero bueno —se cruzó de brazos, mas no en actitud defensiva—, hablemos de lo que os ha traído hasta aquí.
No habéis venido a ver el paisaje, tampoco estáis al borde de la muerte o en uno de vuestros encuentros.
Mi querida Azani me pidió un gran favor, y no me arrepiento.
Igual que me pidió que permitiese que ella te diera el amuleto con su mechón de pelo.
Necesitábamos que te sintieses acompañado de su energía.
Anamkha se rascó la frente, a la par que yo.
—Estás tan… bloqueada como yo, supongo —dije, y ella asintió.
—¿Puedo ir al jardín de las hadas? —le preguntó Rosquillas.
—Puedes, pero no destroces los parterres —respondió Gékim.
El gato sonrió como si fuera eso, precisamente, lo que iba a hacer, y se largó corriendo.
—¿Qué es lo que Damien quiso que Anamkha supiese? —me lancé a preguntar—. Eso por lo que lo engañasteis Ivarix, Altaxio y tú.
—Interesante cuestión, que llega en el momento justo: ahora que habéis pasado tiempo juntos y que sabéis ya lo que significáis el uno para el otro, aunque no estéis preparados para reconocerlo.
Nadie quería que supierais de esto sin haberos visto antes, siendo adultos, porque os pondría en una situación complicada, os forzaría a tomar caminos que quizá os asustarían, que no querríais.
—A pesar de que hablaba de algo complejo, lo hacía en calma, transmitiéndola también.
Al menos yo me sentí así, calmado pese a todo—.
Por eso, precisamente, Damien quiso que ella lo supiera.
Este Damien…, siempre presto a sembrar el Caos.
Si no lo intentó contigo, Málakor, fue porque Tékim lo disuadió a tiempo.
—Chasqueó la lengua—. Venid, os lo mostraré.
Se dio la vuelta y echó a andar sobre el suelo de estrellas. La pelirroja y yo nos miramos antes de dar un paso. Volvió a tomar mi mano, asintió con firmeza y, con igual fuerza en su mirada, echamos a andar.
El dios, a medida que caminaba, relató:
—En el principio de los tiempos, los seres como vosotros eran inmortales. Llevaban una vida feliz, sin más preocupaciones que los ciclos de la naturaleza, que los tiempos de cosecha, que las noches frías o los días demasiado soleados.
Hizo un gesto con la mano, como si meciese al aire.
Se abrió un espacio entre las estrellas, que mostró la estampa que describía.
Igual que si estuviéramos viendo por un agujero una escena cotidiana, una obra de teatro en la que los actores interpretaban el papel de sus propias vidas, vimos un pueblo de rústicas viviendas levantadas con paja, piedra y madera, enclavado en un valle, donde todo era frondoso y verde, donde las cosechas eran abundantes y los ríos caudalosos.
—Esto que veis fue la próspera y llena de dicha Driennen —dijo el dios—. Un refugio para sus habitantes. Allí, las gentes cantaban, reían, bailaban. Todo fue felicidad hasta que Nadiackus se mezcló con ellos, un dios entre mortales.
La imagen cambió. Un hombre de belleza sin igual, cabello negro como ala de cuervo y ojos de igual color, paseó entre las sencillas gentes, despertando su admiración.
—Todos lo admiraron al principio, pero luego despertó la Envidia en sus corazones. —Los rostros de aquellas gentes se tornaron hoscos; sus miradas, codiciosas—. Así nació Grarnass.
Allí estaba ese ser esquelético, del verde de la podredumbre. Se hizo niebla y penetró por todos los rincones, por todos los corazones, marchitando cuanto encontraba a su paso.
—El mundo se llenó de Males, de sentimientos perniciosos. Muerte, Masacre y todas las corrupciones del Mundo trataron de dominarlo.
Una dama de cabellos negros, ojos violáceos y hermoso vestido carmesí caminó junto a ese otro ser, Masacre.
Él vestía terrible armadura negra y portaba un mangual de seis cabezas.
Tras inclinarse ante la mujer en señal de pleitesía, montó en un caballo de pelaje y crines azabache.
Se alejó de ella escoltado por Plaga, con su traje tejido de infectos gusanos, por Miseria, famélica y gris, con el vientre y las manos vacías, por Corrupción, con su lengua de fuego y sus dos dagas púrpuras.
Tras ellas, otro sinfín de criaturas grotescas.
No había soltado la mano de Anamkha, y noté que temblaba. Así que la apreté. Ella apretó también la mía. Ninguno apartó la vista de las imágenes que el dios nos mostraba en aquel manto de estrellas. Continuábamos avanzando, mientras él hablaba:
—La vida idílica de aquellas gentes fue condenada a la destrucción y casi los condena a ellos a la extinción.
Guerra, muerte, sangre, destrucción. El paisaje se volvió yermo; oscuro, condenado a la más honda de las ruinas.
—Los mortales no tenían forma de acabar con Nadiackus. Hasta los dioses deseaban hacerlo. Por eso, él regresó a su hogar, porque en el mundo mortal era más vulnerable. Para ello, utilizó la sangre de Ankarion, el de rojos cabellos.
Un hombre de cabello rojo y ojos verdes yacía agónico a los pies de un árbol muerto. Un hombre que me resultó familiar. Lo había visto antes.
—Por eso los seres oscuros persiguen esa sangre —anotó el dios—. Guarda el mismo poder que Nadiackus usó para regresar a la tierra de los dioses y seguir haciéndose fuerte. Aunque el dios consiguió su propósito, Yssal salvó a Ankarion.