Málakor 4 CAPÍTULO 85
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CAPÍTULO 85

De Talabarina

A la mañana siguiente, después de unas buenas horas de sueño, me sentía con los ánimos y la energía renovadas.

Ella ya no estaba en la cama, lo que me puso triste.

Pensé que se habría escabullido temprano, para amanecer en la suya y que las doncellas no sospechasen.

Descubrí que así había sido, por una nota que me hizo llegar de manos de una de las muchachas de su confianza.

En ella me avisaba también que se ausentaría de Sigmarina tres días, pues tenía que acompañar a su hermano en un viaje diplomático a una villa cercana.

—Sin duda orquestada por el rey —bufé, con muchas ganas de verlo para asesinarlo por obligarla a irse.

Para que mis ganas de regicidio no fueran en aumento, desfogué cuanto pude en el entrenamiento.

Básicamente, me concentré en matarme, física y emocionalmente, para no matar a nadie.

Khabyr me observó medianamente preocupado, mas no dijo nada, solo me acompañó a la armería de palacio para surtirme de armas nuevas.

Salvo por una daga, las había perdido en el enfrentamiento con Azskar, así como en la riada.

Me dio una espada larga y una corta, de las muchas que había disponibles para los soldados.

Aunque eran sencillas, cortarían cabezas, y eso me bastaba.

—Deberías visitar al herrero, que te haga una adaptada a ti —dijo después de entregármelas.

—Me vale con estas. —Las envainé tras probar su equilibrio—. Me paso la vida perdiendo las armas. No sé cuántas llevo ya.

—Pues deberías tener una espada única. Un héroe merece una de las que son para toda la vida. Dile a Anamkha que te acompañe esta tarde. Iría contigo, pero entra un grupo nuevo de cadetes que no saben ni atar una cincha.

—No puedo decirle a la pelirroja que venga conmigo a ninguna parte, porque su hermano me ha prohibido que la vea. Y su hermano es el rey. No es que yo tenga en alta consideración a los puletronos, pero ella lo quiere y no puedo matarlo.

Khabyr se rio con ganas.

—Hablar de matar al rey en el palacio del rey. ¿Dónde está tu instinto de supervivencia?

—Pensando también en matar al rey. Ahí está.

El capitán sacudió la cabeza y me palmeó el hombro.

—Quizá se le pase en unos días, y puedas volver a verla cuando regrese.

—Después se irá de Sigmarina. No sé dónde, lo ha ordenado su hermano.

—Seguramente al oeste, con los elfos. Si tanto te preocupa separarte de ella, acompáñala.

Se come bien y el ambiente es tranquilo.

Aburrido a veces, diría yo. Darías largos paseos por el bosque, tendrías tiempo para leer y comerías bien.

Conocerías otra cultura. Allí nadie te diría que no puedes abrazar a la Maes Ir, ni tampoco le dirían a ella que debe estar casada.

—Suena bien —suspiré—, pero ni puedo dejar Sigmarina ni ella querrá que lo haga.

El rey terminará de fabricar mi pasaje de vuelta a casa en cualquier momento.

Además, seguro que eso no está cerca. No puedo irme de vacaciones, como si nada estuviera pasando.

Debo estar preparado para regresar a Ítaro en cuanto sea posible.

Fue a decir algo; en cambio, llevó la mirada a los cadetes y les soltó un par de órdenes. Luego chasqueó la lengua y volvió a mirarme.

—Lo comprendo. —Tras un silencio reflexivo en el que me miró como si en mi rostro estuviera pintado un acertijo, dijo—: Vete a descansar, anda, lo necesitas.

No le hice caso. Entrené hasta tan tarde que, cuando me di cuenta de la hora, me arrastré hasta la cama al borde de perder la conciencia.

Y pasé así los tres días más largos y cortos a la par de mi vida.

Al cuarto, mientras me peleaba con un esqueleto imaginario, Khabyr se acercó con disimulo y dijo:

—He oído que la Maes Ir ya está de vuelta, pero se ha parado a visitar a Cerennis y a Ursa para ver al niño.

Una parte de mí se sintió triste porque verme no hubiera sido su primer deseo al llegar. Sin embargo, pronto entendí que quedarse en casa de Ursa era una manera de vernos a solas. Las palabras que Khabyr añadió corroboraron mi pensamiento:

—Por si quieres fingir que has tenido la misma idea y encontrártela por sorpresa.

—Eso haré. —Sonreí de oreja a oreja.

—Antes ve a hablar con el maestro herrero de palacio; dale recuerdos de mi parte. Me gustaría estar donde él —dijo nostálgico—. Volver a los viejos tiempos en los que forjaba armas.

—¿También has sido herrero?

—Ya te dije que había sido muchas cosas. Mercenario, correrruinas… A herrar aprendí de mi padre. Que los dioses lo guarden.

—A todos los que ya no están. —Apreté su brazo.

Me pareció que pudo leer en mi mirada por qué lo decía, pues esbozó una sonrisa melancólica.

Cuadró los hombros, me dio una palmada en la espalda. Tras indicarme dónde estaba el herrero, me mandó largarme de allí. Obedecí, para no llevarme uno de sus azotes, y me dirigí a la armería real.

