CAPÍTULO 91
De no llegar tarde
De pie junto a la ventana, vi pasar las horas.
A veces mirando a la puerta por la que ella se había marchado.
A veces, oteando a la ciudad silente y todas esas luces que veía en las ventanas de las casas.
Eran como mariposas de fuego tendidas sobre el mar de calles.
Anamkha me había dicho que, cuando alguien se marchaba de viaje, era costumbre prender una y ponerla en la ventana.
Cogí uno de los candelabros y lo dejé en el alfeizar, para que aquella luz iluminase su camino.
Pero la llama también quema, eso había dicho ella, y me quemaba al verla, porque significaba que pronto estaríamos separados.
Aunque no me quedaba mucho tiempo en Sigmarina, odiaba la idea de estar allí sin ella; de cargar con tantas cosas en la cabeza y no poder compartirlas con ella, porque había sido mi hogar y refugio en ese lugar extraño hasta hacerme sentir parte de él.
Khabyr había dicho que solo teníamos el presente. Y en ese presente yo solo anhelaba una cosa: volverla a ver.
Al filo del alba, el pecho y la garganta me quemaban por la angustia; los ojos me escocían de tanto retener las lágrimas.
No alcanzaba a comprender por qué significaba tanto para mí estar a su lado.
Solo que era la mitad de mi destino y mi amiga.
Pensé que, si hubiera sido Hach quien hubiera tenido que irse, habría sentido igual de amarga sensación.
La sentí cuando me separé de él años atrás para irme a Paltia.
A menudo he sido un imbécil al que le ha costado exteriorizar lo que siente y, cuando lo ha hecho, siempre ha sido demasiado tarde.
Fue tarde con Brianna y el perdón que no le di.
Fue tarde con Leyla y los tres años que no nos vimos.
Fue tarde para regresar a Ledaria y salvar a mi madre.
Había sido tarde con muchas otras cosas.
Iba de cabeza a una guerra que quizá no me permitiría volver a ver a Anamkha.
De cabeza, tal vez, a mi propia muerte. Aunque dijeran los sueños de su hermano que juntos lograríamos mil cosas.
Al final, después de todo, la vida siempre se retorcía.
O al menos tenía la opción de hacerlo, y eso me aterraba. Si la dejaba marchar, sería tarde.
Tarde otra vez.
Si hay algo peor que cometer un error, es no aprender de él.
Escuché los cascos de un caballo repiqueteando en el alguno de los patios de palacio.
Iba a toda velocidad. Tenía que ser ella.
La siguieron otros caballos, quizá de su escolta.
Apreté el filo de la ventana con más fuerza con la que Ursa me había apretado las manos cuando su hijo nació, que era decir mucho.
La busqué con la mirada entre las calles hasta que la vi cruzando el rastrillo alzado, a lomos de Epona.
Anamkha se iba. Se iba. Y no sabía si volvería a verla.
La despedida, igualmente, habría sido inevitable.
En un mes, dos, tres… No sabía si marcarían una diferencia; sin embargo, sentí desde lo más hondo que no podía dejarla ir.
Aquella vez, no quería ser el imbécil que llega tarde.
Me calcé las botas tan aprisa que casi me las puse del revés.
Dejé la habitación y corrí como si Damien me persiguiese.
Me crucé con guardias y doncellas, que me miraron como si hubiera perdido la cabeza.
Cuando llegué al patio por dónde la había visto salir, le pregunté a uno de los guardias hacia dónde iba.
No hablaba mi lengua. Así que seguí corriendo hasta el siguiente rastrillo.
Allí, un muchacho me dijo que se dirigía a puerto; que el barco salía en quince minutos.
No sabía si llegaría a tiempo, pero eché a correr.
Ya no como si Damien me persiguiese. Como si lo hiciesen él, Nadiackus, Azskar y Grarnass a la par.
Me quemaban las piernas, los pulmones. La nariz se quejaba por el esfuerzo.
Ardía en mis sienes el acelerado pulso de mi corazón.
La gente con la que me cruzaba me miraba como si estuviera loco.
Probablemente lo estaba. Me daba igual. El aire frío de la mañana se colaba entre los hilos de la blusa helándome la piel; también me daba igual.
Llegué a puerto, casi sin respiración. Vi a Anamkha al cabo de la pasarela que conectaba el barco con el muelle. A unos largos metros de mí. Había unos guardias con ella. Marineros en el navío, que llevaba la bandera del reino de Sigmarina. Algunos jóvenes en el puerto haciendo sus quehaceres.
Intenté hablarle. No me salía la voz. O respiraba o hablaba. Mi nariz resentida no estaba ayudándome.
Ella puso un pie en la pasarela. Traté de dar un paso más; las piernas me fallaron.
Intenté llamarla: no pude. Avanzó un poco por el puente de madera; sin embargo, se detuvo de golpe.
Sus manos aferraron con fuerza la balaustrada.
Negó con la cabeza, le dijo algo al guardia que iba ante ella.
A ella no la escuché, pero él habló un poco más alto y supe qué le decía:
—Mi señora, está todo preparado. Su Majestad…
—Lo sé, pero no puedo irme —respondió ella, y se dio media vuelta.
No podía irse… Quise pensar que yo tenía algo que ver, y el corazón me latió más rápido aún.
Al girarse, sus ojos toparon con los míos, y en su rostro se pintó una mezcla de sorpresa y emoción.
