CAPÍTULO 93
De estar más cerca de cobrarse una deuda
Damien soltó un suspiro y caminó hacia nosotros. Sus andares arrogantes y felinos besaron los suelos de la biblioteca y se detuvieron sobre la alfombra. Esa en la que un día Anamkha y yo nos tendimos. Cada fibra de mi ser se crispó; más aún cuando dijo con tono burlón:
—Prefiero los funerales a las bodas, pero con esta se me han saltado las lágrimas. —Fingió que las secaba con la punta de los dedos—. Ha sido conmovedor.
—Thaliz, no apartes tus ojos de nosotros. —Oí decir a Altaxio.
—Damien —gruñó Anamkha—. ¿Qué demonios haces aquí?
—¿Yo? —Se señaló el pecho, sobre la elegante levita negro y carmesí—. Solo he venido a felicitaros. ¿Es que no puedo alegrarme por una boda en la familia?
—Tú nunca te alegras por nada. —Me puse entre él y Anamkha y su hijo—. ¿Qué es lo que quieres?
—Felicitaros, ya te lo he dicho. No hace falta que protejas a tu mujercita de mí, no he venido a haceros daño.
—Posó la mirada en cada uno de nosotros.
Una sonrisa ladina asomó a sus labios—. A ninguno.
Aunque me siento un poco ofendido porque no me hayáis invitado.
De hecho, habéis pedido vuestra bendición a los Dioses Buenos, y eso no me incluye a ojos de los mortales.
Pese a que no soy ni bueno ni malo, es imposible sacarlos de su error.
—Soltó un suspiro agotado, puso los ojos en blanco y luego nos miró de nuevo.
Impostó entonces una expresión dulce—. Qué bonito.
—Déjate de peroratas, que dices que odias a los bardos pero siempre sueltas el rollo como si fueras uno de ellos —espeté—. Van a darte una silla de honor en la Universidad de Ardacia.
—Málakor… —musitó Altaxio, temeroso de los dioses.
—Déjalo, hijo, esto está siendo digno de ver.
El labio superior se le estiró al dios en un gesto de asco.
—Anamkha, ¿no crees que pronunciar unos votos sagrados en nombre de los Cuatro Dioses, cuando en realidad no significan nada, no enfadará a mi querida esposa? Con lo mucho que te quiere… Eres su bien más preciado, su protegida.
—No es tu esposa —respondió ella, situándose a mi lado. El dios dio un paso atrás; yo sabía por qué—. Y no es verdad que no signifiquen nada. Sí lo hacen.
—¿Sí? Como era eso… «En el hogar de los dioses y en esta tierra, así como en todas, soy tuya. Ahora y siempre». No eres suya, y eso lo sabes. Más allá del vínculo que os une, tu corazón no le pertenece. Aún no.
Anamkha tomó aire pesadamente y lo soltó de una vez.
—Tú no sabes nada de mi corazón.
—¿No? Llevo observando lo que pasa en él muuuchos años.
Muchas vidas. Muchas horas, segundos y… todo ese rollo.
Tengo en alta consideración a lo que sucede en tu corazón, porque de ello dependen muchas cosas.
Aunque no negaré que esto me ha sorprendido.
La Espada Esmeralda y su Campeón casados, como en los viejos tiempos.
Y qué tiempos aquellos, casi los echo de menos.
—¿Casados? ¿Muchas vidas? ¿Qué quieres decir? —musité, perdidísimo .
—No tengo la menor idea de qué habla… —Anamkha parecía tan confusa como yo.
—¿No lo sabes, Málakor? ¿Tu esposa no te lo ha contado?
El buen funcionamiento del matrimonio se basa en el respeto y en no tener secretos.
Al menos no en los asuntos importantes. Lo sé por experiencia —dijo con inquina—.
¿Cómo has podido casarte con una mujer de la que no conoces ni su pasado?
¿A la que conoces en persona hace… escaso tiempo?
Alguien que te oculta tantas cosas, ¿qué no podrá ocultarte?
—Si estás intentando que pierda mi confianza en ella, no vas a conseguirlo.
—Te ha manipulado para que te cases con ella, y tú no te das cuenta.
—Eso es mentira. —Anamkha dio un paso hacia él, furiosa.
La cogí del brazo. No quería que aquello acabase en una masacre, aunque Damien se lo mereciera.
—¿Y por qué iba a hacer eso? —pregunté—. ¿Qué gana ella casándose conmigo?
—Me molesta siquiera que se lo preguntes… —farfulló ella, zafándose de mi agarre.
—Anamkha, no te enfades, solo intento entender por dónde van sus tejemanejes.
—¿Por dónde va? ¿Es que no lo conoces? Solo quiere sembrar la duda en ti.
—No lo escuches, Málakor —intervino Altaxio—. Sus palabras nunca traen nada bueno.
Damien volvió a suspirar; luego rompió en una risa ronca y divertida.
—Veremos quién tiene razón, es cuestión de tiempo.
Lo que no admite lugar a dudas es una cosa, clara como el sol que baña la mañana —se burló.
Estrechó la mirada, puesta en mí, y sus ojos refulgieron en rojo carmesí—.
Esta boda solo me acerca más a el dulce momento de verte sufrir por la más terrible de las traiciones.
Me cobraré tu deuda mientras agonizas por la pena y el dolor.
Espero que disfrutéis de vuestros días de casados.
Nunca se sabe cuánto durarán. Dadle recuerdos a Azani cuando la veáis.
Ah, no podéis, porque Nadiackus se la ha llevado con él a la Ciudad Maldita.
—Mientes —le dije.
—Como ya te he dicho, querido nieto, todo es cuestión de tiempo. —Sonrió pérfidamente—. Tu desgracia, el pago de mi deuda…, la verdad.