Málakor 4 CAPÍTULO 95
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CAPÍTULO 95

Del dichoso Bien Común

Me largué a pagar mi frustración con los muñecos de entrenamiento.

Tenía intención de agujerearlos, apuñalarlos y mutilarlos hasta que me desplomase por el cansancio o hasta que Khabyr apareciese para mandarme a hacer otra cosa.

Lo que sucediese antes. Sin embargo, mientras soltaba toda mi furia contra uno de esos pobres hombres de paja, me sobrevino un sentimiento de arrepentimiento mayor que el enfado.

Fue tan fuerte que acabé soltando las espadas, como si me pesasen.

El acero golpeó contra los adoquines y retumbó en el silencio que aún reinaba en el patio de entrenamiento.

Aquel sonido de metal contra piedra se me metió en la cabeza.

La ira se había apoderado de mí, una vez más, y yo no era eso.

Desde luego que tenía derecho a estar enfadado con Anamkha, sí, pero no a decirle que la odiaba.

Porque no lo hacía. El odio era un sentimiento demasiado oscuro como para que existiese entre nosotros.

Mis desafortunadas palabras no habían sido más que fruto del enfado.

Los reconocibles pasos de Khabyr se hicieron nítidos en medio del barullo de los cadetes. Una vez a mi lado, se agachó y recogió las espadas mientras soltaba un bostezo. Debía de haber estado en la celebración también y, conociéndolo, habérsela llevado luego a la cama.

—Deberías estar contento, pero no lo pareces.

He visto a la Maes Ir salir con Epona hace un rato, así que no se ha ido.

Aunque ni sepa aún por qué. Cuando su hermano saque sus posaderas reales de los aposentos, se llevará una sorpresa.

Si es que puede, anoche bebió de más. Tres copas.

Eso, en su caso, es beber de más. —Arrastraba las palabras por el cansancio.

—¿Dónde ha ido Anamkha? —quise saber.

—A la playa junto a los acantilados. A su yegua le gusta correr por allí. —Entrecerró los ojos, elucubrando algo seguramente—. ¿Sabes por qué no se ha marchado de Sigmarina? Alguna explicación habrá.

Lo cogí del brazo y lo aparté del bullicio. Una vez allí, le quité las armas de las manos y las dejé en unos barriles cercanos. No quería que untase mantequilla con ellas sobre mí.

—Sí. Nos hemos casado.

Se le cayó la mandíbula al suelo.

—¡¿Quééé?! —exclamó, tan alto que todos nos miraron.

—Calla —regañé—. Si su hermano sigue durmiendo, ella aún no se lo habrá dicho, así que no menciones una sola palabra. A nadie.

—¿Cómo esperas que me calle un chisme así? Hay muchos niveles de chismes jugosos y este está en la escala superior.

Torcí el gesto y me sequé el sudor de la frente.

—Por respeto a Anamkha. El rey no puede enterarse por nadie que no sea ella.

—Anoche no estabais casados, y ella estaba desolada por tener que irse. —Levantó mucho las cejas y sacudió la cabeza. Luego, se frotó la barba mientras soltaba un silbido—. Exijo una buena explicación. Con detalles, por favor.

—Si dejases de hablar como si fueras un bardo con incontinencia verbal, que viene siendo lo normal en ellos, podría explicártelo.

El capitán se cruzó de brazos y apoyó el lateral del cuerpo en la pared.

—Te escucho.

—No es por nada romántico, ¿vale? Eso que quede claro.

—Me queda claro, pero ¿lo tienes claro tú?

—Por todos los dioses, solo es un asunto de conveniencia. No queremos estar separados, por poco tiempo que me quede aquí.

—Ya… —Me evaluó con la mirada—. Y si todo ha sido tan idílico y habéis solucionado un gran problema, aún a riesgo de que Azkena os mate por haberlo hecho a su espalda, ¿por qué has destripado a esos muñecos? —Los señaló—. ¿Primera pelea de recién casados?

—Podría decirse así. —Le puse al corriente y anoté—: Me enfada que su hijo sepa cosas que pueden despejar muchas incógnitas, que las calle, pero más me enerva aún el hecho de que ella no haga nada por convencerlo de lo contrario.

Él dice que lo ha hecho por protegerla; yo digo que se puede ir a freír espárragos.

Ella debería saberlo y ver qué hace con esa información.

—Las viejas historias se repiten. —Suspiró—. De tal palo, tal astilla.

—¿A qué te refieres?

