CAPÍTULO 86
De unos deditos y de cortar limones como si fueran cabezas
Cuando llegué a la casa, Ursa y ella estaban en el balconcito, a la luz de un rayo de sol. La florista tenía a la criatura en brazos. Era una estampa bonita, de esas sencillas que le hacen a uno sonreír. Además, la calle estaba casi recuperada de los estragos de mi don.
—¡Buenos días, Málakor! —saludó animada Ursa, la primera en verme.
Anamkha me miró con sorpresa, pronunció mi nombre y luego desapareció del balcón.
—Maes Ir, no corras tanto —gritó Ursa. Luego miró a la criatura y le dijo—. No sé por qué tu madrina tiene que ir corriendo a todas partes.
Sonreí y miré hacia la puerta, que no tardó en abrirse. Anamkha salió de la casa y se lanzó a abrazarme.
—Anamkha… —me quejé—, nos verá todo el mundo.
—Me da igual. Ya me da igual. Estoy enfadada con mi hermano y con Sigmarina. —Me cogió de la muñeca y tiró de mí hacia la casa. Una vez en la entrada, cerró la puerta. La luz disminuyó de golpe y nos envolvió una agradable penumbra—. ¿Cómo estás?
«Contento, porque me has regalado una espada», quise decirle. «Echándote de menos», quise decirle también. Sin embargo, no dije ninguna de las dos cosas.
—Bien. ¿Y tú? ¿Qué tal el viaje? ¿Has pasado bien el día? ¿Y ayer? —inquirí nervioso.
—Se me han hecho largos sin poder verte, pero he estado ocupada ayudando a Florian e Ivarix en la villa. Han venido con nosotros para ayudarnos. Mi hermano quiere instalar allí una escuela. El mago estaba entusiasmado por haberte conocido.
—Tienes unos amigos un poco raros, si te digo la verdad, y eso desde mi punto de vista, que soy amigo de Hach, de Conjuritos y de otra miríada de seres extraños, así que imagínate…
Rio con ganas.
—Son peculiares, sí. Ivarix es… un diamante negro. Algo muy difícil de encontrar por estas tierras. Pero le quiero como si fuera mi hijo, aunque por su culpa… —torció el gesto—, digamos que me di un buen baño.
—¿Darte un baño?
—Es una larga historia. Algún día te la contaré. ¿Quieres venir a ver a Xelirian?
—¿Van a llamarlo así?, ¿de verdad?
—No es que vayan a llamarlo. Ya lo han llamado así. Altaxio hace días que ofició la ceremonia de su nombre.
Me hizo un gesto para que la siguiese y subimos hasta la segunda planta.
Ursa dejó el balcón en cuanto entramos en aquella salita, para venir a saludarme.
Reiteró su agradecimiento, con una gran sonrisa, y volví a decirle que no tenía nada que agradecer.
El niño estaba recogidito en una manta blanca, vestido con una blusita de igual color.
Lo miré embobado, tenía los ojos abiertos y eran preciosos.
—¿Tiene los ojos grises?
—Muchos niños tienen los ojos grises al nacer —explicó Ursa—. Espero que se le pongan como los de su padre. Está en la librería, pero vendrá a comer. ¿Quieres cogerlo?
—No sé… Nunca he cogido una cosa tan pequeña.
—No llames «cosa» al pequeño Xelirian. —Anamkha se rio y me dio un codazo.
Ursa negó con la cabeza, las cejas muy levantadas.
—Era una forma de hablar. —Me rasqué el cogote—. Y el crio no puede entender lo que digo. Creo.
—Venga, cógelo —insistió la madre.
Dudé, pero al final me lancé a aquella aventura. Estiré las manos, como si en vez de un crío fueran a darme una sandía. Las dos se echaron a reír escandalosamente. El chiquillo hizo un ruido con la boca y le salió una burbujita de saliva por ella.
—Qué cosa más tierna —dije.
—¡Que dejes de llamarlo así! —regañó Anamkha, sin dejar de reír.
—Perdón… —suspiré.
—Pon los brazos como los tengo yo, te lo colocaré en ellos —dijo Ursa, armándose de paciencia.
