Málakor 4 CAPÍTULO 84
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CAPÍTULO 84

De llamas que queman pero también iluminan

Cuando me tendí en la cama, después de la caminata de vuelta y de quitarme la sal del mar, sentí un alivio tan grande que solté un suspiro largo y placentero.

Como aún no tenía sueño, cogí la novela.

Traté de seguir las idas y venidas de los protagonistas, compadeciéndome de ellos la mayor parte del rato y sintiéndome mejor con mi propia vida al compararla con la suya que era, en el mejor de sus momentos, mucho peor que la mía.

—Si alguien escribiera una historia sobre mí y me hiciera sufrir tanto, lo mataría —dije al aire, ceñudo—. Lenta y dolorosamente.

La llama de la vela que había sobre la mesita se agitó, al igual que las cortinas.

Tuve la extraña sensación de que había alguien observándome.

Dejé el libro a un lado y me incorporé, escudriñando las sombras de la habitación.

Metí la mano derecha bajo la almohada para sacar la daga.

Con eso de que había elfos oscuros pululando por Sigmarina, no me fiaba de dormir sin protección, aunque fuese en el palacio.

Alguien apareció por el borde de la cama.

Le puse la daga en el cuello en un pestañeo.

—Málakor, por todos los dioses.

—¿Anamkha? ¿Qué haces aquí? —Aparté el arma y la coloqué bajo la almohada—. Podría haberte matado.

—Llevó aquí…, no sé cuánto tiempo —se puso en pie mientras se sacudía las ropas—, escondida debajo de la cama. Me he quedado dormida esperándote.

—La próxima vez, ronca.

—Sí, eso haré. —Se sentó al filo de la cama—. ¿Cómo estás?

—Bien. —Acomodé los almohadones contra el cabecero, apoyé la espalda en ellos y le hice un gesto para que se sentase a mi lado.

No se lo pensó dos veces. Gateó por la cama y ocupó aquel lugar. Cruzó una pierna sobre la otra, igual que yo, y puso las manos en el regazo.

—¿Te está gustando la novela? —quiso saber.

—Mucho. Me gustan las historias en las que pasan cosas.

Esas que te mantienen con los ojos pegados a las páginas, incapaz de dormir.

Además, cuando leo, no pienso en nada más.

Es como si el mundo desapareciese. Ahora entiendo por qué al bardo le gusta tanto, así no se da cuenta de que vive en Ardacia rodeado de lechuguinos y cantamañanas.

Riéndose, me dio un leve codazo.

—Supongo que tu hermano te ha regañado tanto como a mí —dije.

—Supones bien. —Llevó la mirada hacia los libros que tenía apilados en una cómoda en la pared frente a la cama. Allí estaban los que le había comprado a Hach y a Xel, así como ese de la guerra, aún empaquetados—. No has tocado el libro, qué raro.

—Si quieres lo abro ahora mismo.

—No, déjalo. —Esbozó una sonrisa enigmática.

—Esa sonrisa… —Salté de la cama y fui hacia los libros.

Anamkha vino detrás de mí y pugnó por impedirme que lo desenvolviese, pero no lo consiguió. Cuando miré el libro, una de mis cejas amenazó con subirse al techo.

—¿ El cancionero del bardo de Sigmarina ? —Lo esgrimí ante ella. Tenía las tapas de un color rosa y amarillo, bastante chillonas—. ¡Un libro de tocaflautas! ¿No podrías haberme dado otro?

Se tapó la boca con las manos; sin embargo, no pudo aguantarse la risa.

—Claro, ríete. —Resoplé—. Seguro que Cerennis también lo sabe.

—Él dio el cambiazo.

—No había tocado ese libro por respeto a Azani y a ti, pero ya no te tengo ningún respeto.

—Anda, no te enfades…

Tiré el libro en la cama y me lancé a ella después. Con la mirada clavada en el techo del dosel, dije:

—Cargas con la maldad de Damien en tu cuerpo, Anamkha de Erisias.

—Qué exagerado eres. —Se tendió a mi lado y apoyó la mejilla en mi hombro—. Solo era para hacerte reír. El otro sigue en la librería de Cerennis, puedes ir a buscarlo cuando quieras.

—¿Tú crees? —Bajé la cabeza para mirarla—. Porque quizá se mojó.

—Habrá más. Esos ejemplares se venden muchísimo. Se estudian en las escuelas.

—O sea que todo el mundo sabe de tu pasado menos yo, que soy la mitad de tu destino. Estoy enfadándome otra vez.

—Siempre estás enfadándote.

—Siempre me enfadáis.

Pegó más la cabeza a mí.

—¿Ahora eres un gato, princesita? ¿Dándome cabezazos para que te haga caso? No tengo salchichas que darte. Ni las comes, claro.

—Khabyr tendría una respuesta subida de tono para eso —dijo aguantándose la risa—. Tienes suerte de que no sea él quien esté en tu cama.

—O no. Seguro que sabe hacer cosas que tú no.

La risa le salió con ganas, así que le puse la mano en la boca.

—Nos pillarán si sigues riéndote así.

—Perdona. —Sentí la humedad de sus labios—. Es que… no puedo evitarlo. Me haces reír. —Aparté la mano, y agregó—: ¿Sabes a quien le has caído muy bien? A Ivarix. Me ha dicho que vuelva a darte las gracias por lo que has hecho por todos nosotros.

—En realidad, no he hecho más que tumbarme en esa mesa de cadáveres y marearme. Ha sido el mago, con sus cosas de lameazufres.

—No es verdad. Has padecido durante largos años en Ledaria, soportando los estragos de los venenos, hasta hacerte inmune a ellos, y muchas otras cosas más, de seguro terribles, para que podamos servirnos de eso. Así que sí, has hecho mucho.