—¡Anamkha! —conseguí decir al fin.
—Málakor —musitó.
Otra respiración profunda más.
—No te vayas. Cásate conmigo —solté.
Ni yo mismo podía creer que hubiera dicho eso en voz alta.
Recorrió el muelle un murmullo de asombro.
Todos los ojos se pusieron en nosotros. Ella vino hacia mí curiosamente despacio, teniendo en cuenta lo rápido que caminaba siempre.
Yo sentí ganas de salir corriendo. ¿De verdad había dicho eso?
Por todos los dioses menos por Damien, que si el bardo estuviera allí se reiría en mi cara.
No, aún peor. Me diría de escribir sobre aquello bellos poemas y no sé qué rollos más de cantamañanas.
Tendría que resaltarle que no estaba haciendo eso por amor.
No al menos por ese amor romántico. Lo estaba haciendo por nuestra amistad y por mi profunda necesidad de ella.
No quería separarme de ella aún. Nunca, en realidad.
Aunque ni siquiera comprendiese por qué.
Anamkha llegó frente a mí. En sus labios había una sonrisa amable y en sus ojos castaños un brillo dulce.
Me recolocó los mechones del flequillo, desmadejados.
Solo podía mirarla y tratar de respirar con normalidad.
Luego, se quitó la capa. Llevaba una de bronce, como la que me había dado, sobre un vestido de manga larga de color verde, bordado con hilo dorado en el pecho.
La puso sobre mis hombros, prendió el broche de unicornio y dijo:
—Hace mucho frío en el puerto a estas horas.
—No sé si matarte porque hayas dicho eso, después de mi petición, o agradecerte que te preocupes por mí —dije con fastidio.
—Los remedios para el dolor a veces afectan a la coordinación y a los pensamientos.
—¿Te piensas que no iba en serio?
—Supongo que no.
Podría haber fingido que había sido una estúpida broma y ella me habría creído; sin embargo, si hubiera mentido así, me habría traicionado también a mí mismo. Realmente quería casarme con ella.
—Pues te equivocas. Lo he dicho muy en serio. Sorprendentemente en serio. —Me froté el cogote—. Ni en mis delirios más febriles habría imaginado decir una cosa así. Decírtela a ti, más concretamente, mucho menos.
Miró un momento por encima de su hombro. La gente del barco y del puerto fingían estar haciendo cosas, pero era notable que, en realidad, tenían un ojo y un oído puestos en nosotros. O todos. No se paró a regañarles. Solo me prestó atención de nuevo.
—Sé que no quieres que me vaya, yo tampoco quiero irme.
—Lo sé, te has dado la vuelta —dije contento.
Asintió, antes de decir:
—Así es, pero eso de casarnos, solo para que pueda quedarme hasta que te vayas, es una locura, Málakor.
—Es una locura y una tontería, sí —me rasqué el cogote—, y no sé en qué estaba pensando, yo…
Anamkha me puso las yemas de los dedos en los labios.
—Es una locura de esas que merecen la pena. —Lo que confesó a continuación, me hizo sonreír—: He pasado la noche pensando en que ojalá sucediese. Mirando el cuadro de la oveja y pensando en colarme por los corredores y aparecer en tu cama cual fantasma para decirte que te cases conmigo.
—No sabes cuánto me alivia que digas eso. —Solté el aire de una, con la respiración más calmada y las pulsaciones del corazón retomando su curso normal—. Pensé que había hecho el ridículo de mi vida.
—¿Ridículo? En absoluto. Ha sido bonito, Málakor. —Sonó hondamente sincera.
—Gracias. Tienes que saber que yo pasado la noche pensando en muchas cosas. —La tomé de las manos—. Siempre he llegado tarde a todo. No quiero llegar tarde de nuevo.
—Has llegado justo a tiempo. —Apretó mis manos—. Pero… ¿estás seguro?
—Estoy seguro. —Un nudo de nervios me apretó el estómago—. Eso no quiere decir que no piense que estamos locos, pelirroja. —Acaricié su mejilla, y ella cerró los ojos por un instante—. Entonces…, ¿te casas conmigo o no?
Sonriendo, separó los párpados.
—Sí, Málakor de Ardacia, me caso contigo.
—Un matrimonio ha de empezar con buen pie, no me llames eso.
—Es la verdad. Ni más ni menos. Vamos a hacerlo antes de que nos arrepintamos.
—A-a… ¿Ahora?
—Ahora. De algo tendría que servirme ser la madre del Clérigo Mayor de Thaliz, ¿no? Aparte de… en muchas otras cosas claro. —Rio—. Sé dónde está Altaxio a estas horas.
—Me parece bien —cogí aire—, ¿crees que cuando nos demos cuenta realmente de lo que estamos haciendo, nos llevaremos las manos a la cabeza?
—Lo haremos, pero al menos estaremos juntos.
—Eso es verdad —dije con una sonrisa.
Tendió la mano hacia mí. La tomé con determinación. Hizo bajar a su yegua del navío, nos subimos a ella y fuimos de vuelta a palacio. Marineros, guardias y doncellas nos aplaudieron entusiasmados. Una boda en Sigmarina era un evento que todos celebraban.
Una boda.
La mía.
Iba a casarme con Anamkha.
A casarme.
Era de lo más inesperado para mí, pero también era deseado. Y eso bastaba.