Málakor 4 CAPÍTULO 92
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CAPÍTULO 92

De cortar unos lazos para unir mucho más

Tal y como su madre sospechaba, lo encontramos en la biblioteca, leyendo.

No había nadie más, dadas las horas, y solo se escuchaba el rumor del viento colándose por alguna rendija y el crepitar de la chimenea.

Los libros, testigos silenciosos de aquella locura, nos miraban desde las estanterías.

Seguro que más de uno tendría una historia parecida que contar.

Y seguro que se acordaban de la otra noche que habíamos estado allí.

—Échame el aliento, mamá —dijo Altaxio en cuanto le pedimos que nos casase.

—No he bebido.

El chico cerró el libro, lo dejó sobre el brazo de la butaca, se puso en pie y se quitó las gafas.

—No estoy seguro de ello —dijo, y se las colgó en la blusa—. Habéis bebido, los dos. O algo peor. ¿Hierba del sur? Dime que no. Sabes que es ilegal en Sigmarina. O zingibero, sobredosis de zingibero. Va a ser eso.

—No es nada de eso —dijo su madre.

Él me miró y yo negué con la cabeza.

—¿Entonces qué es? No me iréis a decir que os habéis enamorado en tan poco tiempo.

Porque eso no es amor. —Chasqueó la lengua varias veces mientras agitaba el dedo índice ante él—.

Eso es… calentura. Si queréis desahogaros, adelante.

Fingiré que no sé nada y que no me parecéis lo mismo que dos jovenzuelos sin cabeza en plena revolución física.

Pero casaros…, por el amor de Thaliz, eso son palabras mayores.

Anamkha lo tomó de las manos y le expuso la situación, el problema y la solución. Lo hizo con tiento, buen ánimo y las palabras adecuadas. Su hijo asintió, negó, resopló, chasqueó la lengua y hasta suspiró.

—Mi estatus de casada disuadirá a los de Sigmarina de seguir molestando a tu tío con asuntos sobre mí —le recordó ella—.

Lo sacan a colación en todos los consejos y, cada vez que estoy por aquí, se vuelven más insistentes, lo sabes de sobra.

Es algo insoportable a veces… No solo podría quedarme, es que supondría una liberación para mí.

—¿Y qué pasará cuando él regrese a Ítaro?

—Diré que está de viaje por un tiempo indefinido.

Su hijo chasqueó la lengua, reticente. Al escucharla hablar de todas esas ventajas, se me ocurrió preguntarle:

—¿Por qué no te has casado antes? No sé, con alguien más, en un trato como el nuestro. Te habrían dejado en paz.

—No he conocido a nadie con quien mereciese la pena hacer algo así. Aunque solo seamos amigos, al fin y al cabo, y nunca vayamos a cruzar esa línea. Tú no buscas el amor, yo tampoco. Así que no pasará nada que tenga que ver con eso.

—No, claro que no.

Una punzada de incomodidad me recorrió. Quizá porque no había comido nada en horas.

—A mí tampoco me vendría mal —sopesé—. Así, si intentan casarme con Élinor, podré decir que ya estoy casado. Lo cual es muy conveniente. Y esto sería solo un trámite, ¿no?

—Hay muchos matrimonios de conveniencia en Sigmarina, sí —anotó Altaxio—. ¿Lo sabe mi tío?

—No —respondió su madre.

—Esto es muy inconveniente. Se enfadará. Lo prohibiría determinantemente.

—Sí, pero ya sabes que lo prohibido…

Su hijo resopló; ella y yo nos sonreímos como dos chiquillos prestos a hacer alguna travesura.

—Te gusta más que… ¿cuál es tu comida favorita? —le dije—. Sé que las algas y las fresas te gustan mucho, pero dudo que sean tu comida favorita.

—Es el bizcocho.

—Sí que debe de gustarte, has sonreído como nunca.

—Pensaba en la receta en particular de alguien.

—Alguien… —Sonreí—. Siempre hay alguien a quien recordar, ¿verdad?

—Siempre. —Se dirigió luego a su hijo para decirle—: De todos modos, el enfado se le pasará pronto. Estaré solucionando uno de sus mayores problemas. Además, Málakor me necesita y quiero estar a su lado.

—¿Y qué harás cuando él se vaya? Más allá de contarle a todos que está de viaje. Será como si hubieras enviudado. No sabemos si podrá regresar, o si tú podrás ir con él. No podrás casarte con nadie más, ¿lo entiendes?

—No quiero casarme con nadie más, hijo, y lo sabes. Quiero estar sola, ya me entiendes, el resto de mi vida.

¿Qué era lo que la había hecho sufrir tanto como para tomar esa determinación?, pensé.

—Pero igual él sí quiere casarse con alguien más.

Eso no lo has pensado, ¿no, Málakor? —El joven clérigo, que parecía el más maduro y racional de la sala, puso su dura mirada en la mía—.

Pongamos que te enamoras de alguien estando en Ítaro, y que regresas para ayudar a mi madre con Erisias. Que retomas tu historia con Leyla…

—Eso no pasará —dije con firmeza—. He cerrado esa página. Quiero a Leyla, la querré siempre, pero nunca habrá nada más entre nosotros.

—Pues con cualquier otra persona. En este continente, serías un hombre casado.

Las leyes del matrimonio aplican a todos los reinos o ducados.

Un matrimonio celebrado en el territorio de Hérenthor y sus islas es válido en cualquier punto de él.