—Gracias, aunque solo sea por haberte hecho feliz, habrá merecido la pena ese sufrimiento.

—No digas eso. —Llevó la vista al frente—.

Sufrir nunca merece la pena. Dicen que nos hace más fuertes y a veces pienso que me gustaría no tener que serlo tanto.

Querría… haber vivido una vida más fácil; no haber sufrido, aunque fuera débil; no haber visto tantas cosas, aunque eso me convirtiese en una ignorante.

Pero luego pienso que la ignorancia te convierte en una presa más fácil; en alguien más susceptible de ser engañado, manipulado, zaherido.

Me moví hasta estar de costado. Quería mirarla bien mientras me decía aquello. Ella también se colocó así. Sus ojos se vieron más claros; la luz de la vela me quedaba a la espalda.

—También me cruza la mente la idea de que prefiero pasar por todo lo que he pasado que haber vivido ajena a ello, porque me ha hecho lo que soy —agregó.

—Somos lo que hemos vivido, Anamkha. Si no, no seríamos quiénes somos. En lo bueno y en lo malo.

Tras unos segundos de reflexión, con la mirada perdida tras de mí, dijo:

—Igual que la llama de una vela, que puede iluminar y también quemar. Esa es nuestra vida. Llama que quema pero también ilumina.

Sus palabras fueron una tormenta en mi corazón. Entraron con fuerza, golpearon en él y se alejaron dejando un sol brillante detrás. Porque entre esas nubes de tormenta se escondía esa luz. La luz de las palabras de Anamkha.

—Así es, eso somos, y deberíamos sentirnos orgullosos de cuanto hemos conseguido.

—Aunque aún quede mucho por andar… —suspiró—, pero ¿no estás ya cansado, Málakor?

—A veces. Luego recuerdo que hay quien depende de que no me rinda, y sigo adelante.

Ella asintió.

—Tú eres ya, para mí, una de esas personas por las que merece la pena no rendirse —dijo.

Aquella sensación cálida que me venía a veces cuando estaba con ella me inundó el estómago. Para alejarla de mí, por abrumadora, solté una broma:

—¿Otra vez haciendo el gato? Te ha faltado soltar un ronroneo mientras me decías eso.

—Ya te gustaría a ti que hiciese nada parecido a un ronroneo en tu presencia.

—Uy…, suena tentador, pelirroja.

Se echó a reír y luego se tumbó de espaldas.

Me incliné un poco sobre ella, para mirarla a la cara.

Posó la mirada en mí, y estudié hasta la última veta de sus iris castaños, haciéndome preguntas sobre ellos que no me había hecho sobre los ojos de nadie.

Igual que me las hice tiempo atrás en Irasis, sobre muchas otras cosas de ella.

Me pregunté qué habrían visto, a quién habrían mirado.

Con cariño, con odio, con amor… Cuántas veces habría llorado.

Cuántas se le habrían llenado de su risa.

De felicidad. De tristeza. Cuántas, los habría puesto en alguien antes de atravesarlo con una flecha.

Si alguna de esas veces le dolió más que las restantes.

¿Y qué pasaba por su cabeza cuando los cerraba por las noches y cuando los abría al despertar?

¿Cuántas de esas veces habría pensado en mí?

—¿En qué piensas? —preguntó—. Me estás mirando raro.

—En preguntas que no sé si podrías responder.

—¿Quieres hacer alguna?

—Quiero hacerlas todas, Anamkha. —Escudriñé más en su mirada—. Aunque ahora mismo siento curiosidad por una cosa: ¿De quién heredaste el color de tus ojos? Tu hermano los tiene verdes.

—De mi madre —respondió nostálgica—. ¿Y tú?

—También de la mía.

El lazo que une a quienes han sentido el dolor de la pérdida se estrechó más entre nosotros.

—Sigues mirándome raro —soltó a medio camino de la risa—. ¿Tengo algo en la cara?

Se llevó la mano a la mejilla. La atrapé entre mi mano y negué con la cabeza.

—Es que… —Tomé aire—. Es que te juro que quisiera ser un maldito bardo para decirte lo que me parecen tus ojos. Son algo tan bonito que no puedo describirlo con palabras.

—Solo son unos ojos marrones.

—No, no son solo eso.

Anamkha sonrió despacio, y se le fueron achicando, poco a poco.

—¿Puedo quedarme a dormir? —preguntó después—. No quiero estar sola esta noche.

Los labios casi le temblaron al decir aquello, quizá por lo honda de su necesidad de compañía o por la incertidumbre ante mi respuesta.

—Claro que puedes. Echaré el cerrojo para que nadie nos moleste.

Así lo hice y, en el camino de regreso a la cama, donde me tumbé de nuevo, recordé aquel día en Irasis cuando me dijo que se sentía sola a menudo, aunque rodeada de gente.

—¿Te acuerdas de lo que te dije hace tiempo? Eso de que querría ir dónde estuvieras, para que nunca más volvieras a sentirte sola.

Una hermosa sonrisa llenó sus labios.

—Sí, te dije que no sería fácil. Ninguna de las cosas.

—Pues ya ves que aquí estoy —dije con gesto triunfal—, ahora solo quiero saber algo: ¿te sientes sola cuando estás conmigo?

—Ni un solo segundo —confesó, sin dejar de sonreír.

No dijo más, tampoco hice más preguntas.

No hacía falta. Sonriendo también, me moví para que se acomodase en mi pecho.

Cuando lo hizo, la rodeé con el brazo y la atraje más hacia mí, sintiéndome parte de algo más grande que yo mismo; parte de eso que nos hace significar algo para los demás, tanto que aniquilamos al monstruo de su soledad.

Aquella noche, al calor de su cuerpo, dormí como hacía tiempo que no.