Málakor 4 CAPÍTULO 87
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CAPÍTULO 87

De no negociar con escoria

Anamkha y yo tomamos el mismo camino de regreso a palacio, aunque guardando las distancias.

Caminaba delante de mí, por lo que seguí el vaivén del arco a su espalda.

Al doblar la esquina de la calle de las librerías, vi a lo lejos a un grupo de hombres descolgándose con unas cuerdas por uno de los boquetes que la fuerza del agua, por mi culpa, había abierto en el suelo.

Sus voces retumbaban en la bóveda bajo mis pies, aunque no entendía qué decían.

No solo porque llegaban con poca claridad, es que estaban hablando en sigmari.

Me salté las reglas y me acerqué con disimulo a la pelirroja para preguntarle qué pasaba.

—Son los ingenieros. Iban a hacer mediciones para arreglar la bóveda. Supongo que…

Cortó su explicación, pues se escuchó un grito bajo nuestros pies. Luego otro y otro. Al filo del agujero, unas manos sobresalieron, aferradas a la cuerda, pero desaparecieron al punto y la cuerda se agitó. Fui a correr hacia allí; sin embargo, la pelirroja me puso la mano en el pecho.

—No te acerques.

Hubo algunos habitantes que lo hicieron, otros corrieron en sentidos opuestos. En términos de supervivencia, la reacción de los segundos fue la más inteligente. La de la pelirroja me acababa de salvar la vida.

Emergieron del agujero, ayudándose de las cuerdas, un sinfín de elfos oscuros armados hasta los dientes y con el gesto de quien está dispuesto a no dejar títere con cabeza.

De certeros tajos, cortaron cuellos. Los cuerpos de los pobres curiosos cayeron al suelo o a la oquedad.

La gente corrió despavorida. Anamkha gritó algo en la lengua sigmari.

El ruido de las puertas y los postigos cerrándose lo inundó todo, a la par que esa marea de elfos oscuros.

Mi amiga colocó una flecha en el arco. La oí murmurar un rezo, el nombre de Ielethar en él; luego disparó. La flecha atravesó la cabeza de un elfo, justo entre los ojos, y él cayó de espaldas.

Desenvainé ambas espadas y corrí hacia ellos.

Apuñalaban a quien encontraban a su paso, así que tenía que matar a cuantos fuera posible para evitar una masacre.

En el escaso minuto que tardé en llegar hasta ellos, la pelirroja disparó al menos doce proyectiles que tumbaron a doce elfos.

Nunca había visto a nadie disparar tan rápido ni acertar con tanta precisión en la frente. Menos aún a objetivos en movimiento.

La guardia inundó el callejón, al menos veinte hombres. Al sonido de los gritos de los ciudadanos lo sustituyó el de sus armas al chocar con las de los elfos; el de sus jadeos de esfuerzo; el de sus gemidos al caer.

Uno de los elfos soltó un grotesco alarido mientras se acercaba a mí.

Llevaba una espada larga y curva, que fue directamente a cortar mi abdomen con un tajo lateral.

Con la espada larga, frené su ataque. Con la corta, traté de herirlo, pero se echó hacia un lado y asestó un segundo golpe con una rapidez brutal.

Como si en vez de un brazo tuviera un látigo.

Solo pude esquivarlo, sin posibilidad de contraatacar.

Levantó el arma sobre su cabeza y descargó un golpe.

Lo frené, cruzando ambas armas. Con un hábil giro de muñeca, lo desarmé.

Su espada trastabilló y cayó sobre el charco de sangre que manaba del cuerpo de uno de sus compatriotas.

Rugió, desenvainó dos dagas curvas y vino hacia mí.

Frené su ataque y le di un tajo en la muñeca derecha.

Se separó del cuerpo como si en vez de carne hubiera cortado mantequilla.

Khabyr estaría orgulloso de mí, pero aún no era su cabeza.

No tardó demasiado en serlo. Rodó hasta darle en los tobillos a un guardia, que la apartó de una patada y siguió luchando.

Escuché el sonido de una flecha pasarme cerca.

Se clavó en la sien de un elfo que venía a atacarme, cuando lo tenía solo a dos pasos.

Había tal maraña de gente que me sorprendió que ella siguiera disparando; que fuera capaz siquiera de acertar en nadie.

Pero entonces la vi en uno de los balcones, lanzando una flecha tras otra, aprovechándose de su posición.

Voló una flecha hacia ella, por cuenta de los elfos, que le pasó cerca la mejilla y le cortó un mechón de pelo.

Estaba afilada hasta decir basta. Ella entrecerró los ojos y respondió al ataque.

No quedó de ese arquero elfo más que sesos desparramados cuando la flecha de mi amiga atravesó su cráneo.

No pude mirarla por mucho tiempo, porque otro venía hacia mí, cargando con dos espadas largas hacia delante y aquella furia asesina en la mirada.

Pensar en que Xelirian podría haber acabado siendo como ellos me rompió el corazón.

Finté para engañarlo, me moví a su derecha.

Otra cabeza más rodó por el suelo. El aire se movió a mi espalda y, cuando me giré, recibí un puñetazo en la nariz, tan fuerte que me desorientó.

