Málakor 4 CAPÍTULO 97
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CAPÍTULO 97

De canciones poderosas y libertad sin igual

Ya en la playa, estuve buscándola durante un buen trecho.

El sol estaba alto y apenas veía por el reflejo, pero una persona a caballo, más aún si tiene el pelo rojo, tampoco pasa desapercibida a simple vista.

Había gente buscando conchas, pescadores regresando de la mar y caminantes disfrutando del sol y la brisa.

Llegado a un punto, en el que las olas formaban una uve en la orilla, distinguí un trozo de arena que no habían mojado.

En él se veían los cascos de un caballo, así que pensé que Anamkha habría pasado por allí no hacía mucho.

O quizá… otra persona. No es que yo fuera experto en distinguir huellas de caballo.

Pensé que quizá me había precipitado con eso de los anillos, porque después de haberle dicho aquello a Anamkha, me tiraba el suyo a la cara. Sin embargo, me había nacido hacerlo; no iba a desandar el camino.

Miré al frente, cubriéndome del sol con la palma de la mano, y entonces la vi, recortada su figura ante la mole de los acantilados.

Venía a toda velocidad en mi dirección. Epona arrancaba a las olas salpicaduras de agua cuando le besaban las patas.

Debió de verme, pues frenó a la yegua y se acercó a un paso más tranquilo.

Cuando se detuvo frente a mí, Epona me lanzó un saludo con las orejas. Anamkha me miró a los ojos. No vi nada parecido a un reproche en ellos. Al contrario, había comprensión.

—Bonita espada —dijo.

—Me la ha regalado una amiga. Si es que sigue siéndolo, claro.

—Siempre lo seré, Málakor, pase lo que pase. Sube, anda. —Señaló con la cabeza a la grupa—. Demos un paseo.

Me tendió la mano y me ayudó a subir.

—Agárrate —dijo—. A Epona le asustan los cangrejos y, si ve uno, puedes acabar en el suelo.

—Malditos cangrejos… —dijo la yegua.

Le hice caso y me aferré a su cintura. La calidez de su piel traspasaba la ropa y llegó a mis palmas. Me alegré de volver a sentirla.

Le dio orden a Epona de iniciar el paso. Por suerte para mí, lo hizo con calma y mantuvo el ritmo. Nunca había montado a caballo por una playa. Todo se veía diferente desde allí arriba. Como si no fuéramos tan pequeños en realidad en comparación con el mar.

Durante unos minutos, solo hubo silencio entre nosotros.

El rumor de las olas y de la brisa del mar lo llenó todo.

De algunas risas de los que andaban por allí.

De algún pescador dando órdenes. El aire le movía el cabello a Anamkha, trayéndome su aroma.

Iba a echar de menos ese olor, igual que sentir las puntas de su pelo rozándome los brazos y el pecho.

Aquella añoranza de ella, incluso cuando aún estábamos juntos, me hizo sentirme todavía más arrepentido de haberle dicho que la odiaba.

—No te odio —le solté entonces—, perdóname.

—Ya sé que no me odias, pero tienes derecho a estar enfadado conmigo. Cuando uno se enfada con alguien, a veces dice cosas que no piensa realmente.

—Gracias por entenderlo, y yo entiendo lo que ha pasado —añadí—. Eso del bien común y de que te debes a Azani, igual que tu hijo se debe a su diosa. He estado hablando con Khabyr sobre ello.

—Te juro que no lo he hecho por mentirte, ni por manipularte.

Te lo juro por mi vida, por mi propio hijo y por la Espada Esmeralda.

—La fuerza de su juramento me llegó hasta el corazón—.

Esta noche iremos a ver a Ivarix. Altaxio y él quieren que sepamos la verdad, pero no quieren decirla de sus propios labios.

Mi hijo no es capaz. Así que iremos a ver al guardián entre los mundos.

Apoyé la cabeza en su espalda y solté un largo suspiro.

—Gracias a los dioses. —Me envaré de golpe—. Pero ¿cómo?

—Ivarix conoce el modo. No sé cuál es, así que tendremos que esperar hasta esta noche.

—¿Me perdonas entonces por haberme comportado así?

—No hay nada que perdonar. Espero que comprendas por qué lo ha hecho mi hijo.

—Lo comprendo, pero… sí lo hay. He sido un imbécil.

—No eres imbécil. Solo un cabezota redomado, como ya te dije.

El mar golpeaba contra un grupo de rocas cercanas y el rugido de las olas casi ensordeció sus palabras. Pero pude escucharlas y eso me hizo sonreír. Aferré con más fuerza su cintura y me incliné para hablarle al oído.

