Málakor 4 CAPÍTULO 88
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CAPÍTULO 88

De partirse la nariz y partir la energía

Aquella noche, después de pasar por la mesa del sanador y de contar mi versión de los hechos a los guardias que investigaban el asunto, comí algo y me di un baño de una hora para quitarme el olor a sangre y sudor.

El dolor de la nariz se volvió insoportable, igual que los malos pensamientos.

Más que curarme, parecía que estuviera empeorando.

Me metí en el lecho después de rogarle a los sanadores que me dieran algo que me dejase medio muerto.

No sé qué había en ese brebaje, pero mi mente fue una vela que alguien sopló.

Me sumí en la plácida oscuridad de no pensar en nada durante largas horas.

Cuando abrí los ojos, era de noche. Comí algo, volví a dormir.

A veces, abría los ojos en el duermevela y sentía la presencia de Anamkha, pero no sabía entonces si era cosa de mis sueños o de la realidad.

Así estuve dos días, hasta que abrí los ojos y ya no pude cerrarlos más.

Daba vueltas y vueltas, las sábanas se me pegaban al cuerpo, la especie de venda dura que me habían puesto en la nariz para recolocarme el tabique me molestaba y casi no podía respirar.

Un diente se me movía, por lo que, cada vez que tragaba, me daba la impresión de que me lo llevaría también.

Los sanadores me habían colocado una pasta alrededor, para que volviera a acomodarse bien.

Sabía a una mezcla de hierba amarga y agua podrida.

Para colmo, se habían llevado a Anamkha tan rápido de allí, que no había podido ni hablar con ella.

Tampoco me habían dejado hablar con ese elfo al que había dejado inconsciente para interrogarlo, porque decían que primero debía de hacerlo la autoridad pertinente.

La pertinente leche que me dieron ganas de darles.

No dejaba de pensar en si sería verdad que Leyla estaba en la Ciudad Maldita. Ni en cómo habría podido pasar. Quizá Azskar la tenía verdaderamente a su merced.

Gruñí, dando otra vuelta. Al final, salí de la cama.

Tenía la misma sensación que si hubiera estado todo un día de borrachera.

Abrí la ventana de par en par. La aguja de la catedral estaba prendida a media luz, en señal de los caídos por el ataque.

A cada tanto, sus campanas cantaban un tañido fúnebre.

En mitad de la noche, daba escalofríos oírlo.

Al menos, corría algo de brisa, gracias a los primeros días del otoño. El Aenn Thaid, como allí lo llaman. Necesitaba más de ese frescor, así que me puse una de esas batas sigmaris y dejé la habitación.

Mi búsqueda de aire fresco me llevó a una de las almenas.

Como conocía a los guardias, me dejaron deambular por allí.

Solo quería llenarme los pulmones una y otra vez, respirar y no pensar en nada.

Igual que cuando salía a correr. Apoyé los codos en el filo de la almena y contemplé el horizonte.

Azurie estaba llena esa noche; las luces de la ciudad titilaban en el firmamento.

La luna tenía un jirón de nubes rojas, como si alguien le hubiera hecho un arañazo.

Tuve miedo de que Leyla estuviera contemplando aquella luna también, aunque no la llamase por ese nombre, desde una de esas celdas horribles que Araleen había mencionado.

Donde todo era rojo sobre negro. Donde todo era sangre y oscuridad.

—Cuándo dejarás de hacerle daño, Azskar… —musité al aire.

Saqué de mi bolsillo el talismán que Anamkha me había dado.

Lo único rojo sobre negro que me daba paz.

Después de tantas idas y venidas con él, la tela se había desgastado y el mechón, despeinado.

Siempre tendría un valor inmenso para mí, aunque llegase a ser solo un jirón y un pelo suelto.

Anudé el lazo que me había dado en torno a él y deseé que ella estuviera junto a mí, para al menos tener a alguien que escuchase mis preocupaciones.

Escuché unos pasos a mi espalda y me giré para mirar. Pensaba que sería un guardia; sin embargo, era una figura vestida con capucha y capa larga, de color blanco. A la luz de la luna parecía un fantasma. Me eché a reír al ver que se trataba de Anamkha.

—¿Otra vez deambulando por el castillo, princesa fantasma?

Se llevó un dedo a los labios y se puso a mi lado.

—Estoy de incógnito. Llevo una de las capas de los heretryn.

—¿Y esos eran…?

—Alquimistas.

Miré tras nuestra espalda. Los guardias, apostados a unos veinte metros, estaban a lo suyo. O realmente habían caído en su disfraz o estaban compinchados con ella.

—Esto da miedo. Acabo de sacar tu talismán y pensar en lo mucho que me gustaría que estuvieras conmigo. —Lo guardé en el bolsillo—. ¿Cómo sabías que estaba aquí?

—Tengo amigos en la guardia.

Vale, estaban compinchados con ella. Al menos esos de ahí.

—¿Estás mejor? —quiso saber.

—Le pedí a los sanadores que me dieran algo para el dolor. En todas sus formas.

—Lo sé —musitó—, fui a verte, varias veces, y estabas dormido.

—Pensé que había sido un sueño.

¿Y si lo era, después de todo? ¿Y si despertaba en Rádamo, de repente, y todo eso había sido un sueño?