El dolor me recorrió como un rayo el cielo, desde allí hasta las sienes, el cuello y el pecho.

Me pareció que me hubiera encastrado la nariz en el maldito cerebro.

Guiñé los ojos, aprisa, y otro puño me impactó en la barriga cuando aún no me había ubicado.

El sabor de la sangre me inundó la boca; hasta la tragué con la saliva.

Di unos pasos atrás, a toda prisa. Detuve, aquella vez a tiempo, un tercer puñetazo, lanzando dos estocadas que hicieron retroceder a mi atacante: un elfo oscuro, de ojos penetrantes y cabello níveo.

Me sonrió con malicia. Llevaba las manos desnudas, pero no parecía importarle que yo no, y fue bastante hábil aún en esas condiciones.

Su empeño era el de volver a pegarme en la cara, desarmarme con algún golpe letal.

No le duró mucho, porque aproveché un hueco en su ataque y le di una patada en el vientre.

La suela de mi bota crujió al impactar contra el cuero duro de su armadura; sin embargo, conseguí tumbarlo de espaldas.

Debió de morderse el labio al caer, la mejilla, no lo sé.

La boca se le llenó de sangre. Le clavé una espada en el pecho e iba a clavarle la segunda cuando de su boca salió un nombre que me hizo frenar.

—Leyla…

—¿Leyla? —musité desconcertado.

Temí haber escuchado mal. Los oídos me dolían del barullo ensordecedor que había a mi alrededor, o quizá del maldito golpe en la nariz.

—Sí… Te envía recuerdos desde su bonita celda en la Ciudad Maldita. —Rio grotescamente.

La sangre y la saliva no lo dejaron decir más. Tras un gorgoteo, la cabeza se le tendió hacia un lado y los ojos se le quedaron abiertos y fijos en cualquier parte.

Tratar de hacerlo hablar habría sido estúpido e inútil. No tuve tiempo de pensar en lo que me había dicho, porque dos elfos vinieron hacia mí y hube de hacerles frente. Eran muy jóvenes; me angustió tener que quitarles la vida. Sin embargo, era su muerte o la mía, y elegí la suya.

Otra marea de guardias lo inundó todo. Los elfos caían como hojas de un árbol en otoño. Necesitaba que quedase al menos un oscuro con vida para interrogarlo sobre aquel asunto de Leyla. Cuando uno de ellos vino hacia mí, en vez de matarlo, lo dejé inconsciente.

El ruido del chocar de las espadas se hizo más débil, dejando paso al de los lamentos de los heridos.

El zumbido de una mosca que voló cerca de mi oído me dejó casi sordo.

Acudían al olor de la sangre. Sentía la mía sobre el cuello y la pechera, calándome la ropa.

Envainé las espadas y tuve que apoyarme en una pared porque me sobrevino un mareo.

El dolor en la cara era punzante, como si alguien estuviera apretándomela con dos manos de hierro.

Me sequé la sangre de la nariz con el filo de la manga, pero seguía goteando.

Apreté los párpados un segundo y enfoqué la vista.

Ya no quedaban elfos oscuros en pie, apenas guardias tampoco.

Solo seis, de las varias decenas que habían llegado, y la mitad estaban paralizados por culpa de los venenos.

Pronto morirían si nada se hacía para remediarlo.

Los cuerpos de unos y otros se mezclaban con los de los pobres ciudadanos que habían estado en el lugar equivocado en el momento equivocado.

Las armas yacían entre la sangre. Algunas, lejos de quienes las empuñaron; otras, aún en la palma de sus manos laxas, o encastradas en los cuerpos de unos y otros.

Había un par de arcos tirados, con las flechas desparramadas alrededor.

Escuché el sonido de una espada al desenvainarse y miré allá donde procedía: el balcón en el que Anamkha se había apostado.

Había un elfo tras de ella, tan alto que la coronilla de ella le quedaba más abajo del pecho de él.

Llevaba una coleta medio deshecha, ropas que en nada se asemejaban a las de esos otros elfos.

Eran andrajos. Tenía la hoja curva de una espada puesta en el cuello de la pelirroja.

Ella sujetaba el arco en una mano, levantándolo en señal de rendición.

En su carcaj, solo vi una flecha. Uno de los guardias gritó en señal de alerta.

El elfo respondió, a gritos también, algo en su lengua que hizo detenerse a los soldados de golpe.

—¿Qué cojones ha dicho? —pregunté.

—Que si alguno de nosotros se mueve, la mata —contestó un muchacho, que se sujetaba el brazo derecho, del que caía la sangre a goterones.

Aquella cosa oscura siseó unas palabras al oído de Anamkha. La cogió del hombro y la sacudió levemente. Ella dijo algo en sigmari, con voz templada, que no entendí.

—¿Cómo narices puede estar tan tranquila? —murmuré, y me dirigí al guardia—: ¿Qué le ha dicho?

—Que si lo dejamos salir de la ciudad no le hará nada.

Que solo quiere largarse lejos de Narqania y que lo dejemos llegar con ella hasta la linde del bosque.

Dice que allí seguirá su camino. Pero que si hacemos el más mínimo movimiento le cortará el cuello y le llevará su sangre a Darleoth o a Nérgalak, le da igual.