Málakor 4 CAPÍTULO 94
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CAPÍTULO 94

De discusiones y dudas

Damien volvió a sonreír, de la misma manera, y empezó a esfumarse.

Di una gran zancada, dispuesto a retenerlo; sin embargo, se hizo sombra y polvo antes de que pudiera conseguirlo.

El silencio que dejó su ausencia tras de sí fue casi hiriente.

Me giré para mirar a Anamkha. Miraba al punto que antes ocupaba Damien; su respiración era agitada; su pecho subía y bajaba a toda velocidad.

En sus ojos vi dolor y angustia. Sin embargo, si ella estaba dolida, yo lo estaba doblemente.

Una vez más, los secretos se interponían entre alguien querido y yo.

—No puedo creer que hayas creído sus venenosas palabras —dijo, y puso la vista en mí.

—No he creído en ellas ni por un segundo.

—Apreté el mentón, soportando la dureza de su mirada—.

Ni por uno. Solo quería saber qué se traía entre manos.

Nada más. Nada podría hacer que perdiera mi confianza en ti, y menos algo que saliera de la boca de ese dios.

Si piensas que sí, me estás insultando. Si te enfadas conmigo, le estarás dando a Damien lo que quiere.

Los párpados le temblaron ligeramente. Pegó los labios; soltó el aire de golpe por la nariz. Pensé que estaríamos mirándonos siempre así, incapaces de dar un paso al frente o uno atrás, atados a ese tenso instante.

—Lo siento… —dijo al fin—. Perdóname.

—Te perdono —respondí—, porque creo que me habría sentido igual que tú si hubieras hecho la misma pregunta.

En sus ojos hubo algo de calma, también en su pecho. Altaxio nos miraba, de brazos cruzados, frotándoselos. Separó una de las manos y le acarició el hombro a su madre. Ella puso la suya sobre la de él.

—¿Estás bien? —le preguntó.

—Como si me hubiera pasado un carro por encima.

—¿Podéis explicarme de qué va todo esto? —dije, brazos en jarra—. ¿Qué es eso de la Espada Esmeralda y el campeón? ¿Por qué te ha dicho esas cosas sobre tu corazón y sobre otras vidas? ¿Por qué, Anamkha?

Ella agachó la mirada.

—Contéstame.

—No lo sé, Málakor.

—He dicho que me contestes. Tengo derecho a saberlo.

Nuestras miradas chocaron. Como esas olas que pegan fuerte en la orilla.

—¡Y yo te he dicho que no lo sé!

—¿Y por qué él ha actuado como si sí lo supieras?

—Si Damien ve fuego echa más leña para que arda todo. Eso es lo que hace.

—No sabes lo mucho que empieza a darme igual lo que hagan u opinen los dioses sobre lo que tú y yo tengamos que hacer. Ha dicho cosas que no pueden quedar sin respuesta. Así que habla de una vez, porque estoy a punto de perder los estribos.

Altaxio se colocó en medio de ambos.

—Mi madre te está diciendo la verdad —aseveró con firmeza—. Solo sabe que tú has de tener parte de la Espada Esmeralda, nada más. Pero el dios cree que conoce toda la historia.

—¿Y por qué él cree eso? —pregunté.

Envolvió la biblioteca otro silencio. La mirada de Anamkha y la mía volvieron a encontrarse. Ella se movió hasta estar a su lado.

—¿Por qué? —inquirió también.

—Vino a sembrar el caos, a contártela, antes de que tuvieras que saberla. Quiso mostrártela en el mundo entre los mundos, cuando estuviste al borde de la muerte a causa del ataque de los elfos oscuros. Pero lo engañamos. Ivarix, el guardián del mundo entre los mundos y yo.

—¿Quiere decir vosotros la sabéis? —indagó, estupefacta.

—Sí.

Ella soltó un largo suspiro y caminó arriba y abajo mientras se apretaba las manos.

—Por todos los dioses…, ¿qué es lo que no sé?

—No deberías saberlo, madre. Solo te confundirá más. Te hará daño. Os lo hará a los dos.

—Dínoslo —increpé, pegándome a él.

—No puedo cargar con eso en mi conciencia. No puedo cargar con el peso de abrirle a mi madre un agujero más en el pecho. Una historia complicada más que añadir a su dolor.

Su madre lo miró con los ojos anegados en lágrimas; yo perdí la paciencia.

—Merecemos saberlo. Eres peor que Azani guardándote algo así. Y empiezo a estar harto.

—Los caminos de los dioses son inescrutables, Málakor, y la diosa quiere que descubráis…

—¡No quiero descubrir nada, joder! No soy un maldito explorador. ¡Quiero que me digas la puñetera verdad! ¡Dínosla! —le grité, a la cara—. ¿Es que no tenemos derecho a saberlo?

—No le grites a mi hijo —replicó ella, furiosa, y me cogió del brazo para apartarme de él—. No vuelvas a hablarle así, Málakor, o te romperé todos los huesos del cuerpo.

Apreté el mentón, arrepentido, rabioso a la par. Sus ojos ardían, a punto de quemarme con ellos. De la cabeza a los pies. De quemar todo mi mundo, aunque con ello se quemase también.

—Lo siento. Siento haberle hablado así, pero no es justo.

—Tenemos que respetar su decisión. —Lo señaló.

—No fastidies, Anamkha, sé que es tu hijo, pero esto te afecta también. —Me zafé de su agarre, con una sacudida—. ¿Acaso no quieres saberlo?

—Quiero, pero sé que lo hace por protegerme.

—¿Igual que tu hermano quiere protegerte sacándote de aquí? Protegerte, a costa de tu felicidad, ¿qué mierda de protección es esa?

—Málakor… —masculló entre dientes.

—No. No digas mi nombre con esa rabia, porque no creo que sientas más rabia que yo.

Al menos, tú tienes la oportunidad de convencer a tu hijo de que hable, y no lo estás haciendo.

Por todos los dioses que ahora mismo no puedo odiarte más, Anamkha.

¡Y a mí mismo! ¡Y a ti, Altaxio! ¡Y a todos los malditos secretos que nos rodean!

Eché a andar hacia la puerta, con grandes zancadas, y salí de allí sin mirar atrás.