, pensé. Quizá estaba medio muerto por culpa de Arkaidon, en realidad, tendido en una cama y eso era otra clase de mundo entre los mundos, igual que lo habían vivido Hach y Leyla en Aberrak.

Más le valía a los dioses que no fuese así, o mis puños iban a hablar con su cara y mi espada con sus cuellos.

—No lo fue. —Como si leyese mis pensamientos, agregó—: Y esto tampoco lo es.

—Eso es, precisamente, lo que diría el producto de mi imaginación para consolarme.

Riéndose, apoyó las palmas de las manos en la almena y oteó el horizonte.

—La luna sabe que se ha derramado sangre —dijo seriamente—, siempre está así cuando eso pasa. Hubo un tiempo en que era su aspecto, perennemente.

—Da un poco de miedo. —Clavé la mirada en Azurie.

—Y aun así merece la pena estar vivo para poder verla —sentenció, para luego mirarme—. Lo has hecho genial con el arco. Apunta más arriba la próxima vez, las flechas a veces atraviesan los cuerpos.

—He apuntado más arriba.

Se aguantó una risa.

—Sí, tienes derecho a reírte —dije—. Estás viva de milagro.

—No pasa nada, solo es cuestión de que practiques un poco más. ¿Cómo tienes la nariz?

—Fatal, gracias. Me sale la voz como si estuviera metido en una tinaja.

—Suenas como cuando mi niñera fingía que mis muñecos de trapo hablaban.

—¿Y eso te trae bonitos recuerdos?

—Sí —dijo con una sonrisa—, así que está bien que hables así.

Reí un poco. El dolor de la cara no me dejaba hacerlo mucho más.

—Anamkha, ¿crees que ese elfo estaba diciendo la verdad? Que quiere huir de Narqania.

—No lo sé, pero es mejor no arriesgarse. Está en las mazmorras, donde debe estar. Lo han sanado, a ver si podemos sacarle información. Aunque de momento solo repite que su voluntad está en huir de Narqania. Nada más.

—¿Qué le habrá sucedido allí?

Quizá por mi tono, que más que reflexivo fue apenado, dijo:

—Entiendo que sientas compasión por Xelirian, Málakor, pero no puedes sentir compasión por ni uno solo más de ellos. O te costará la vida.

—No es compasión, es… No encuentro la palabra, solo que yo estaba en su misma situación hace años, queriendo escapar del veneno de la serpiente, y alguien me dio la oportunidad de hacerlo.

Se mordió la mejilla, con gesto pensativo. Relajó luego el gesto y, con gravedad, me dijo:

—Si algún día esta guerra con ellos acaba, los que queden elegirán si quieren salvarse. Ahora no podemos darles tregua. No podemos.

—De acuerdo. —Asentí; dar más vueltas sobre ese asunto era perder el tiempo. Anamkha sabía más de ellos que yo—. ¿Tú cómo estás?

—Bien. Tengo un par de cosas que decirte, por eso he venido a verte.

—¿Solo por eso?

—No, ya sabes que no. —Sonrió—. Pero esto es importante. Lo único que te pido es que mantengas la calma.

Todo el cuerpo se me tensó.

—Mala idea pedirme eso, pelirroja, me sucede justamente lo contrario.

Puso la mano en mi hombro. El aire movió los mechones sueltos de su cabello y bordearon el filo de la capucha. Rojo sobre blanco. Eso me gustaba más, desde luego.

—El elfo oscuro que dejaste inconsciente despertó en la celda hará unas tres horas. Dice que las últimas noticias que les hicieron llegar de la Ciudad Maldita mencionaban a dos personas de Rádamo que habían sido capturadas. Una de ellas es Leyla. La otra no sabemos quién es.

—¿Por qué estás tan segura de que es Leyla? —dije molesto; no con ella, desde luego, solo con la situación—. Quizá sea mentira. Quizá no sea ella.

—Dice que la llevó Azskar con sus propias manos.

—¿Desde Rádamo? Flechas se quedó con los dragones.

—No tengo esa información. Lo siento.

Tragué saliva, densa como un puré con demasiada mantequilla.

—¿Y quién es la otra persona?

—No lo sabe. Solo oyó el nombre de Leyla. Esa noticia despertó vítores en Narqania, al parecer. Muchos asesinos que han pasado por allí la tenían en el punto de mira, por su papel en ¿Knegara? Creo que ese era el nombre.

—Sí, es la ciudad de los exploradores. —Se me crisparon los puños—. Quiero matarlos a todos. ¿A qué distancia está Narqania de este lugar?

—Veinte días de camino a través de los túneles, si es que uno logra colarse en los que ellos mantienen y vigilan. Si no, el viaje podría llevar meses.

—¿Y qué distancia hay desde allí a la Ciudad Maldita?

—Eso no lo sé. Pero los oscuros tienen métodos para desplazarse muy rápido.

—¿Dragones?

—No. Arañas Gigantes.

Sentí un escalofrío al recordar al príncipe de los venenos y al pensar en una de esas cosas subidas en ellos. Aunque también pensé que, si Aralda o Arapirey fueran ya bien grandes, me montaría en alguna de ellas y recorrería esos túneles hasta matar a todos los elfos oscuros.