Málakor 4 CAPÍTULO 82
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CAPÍTULO 82

De Ivarix

Siguiendo las indicaciones de los guardias, me dirigí hacia una de las clases de la Academia.

Pasé tan cerca del laboratorio del rey, que los recuerdos del día de mi llegada me sacudieron.

Habían pasado solo unos meses, pero tenía la impresión de que llevaba en Sigmarina toda una vida.

Lo peor de todo era esa sensación que me decía que podría pasarme en ella el resto de la mía; solo si estaba Anamkha conmigo.

Era ella, y no el lugar, lo que me ataba allí.

Las horas a su lado le daban sentido a mi estancia en la ciudad.

¿Qué iba a hacer si se marchaba? En pos de consolarme, me dije, había vivido sin ella largos años, podía acostumbrarme a la separación.

Debía hacerlo. Además, siempre podríamos hablar por el medallón.

Me dije también que en mi estancia allí había aprendido muchas cosas sobre mí mismo, la vida, las batallas o la espada…

Allí había crecido un poco más. Aunque la mayoría de las veces había sido de su mano.

Dejé de lado mis pensamientos y me centré en el presente.

La estancia donde me habían mandado tenía forma semicircular, repleta de hileras de bancos unidos a la mesas, dispuestos en escalones, para que nadie perdiera ojo de la lección.

En la pared frente a los bancos había una gran superficie negra, en la que estaban escritas un montón de cosas en la lengua sigmari, la élfica y a saber cuáles más, además de un puñado de números, pero no había hueco libre en ella.

Ante ella, en la parte más baja del semicírculo, se encontraba una mesa alta de mármol, que me recordó a aquella en la que vi a Brianna cuando ella… ya no estaba.

—¿Dónde demonios estoy? —pregunté mientras miraba a mi alrededor.

El lameazufres bajó de dos en dos los escalones, pues andaba haciendo algo en los bancos más altos. Era joven, menudito, con el pelo corto, de punta y del blanco del de Medora, y unos ojos verdes con vetas grises muy vivarachos.

—En la clase de disecciones. —Me tendió la mano—. Soy Ivarix. Tú eres Málakor, supongo.

—Supones bien. —Le cogí apenas la punta de los dedos y lo solté rápido—. ¿Eso de disecciones es porque diseccionáis gente?

—Sí, para que los alumnos aprendan anatomía.

Miré de reojo la mesa de mármol. La tenía al lado.

—¿Y por qué estoy aquí y no en otro lugar menos… macabro?

—Aquí es donde tengo mejor luz. —Señaló al techo.

Una enorme claraboya dejaba ver el cielo soleado.

Por ella entraba luminosidad a raudales—.

Me habría gustado conocerte antes, la verdad, Anamkha habla mucho de ti, pero no salgo mucho de esta zona.

No me gusta la gente de ahí afuera. —Arrugó la nariz—.

Prefiero estar con mis experimentos y mis libros.

—Ya tenemos algo en común.

—¿También haces experimentos?

—No.

—¿Te gusta leer?

—Sí, pero, sobre todo, no me gusta la gente.

Asintió con ganas.

—Bueno —dio una alegre palmada—, ponte cómodo, y no estés nervioso, no te dolerá.

—Eso mismo me dijo el dentista que me sacó la muela de Damien. —Señalé la última de todas, esa que no sale de pequeño generalmente, donde un hueco recordaba la ausencia de la pieza y el dolor de ese día—. Que no me dolería. Literalmente, vi las estrellas. También entendí por qué la llaman así.

—Si los dentistas dijeran la verdad, nadie se sentaría en sus sillones. —Rio—. No te preocupes. Además, apenas tardaremos…

Tras mirarme de arriba abajo, sacó una cinta métrica de la túnica, que estiró ante él.

—¿Qué haces?

—Necesito tu altura para hacer unos cálculos.

—Mido casi dos metros.

—Por lo que he leído en viejos escritos, cada metro equivale a cuatro cuartos, pero claro, debo saber exactamente si son casi dos metros menos cinco, menos diez, menos cero coma uno…

Suspiré, y lo dejé hacer.

—Un metro noventa y tres centímetros. Vaya, eres altísimo, ¿qué te daban de comer?

—Magos.

Soltó una genuina carcajada.

—Ya me dijo Anamkha que eras gruñón pero también divertido. Supongo que eso ha sido un dos por uno.