Hice lo que me pedía y dejó con suavidad al niño en mis brazos. Eran pequeño en comparación conmigo… Tan frágil. Tan hermoso. Volvieron a saltárseme las lágrimas como cuando nació. Me las tragué y esbocé una sonrisa nerviosa.
—¿Puedo tocarle la cara? —le pregunté a su madre.
—No tiene aún dientes para morderte, así que…
Llevé la mano a su mejilla derecha. Fue como tocar un melocotón, una de esas frutas exóticas de Terhacress, con esa pelusilla y esa suavidad.
—Hola, Xel. Llevas el nombre de alguien a quien quiero con todo mi corazón. Y seguro que tus padres te querrán tanto como yo lo quiero a él.
—Eso ha sido muy bonito —dijo Ursa, a lo que Anamkha asintió.
Cuando le toqué las manitas, con la punta de un dedo, el niño me miró, estiró los dedos y lo agarró. Me pareció que sonreía al hacerlo.
—¡Miradlo! Me ha cogido un dedo. —Me invadió una profunda sensación de ternura y de sorpresa a la par—. Pronto empuñarás una espada, pequeño Xel. Yo te enseñaré.
Noté que ellas me miraban de un modo muy extraño. La pelirroja tenía los ojos vidriosos.
—¿Qué pasa?
—Nada, que… —Ursa carraspeó—, que te queda bien un niño en los brazos. Los hombres os ponéis más guapos cuando sostenéis a un crío.
—Prefiero sostener una daga. —Miré al pequeño de nuevo, él seguía atrapando mi dedo entre los suyos, con fuerza, a pesar de tenerlos tan pequeñitos.
Con esas uñas en miniatura—. Quítamelo ya, que me da miedo que se me caiga, se me rompa o se ponga a llorar.
O una desafortunada combinación de las tres.
Su madre se echó a reír y lo cogió de mis brazos. Me sentí triste al perder el contacto con él. Era tan cálido y tan… Tan todo. Era un acto de amor hecho carne.
—¿Quieres quedarte a comer? —preguntó luego Ursa, meciéndolo.
—No sé si debería. —Puse la mirada en Anamkha, se frotaba los ojos—. Si alguien nos ve aquí, tendremos problemas.
—Y quién va a entrar en mi casa sin mi permiso, ¿eh? —replicó la mujer.
—¿Quieres que me quede? —le pregunté a la pelirroja.
—Quédate —respondió ella al punto.
Eso me hizo sonreír.
—¡Bien!, pues bajad a la cocina, voy a dormir a Xel. Podéis ir poniendo la mesa, Cerennis estará a punto de llegar. Hay una noticia que tenemos muchas ganas de contaros, pero no me preguntéis cuál. Mis labios están sellados hasta que él regrese. Vamos, vamos…
Sin rechistar, dejamos a Ursa sola. En tanto que bajábamos las escaleras, aspiré el aroma que llegaba de la cocina a especias, limón y grasa caliente.
—¿Qué hay de comer? —le pregunté a Anamkha.
—Pues ¿qué va a haber? Asado. Por eso le he dicho a Khabyr que te avisase.
—Estaba todo orquestado entonces, ¿eh? —Chasqueé la lengua y me reí.
—Tenía ganas de verte.
Apresuró el paso y bajó el resto de las escaleras al trote. Le seguí el ritmo, hasta alcanzarla.
—Es verdad que vas corriendo a todas partes.
—Cuando pasas mucho tiempo huyendo, al final te acostumbras a correr.
—Algún día no tendrás que huir más. Ninguno de los dos tendrá que hacerlo.
Soltó un suspiro, a la par que cruzábamos la puerta de la cocina.
Estaba muy diferente a como la vi. O, al menos, a como la toqué…
Ya no había barro y el olor a limpio se mezclaba con el del asado.
Al calor de la chimenea, dispuesta en una esquina, había una gran mesa de madera.
Sobre ella había un cántaro y unas jarras; algunas canastas con fruta y un queso cubierto por una campana de cristal.
Un ventanal daba a un pequeño patio, donde se secaban tendidas unas sábanas y algo de ropa.
Anamkha abrió la alacena y fue dándome la vajilla para que la colocase en la mesa. Durante unos minutos, solo se oyó el sonido de aquel trajín, el de la lumbre y el del aceite del asado chisporroteando.
