CAPÍTULO 88 #2
—También se sirven de unas criaturas que hacen vuelos cortos, sin alzarse mucho del suelo, los drélidos.
Por eso están en todas partes —explicó—.
No todos los elfos oscuros están autorizados a montarlas, pero esos jinetes desplazan a otros.
Hay paradas en el camino, como hacemos en la superficie con los caballos.
Son un secreto que pretender guardar de otras razas, y se mueven tan rápido que a veces hasta pasan desapercibidos, pero me he cruzado con alguno de ellos en los túneles y he visto sus criaderos.
Asentí, asimilando esa información, y aproveché el asunto de las arañas para informar a Anamkha de la existencia de mis amigas. La pelirroja se lo tomó mejor de lo que esperaba.
—No serán las únicas que vivan en esas cuevas. Hay una población de refugiadas de los túneles. Huyeron del maltrato de los elfos oscuros.
—Eso sí que no me lo esperaba. —Levanté las cejas—. Entonces harán buenas migas.
—Seguro que sí. Ahora, deberías irte a dormir.
—¿Crees que puedo dormir con eso en la cabeza?
—Chasqueé la lengua—. ¿Con Leyla en la maldita Ciudad Maldita?
¿Pensando en las atrocidades que Azskar estará haciendo con ella?
¿Preguntándome quién es la otra persona?
No, Anamkha, a no ser que me dieran un golpe en la cabeza, no me dormiría.
Parece que no puedo hacer nada para salvarla…
Recordé cuando supe que Griselda estaba avocada a la muerte. Me sentí igual de desesperado que entonces, así que le conté a ella lo que había hecho para salvar a mi amiga, para ver si así le descargaba un poco de peso a mi alma.
—No te enfades conmigo, ya sé que fue una imprudencia —concluí—. Ojalá algún dios obrara también el milagro de salvar a Leyla, aunque tuviera que venderle mi alma.
Anamkha perdió la mirada en la luna, meditabunda; pensé que jamás diría nada. Sin embargo, súbitamente, la clavó en mí. En su gesto vi la señal de una victoria que no comprendí.
—No necesitas otro dios, ya tienes a Damien y al pacto que has hecho con él.
—¿Qué? —pestañeé confuso—, me temo que no te entiendo.
—Repíteme, con exactitud, las palabras que dijo. Palabra por palabra. Es importante. También las que dijiste cuando aceptaste el pacto.
Dejé caer los párpados para concentrarme en el recuerdo de aquel día.
—«La salvaré, pero a cambio serás traicionado por alguien a quien amarás más que a ti» —dije, en voz alta—. «No me parece un precio alto pagar con mi dolor», respondí. Algo así.
Abrí los ojos. Ella me miraba muy atenta, con la mano sobre la almena, apretando la piedra.
—¿Dijiste algo más?
—No… —musité—. Creo que no.
Chasqueó la lengua, derrotada, pero la frené con un gesto. Un haz de luz había cruzado mi mente, trayéndome otro recuerdo más.
—Cuando dije que no me parecía un precio alto que pagar, pensé que, conociéndolo, sin duda lo sería.
Que los dioses no dan oro por cobre y él mucho menos.
Dije algo más para sellar el pacto. Dije: «Júrame que la costurera tendrá una vida feliz, sin enfermedades ni nada malo, que morirá de viejecita en su hogar, en compañía de sus seres amados».
—¿Y qué te dijo él?
—«Te lo aseguro», algo así.
Anamkha cabeceó varias veces, asimilando aquello.
—¿Griselda y Leyla son amigas? ¿Hay cariño entre ellas?
—Muchísimo.
La sonrisa de Anamkha se estiró tanto que los ojos se le hicieron muy pequeños, una vez más, y el corazón se me aceleró ante la expectación de saber por qué.
—Pues entonces, ya sé cómo salvarás a Leyla.
—Anamkha me tomó de la mano y la colocó entre las suyas—.
Los dioses se aprovechan de los cabos sueltos de sus pactos para jugar con los mortales, así que, siempre que hagas un pacto con uno de ellos, debes recordar, palabra por palabra, lo que dijisteis.
Nosotros también podemos aprovecharnos de ellos.
Damien te aseveró que Griselda moriría de anciana en compañía de quienes ama, pues bien, si ama a Leyla, y Leyla está con ella, nada podrá hacerle daño en tanto que tu amiga no sea anciana y haya muerto.
Así que debe ir con ella, a ese lugar que Griselda considere su hogar, y permanecer junto a ella hasta que tu hermano muera, hasta que solucionemos todo esto.
Abrí la boca de par en par. Me podría haber cabido un dragón. Guiñé los ojos y sacudí la cabeza.
—Me acaba de deslumbrar tu inteligencia, pelirroja.