Silbando una melodía alegre, se fue a apuntar mi altura en un minúsculo espacio de aquella pared negra. Luego metió otro montón de números que no sabía qué significaban. Escuché el soniquete de lo que quiera que tuviera en la mano, un trozo de palo blanco, mientras él apuntaba y apuntaba.

—¿Qué es eso con lo que escribes?

—Arcilla blanca prensada con una emulsión de hierbas y aceites, y eso negro es vidrio de obsidiana. Antes usábamos pizarra.

—La he visto como material de construcción. Me parece un invento muy ingenioso.

—Es muy útil. —Siguió escribiendo números en el cada vez espacio más pequeño—. Aunque tengo en fase de desarrollo un sistema de pizarra holopirésica.

—Me estás hablando en lameazufres, no esperes que te entienda.

—Es una técnica para crear una imagen tridimensional, es decir, tal y como ve el ojo humano, a través de la refracción de la luz en una serie de cristales.

Cosas de magos. Está, como te digo, en fase de desarrollo.

A ver si el rey se estira con la financiación.

Podrías convencerlo, eres muy amigo de su hermana —dijo con gesto perspicaz.

—No están las cosas con él como para que yo ande convenciéndolo de nada. —Me crucé de brazos y apoyé el trasero en la mesa de mármol, por inercia.

Al darme cuenta, carraspeé y me moví hasta una de las mesas. No quería poner el culo donde hubiera habido ningún cadáver. A no ser que fuera el cadáver de Azskar, en el cual gustosamente me cagaría. Sí, ya sé que es asqueroso. Lo siento y no lo siento.

—¿Es por eso de la boda con su hermana? También me costó acostumbrarme a las estrictas normas del decoro de Sigmarina, pero déjame decirte que en todos lados cuecen habas.

No sé si conoces la expresión: quiere decir que no hay lugar perfecto, que en todas partes hay…

problemas, de un modo u otro. En Sigmarina, la gente busca la manera de saltarse esas normas —dijo risueño, sin dejar de anotar, agachándose cada vez más porque se quedaba sin espacio—.

Tendrías que ver la de fiestas privadas que hay. Beben mucho y luego… pasan cosas.

Se rio por lo bajo. Ese «pasan cosas» no hacía falta que me lo explicase.

—¡Bien! —Se irguió y dio una palmada. De la tiza se desprendió un poco de polvo blanco—. Ah, no…

Volvió a escribir. Esa cosa hizo un sonido estridente que me hizo apretar los dientes.

—Qué repelús… —Me froté los brazos.

—Da dentera. Pasa cuando se escurre mal. Ahora sí que sí. —Dio dos golpes con ella sobre la pizarra—. Dos horas y media. Ese es el tiempo exacto que necesito para que la mezcla entre en ti, unas dos más para que macere y otra más para la extracción completa.

—No me gusta nada cómo suena eso. ¿Me puedes explicar exactamente qué me vas a hacer?

—Introduciré en tus venas un líquido con unas pequeñas criaturas extractoras de información, expertas en antídotos.

—¿Que me vas a introducir el qué? Ah, no… Ni hablar. —Fui hacia la puerta a grandes zancadas—. Ya lo siento, morís todos por culpa de los elfos. Fin de la historia.

—Málakor, por favor —dijo riéndose—, ¿sabes la de vidas que vas a salvar? Es por el bien común.

Me detuve en seco.

—No menciones al bien común, te lo pido por todos los dioses menos por Damien.

—Entiendo que no me lo pidas por él, yo tampoco lo haría. Anda, vuelve… Que estés aquí es lo mejor que ha podido pasarnos en mucho tiempo. Y no lo digo solo yo, lo ha dicho Anamkha.

—Ah, ¿sí? —Giré sobre mis talones—. Seguro que te lo estás inventando.

—Le tengo mucho respeto a la arquera como para inventarme nada. Es la madre de mi mejor amigo. ¿Tú tienes algún mejor amigo?

—Sí, un bardo, para mi desgracia.

—Míralo por el lado bueno, podría ser peor. Podría ser un mago, como yo. —Levantó las cejas con un gesto gracioso.

—Está bien… —dije riéndome—. Y ya tengo una mejor amiga como tú. Medora Drummond.

—Un nombre precioso. Bastante curioso como para que lo lleve alguien de más allá del océano. No quiero atar hilos, pero los estoy hilando. Seguro que no voy desencaminado, ya lo hablaré con la arquera.

—¿Qué le pasa al nombre de Medora?

—En la vieja lengua de los Méistari significa: «Portadora de la Magia».