—Corta unos limones, por favor —dijo acercándome una tabla—, a Cerennis le gusta ponerle mucho limón a la carne y a las patatas.
Se me hizo la boca agua.
—¿Y tú que vas a comer?
—Empanada de verduras.
Me dispuse a hacer lo que me pedía. Apenas había separado un par de limones, le solté algo de lo más inconveniente pero que me quemaba en los labios.
—¿Por qué le haces tanto caso a tu hermano? ¿Por qué te vas cuando él te lo ordena?
Me miró confusa, por unos instantes, y dejó sobre la mesa la fuente cubierta con un paño que tenía en la mano.
—Eres una mujer adulta, pero te da órdenes como si no lo fueras —agregué.
—No lo hace por gusto —respondió enfadada, poniendo los brazos en jarra—. Ni tampoco acepto por gusto. Es su deber y el mío.
—Su deber y el tuyo… —Me quedé con el cuchillo en el aire—. ¡Pues odio al deber tanto como al bien común!
Frustrado, el limón pagó las consecuencias. De un tajo firme, lo separé. Anamkha dio un respingo.
—No es la cabeza de un elfo oscuro. —Sacudió la suya.
—Ojalá lo fuese. Y la de tu hermano, de paso.
—¡Málakor! —regañó.
—¿Qué? —Clavé la punta del cuchillo en la tabla. El jugo que los cortes habían desparramado salpicó—. ¿No tengo derecho a estar disgustado?
—Lo tienes, pero los limones no tienen la culpa. —Me apartó de un golpe de cadera y cogió el cuchillo de mis manos.
—Ese es mi trabajo —refunfuñé quitándoselo.
Ella me miró entrecerrando los ojos.
—¿Qué demonios te pasa?
Corté otro par de limones como si fueran las cabezas de esos elfos, con la misma rabia. Anamkha me tomó de la muñeca con suavidad y me obligó a parar. Chasqueé la lengua y la miré a los ojos, los suyos estaban ya bien abiertos, con un aire de preocupación.
—Me pasa que no quiero que te vayas. Tú pareces acostumbrada ya a huir, lo has asumido, pero yo no termino de acostumbrarme a perder a todas las personas que me importan.
Y siento que, si me voy, te perderé también.
Aunque en ese maldito cuadro aparezcas conmigo en Rádamo.
Aunque en ese otro estemos juntos en Erisias, be…
—callé de golpe y me mordí el labio inferior—.
Eso da igual. Porque nada es seguro. Y no quiero que te vayas, por poco tiempo que me quede aquí, me gustaría aprovecharlo contigo, ya está. Déjame.
Me separé de ella y me fui a la otra punta de la cocina, fingiendo que era perentorio que colocase sobre la mesa unos vasos que no necesitábamos, porque ya había bastantes. Noté que ella me observaba, parada en el mismo sitio.
—Yo tampoco quiero irme, Málakor.
—Pues no te vayas.
—Tengo que irme —insistió.
—Entonces me iré contigo. No pienso quedarme en Sigmarina si no estás tú.
—Dices eso, aunque sabes de sobra que te diré que no.
Tienes que quedarte aquí, estar preparado para partir cuanto antes.
Entiéndelo, Málakor, no quiero meter a mi hermano en más problemas.
Y, en lo que a mí respecta, vendré a Sigmarina lo menos posible de ahora en adelante.
Si quiere verme, que venga dónde estoy. No aguanto más estas estúpidas tradiciones.
—Tiró de un trapo que colgaba de un gancho de madera en la pared y se lo colgó al hombro—. Voy a sacar el asado.
Suspiré hondamente. A ella le gustaba esa situación tan poco como a mí.
—Perdóname. Soy imbécil.
—No eres imbécil —dijo, y se acercó a la chimenea—. Solo un cabezota redomado.
—Habló… ¿Quieres que te ayude?
—Quiero que no te vayas nunca —respondió, de espaldas a mí—. Eso quiero.
El corazón me latió con fuerza.
—No me robes la frase, pelirroja —dije con una leve risa, y me acerqué a ella. Le di un toque suave en el hombro con dos dedos—. Mírame, anda.
—No quiero. Odio lo que me haces sentir. Voy a sacar el asado.
