CAPÍTULO 83
De un hogar
Pasada la incómoda fase inicial, me quedé dormido. Cuando desperté, más allá del mediodía, con la sensación de que acababa de bajarme de un barco, el mago me acomodó la manga y me ayudó a incorporarme.
—Quédate sentado un rato, el mareo pasará pronto. —Me palmeó la espalda—. Puedes sentirte orgulloso. Con este pequeño gesto, has salvado muchas vidas y has inclinado la balanza a nuestro favor en la guerra contra los elfos oscuros. Enhorabuena. ¿Quieres un zumito?
—Mientras que sea de cebada y venga con un asado… Tengo un hambre espantosa.
—Eso deberías hacer, comer y dar un paseo. Junto al mar, preferentemente, el yodo te ayudará a recuperarte antes. Es un elemento fundamental para nuestra salud. ¿Te encuentras mejor? —Cuando asentí, dijo—: Levántate despacio.
—Ha estado bien conocerte —dije ya en pie, con su ayuda—. Aunque dices cosas raras como todos los magos que he conocido, son algo diferentes, no sé si me explico.
—Sí, te explicas. Es que… —torció el gesto—, es una larga historia. Supongo que, algún día, Anamkha te la contará. Pero digamos que los magos de por aquí estamos reinventándonos. —Me tendió la mano—. Un placer, Málakor.
Aquella vez se la apreté con firmeza.
—Igualmente, Ivarix.
Me dedicó una sonrisa franca y regresó a la pizarra.
Lo dejé allí, con ese particular soniquete, y me fui a buscar algo de comer para mí y para rosquillas.
Si de normal está mal incumplir una promesa, incumplirla cuando se trata de un gato está doblemente mal.
Los gatos son el mal personificado cuando quieren, es mejor no tenerlos de enemigos.
En Ledaria, hacían verdaderos estropicios cuando se peleaban.
Veía volar matas de pelo, trozos de orejas…
A veces de orejas humanas, lo cual me parecía bien.
Recordando los violentos tiempos en Ledaria, me dirigí al comedor. No había apenas gente, así que comí a solas, tranquilo, en una esquina. Después de llenarme la panza, cogí unas salchichas de pollo para Rosquillas y fui a llevárselas.
Había bastante movimiento en la zona del patio, pero nada fuera de lo común.
Pronto sería la hora de comer y la gente apuraba los últimos momentos en sus quehaceres.
Encontré al gato tumbado al sol sobre unos barriles, lamiéndose el lomo.
En cuanto me vio llegar, se incorporó y vino a recibir las salchichas.
No sé de dónde, salieron media docena de gatos más.
Pensé que se iniciaría una pelea salvaje por la comida, pero debían de ser todos amigos, porque lo compartieron.
Entre ellos había una gata menudita y gris, que frotó la cabeza con Rosquillas, antes de lanzarse a comer. Debía de ser la que lo traía loco.
—¿Tú y tus amigos estáis todos bien? Por lo de la riada —le pregunté a Rosquillas.
Entre bocado y bocado, me dijo:
—Teníamos todos los bigotes a salvo.
—Me alegro. —Panceta no se habría alegrado, desde luego—. Que te aproveche la comida.
Soltó un maullido de satisfacción y no dijo más, porque se ocupó en seguir comiendo. Yo habría hecho lo mismo.
Antes de ir a la playa, pasé por las calles afectadas de Sigmarina a ver si podía echar una mano.
Estuve un rato ayudando a una señora a limpiar su fachada, pero me dio tal mareo que tuve que parar.
La buena mujer me dio dos palmaditas en el hombro, un bollo y me mandó a seguir con mi paseo.
Tomé una de las avenidas principales, en las que la vida seguía su ritmo normal.
Mercaderes, ciudadanos corrientes, carros…
Me recordó a la arteria principal de Ardacia, con todo ese bullicio y color.
Le pregunté a los carreteros hacia dónde iban, hasta que encontré a uno que se dirigía hacia la costa.
Me subí atrás, rodeado de barriles y cajas, con los pies colgando y la sensación de que la vida podría ser simplemente eso y estar bien.
Tras atravesar unos campos de cultivo, me dejó junto a unos barracones.
Había un sendero entre la arena, en la que plantas coronaban las dunas.
Al fin, llegué a la playa. El mar, tranquilo, besaba la arena.
A mi derecha, estaban los acantilados. En ellos guardaba el mal recuerdo de la caída de Anamkha, aunque también el bueno de uno de nuestros encuentros.
