Málakor 4 CAPÍTULO 90
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CAPÍTULO 90

De momentos amargos

Al día siguiente, dejé la habitación en pos de echarle una mano a Khabyr.

No estaba bien para entrenar, pero al menos estaría entretenido pasándole las armas, recogiendo cosas u observando a los cadetes.

Apenas se vació el campo de entrenamiento, en tanto que yo miraba al cielo preguntándome si llovería, el capitán se apostó a mi lado y me puso la mano en el hombro.

—¿Qué, Arben, estás mejor? —Nos miramos de reojo—. Has estado metido en tus aposentos, huyendo del mundo, varios días, con la excusa del golpe en la nariz. Has sido mercenario. Un golpecito como ese no tiene en la cama a un mercenario. Me cago en los dioses.

—Me parece bien que te cagues en ellos, pero avisa que no quiero que me salpique —bromeé—. Y de golpecito nada, ese cabrón puntiagudo casi me encastra el tabique en el cerebro.

—Para lo poco que lo usas… —Soltó una carcajada y apretó mi hombro como si fuera la nalga de una de sus conquistas: con gusto.

—Necesito el hombro para seguir existiendo —me removí.

Apretó más. Yo también, diente contra diente.

—Mañana se marcha la Maes Ir, ¿qué vas a hacer? ¿Te irás con ella?

—No puedo, y ella no quiere. Dice que debo estar aquí.

Giró la cabeza para mirarme con gesto perspicaz; lo miré a la par.

—¿Y qué quieres tú?

No dudé en decir:

—Seguirla.

—Te dije que no te enamorases de ella, mercenario.

—No estoy enamorado de ella. —Carraspeé.

—Ya, claro. —Esbozó una sonrisa, y dijo—: «Donde vayas, yo iré.

Donde tú vivas, viviré». Es una frase que solía decir mi esposa, la leyó en el Libro Sagrado.

Ella era muy religiosa. No había día en que no lanzase una plegaria a los dioses o prendiese una vela en su honor.

¿Y qué hicieron ellos? —Soltó mi hombro a la par que un suspiro—.

Se la llevaron, y entonces entendí que el tiempo que compartimos con los demás es lo más valioso que tenemos.

Ni el maldito oro ni la fama ni la puta guerra, ni siquiera untar mantequilla.

Nada. El tiempo con las personas que queremos.

Cuando se van, Málakor, piensas en cada segundo que perdiste lejos de ellos.

Tragué saliva; la garganta me pesó al hacerlo, al igual que un nudo que atenazaba mi pecho.

—A veces no queda más remedio que vivir un tiempo lejos de ellos para asegurar más tiempo que compartir en el futuro —dije.

—Nadie asegura nada para el futuro, mercenario.

Es el presente lo único que tenemos. Este momento.

Solo este. —Levantó un poco las cejas. Luego, se secó el sudor de la frente con el antebrazo—.

Maldito calor. Otros años, en estas fechas, ya andaba revolcándome bajo el edredón.

Todavía duermo en pelotas. Con los huevos bien aireados. —Rio.

Ese era Khabyr. Lo mismo te soltaba algo trascendental que saltaba con una de sus bromas soeces. Quizá era eso, precisamente, lo que más me gustaba de él. Que nunca perdía el momento de reírse, aunque fuese de sus desgracias.

—¿Quieres tomar una cerveza? —le dije tras soltar una risa.

—Y dos, pero invitas tú.

—En algo tendré que gastarme el espléndido sueldo que me das, capitán.

—Podrías regalarle a la Maes Ir algo bonito —soltó con gesto guasón.

—Tu cabeza en una pica.

Rio mi broma a mandíbula batiente.

Esa tarde, en El Ciervo Blanco, Khabyr me habló largamente de su mujer y sus hijos.

No de su muerte, solo de las cosas que compartieron en vida.

Lo vi sonreír como nunca lo había visto, y eso me hizo sonreír también, a pesar de la tristeza que la pronta separación de Anamkha me instalaba en el pecho.

Ya de regreso a palacio, escuché a Zofi hablar con otra doncella.

El rey había recibido a los diplomáticos de no sé qué ciudad con nombre raro y estaban en el salón, cenando.

Imaginé que ese era el evento al que Anamkha habría tenido que asistir.

Después de eso, se iría. ¿Por qué? ¿Por no contravenir las órdenes de un rey?

Apreté el mentón, sintiéndome furioso e impotente, así como enfadado conmigo mismo.

Ni que fuera la primera vez que yo contravenía los deseos de un pulecoronas.

Sin embargo, era su hermano. Solo por eso se salvaba; por eso y porque lo necesitaba para regresar a Rádamo.

Me metí en mis aposentos, dejé caer la frente en la puerta y suspiré. El frío de la madera heló un poco el hilo de mis atabaleados pensamientos. Entonces, escuché un clic procedente de la puerta secreta. Me giré y vi a la pelirroja ante ella. El corazón me dio un vuelco.

—Estás…

—Vestida de lechuguina, si es lo que vas a decir. —Estiró de los laterales de la falda del vestido, granate con bordados dorados—. Pero es bonito, ¿no?

—Sí, yo… —Me humedecí los labios—. Iba a decir que estás muy…

—Déjalo, ya sé que no se te da bien hacer cumplidos.

Apoyé la espalda en la puerta y me crucé de brazos.

—¿Khabyr te ha visto así vestida? —dije mirándola de arriba abajo—. Porque seguro que te ha soltado alguna de las suyas. Siendo él, me espero cualquier barbaridad.