—No es cuestión de eso —dijo con una sonrisa humilde—, es que… llevo años lidiando con los dioses y sus asuntos. Con las profecías y los tejemanejes de la magia. Si hubieras vivido con ellos lo que yo, habrías llegado a este punto también.
—Siento que hayas tenido que lidiar con eso, pero no sabes lo mucho que lo agradezco ahora mismo. Aunque, si es verdad que Deidre ha pactado con Azskar, ¿la diosa no podrá hacer algo?
—Da igual lo que haya pactado con Deidre, el poder de Damien es superior.
Él es un dios primigenio, ella una deidad intermedia.
Tu pacto se realizó antes. Sobre todo, no le reveles a Damien tu idea hasta que ella no esté a salvo; podría hacer lo posible por evitar que lleves a Leyla junto a Griselda.
Es la letra pequeña, una vez más. Como cuando los usureros, en los contratos, ponen las cláusulas más engañosas en una letra inferior, para que no puedas leerla bien.
—Pero esta sabes bien cómo leerla. Por todos los dioses, Anamkha de Erisias, quiero abrazarte más que nunca.
Miró por encima del hombro a los guardias.
Estaban distraídos, así que asintió. La estreché entre mis brazos, abarcándola cuanto pude.
La capucha se le escurrió y el aroma de su cabello me llenó la nariz.
Esa era otra de las cosas que añoraría intensamente.
Pensé en el olor a lavanda de Leyla, en que perduraría muchísimo más; en que sus cabellos dorados no se teñirían de sangre por culpa de Azskar.
—Podré salvarla —dije, y rompí a llorar.
—Málakor…
Anamkha me apretó contra sí, tanto que pareció que fuéramos a ser uno. Dos partes de una misma cosa. Su cuerpo y el mío se acomodaron, sin resistencia.
—No llores, por favor. Todo irá bien. Las cosas saldrán mejor de lo que habías pensado.
Me separé de ella. Levantó las manos hacia mí y me secó las lágrimas con el filo de la capa.
—No sé cuántas veces nos hemos secado ya las lágrimas —dije, tratando de no llorar más—. Ni cuántas veces he llorado delante de ti.
—Llora las que te dé la gana, pero si es posible que sea de felicidad. Sabes que no me gustan las cosas trágicas.
Eso me hizo reír con ganas, así que volví a abrazarla. Me sentía feliz. Al menos una parte del problema tenía solución. Solo restaba la peor parte.
—Para poder ponerla a salvo, tengo que sacarla de la Ciudad Maldita, si es que esos elfos no mienten y en realidad no está allí. Debo volver a Ítaro de inmediato, es menester que lo haga. Un día más o menos podría suponer su salvación.
Ella puso la mirada en mi medallón.
—¿Quieres que lo toquemos a la vez por si la energía de los dos fuera suficiente como para devolverte a Rádamo?
Me pareció una buena idea y un acto de amor por su parte. Me había dicho que no quería que me fuese y ahora intentaba que lo hiciera con todas sus fuerzas, para no verme sufrir por la incertidumbre.
—¿Harías eso por mí?
—Haría por ti cualquier cosa. Vamos. —Posó la mano sobre mi medallón—. Toca el mío.
Llevé la mano despacio hacia él, casi me temblaba.
Mi cuerpo me pedía que me quedase a su lado, un poco más aunque fuese, mi corazón lo hacía.
Sin embargo, la cabeza no dejaba de decirme que debía regresar ya.
Que necesitaba respuestas. Que no podía perder más el tiempo.
Que eran tan grande mi apremio que aparecería en Rádamo, tal y como estaba.
Sin peinar, con una venda en la nariz y esa bata digna de un bardo.
Aunque aquello fuera también una temeridad, pues no sabía cómo estaban las cosas allí.
—¿Estarás bien?
—Estaré bien —tragó saliva pesadamente—, pero no pienso decirte adiós. Vete ya.
Posé los dedos sobre la gema de Anamkha; con el corazón y los pensamientos partidos en dos. Ambas refulgieron a la par, en tonos brillantes entre el verde y el plata. Por un momento, sentí que mi cuerpo se movía; sin embargo, seguía en el mismo lugar.
En un parpadeo, me vi en Rádamo, la ciudad estaba llena de vida, mas solo fue eso: un parpadeo. Una fuerza más poderosa que ninguna me devolvió a Sigmarina. En el segundo instante en que parpadeé, volví a ver a Anamkha.
—Casi funciona —dije entre la decepción y la alegría—. Casi lo conseguimos.
Ella se desplomó ante mí, como si no fuera más que un árbol que recibe el último hachazo. No me dio tiempo a cogerla antes de que su cuerpo diese contra el suelo.