Málakor 4 CAPÍTULO 98
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CAPÍTULO 98

De hacerle caso al rey (al menos por una vez)

Tras dejar a Epona en las caballerizas, fuimos juntos a ver a Azkena.

El rey estaba en el Salón del Trono, recibiendo las peticiones del día.

Aguardamos nuestro turno, por consideración con los ciudadanos.

Al vernos aparecer, soltó un suspiro, largo como una charla del bardo.

Les pidió a todos que nos dejasen a solas.

En menos de un minuto, el salón quedó vacío.

—¿Qué habéis hecho ahora? A ver —dijo frotándose la frente, al filo de la corona.

—Nos hemos casado —soltó su hermana, sin más.

—Anamkha… —regañé—, mira que soy de decir la cosas sin medias tintas, pero…

—Y para qué voy a darle más vueltas, ¿eh? —Se encogió de hombros—. Todo de un trago, como una buena cerveza. Eso mismo dice él a veces, ¿no, Azkena?

Él estaba mirándonos pasmado.

—¿Es que habéis bebido? —logró decir.

—No —respondimos al unísono.

Masculló algo que no alcancé a oír en tanto que se levantaba del trono. Cuando estuvo frente a nosotros, nos miró largamente.

—Os habéis casado.

—Sí, nos hemos casado. Mi hijo bendijo la unión —levantó el dedo índice—, pero no se te ocurra regañarle.

—¡Desde luego que lo haré! —Atrapó el dedo de su hermana con los suyos y se lo hizo bajar—. ¿Por qué lo habéis hecho? No me digas que te has acostado con él y que estás…

Ella entrecerró los ojos.

—Que madre me perdone. —Le atizó una colleja con todas sus ganas.

—Gracias, Anamkha —dije—, iba a hacerlo yo.

—Por los dioses, cómo pica. Tienes las manos hechas de hierro. —El rey se frotó el cuello mientras se quejaba—. No sé por qué me pegas, no he dicho nada que no fuera posible.

—Y yo te he dicho por activa y por pasiva que Málakor y yo no tenemos esa clase de relación — replicó frustrada—.

Solo ha sido por no estar separados, porque nos conviene.

Me dejarán en paz en Sigmarina y a él con otro asunto.

¿Puedo hablarle de lo tuyo? —me preguntó.

Como asentí, repuso—: Málakor es el heredero perdido al trono de Ardacia, un reino de Luara, y si no se postula habrá guerra civil.

Pero, si lo hace, quizá quieran casarlo con alguien a quien considera su hermana.

Estando ya casado, esa posibilidad queda descartada.

—¿Seguro que no hay otra cosa? Nada que tenga que ver con el amor… ¿o algo de eso?

—Un profundo cariño, si acaso.

—Un matrimonio de conveniencia entonces —suspiró—.

Muy propio para ser quién eres, Maes Ir.

A los ciudadanos les gustará, pero habrá que inventar un pasado glorioso para Málakor, vinculado a alguna parte.

La gente lleva seis meses haciendo preguntas sobre él, y se han inventado cosas de lo más variopintas.

Está bien que piensen lo que quieran cuando solo era tu amigo cercano; sin embargo, ahora hay que darles algo más.

Título, tierras… No puedes casarte con cualquiera, ya lo sabes.

—Solo diles quién soy, nada más —solté cansado de tanta componenda de lechuguinos.

—La gente no conoce Luara ni Ledaria ni ninguno de esos sitios de los que vienes.

—Quizá sea hora de que los conozcan, hermano. Diremos que es un náufrago venido de tierras lejanas. Un extranjero —anotó Anamkha—. Nuadhair .

—Eso es muy arriesgado, aunque adecuado también. Serviría para ir preparando a la gente por si llegase el día en que tuviéramos que tender puentes con otras tierras.

—Solo quiero ser yo —indiqué—. Yo de verdad.

De pies a cabeza. No quiero mentir sobre el lugar de donde vengo y entrar en este mundo con mentiras.