—Y tú otra, pelirroja. Cabezota y valiente. Solo dime una cosa, y dime la verdad, aunque me duela, aunque duela saber que lo sabías y lo has callado. ¿De verdad no sabes nada sobre lo que ha dicho Damien sobre la Espada Esmeralda y su Campeón? ¿Sobre eso que tu hijo sabe?

—Nada, ni lo más mínimo. Lo sabré esta noche, a la par que tú. Lo único que sé es que debes tener parte de ella, así lo ordenó la diosa, porque juntos salvaremos el mundo.

— Aunque sea …, ¿cómo era?

— Con las manos desnudas y las llamas de su destrucción quemándonos la piel.

La curiosidad por saber más sobre esa canción me llenó el cuerpo.

—Quisiera que me la cantases entera. Y deberías aprovechar, porque difícilmente te pediré que cantes a menudo.

—Está bien, la cantaré para ti. Solo por esta vez.

Pero antes, déjame decirte algo, ahora que tienes la espada.

Talabarina contiene parte de la esencia de la mía, pero tendrás que activarla, lo que no será fácil.

Tengo que seguir investigando cómo se hace, si es que tu vínculo con ella no se despierta poco a poco, igual que el del Agua.

Sea como sea, y aunque no me dé tiempo a saberlo mientras estes aquí, nos encontremos ya sabes dónde y lo haremos allí.

Posé los dedos en el pomo de la espada, con la sensación de que haríamos grandes cosas juntos.

—De acuerdo.

Anamkha aspiró el aire salado y se aclaró la garganta. Tarareó algo para sí, antes de entonar en voz alta una melodía suave, llena de emoción. Su voz fue como oír a un sueño de los que se cumplen.

— Te he esperado en las colinas, donde atardece más temprano.

Te he esperado bajo mantos de nieve, en el invierno helado.

Te he esperado bajo el sol abrasador, en el verano eterno de mi desolación.

Te he esperado donde languidecen las sombras de los árboles muertos.

Donde las flores llenan los jardines de dicha y acierto.

Te he esperado, para verte, con mi último aliento.

Te esperado, oh, mi amor, durante mil vidas.

Porque no es fuerte como nosotros, ni la muerte ni sus heridas.

Porque salvaremos el mundo, en el mañana, en el hoy y en el ayer, aunque sea con las manos desnudas y las llamas de su destrucción quemándonos la piel.

El aire del mar cantó con ella, soplando con suavidad y agitando las cintas y las olas. Me quedé tan absorto en escucharla, tan preso de aquel sueño, que no fui capaz de decir nada.

—¿Málakor? —dijo, y giró el rostro para mirarme.

—Lo siento, es que… es hermosa. Triste pero hermosa. Poderosa también.

Asintió y volvió la vista al frente.

—Todas las baladas épicas lo son, y esta es una antiquísima composición hecha canción.

—Habla de dos personas destinadas a encontrarse, ¿no?

—Sí, para cumplir con su cometido, una y otra vez. Para, como dice la letra, salvar al mundo de su destrucción.

—¿Y crees que existieron en realidad?

—Como toda esa clase de historias, uno nunca sabe lo que es verdad o lo que no.

—Elijo creer que fue verdad. En algún momento, lo fue.

Ella tomó aire profundamente. Sus hombros bajaron y subieron.

—¿Me cantas un poco más? —pregunté a media voz.

Anamkha ladeó un poco la cabeza y me sonrió con gesto provocador.

—¿No decías que no me acostumbrase a ello?

—Es que… cantas muy bien —reconocí tras un carraspeo—. Ojalá pudieras cantar algún día con el bardo. Sois los únicos que podríais hacerme amar la música. Nadie más.

—Tengo muchas ganas de conocerlo.

—Y él a ti. Ahora, por favor, quiero pasar un rato contigo, sin hablar de nada importante. Los dos lo necesitamos. Esta noche… será complicada.

—Agárrate fuerte, nuadhair , porque vas a experimentar la vida y la libertad como nunca.

Le hice caso. El corazón me latió a toda prisa.

Anamkha azuzó a la yegua a cabalgar y, cuando cogió un paso más veloz, la instó a ir al galope.

Era rápida como un dragón. La pelirroja cantó a viva voz otra vieja canción de su tierra.

Una en la que los mares batían las costas mientras una dama aguardaba entre las rocas el regreso de su amado, sin importarle temporal, tormenta atronadora, noche oscura o día de sol castigador.

Arrullado por su hermoso cantar, subido a Epona, en aquella playa de Sigmarina y en compañía de la mitad de mi destino, me sentí el dueño del mar y las olas. De todo lo que me rodeaba. Me sentí como si hubiera ganado una batalla y tuviera en mis manos la señal de la victoria.