CAPÍTULO 100
Del tejido de la magia
A la caída de la noche, Anamkha me llevó pasillo tras pasillo, escalera tras escalera, a las profundidades del castillo de Sigmarina.
Allí, tras una puerta doble de hierro, aguardaban Ivarix y Altaxio en una estancia que despertó tanto mi asombro como el laboratorio de alquimia.
Era parecida, en esencia, con un montón de vitrinas, estanterías y frascos, parecida a las estancias de los magos de Téramo.
Olía a eso, rezumaba magia. Me sentí un poco incómodo, pero pensé en Conjuritos, en lo mucho que le gustaría, y eso me relajó.
Nada más entrar, me acerqué a Altaxio. Tenía que pedirle disculpas antes de dar un paso más en cualquiera que fuese la dirección que aquello iba a tomar.
—Lo siento. —Le tendí la mano—. No comparto lo que has hecho, pero lo comprendo. Te pido perdón por haberme puesto a las bravas contigo.
—No pasa nada, Málakor, entiendo tu postura. —La apretó con firmeza; en su mirada había una profunda comprensión—. Mi madre ha sufrido mucho, por las cuestiones de los dioses, y quería evitarle esta. Al menos hasta que no fuese necesario exponerla a ella.
Sentí un temor espantoso a la revelación que estaba por venir. Debía de ser preocupante como para ponerlo tan nervioso.
—Bueno, todo está arreglado, ¿podemos pasar a lo importante? —apremió Anamkha—. Ivarix, ¿qué se supone que tenemos que hacer?
El mago nos hizo un gesto para que lo siguiéramos y tomó la dirección hacia una puerta secundaria que había al otro extremo de la estancia.
A mi paso, algo se movió entre los frascos y libros de una de las mesas.
La luz de una vela restalló entre ellos, iluminando dos puntos ambarinos.
Rosquillas levantó la cabeza, se estiró, saltó de la mesa y corrió hasta situarse junto a Ivarix.
—¿Ya es la hora? — preguntó.
El mago asintió y empujó la puerta. Al abrirla, emergió del interior un intenso color púrpura y un zumbido finísimo.
El mago se hizo a un lado para dejarnos paso.
Entré en aquella estancia, mirando a todas partes, pasmado.
Hilos púrpura iban del suelo al techo; de lado a lado…
Formaban nidos con agujeros que daban a una negrura insondable.
Un bosque de telarañas mágicas en el que arañas bien grandes, de cuerpo morado con puntitos púrpura y patas negras, corrían entre los hilos, los tejían, los movían…
—¿Qué es esto? —susurré casi sin palabras.
—El tejido de la magia, Málakor. Algunas partes de él.
—Se acercó a un cúmulo de hilos y los tocó.
Al hacerlo, el zumbido se intensificó y desprendieron un brillo púrpura que se fundió en el aire como gotas de lluvia al sol—.
Muchos de ellos están aquí; otros solo son proyecciones.
Ya sabes que estaba trabajando en un invento.
Asentí, por hacer algo, porque estaba aún atónito. Anamkha miraba a todas partes también, embelesada. No obstante, sentí que ella ya había estado allí.
—El tejido de la magia lleva muchos años estirándose, rompiéndose en algunos puntos.
Ellas lo arreglan. —Acarició la cabeza de una de las arañas, que recibió feliz aquel gesto—.
Antes era trabajo de La Tejedora, pero ahora duerme.
Despertarla es uno de vuestros cometidos también.
Igual que traer a su madre del Olvido, salvar el mundo, recuperar Erisias, esas cosas.
Me dio la risa floja.
—Lo dices como si fuera cosa de ir al mercado a por salchichas.
— Salchichas. —Rosquillas se relamió.
—No debéis temer —intervino Altaxio—, es la voluntad de los Dioses Buenos.
—Ya me conozco las voluntades de los dioses… —farfullé—, como también sé que de nada sirve resistirse a ellas.
Asintieron. Ivarix deambuló entre los nidos de hilos. Mientras, retomó su discurso:
—El tejido de la magia se quiebra más rápido de lo que puede recomponerse, como ya sucedió antes, a causa de las tretas de El Susurrador y El Usurpador. Si colapsa… —Me hizo un gesto para que me acercase.
Lo hice, aun con todas las dudas del mundo.
Me puso una mano en la espalda y caminó conmigo hasta otra puerta.
Cuando la abrió, vi ante mí un imponente abismo que comenzaba tras el umbral.
En el fondo, había un río de energía, púrpura como el de esos nidos, como la magia de Medora.
Al otro lado, tras una escarpada pared de tierra, había una de agua, igual que si hubieran separado el mar en dos.
—Si sigue estirándose y rompiéndose, si colapsa, eso volverá a suceder y lo hará a una magnitud mucho más grande —explicó el mago.
—¿Volverá a suceder?