—A nada, cosas del pasado que no merece la pena mencionar.

Los hijos se creen con la potestad de manejar la vida de los padres, se quejan cuando ellos lo hacen, pero luego son los primeros en juzgar a sus mayores.

Altaxio es un buen chico, haría lo que fuera por su madre; sin embargo, incluso cuando hacemos algo por amor, metemos la pata.

—Me palmeó el hombro—. No se lo tengas en cuenta, seguramente tenga órdenes de su jefa, igual que Anamkha las tiene de Azani.

Por eso no puede contarte según qué cosas.

Son tan delicadas que deberías conocerlas poco a poco, por tu cuenta, para que no pasase precisamente esto.

Un arranque de ira en el que acabes hiriendo a alguien sin querer.

—Siento mucho haberme puesto así. Perdí las formas y la razón, pero ¿sabes qué? Que con esa norma de Azani de no decir nada, me pregunto cuántas cosas sabrá Anamkha que no me haya dicho y que son vitales para mí. ¿Cuántas me habrá ocultado todo este tiempo? ¿Cuántas veces me habrá mentido?

—No es lo mismo ocultar algo que mentir, Málakor.

—Es que depende de qué nombre quiera ponerle para aumentar o disminuir mi enfado.

La entiendo, pero me siento… ¿manipulado?

No, no quiero emplear la misma palabra que Damien.

Sería como darle la razón. Me siento defraudado, confuso y enfadado.

Yo qué sé, Khabyr, estoy hasta las narices de todo esto.

Solo quiero largarme a alguna parte a plantar nabos.

Rio por lo bajo.

—Azkena decía lo mismo: que quería tener una casa en el bosque y cultivar un huerto, y míralo…

—Llevó la mirada hacia la Torre del Homenaje, imperante en el paisaje.

El pendón de los Dos Unicornios caía desde una de las hermosas ventanas con arcos—.

Ahí lo tienes, llevando la corona y el peso de un reino en el que ni siquiera nació.

Fruncí los labios. Una gota de sudor frío descendió por mi espalda. La cuestión de mi linaje me apretó las sienes. Iba a decir algo, alguna tontería sobre Azkena para quitarme esa tensión; sin embargo, Khabyr habló:

—Si te sirve de consuelo, Anamkha nunca quiso callar lo que sabía. No desde que supo quién eras en realidad. Las primeras veces que aparecías en sus sueños, realmente no te había ubicado; luego sí, pero llegó la diosa y, ya sabes, órdenes del alto mando.

—A Anamkha le encanta seguir órdenes de todo el mundo menos de su corazón, al parecer.

—No tienes la menor idea… —Rio mientras negaba con la cabeza—.

¿Te has parado a pensar en cómo se sentirá cargando con tantas cosas sin poder decir lo más mínimo, solo porque Azani se lo ha pedido?

Porque la diosa cree que no se debe intervenir en tu experiencia vital.

Porque hay cosas que serían demasiado hasta para ti.

—Pues no… —dije con fastidio. El insidioso calor de la culpa me abrasó el pecho—.

No he pensado en cómo se habrá sentido sabiendo todas esas cosas sin poder decírmelas, cómo la habrá consumido la culpa también.

Cómo habrá tenido que morderse la lengua tantas veces porque Azani se lo ha ordenado.

Incluso cuando esas cosas supondrían el ahorrarme según qué experiencias.

Eso debe de haberle provocado una impotencia horrible.

—Suspiré desde lo más hondo; mis hombros y mi pecho subieron bien alto para luego bajar de golpe—.

Me siento como una mierda, pero también como si no fuera tan importante para ella.

Si lo fuera, me lo diría incluso aunque Azani no quiera. Es mi amiga. Es la mitad de mi destino.

—Antes que eso, es la Espada Esmeralda, y serlo no significa solo portar la espada.

Es algo mucho más profundo y significativo.

Se debe a la diosa de un modo que no alcanzas a comprender.

Quizá algún día lo entiendas. Hasta entonces, dale tiempo.

Además, seguro que ya se ha saltado esa prohibición más de una vez.

—Sí; aun con esas, creo que tengo derecho a estar enfadado.

—Claro, los dos tenéis derecho a estarlo. Ella se ha pasado enfadada con el asunto de callar la mayor parte del tiempo, por no poder hablarte de ello, por tener que fingir. Y Altaxio, pongo la mano en el fuego, seguro que también. Pero lo han hecho por el bien común.

