Málakor 4 CAPÍTULO 89
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CAPÍTULO 89

Del enfado de un rey

Azkena, con una mano en la cadera y la otra en alto, con todos los dedos cerrados, nos miró de hito en hito. Los ojos se le achicaron en un gesto de desconcierto. Sus labios se movieron como si estuviera masticando algo, quizá las ganas de morderme la yugular.

—Dos cosas. Una —levantó el índice—: ¿Qué demonios hacíais en las almenas, juntos, cuando sabéis que lo tenéis prohibido? Y dos —levantó el corazón—: ¿Cómo lechuga se os ha ocurrido hacer algo sí?

Oírlo decir «lechuga», tan enfadado, casi me hizo reír, pero apreté los labios y me contuve.

Tenía la espalda apoyada en el frontal de la repisa de la chimenea de los aposentos de Anamkha. Sentía el cuerpo helado por la impresión. Ella estaba de pie junto al ventanal. Le habían dado a oler unas sales. Había despertado y se encontraba bien.

Nos miramos, sin saber qué decir.

—Málakor no podía quedarse más aquí después de saber en peligro a Leyla. Ella es importante para él.

—Una información que no tendrías que haberle dado —regañó su hermano.

—¿Cómo no iba a dársela?, por todos los dioses…—Cambió el peso del cuerpo de una pierna a otra—. Tiene que irse.

Su hermano levantó una ceja. El ojo izquierdo le tembló.

—Para eso estoy trabajando en el laboratorio incluso en las horas en las que debería de estar descansando, por si lo has olvidado.

Para eso he arriesgado la vida de mis mejores hombres enviándolos a buscar los ingredientes que me faltan.

Para eso me estoy jugando mi reputación de saberse.

Así que no te pongas a las bravas conmigo, como si no supiera ya del problema y ¡como si no estuviera haciendo nada por solucionarlo!

—¡Azkena de Erisias! —Los ojos de su hermana se volvieron fuego—. ¡No me grites! Solo lo he hecho por ayudarlo.

—Pues lo has hecho mal. Muy mal, Anamkha.

—Dejad de pelear, por favor —pedí, levantando ambas manos—. Ha sido una estupidez, sí, y tampoco hemos conseguido nada. Lo que la convierte en una estupidez doblemente estúpida.

—Una estupidez supina, sí. —El rey se rascó el brazo con vehemencia—. No sabéis bien cómo funcionan vuestros colgantes, podríais haber provocado alguna catástrofe, haber muerto, no sé. Mil cosas terribles que sumar a la maldita lista que acumulamos ya.

—Creo que el problema ha sido que, en realidad, no quería irme.

Los dos me miraron frunciendo el ceño.

—¿A qué te refieres? —preguntó Anamkha.

—La mitad de mí quería estar aquí. Por eso no he podido marcharme. Ha funcionado, por un segundo. —Clavé la mirada en la de ella—. Sabes que no quiero separarme de ti, y parece que mi deseo por permanecer a tu lado ha sido más fuerte que lo demás.

Azkena carraspeó. Anamkha… A ella se le dibujó una bonita sonrisa.

—O quizá ha perturbado nuestra energía, le ha mandado señales confusas, no lo sé —agregué tras sonreír incluso en medio de aquel mal trago—. Creo que eso es lo que ha sucedido.

—Bueno, mi hermana se irá en unos días. Ya lo sabes. —Se sacudió las manos—. Así dejarás de querer estar a su lado a tiempo de que no mandes al traste todo mi trabajo. Porque, por los dioses, si ese deseo tuyo de estar con ella me lo fastidia, te encierro en las mazmorras y nadie sabrá más de ti.

—Puedes enviarla donde quieras, Azkena, nada hará que deje de querer estar a su lado.

Su hermano levantó otra vez la ceja y cogió aire para replicar; sin embargo, agregué aprisa:

—Aunque intentaré que no me afecte llegado el momento. Necesito regresar a Rádamo y saber en qué situación se encuentran mis amigos. Necesito sacar a Leyla de la Ciudad Maldita.

—Eso me gusta más. Ahora, cada pájaro a su nido. Espero que no se os ocurra alguna otra triquiñuela para veros. Y ni mucho menos se os ocurra poneros a jugar con los medallones como si supierais algo de ellos.

Me hizo un gesto con la cabeza y señaló a la puerta.

Miré a Anamkha. Ella suspiró, cerró un momento los ojos y luego asintió.

Tras darle las buenas noches, mordiéndome los labios y apretando los puños, dejé la habitación en compañía del rey.

Unos guardias me escoltaron hasta mis aposentos.

Tuve la vista clavada en el dichoso techo del dosel hasta que amaneció.