Puse las manos en su cintura y la obligué a girarse.
—¿Qué es lo que te hago sentir?
Apretó los labios y giró un poco la cabeza para esquivar mi mirada. Con dos dedos, presioné en su barbilla suavemente y la hice mirarme.
—Ahora mismo, ganas de empujarte contra la pared.
—¿Para hacerme el qué? —le dije con gesto guasón—. Ten cuidado, quizá hasta me guste.
Ella resopló, ruborizándose.
—No tienes remedio… —Se apartó de mí.
Regresó a su empeño de coger el asado. Meneé la cabeza, riéndome, en tanto que llegaron a mis oídos unos pasos desde el corredor adyacente a la cocina.
Al poco, Cerennis y Ursa entraron por la puerta.
El librero nos dio sendos abrazos. Rebosaba de buena salud, aunque tenía un chichón en la frente.
La pelirroja sacó el asado; Ursa algunas cosas más: encurtidos y mermeladas, y pronto estuvimos sentados alrededor de la mesa.
—¿Cuál es esa gran noticia que tenéis que darnos? —les preguntó Anamkha mientras Cerennis servía los vasos de vino.
Marido y mujer se miraron, con una sonrisa llena de esperanza y cariño.
—Vamos a adoptar a Zofi y a uno de los chiquillos que estaban en casa de Corman. Se llama Brenny, es un niño encantador. En unas semanas estarán ya con nosotros. Tendrán un hogar donde ser amados y crecer felices. Además, Xelirian tendrá hermanitos con los que jugar.
—Desde luego que es una gran noticia. Esos niños merecen un hogar así en el que criarse, después de cuánto han perdido y sufrido —dijo la pelirroja con la voz llena de entusiasmo.
—Lo es —anoté—. Os felicito por ello.
Nos dieron las gracias y nos apresuramos a brindar.
Por Zofi, Brenny y por todas las segundas oportunidades que estaban por llegar.
Me sentí como en las estampas que los libros retrataban de familias felices y unidas.
Justo lo que jamás había tenido. Bueno, jamás no, porque cuando estaba con el bardo y los demás me sentía así.
En una familia que no era de sangre, pero que había encontrado.
Aunque pocas veces podíamos disfrutar de aquella tranquilidad.
Empezamos a dar buena cuenta de aquellos manjares, entre conversaciones triviales y risas.
—¿Sabes que sería bonito? —le dije a Anamkha, al rato, entre el segundo plato y los postres.
Ya estaba a reventar de comida, pero nunca se le dice que no al postre. Nunca. Jamás. Los que dicen que no al postre se van con Damien cuando la diñan.
—¿El qué? —me preguntó, cogiendo un trozo de queso.
Era el último, pero todos le habíamos dicho que podía comérselo. Estábamos sentados el uno al lado del otro, frente a Ursa y Cerennis.
—Que algún día, cuando seamos viejos, llenemos una mesa con todos nuestros amigos.
—La gente como nosotros no llega a la vejez. Probablemente estemos todos muertos.
Estreché la mirada, pensando en robarle el trozo de queso para fastidiarla por haber dicho eso; sin embargo, me compadecí.
—Pues nos sentaremos a una maldita mesa como esta, aunque seamos espectros, huesitos o cualquier otra cosa de esas. No se hable más.
Se comió el trozo de queso y, tras tragar, dijo:
—Los muertos no comen.
—Sí comen. Sus mortajas, por eso las tienen tan raídas.
—Se descomponen como parte del proceso natural, Málakor.
—Porque es natural comerse la mortaja ahí abajo, deben de pasar un hambre…
Entre risas, me dio con la rodilla por debajo de la mesa. Le devolví el golpe, riendo también.
—Madre mía… —Ursa nos observó con la misma expresión curiosa que Cerennis, mientras dejaba sobre la mesa unos cuencos con algo llamado arroz con leche—. Parecéis dos chiquillos.
—Yo diría que parecen otra cosa. —Cerennis le dio un codazo suave a su mujer y luego tomó un sorbo del vino.
Ella hizo el mismo gesto. Me encogí de hombros y me dispuse a engullir el arroz con leche, que se convirtió, para el resto de mi vida, en uno de mis postres favoritos.