Siempre me han gustado esos lugares. El olor al hierro templado, a las brasas de la forja, a madera y acero.

Al carbón y al sudor de los brazos y las frentes de los herreros.

El sonido repetitivo del martillo sobre el yunque, de los fuelles que avivan el fuego.

Estar en la herrería de palacio me hizo sentir de regreso a Paltia, donde las armas se forjan sin descanso para nutrir las exigencias de los mercenarios.

Aquella, no obstante, estaba más decorada y limpia, acorde al lugar en el que se encontraba.

Y era enorme. Armas, armaduras y escudos llenaban panoplias y mesas; decoraban el espacio entre las antorchas.

Había seis puestos de trabajo en los que los herreros y sus ayudantes forjaban sin descanso el metal.

Algunos muchachos más jóvenes hacían tareas menores, a las órdenes de los herreros.

Cargaban con cubos de agua, carretillas de mineral, escobones para quitar los residuos de las limaduras…

Me había quedado parado al cabo de la entrada observándolo todo, preguntándome a quién preguntarle, valga la redundancia, hasta que los ojos se me fueron hacia uno de los herreros.

Me di cuenta, por sus orejas, de que era un semielfo.

Llevaba el cabello castaño bien recogido hacia atrás en una coleta, por lo que estaban bien visibles.

En todo lo demás, era como el resto de herreros.

Musculoso, con pinta de poder aplastarte la cabeza con una sola mano y de tapar medio cielo solo con la mitad de la espalda.

Estaba acabando de darle los últimos toques a una espada que me llamó la atención.

Medía un metro veinte, si no me fallaban los cálculos a ojo.

La guarda era recta y la empuñadura estaba revestida de cuero claro.

El pomo tenía forma plana y ovalada, con nudos entrelazados, nada recargado.

Entre ellos, había detalles en esmalte negro y azul.

Un cielo nocturno que coronaba una hoja que brillaba como si contuviese en ella el poder del sol.

Había algo en esa espada que me resultaba familiar; algo que aceleró mi pulso.

El herrero advirtió mi presencia, pues me miró de reojo, brevemente, y dijo:

—Has venido antes de lo previsto. —Su voz sonó suave, como si no estuviera contenida en un cuerpo enorme.

—¿Antes de lo previsto? —pregunté acercándome a él.

—Sí, la dama Anamkha dijo que vendrías a buscarla en unos días. Sospecho que Khabyr se ha ido de la lengua antes de tiempo.

—Perdóname. No estoy entendiendo nada.

Dejó la espada sobre una mesa y se acercó a otra, repleta de armas y utensilios propios de su oficio. Cogió una vaina de cuero, adornada con piezas de metal con nudos semejantes a los del pomo, la limpió con un trapo y luego la colocó al lado de la espada. Se cruzó de brazos y dijo:

—Maes Ir encargó esto para ti hace tiempo.

Ceñudo, miré hacia la espada. Al verla más de cerca, percibí nuevos detalles.

Entre los nudos había tréboles y piedras esmeralda.

Tan pequeñas y sutilmente engarzadas que solo saltaban al ojo dependiendo de cómo les diera la luz.

Prácticamente era la misma espada que había visto en aquel cuadro en el que Anamkha yo nos besamos.

—Anamkha sugirió que podía llamarse «Talabarina» —dijo el herrero—. Aunque puedes cambiarle el nombre si quieres.

—No, no quiero. Me gusta ese. Significa muchas cosas.

Sonrió fugazmente.

—Aún no puedo dejar que te la lleves, pero ven a por ella en tres días. Y finge que no sabes nada, entretanto, o mi vieja amiga nos tirará de las orejas a los tres.

—Lo haré —dije, con el pecho lleno de felicidad—. ¿Sois amigos desde hace mucho?

—Años ya. Trabajo codo a codo con los flecheros y con Ivarix en ese asunto de sus flechas mágicas.

Es más aburrido que forjar espadas, pero igual de gratificante, porque acaban en las cabezas de esas cosas molestas que andan por los bosques.

He oído que hace unos meses os cargasteis juntos a una amantir.

—Levantó las pobladas cejas—. No hay muchas por aquí, pero tienen muy mal carácter.

Felicité a la Maes Ir y extiendo mi felicitación también hacia ti.

—No hay de qué. Cargarse a esa cosa fue un honor; hacerlo junto a Anamkha aún más.

—Pelearás más junto a ella, de eso estoy seguro. —Pasó las yemas de los dedos sobre la espada—. Lo harás con esta espada, así o cuando brille más.

No tuvo que decir más para saber a qué se refería: dos espadas esmeralda, dos partes de la misma cosa, dos partes del mismo destino. Algún día, tendría mi propia Espada Esmeralda y sería capaz de arrebatar la vida de los dioses con ella.

Pero, hasta que ese día llegase, aún quedaba mucho camino por delante.

Le di las gracias al herrero y emprendí el paso hacia la casa de Ursa y Cerennis.

Azkena podría escribir en piedra una ley que dijera que no podíamos vernos: la haríamos polvo con nuestras propias manos.

Además, ¿cuándo le he hecho yo caso a ningún pulecoronas? Pocas veces, creo.