CAPÍTULO 96
Del honor de llevar una espada y de joyas engarzadas
Estaba hecho un desastre, así que pasé por los aposentos para adecentarme un poco y luego me dirigí hacia la herrería.
Cuando el semielfo puso a Talabarina en mis manos, sentí que había nacido para llevarla y que ella había nacido para ser mía.
Como si fuéramos también una cosa del destino.
Su equilibro y su peso eran magníficos, y tenía pinta de poder separar una brizna de paja al vuelo con un corte limpio.
—Es maravillosa, gracias —le dije al herrero, enfundándola en su vaina, que colgaba ya de mi cinto.
—La Maes Ir pidió lo mejor de lo mejor. Dijo que era para alguien importante para ella.
Siempre me había hecho sentir que lo era, a pesar de todo. Pero el bien común llevaba a menudo las de ganar.
—Ella también es importante para mí.
—Lo sé. Os he visto juntos. Sé cómo la miras. —Me tendió dos dagas, de una manufactura similar a la espada—. Son dagas gemelas, muy livianas y afiladas.
Las admiré; sin duda se iban a convertir en mis favoritas.
Él se dio la vuelta para rebuscar algo en una canasta que había sobre la mesa. Se volvió al momento y me mostró algo, sobre la palma de la mano abierta.
—Ha sobrado, por si lo quieres de recuerdo, para regalárselo a alguien o por si un día se desprende el del pomo. Aunque no creo que eso pase.
Era una talabarina, con sus cinco hermosas hojas, hecha de plata y esmeralda, como las que se engarzaban en el pomo. Supe, exactamente, lo que quería hacer. Lo cogí y le di las gracias.
—¿Cómo te llamas? —pregunté antes de marcharme—. Me gustaría saber el nombre del maestro que ha forjado mi espada.
—Cassian Andor Tybor. Aunque todos me conocen como Cassanty.
—Pues gracias, una vez más, Cassanty. Llevaré esta espada con honor.
—Es un honor que la lleves —anotó con una sonrisa.
Le pregunté dónde estaba el mejor joyero de la ciudad. Tras una breve explicación, volvió a sus quehaceres y yo me largué para dedicarme a los míos.
El barrio de los orfebres no quedaba demasiado lejos, así que llegué en apenas quince minutos.
Sigmarina seguía llena de gente, con sus plazas y sus fuentes, con gente leyendo sentada aquí y allá, charlando o vigilando a grupos de niños que corrían con sus juegos.
Aunque el camino se me hizo agradable, alguien como yo no pude simplemente pasear sin más en ambientes tan bulliciosos, así que iba con un ojo puesto en todas partes.
No obstante, las calles estaban llenas de guardias.
El rey había reforzado la vigilancia después de aquella entrada a cuchillo de los elfos oscuros.
De vez en cuando, veía a los guardias mirar dentro de los pozos, claramente o con disimulo.
El miedo a que surgieran de nuevo de las entrañas de la tierra estaba más que presente.
Sin incidentes, llegué al final a la joyería.
Pequeña y muy ordenada, estaba regentada por un anciano con cara simpática.
Llevaba unas lentes con dos cuerdecitas de oro a los lados.
Le hacían los ojos más pequeños, igual que a Alasdair.
Me saludó en sigmari, así que le contesté igual, antes de preguntarle si hablaba mi lengua.
Cuando dijo que sí, sonreí de oreja a oreja.
—¿En qué puedo servirle, señor? Estaba a punto de cerrar.
Dejé la talabarina sobre el mostrador. De vidrio, bajo él se veían cajitas llenas de joyas.
—Quiero que parta esto en dos y lo engarce en dos anillos.
El buen hombre se quitó las lentes, que le quedaron colgando del pecho, y cogió una pequeña, metida en un tubo. Analizó el trébol mientras soltaba gruñidos de duda, asombro y satisfacción, a partes iguales.
—Sí, es posible. Requeriría de un corte muy esmerado, pero puedo hacerlo. ¿Qué tipo de anillos quiere?
Carraspeé y dije:
—De boda.
—¡Oh!, una boda. —Sonrió tanto que las arrugas de su rostro parecieron grietas en las que pudiera meter la cabeza—. ¿Cuál de nuestras guapas muchachas es la afortunada?
Me rasqué el cogote.
—Es un asunto delicado, señor.
—¿Una boda secreta? —dijo con una chispa de brillo en los ojos.
—Sí, pero ya nos hemos casado. —Le mostré aquel anillo de tela—. Quiero que tengamos unos anillos de verdad. Estos se estropearán pronto.
Me hizo un gesto con la mano para que se lo tendiese y lo saqué del dedo, fácilmente. Sentí pena al desprenderme de él. El joyero se colocó las gafas y sacó una cosa plana de metal, con pequeñas muescas, que usó para medirlo. Tras apuntar las medidas en un papel, me lo devolvió.
—¿Tiene la medida de la dama?
—Me temo que no —respondí colocándomelo de nuevo.
—Si me dice su nombre, quizá haya trabajado antes con ella y la tenga por aquí.
—Se lo diré, pero como se le escape una sola palabra…
—Soy experto en guardar secretos, señor. Por mi tienda pasan muchos clientes al día, y algunos traen encargos que han de quedar en la intimidad. Regalos de hombres a sus amantes, de amantes a otros amantes… —Con gesto pícaro, se selló los labios con un gesto y luego puso la oreja—. Soy todo oídos.
—La Maes Ir —dije sin rodeos.
Se le abrieron tanto los ojos que pensé se le saldrían de las cuencas. Luego me miró de arriba abajo.
—Así que sois ese joven del que todos hablan, señor…
Bueno, me alegro de que al fin hayáis entrado en razón.
Las tradiciones son las tradiciones y hay que respetarlas.
¡Oh!, qué bendición. ¿Habrá boda pública?
Tendríamos siete días de fiesta si se celebrase un enlace real…
—Suspiró—. Podría preparar unos anillos asombrosos y…
—Perdóneme —interrumpí lo más amablemente que pude—, pero no pasará nada de eso. Quiero esos anillos y nada más.
—Muy bien —dijo con disgusto—. Tengo las medidas de la Maes Ir por aquí —trasteó entre un montón de hojas—, hice su anillo real para la coronación de su hermano. Dígame cómo quiere el diseño.
—Algo sencillo. De plata. Sin muchos adornos. Algo como mi espada, con estos nudos y…. —miré la talabarina sobre la mesa— eso. Por favor.
—¿Algo sencillo? ¿Para la Maes Ir y el Kaes Ir?
—¿El Kaes Ir?
—Así se llama al esposo de la hermana del rey. Es lo que es usted ahora.
—Puede que aquí seamos la Maes Ir y esa otra cosa, pero, entre ella y yo, solo somos Anamkha y Málakor. Que sean sencillos.
—Está bien… —Sonó poco convencido, aunque dispuesto a hacerme caso—. Pase a buscarlos dentro de dos semanas. Enviaré la factura a palacio.
—No, quiero pagarlos de mi bolsillo.
—Bien, puede dejarme un adelanto, el resto cuando venga a recogerlo.
Suerte de mí que Khabyr me había dado una asignación o tendría que robárselos. Dejé tres monedas de plata sobre la mesa, que era lo que llevaba encima. Él las guardó en su caja de caudales, me sonrió y me deseó buena tarde.