Así se acordó en los primeros tratados de paz tras la guerra.

Aunque ahora la situación en Erisias sea la que es…

—Calló de golpe; me di cuenta de que Anamkha se lo estaba pidiendo con la mirada.

Él suspiró y terció el asunto—. Ya no hablemos de que, a ojos de los dioses, también lo estarías.

Sea como sea, querrás casarte, Málakor, y si estás casado con mi madre, no podrás hacerlo.

—Mira, Altaxio, no sé qué pasará mañana.

Si moriremos todos o mataremos. Si estaré aquí, en Ítaro o en algún otro lugar del mundo por descubrir.

Solo sé que no voy a permitir que me separen de tu madre mientras esté aquí, porque ella es mi ancla a este lugar.

Mi sitio seguro —dije con firmeza—. Si el día de mañana me enamoro de alguien, cuando llegue ese puente, lo cruzaré.

Ya veremos qué hacemos. Aquí y ahora, en este instante, quiero casarme con ella.

Así que, deja de buscar excusas y cásanos de una vez.

Sentí los labios de Anamkha sobre mi mejilla. Me plantó un beso de esos sonoros, como los que daba Conjuritos.

—Qué bien hablas cuando quieres, ¿eh? —me dijo después.

Nos miramos, riéndonos, y llevamos la vista a Altaxio. El chico se rascaba la aleta de la nariz con cara de circunstancias.

—Muy bien, ¿tenéis anillos?

Yo no sabía mucho de bodas, pero sí sabía que los novios se intercambiaban cosas.

En algunos lugares de Luara eran anillos; en otros, collares, brazales o…

vacas. Sobre todo, vacas. Menos mal que para casarme con ella no necesitaba una vaca.

Iba a decir también que no, cuando la vi sacar un par de libros de las estanterías.

Los dejó sobre una mesa y sacó la daga de debajo de sus ropas.

Esa con la que se había cortado el cabello tiempo atrás.

—¿Vas a apuñalarlos? No será una costumbre rara de por aquí.

—No —contestó riéndose—. Voy a conseguir unos anillos para nosotros.

—Mamá, esos libros son muy valiosos, no…

Altaxio calló de golpe. Ella ya había cortado los pequeños lazos que servían de marcapáginas. Eran ambos de color rojo. Los alzó ante ella con gesto triunfal, y luego guardó la daga.

—Ya tengo los anillos.

Regresó junto a mí a toda prisa. Su hijo se frotó la frente con brío.

—Esto rompe con todas las tradiciones de todas las bodas que haya celebrado jamás —dijo el muchacho—. Así que, si alguien os pregunta, todo se hizo conforme a la tradición.

—Los dioses están en todas partes, hijo —le dijo Anamkha, con cariño—. Eso lo sabes mejor que yo. Y sé de alguien que sonreiría al vernos aquí, haciendo esto.

—Sí, lo haría —respondió él con igual gesto—. Muy bien. Lo haremos por el método breve. Málakor, diré unas palabras, que habrás de repetir, mientras anudas el lazo al dedo anular de la mano izquierda de mi madre. En Sigmarina, el anillo se coloca en ese dedo.

Giré el cuerpo para mirarla. Ella también lo hizo. Nuestras miradas se hallaron, frente a frente. Mientras anudaba aquel lazo alrededor de su dedo, repetí las palabras de Altaxio, con la voz firme y el convencimiento de que estaba haciendo lo correcto.

—Yo, Málakor Arben, te pido a ti, Anamkha de Erisias, que aceptes ser mi esposa y compañera, con la bendición de Thaliz, de los Cuatro Dioses y de todos los Dioses Buenos.

—En sus ojos había un brillo precioso, que sentí también estaba en los míos.

A pesar de que era una locura, no me sentí nervioso.

Era una dicha inmensa lo que me embargaba—.

Juro alzar mi voz por ti hasta en el más hondo silencio, mis armas por ti en la más cruda batalla, mis ojos por ti en la más densa oscuridad.

Juro que siempre serás la sangre de mis venas, el pulso de mi corazón y el aire que respiro.

Mi hogar y mi refugio. Desde este momento, me debo a ti igual que las estrellas se deben a la noche y el sol a la blanca mañana.

Todos sabrán que soy de ti, por ti y para ti.

En el hogar de los dioses y en esta tierra, así como en todas, soy tuyo.

—Respiré hondo antes de decir—: Tuyo. Ahora y siempre.

El bardo habría apuntado todo eso para enmarcarlo.

Anamkha sonrió de un modo hermoso. Nunca le había visto una sonrisa así. Miró aquel anillo extraño, sin perder el gesto, y luego me tomó de la mano y pronunció iguales palabras, mirándome a los ojos y sin un ápice de inquietud.

—En el hogar de los dioses y en esta tierra, así como en todas, soy tuya. —Cerró el nudo—: Tuya. Ahora y siempre.

—Ahora sois el uno del otro, desde este momento hasta el resto de la eternidad —anunció su hijo—. Sea cual sea el devenir de los tiempos. Que Thaliz, los Cuatro Dioses y los Dioses Buenos os bendigan y os protejan de los que no lo son. Igual que el vínculo que os une. Podéis…

—Qué bella ceremonia… —Unos aplausos lentos, casi de burla, llegados desde alguna parte de la biblioteca nos hicieron girar las cabezas

—Tiene que ser una maldita broma —mascullé al ver de quién se trataba.