CAPÍTULO 99
De Teldryn
El elfo oscuro estaba agazapado en una esquina de la celda.
Las piernas encogidas, las manos en los muslos y la frente apoyada en las rodillas.
Tenía la coleta deshecha, con las hebras del cabello levantadas por la humedad del lugar y el blanco apagado por la suciedad del encierro.
Elevó la mirada y la clavó en nosotros. Sentí un escalofrío al ver esos ojos amarillos puestos en mí.
Pero no era una mirada cruel o de desprecio, solo de curiosidad.
De miedo también. Qué extraña expresión para un hombre que había amenazado con cortarle el cuello a Anamkha sin escrúpulo alguno, pensé, y me repetí que no debía sentir compasión por él.
No había nadie más en aquella zona de las mazmorras. El otro elfo oscuro debía de haber muerto. O tal vez lo habrían matado. Así que el lugar estaba horrorosamente silencioso.
—Yo conozco —dijo, poniendo la mirada en la pelirroja.
De pie al otro lado de los barrotes, a su lado, di un paso más.
—Sí, claro que la conoces, amenazaste con matarla —dije furioso.
—Lo siento. Quise escapo, ocasión.
—¿Por qué quieres escapar de allí? —preguntó Anamkha, adelantándose también.
—Paz.
—¿Paz? —La pelirroja frunció el ceño—. Me temo que no te entiendo.
El elfo se levantó despacio. Arrastró los pies hasta los barrotes y los aferró ambas manos.
Vistos de cerca, sus dedos eran largos y huesudos.
Había pasado hambre desde mucho tiempo antes de llegar a Sigmarina.
Y sus ojos… Había casi tanto dolor en ellos como en los de Araleen.
Dijo algo en su lengua. Anamkha me lo tradujo.
—Dice que odia a los elfos oscuros y a Narqania.
—¿Por qué? —pregunté.
—Eso me pregunto yo. Más vale que diga algo que suene creíble, y creo que ni así le creeré —masculló la pelirroja, que se dirigió luego a él—. Habla, ¿por qué odias a tu pueblo?
—Horian —dijo, y otro montón de palabras en élfico.
—Ellos no son su pueblo. Hace cinco años vivía en Horian, una aldea del Reino Élfico. Se fundó después de la guerra —me explicó Anamkha—. Lo que quiere decir que escapó a la corrupción de la oscuridad en ese entonces. Supongo que quizá lo capturaron después.
Volvió a dirigirse a él y le preguntó algo en su lengua.
Imaginé que relativo a esa cuestión. Él respondió en élfico y se enfrascaron en una conversación durante largos minutos.
Aguardé impaciente a que ella tradujera sus palabras, sin quitar ojo del elfo.
Aferraba esos barrotes y arrastraba las palabras, suspirando de pena a cada tanto.
La pelirroja apretó los labios en un momento.
Su forma de mirarlo cambió un poco. ¿Era compasión lo que vi en sus ojos?
—¿Qué te ha dicho? —le pregunté.
—Los elfos oscuros secuestraron a su mujer y sus hijos, todos niños pequeños. Él era guardabosques, se ocupaba de mantener limpia aquella zona de posibles amenazas. Pero un día se entretuvo en cama ajena y llegó tarde a su trabajo.
—Ah, era infiel a su esposa. Y con hijos de por medio. Empezamos bien… —mascullé—. Si quiere mi compasión, está perdiendo la oportunidad a grandes zancadas.
—Espera… Aún no te he contado todo.
Resoplé, moviéndome el flequillo. Anamkha me lo recolocó con mimo. Un gesto demasiado cariñoso para un lugar tan lúgubre. Pero me calmé y la escuché.
—Ella fue la mujer de su hermano. Él cayó herido en batalla y en su lecho de muerte le hizo prometer que cuidaría de ella.
Él se hizo cargo de su promesa. Tanto que se casaron para que ella tuviera mayores garantías y sus hijos tuvieran un padre.
Pero era un matrimonio de conveniencia, como el nuestro.
Teldryn estaba enamorado de otra persona.
—¿Teldryn? ¿Así se llama?
Asintió, a la par que el elfo, que no dejaba de mirarnos atento. Ella siguió hablando:
—Ese día secuestraron a su esposa y a sus hijos.
La culpa lo llevó a los túneles a buscarlos.
Se odiaba a sí mismo por haberle fallado a su hermano y no haber sido capaz de cuidarlos.
Se odiaba tanto que, en contacto con la oscuridad de Narqania, fue creciendo aún más su odio y lo fue consumiendo.
Sobrevivió allí abajo, acechando la ciudad hasta que consiguió colarse en ella.
Ser uno más. Al menos en su aspecto ya lo era.
Entonces vio a su mujer y a sus hijos. El rey la había hecho su concubina y a ellos sus esclavos.
No podía sentirme más incómodo. Miré de reojo al elfo. Él estaba cabizbajo. Quizá porque entendía algunas palabras de Anamkha y recordaba aquellos momentos.
—La mataron, ¿no? —dije—. Se enteraron de quién era y pasaron a cuchillo a su familia.
—Sí. —Anamkha asintió con aplomo—. Fue su esposa quien lo traicionó. Porque ella era ya uno de ellos. Se había consumido en el odio por completo. Igual que sus hijos.
Si es que aquella historia era verdad, merecía la compasión de cualquiera. El hombre aferró los barrotes con más fuerza y pegó la frente a ellos, soltando un sollozo.