—«La siento como el acero de mi espada». Eso me ha dicho. Delante de mi hermano.

—Por Azani… —dije riéndome—. Ese hombre no tiene aprecio por su vida.

—Azkena le ha dado un pescozón.

—Por lo menos no ha mandado que le corten la cabeza.

—Mandaría que le cortasen otra cosa, le tiene más aprecio.

Me hizo reír con más ganas. Anamkha se aproximó a mí, despacio, y se quedó a unos pasos.

—Ya no llevas la venda. ¿Duele menos?

—Apenas. Solo si me toco, por la magulladura. Y el diente ya no se mueve. —Me di dos toquecitos en él—. Puede que no uséis magia normalmente para curar, pero no sé qué tienen esos sanadores en las manos que son muy efectivos.

—Largos años de experiencia. Me alegro de que estés mejor. Y… ¿tú cabeza?

—En su sitio, creo. —Me la palpé—. Sí, sigue en su sitio.

—Me refiero a si has estado… —Sacudió la cabeza—. Déjalo, es una pregunta tonta. Estarás preocupadísimo.

—Solo quiero que pase el tiempo, porque hay muchas preguntas que no tienen respuesta y confío en que en Rádamo la tendrán.

Así, de paso, hay un océano que nos separa y no solo kilómetros de tierra —solté a borbotones—.

Pensar que estoy en el mismo continente que tú y que no estás aquí…

me enerva. Si no he cometido regicidio es porque el rey es tu hermano.

Entre que no me gustan los reyes y que este me prohíbe que te vea, se está jugando el pescuezo.

Supongo que uno no puede matar al hermano de la mitad de su destino.

—Supones mal, yo mataría al tuyo —dijo con media sonrisa malvada que me hizo reír.

Sin embargo, algo debió de hacérsele bola en los pensamientos y en la garganta, porque soltó un amargo suspiro—.

Está claro que ninguno de los dos es capaz de mantenerse separado del otro.

Pero ya sabes cuáles serían las consecuencias de seguir saltándonos las normas.

Ninguno queremos eso. Sería el giro de la historia, desde luego, que lo hiciéramos por voluntad propia, solo para que no tuvieras que irte.

—Tampoco me parece tan mala idea. —De repente, el aire de la habitación me pareció más pesado. Dejé la puerta y fui hacia la ventana. La abrí de par en par y saqué la cabeza—. Siento haber desperdiciado estos días en la cama, pero me encontraba fatal.

Escuché sus pasos. Luego, noté su frente en mi espalda. No me rodeaban sus brazos, no había más contacto que ese. Aun así, sentí como si toda ella me envolviera.

—No te preocupes, lo entiendo.

—¿A qué hora te vas mañana? —pregunté con el miedo a un «temprano» arrebatándome los pensamientos.

—Al alba —dijo, y apreté los párpados—. Por eso he venido a verte. Para que nos despidamos.

Aquello dolió más que si me hubieran clavado un puñal. Cuando algo duele, a veces, no se miden las palabras.

—¿Le has pedido permiso a tu hermano? Qué raro que no esté aquí para ver si nos abrazamos demasiado, no sea que lo echen a patadas por incumplir las tradiciones.

Respiró hondo antes de decir:

—No es tan malo como parece.

—Eso es discutible, pero no le daremos más vueltas.

—No, mejor que no, porque te estás poniendo borde conmigo, y no me gusta.

—Lo siento. —Me giré despacio, tomé su rostro entre las manos y la hice mirarme—. No quiero separarme de ti con esta sensación tan horrible. Dedícame una sonrisa, prométeme que te cuidarás y que, algún día, volveremos a vernos.

—Te lo prometo.

—Ahora en élfico, en todas las lenguas que conozcas. Para que sea una promesa más grande que en ninguna otra.

— Hironi an-e benthan ynsheé . Así se dice en élfico. Significa: «Moriré si rompo mi palabra». Creo que con esa basta.

—Sí, yo también lo pienso. —Acerqué los labios a su frente y los posé en ella. Allí estuvieron unos segundos, mientras mis manos estaban en sus mejillas—. Yo también te lo prometo, y moriré si rompo mi palabra.

—Rómpela si quieres, pero no mueras. Eso no.

—Puso las manos en mi cintura y aferró con fuerza la tela de mi blusa—.

Compartir contigo estos meses ha sido de lo mejor que he vivido.

Da igual el tiempo que pase. Da igual que no se cumplan las visiones.

Da igual que jamás volvamos a estar como ahora y que solo podamos vernos en ese otro lugar. Nunca te olvidaré.

Aquella sensación cálida se hizo fuego en mi vientre.

—Yo tampoco a ti, pelirroja. Tendrían que sacarme el cerebro para que te olvidase, y creo que ni aun así, porque no estás solo ahí, también estás en mi corazón. Daría cualquier cosa por estar a tu lado aunque solo fuera un día más.

Se separó un poco y levantó la mirada hacia mí.

Sus ojos estaban vidriosos. Los míos, más que nublados.

Fue a decirme algo, pero cerró los labios y los posó en mi mejilla.

Su beso acrecentó aquel calor, aquella necesidad de no separarme de ella.

Sin decir más, se alejó de mí. Casi echó a correr hacia la puerta.

Cuando salió de allí, juro por todos los dioses que pocas veces una ausencia me había hecho sentir mayor vacío.