Miré a Anamkha, tras mi espalda, por sentirme seguro de alguna manera.
—Es lo que pasó hace más de doscientos años. Cuando tú naciste. Lo que separó el sur de Hérenthor del norte. —La voz le tembló—. Un estallido de la magia resquebrajó nuestro continente.
Hach me había dicho que el año en que nací, habían sucedido cosas horribles en Luara, con respecto al clima y las costas. Sus palabras cobraron mayor sentido entonces.
—Modificó la orografía de cuanto conocíamos.
La magia se expandió haciendo más denso el muro que separa los continentes entre sí —explicó Altaxio—.
Los dioses lo colocaron ahí, hace mucho, no sabemos por qué, quizá para proteger algo que se encuentra en el centro de todos.
El agua entró por todas partes, anegó lugares que antes se hallaban secos.
Con el paso de las décadas, el líquido elemento se ha asentado en algunas zonas sobre el tejido de la magia.
Es lo que ha permitido a algunos barcos naufragar hasta aquí.
Sin embargo, no son elementos seguros. Si no frenamos a Nadiackus y Grarnass, podría volver a estallar.
—Eso es horrible… —dije sintiéndolo profundamente—. Cuánto lo siento.
—Es solo un eco más en nuestra historia —dijo la pelirroja—. Ahora solo queda averiguar cómo solucionarlo.
Regresé la mirada hacia el abismo. Solucionar algo así me parecía infinitamente imposible.
—Lo solucionaréis. En parte es algo que corre de vuestra cuenta, pero antes es justo que sepáis la verdad.
La visita de Damien nos ha dado el valor para contaros lo que debéis saber.
—Puso la mirada en su amigo, que asintió soltando un suspiro, y le dijo—: Aunque duela.
Aunque los confunda. Aunque les cueste una herida asumirlo.
Estiré la mano para coger la de Anamkha. Ella estaba pálida, sumida quizá en dolorosos recuerdos.
— Beril né veril , pelirroja.
—No sé, Málakor. Ya no estoy segura de nada.
—Estoy aquí. ¿Estás segura de eso?
Me miró atentamente, y asintió.
—Pues todo lo demás no importa. —Apreté su mano y la besé en el dorso. Luego, miré a Ivarix con gesto decidido—. Bien, lameazufres, haz lo que tengas que hacer.
—¿Yo? No, él. —Señaló con la cabeza a Rosquillas, que sentado sobre sus patas traseras, nos miraba con esa expresión que tienen los gatos de saber demasiado—. Él os guiará por el tejido de la magia para hablar con el guardián en el mundo entre mundos.
—¿Un gato? —dije atónito.
—Los gatos son caminantes de planos, Málakor, guías del alma.
Ellos nos guardan incluso de la oscuridad, si es menester.
Lo que sucede es que les gusta más dormir y comer que eso otro para lo que fueron creados, y a veces se les olvida.
—Se encogió de hombros, con gesto divertido—. ¿Verdad que sí, Rosquillas?
—Espero mucho pollito cuando acabe con esto, Ivarix —soltó el gato.
El mago, como si lo hubiera entendido, asintió.
—Bueno, en marcha —dijo Altaxio—. Tienen que regresar antes del alba.
Iba a seguir a un gato, a no sabía dónde, pero tenía que hacerlo.
Otra verdad más, largo tiempo oculta, me esperaba al otro lado.
Mas por curiosidad que por valentía, seguí al micho, de la mano de Anamkha, hasta uno de esos agujeros de oscuridad que había entre las telarañas.
Las patilargas se apartaron a nuestro paso.
—Tenéis que saltar después de mí —dijo el felino—. Siete segundos después de mí.
Transmití la información a Anamkha.
Rosquillas dio un salto enérgico. La oscuridad se lo tragó.
Uno. Dos. Tres.
El corazón iba a salírseme del pecho.
Cuatro. Cinco.
Miré a la pelirroja. Sonreía. En sus ojos castaños encontré el valor que me faltaba.
Seis.
Siete.
A la par, saltamos a la negrura. Una fuerza poderosa nos engulló.
Solo hubo oscuridad, y no oí más que silencio.
Igual que cuando me había quedado inconsciente otras veces.
Quizá estaba muerto. Quizá había sido una treta.
No había preguntado por la maldita palabra de seguridad antes de arrojarme con Anamkha a aquello. Qué estúpido había sido, pensé.
Entonces me di cuenta de que, si estaba inconsciente, ¿cómo es que estaba pensando? Cuando había estado inconsciente no recordaba haber pensado nada. No, al menos, hasta que entré en el mundo entre los mundos.
Abrí los ojos.
—¿Qué es esto? —musité.
—No tengo palabras para describirlo, Málakor.
Miré a Anamkha. Estaba a mi lado. Su mano seguía junto a la mía, lo que me alivió. Si aquel no fue el momento de mayor incertidumbre de mi vida, se le acercaba.