Me pregunté qué estaría haciendo, y las ganas de verla me sacudieron el pecho.
Pero era mejor que hiciéramos caso de Azkena.
Era mejor… ¿para quién? Porque para nosotros no. O al menos no para mí.
Solté un suspiro y me quité las botas. Quería sentir la arena en los dedos.
Estaba caliente, mas no lo bastante como para quemar.
Dejé las botas apoyadas junto a conjunto de rocas y me arremangué los bajos del pantalón.
Disfrutando del paseo, me acerqué a la orilla.
Puse la palma de la mano como visera y miré al frente.
El inmenso océano se extendía ante mí, lo sentí más grande que nunca.
En algún lugar más allá de él, eso suponía yo, estaban todos los que amaba.
Quise ser como esas gaviotas que surcaban el aire haciendo maniobras imposibles, posándose a ratos sobre los rizos del agua.
Pequeños rizos blancos, mecidos por un viento fresco que hacía más agradable estar bajo el sol y que me pegaba las ropas al cuerpo.
El sonido de un trote sobre la arena me hizo llevar la vista a mi derecha.
Un cervatillo y su madre corrieron por la playa hasta perderse en el conjunto de árboles más cercano. Tan bella imagen me calentó el corazón.
Cuando metí los pies en el agua, me sentí como en un hogar que hubiera perdido tiempo atrás. Cerré los ojos, abandonándome a ese momento de felicidad.
—¿Es esto el mar?
Ahí estaban mis amigas las arañas. Sentí sus patitas deslizándose por mi cuello. Me recorrieron el rostro y se posaron en la línea de pelo de la frente.
—Pensé que ese gato se nos comería —dijo Arapirey con su voz cantarina.
—Es un gato amistoso —respondí—. Y sí, esto es el mar.
—¡El mar! —gritaron al unísono, dando pequeños saltos.
—Es enorme —dijo Aralda al rato—. Es la cosa más grande que he visto en mi vida.
—Eres pequeña, todo te parecerá grande.
—Pues esto es lo más grande de lo más grande —suspiró feliz—. ¿Podemos quedarnos aquí a vivir? Es taaan bonito.
—Podéis, si queréis. Aunque yo tendré que irme.
Hubo un largo silencio.
—Te echaremos de menos, pero nos gusta el mar. Buscaremos una cueva cerca y, cuando seamos grandes, podremos meternos en él.
—¿Cómo de grandes…? —pregunté con miedo.
—Como papá —dijo Aralda.
Me rasqué el cogote.
—No sé si a los de Sigmarina les gustará tener arañas tan grandes.
—Te prometo que no molestaremos a nadie. —Casi habría jurado que Arapirey hizo un puchero—. Y nos comeremos a todas las cosas feas que anden por las cuevas.
—Se lo diré a Anamkha, para que no se lleven un susto.
—Me parece bien —respondió—. ¿Vendrás a vernos alguna vez?
—No lo sé…
La idea de que quizá jamás regresaría a Sigmarina se hizo más fuerte entonces, y no me gustó.
—Espero que sí —dijeron al unísono.
—Yo también lo espero.
Me metí hasta la cintura, porque querían ver el mar más de cerca.
Nadé con ellas en la parte alta de mi cabeza para que vieran un banco de peces, cosa que las asombró.
Al filo de la noche, con la piel cual garbanzo y el culo helado, salí del agua.
En la base de los acantilados había una gran oquedad.
Cuando llegamos, posé una mano en la roca para que bajasen hasta ella.
Una vez en mi dedo pulgar, saltaron. Allí, se me quedaron mirando con sus muchos pares de ojos.
—¿Sabes una cosa, Málakor? —dijo Aralda—. Me alegro de haberte conocido.
—Yo también. —Sonreí—. Y a ti, Arapirey. Tened cuidado.
—Tú también —dijo la araña cantarina—. Ese Arkaidon el Negro tiene muy mal carácter. Si alguna vez se mete contigo, ve a buscarlo a su cubil y échale pimienta en la nariz.
—No creo que le haga una visita nunca, pero gracias. Además, no sé dónde está su cubil.
—Yo sí, en el lado este del pantano, donde los manglares —respondió Arapirey—. En la zona más frondosa, después del árbol negro. Se lo oí decir a un mosquito antes de comérmelo.
Levantaron una pata para decirme adiós y desaparecieron por un agujero en la roca. Ciertamente, las echaría de menos. Por raro que pueda parecer lo de añorar a unas patilargas.