Si algún día vuelvo, quiero pasear por las calles de Sigmarina con la frente bien alta.

Quiero que todos me conozcan como soy, con mis luces y mis sombras.

Anamkha asintió, mirándome entusiasmada. Luego, llevó la mirada a su hermano.

—Contaremos su historia.

El rey sopesó aquello, frotándose las palmas de las manos suavemente.

—Está bien, Málakor de Ardacia, nuadhair. Antes de irte, contarás tu historia a uno de nuestros escribas. Hérenthor te conocerá. Al menos las partes que quieras que conozcan.

—Todas —solté decidido.

Pensé que saldríamos victoriosos de aquello; que nos iríamos a celebrar sin más; sin embargo, Azkena dijo:

—A cambio de eso, quiero una ceremonia real.

—Ni hablar —dijimos a la par.

—¿Ya habláis a la vez y todo? —Puso los ojos en blanco—.

Habéis hecho lo que os ha dado la gana, a las espaldas del rey, y se contará de ti lo que tú quieras, así que me merezco esa ceremonia real.

Será en quince días. No pienso discutir sobre ello.

Avisaré a los pregoneros para que lo anuncien.

Y, por supuesto, saltarás el Dunnas Meriq.

—Por si alguien lo ha olvidado, es ese lugar lleno de altas piedras que, cuando alguien pide matrimonio a otra persona, tiene que saltar para probar su amor.

Azkena me palmeó el hombro y luego a su hermana—. Felicidades.

Anamkha y yo nos miramos, atrapados en las circunstancias. No obstante, yo no tenía ganas de discutir, e imaginé que ella tampoco, pues ninguno de los dos dijo nada al respecto.

—Ya podéis estar todo lo juntos que os dé la gana, aunque en público nada de muestras excesivas de afecto, por favor. Ni de escándalos. Esto sigue siendo Sigmarina.

—Mañana mismo le haré el amor apasionadamente a las puertas de la catedral —dije—. Lo más escandalosamente posible.

Ella me dio un codazo, echándose a reír. Azkena levantó las cejas y me miró con un regaño.

—Es broma… —Suspiré—. ¿Puedo pedirte una cosa?

—La mano de mi hermana no será… —dijo con tono guasón.

—No eso ya lo tengo. Perdona por haberme saltado esa parte de las tradiciones. —La tomé de ella, con firmeza—. Es sobre el elfo oscuro que sobrevivió. Me gustaría hablar con él personalmente. Saber si sabe algo sobre Leyla o Azani.

Su hermana le explicó lo ocurrido con Damien.

—Ese cabrón… —masculló él—. No me gusta que ande por mi palacio.

—A mí no me gusta que ande, simplemente. Le cortaría las piernas y lo enterraría en el jardín como si fuera una patata —gruñí.

Los hermanos, a pesar de la tensión, rieron levemente.

—Muy bien —dijo Azkena, serio de nuevo—.

Tienes mi permiso para hablar con él. Uno de los guardias de la entrada os acompañará.

Ahora, largo de aquí. Ya me habéis dado bastantes disgustos.

Cuando la reina se entere de que te has casado sin estar ella aquí, se pondrá muy triste. Lleva años esperando que lo hagas.

—Seguro que sabrá entenderlo. Le escribiré y se lo explicaré.

Anamkha besó a su hermano en la mejilla y dejamos el Salón del Trono.

Al rato, ya de camino a las mazmorras, escoltados por un guardia, le dije:

—¿La reina de verdad está de viaje? ¿O es que la habéis asesinado para haceros con el poder y fingís que lo está?

—Lo está —dijo ella entre risas—. No regresará hasta que no esté todo perfecto. Es la reina de esas islas. En su ausencia, gobierna un senescal. Un viejo amigo.

—Tienes muchos viejos amigos, me parece.

—No lo fuimos en un principio. —Sonrió—. Pero la vida siempre da muchas vueltas.

El guardia reclamó su atención mientras nos daba paso a las mazmorras. El aire se volvió pesado, al igual que mis nervios.