Anamkha se movió hasta una mesa en la que había una jarra con agua y llenó un vaso. Luego se lo tendió al elfo. Él la miró como si fuera la primera vez que veía agua y la tomó con ganas.
—¿Cómo es que está vivo? —le pregunté a la pelirroja.
—Uno de sus hijos lo sacó de la celda en la que estaba.
Quizá quedaba algo de lo que fue él. No se marchó con su padre.
Dijo que no dejaría sola a su madre. Pero los elfos se dieron cuenta de lo que había hecho y los mataron a todos.
Delante de él. Hicieron verdaderas aberraciones con ellos mientras lo obligaban a mirar.
Luego lo tiraron vivo a una de sus simas.
—Por su expresión, ese elfo debía de haberle contado cosas horribles—.
Logró salir de allí. Ni siquiera recuerda cómo.
Solo que acabó caminando con los pies ensangrentados por los túneles, en dirección a ninguna parte.
Vio a esa partida de elfos y los siguió pensando que le llevarían a la superficie.
Salió de aquel agujero en medio de la lucha.
Robó un arma a uno de los muertos y se escondió en la casa.
Esperaba el momento para huir pero entonces me vio. Sabe quién soy.
—Y se le ocurrió que era buena idea amenazarte.
—Solo quería salir de Sigmarina ileso para perderse en los bosques y olvidarse del mundo. Solo quiere paz. Es lo único que dice. El odio lo consumió y por culpa de eso murió su familia. Si se hubiera quedado en Horian, aceptado la realidad, estarían vivos.
—¿Vivos?, sí, claro que sí, pero ¿con qué vida?
—dije—. He estado vivo y a la vez muerto por una vida que no quería, que me consumía.
Puedes decírselo. Dile también que la muerte solo es de quien la procura; que la culpa de la muerte de su mujer y sus hijos la tiene el rey de esos asquerosos puntiagudos.
—Darleoth —dijo Anamkha.
—Ah, cierto… Ese cabrón. Pues también puedes decirle lo que te dije que pienso hacerle.
—No voy a decirle eso. Le diré solo lo demás.
Se volvió hacia el hombre, que aún sujetaba la jarra en las manos. Se la tendió a Anamkha con un gesto que dejaba claro que quería más. Ella tomó el filo de la capa para cogerla. Yo sabía bien por qué. Ese elfo podría llevar veneno escondido en alguna parte.
—No hay veneno —dijo él, dándose cuenta.
—No puedo confiar en que no lo haya —respondió ella, y se fue a llenarla.
El hombre asintió y bajó la mirada. Cuando Anamkha le devolvió la jarra y bebió de ella con avidez, intercambiaron nuevas palabras.
—Le he preguntado por mi sobrino, pero dice que jamás lo ha visto. Solo oído hablar de él. También dice que sabe quién eres. El hermano de Azskar. Uno de los amantes de la reina Thalera. Han enseñado un retratos nuestros a los elfos de los túneles.
—Espero que al menos nos sacasen guapos. Pregúntale si sabe algo de los rehenes que Azskar tiene en la Ciudad Maldita.
Aguardé su respuesta con el fuego de la incertidumbre quemándome la garganta. Negó con la cabeza, varias veces.
—No sabe nada de la Ciudad Maldita.
—¿Y si miente?
—Creo que si lo supiera te lo diría. Si sus intenciones fueran deshonestas, lo haría por enfadarte, como hicieron otros. Si sus intenciones fueran honestas, lo haría por ayudarte.
—Supongo que tienes razón… —Volví a mirarlo de reojo.
Él tenía la mirada puesta en el techo. La llevé arriba y vi caer una gota que le dio en la frente. Cerró los ojos y sonrió como si se tratase de lluvia y no de humedad condensada.
—¿Qué vais a hacer con él? —quise saber, perdido en esa compasión que no debía sentir.
—Si colabora con nosotros, quizá lo enviemos a otra celda. Pero no quiere colaborar ni decir nada de Narqania. Solo olvidar. Fingir que nada ha pasado y regresar a los bosques.
—No se puede fingir que nada ha pasado, eternamente —dije—. Creo que aquí termina nuestra conversación con él, ¿no?
Ella asintió. Volvió a llenarle el agua y le deseó suerte. Aquello lo entendí perfectamente. El elfo nos dijo adiós, sin más. Antes de marcharnos, Anamkha pidió que le llevasen agua, comida y útiles de aseo.
—Tengo la sensación de que algún día cambiará de opinión —anotó después.
—Ojalá y los dioses te oigan. Porque podría decirnos muchas cosas sobre Narqania que necesitamos saber. Ojalá elija salvar a la princesa.
—¿Salvar a la princesa? —Anamkha me miró ceñuda.
—Sí. Mi vida cambió cuando elegí salvar a la princesa.
—Ah… —Sonrió—. Sí, lo entiendo.
—Ahora estoy pensando en salvar a la Maes Ir de morir de hambre y de una tarde de aburrimiento llevándomela de tabernas. Necesito seguir despejando la mente. Estoy preocupado por Azani y por todo lo demás.
Anamkha me tomó de la mano y la apretó. Aunque había muchos guardias en aquel pasillo, ya no importaba. Éramos marido y mujer.
—Te vendrá bien que nos divirtamos un poco, pero mañana seguiremos con nuestra rutina y daremos una clase de monta.
—¿De monta? Eso suena prometedor, pelirroja.
Rio, sacudiendo la cabeza. Otra vez éramos ella, yo y las cosas que nos decíamos por hacernos reír. Al menos hasta esa noche seríamos solo eso. Era lo que necesitábamos.