—Estoy hasta las narices del maldito bien común. Si alguien más lo menciona… —Apreté las manos; tenso como una piedra—. Me hago con él una vaina nueva para la espada.

—Mejor conviérteme en cama. O en jarra de vino. Para que puedan beber de mí algunos labios bonitos.

—No tiene gracia.

—Yo creo que sí. —Estiró los labios en una sonrisa guasona.

Volví a llenar los pulmones de aire hasta lo más profundo; hasta que sentí que no podía más.

—Me siento con ganas de derribar el castillo a puñetazos.

Él dio un par de golpes suaves con el lateral del puño en la pared.

—Los muros son gruesos, amigo, mejor búscate otra forma de canalizar tu ira.

Sigue destrozando muñecos. Aunque tengo un plan mejor para ti: ve a verla.

Anamkha puede ser muchas cosas, pero orgullosa no es una de ellas.

Sabe que lo dijiste por el enfado, que realmente no la odias.

Si no ha venido aún a verte será porque está dándote tiempo a pensar en lo que pasó, tomándose ella también el tiempo para hacerlo. Cabalgar la ayuda a pensar.

Entrecerré los ojos.

—¿Por qué me parece que has hablado con ella?

—¿Yo? —Se señaló el pecho—. Nadie dirá que Alian Khabyr va comadreando por ahí sobre los asuntos de los demás.

Negué con la cabeza, aguantándome una risa.

A pesar de mi enfado, estaba preocupado por ella, al igual que por Azani, por su bienestar.

Si las palabras de Damien eran ciertas, estaba en la Ciudad Maldita, y eso explicaría por qué no había tenido noticias de ella en largo tiempo.

¿Sería esa otra persona de la que los elfos oscuros habían hablado?

Me corroyó las entrañas la angustia de saberla a merced de aquel maldito lugar.

A merced de Nadiackus y de Grarnass, porque nadie más tendría el poder de someter a una diosa.

De hacerla guardar un silencio tan profundo como para que ni siquiera pueda hablarme.

Llené los pulmones de aire y el corazón de todo mi valor, con el pensamiento firme de ir a buscar a Anamkha para hablar con ella.

Aunque con la diosa no podía hablar, sí podía pedirle disculpas a la pelirroja.

O, al menos, intentar tener una conversación que no terminase de aquella manera.

Ella era la mitad de mi Destino. Ella era… Ella era mucho más.

La voz de Khabyr me sacó de mis pensamientos.

—¿Puedo seguir haciéndole bromas? Lo vuestro es un matrimonio falso, no te importará.

—Si quieres morir lenta y dolorosamente, claro, hazlas.

—Uy, pero si has dicho que no hay nada romántico… ¿Te vas a poner celoso? ¿Posesivo? Eso no está bien. Lo llaman amor tóxico. Sale en algunos libros.

—¿Sabes que es tóxico? El agua de letrina que te vas a beber si dices más tonterías.

No estoy siendo posesivo ni celoso. Es que no está bien que le digas esas cosas a la esposa de otro.

Y, más allá de eso, no puedes decirle a la hermana de tu rey que te la pone dura como el acero de tu espada.

Eso no se le dice a quien le debes lealtad y respeto. Res-pe-to.

—Antes que la hermana de mi rey es una vieja amiga de tiempos de guerra. Y él, otro viejo amigo. Puedo deberle lealtad y respeto pero querer llevármela a la cama. Ya me comprenderás algún día. Y entonces te diré: ¿a que entiendes cuando te decía que me la pone…?

Le pegué la palma de la mano en la boca.

—Cállate, anda, y vete a dormir. Hoy no estás para darle clases a nadie. Ni para hablar con nadie, de hecho. No dices más que tonterías.

Separé la mano de él, mientras él se reía.

—Eres muy aburrido, Málakor Arben.

—Eso me decía Brianna a veces, cuando ella, más que con la cabeza, pensaba con otra cosa.

Khabyr se estiró mientras bostezaba.

—¿Esa Brianna es guapa?

—¡Por todos los dioses! —bufé, y me largué de allí dando grandes zancadas.

—¡Deberías echar un polvo, mercenario, a ver si te relajas! ¡Estás que no soportas una!

Llevé el puño hacia atrás y levanté el dedo corazón. Nunca pensé que le daría esa utilidad al dedo de plata. Pero qué a gusto me quedé.

—¡Por cierto, ya puedes ir a buscar la espada! —oí gritar mientras cruzaba el arco del patio.