«Portadora de la Magia y comandante de un ejército de no muertos», pensé angustiado.

—Hay otra variante del nombre, en común: Medea —agregó al punto.

Recordé cuando llamaba así a Conjuritos, pues había olvidado su nombre. Esa curiosidad me hizo sonreír un poco; sin embargo, no alivió del todo la angustia.

—Ya… —Cogí aire—. Mira, estoy pensando que mejor no me des los detalles. Haz lo que tengas que hacer. No quiero saberlo. Se vive mejor en la ignorancia. Sobre todo cuando tiene que ver con los lameazufres.

—Vale, lo único es que escuece un poco. Túmbate.

—¿Ahí? —Señalé la camilla—. No me pienso tumbar en una mesa de cadáveres.

—La he limpiado antes de que vinieras. ¿Quieres que le ponga una sábana?

Asentí. Hizo el gesto de cubrirla con una. De la nada, apareció sobre ella.

—Ya está. Ya tienes una sábana.

—Mágica.

—Sí, pero una sábana al fin y al cabo.

Rezongando, me tumbé. La mala idea de que aquel lugar pudiera ser mi tumba me acechó, así que me incorporé de golpe.

—Dime algo que mi hermano no pueda saber —demandé, sentado al filo de la mesa.

Ivarix contrajo el rostro, más que extrañado, hasta que dijo:

—Ah, eso. Ya, ya sé. Anamkha me lo contó.

No tienes de qué preocuparte. —Rio suavemente—.

Soy yo, soy Ivarix, aunque si te quedas más tranquilo…

—Elevó la mirada al techo y se tocó la barbilla con un dedo mientras, supongo, pensaba en qué decirme.

Tras bajar la vista hacia mí, vivaracha como su tono de voz, dijo—: Antes del sabio Galiles, se pensaba que los objetos más pesados caían más rápido que los ligeros.

Una pluma cae más despacio que un yunque, ya sabes.

Sin embargo, Galiles demostró que, en ausencia del aire y su resistencia, los objetos caen con idéntica aceleración y tiempo.

Cosa que he comprobado por mí mismo. Las almenas del castillo son testigos de ello.

Mientras yo pestañeaba patitieso, fue hacia la pizarra, con animados andares y señaló a un punto. Allí había escritas unas letras sueltas y algunos símbolos extraños.

—¿Lo ves? Esta es la fórmula. —Su dedo índice repiqueteó sobre lo escrito mientras él decía—: Distancia recorrida es proporcional a una constante multiplicada por el cuadrado del tiempo transcurrido.

Quien frunció entonces el ceño fui yo. La de arrugas que iban a salirme…

—¿Qué opinas? —Puso los brazos en jarra, con gesto contento.

—Em… Está bien saber que la cabeza de un elfo caerá a la misma velocidad que un escupitajo. Y, la verdad, no me imagino a mi hermano diciendo esa… —moví la mano en el aire— esa cosa. Así que, conforme.

—Genial. —Otra palmada—. Concéntrate en mirar al cielo, hace un día muy bonito, ¿no?

—Hace un día estupendo. Hora de ir a echarse una siesta al sol. ¿Quién eres tú?

Eso no lo dije yo, lo dijo el gato, al que vi salir de debajo de los bancos por el rabillo del ojo. Saltó de banco en banco y, de un gran salto, se subió a la mesa conmigo.

—Hola, Rosquillas —saludó el mago, que le rascó sobre la cabeza.

Pequeños pelos negros volaron por todas partes. El michino empezó a olisquearme.

—Huele a ese caldo asqueroso del desayuno.

—Se lamió la nariz—. ¿Quién es? El otro día lo vi con la Maes Ir.

¿Será ese amigo con el que dicen las gatas de la muralla sur que se tiene que casar?

Pandora, la que me tiene loco, lo dice muchísimo.

¡Es tan bonita! A ella le gusta hablar de bodas y meterse por todos los agujeros que ve, es una experta en eso.

Creo que me manda señales, pero yo soy no soy gato de una sola hembra.

Aunque por ella… —Su voz era suave y hablaba muy despacio—.

En cualquier caso, espero que la Maes Ir no se case.

Si se casa, no pasará tanto tiempo con su hermano y no me dará tantos higaditos.

—Un sonoro relamido de su áspera lengua le barrió hasta casi los bigotes—. Qué ricos higaditos.

—Di que sí, prioridades —dije—. Yo también preferiría higaditos, sobre todo encebollados.

El gato levantó la cabeza, sorprendido, y soltó un maullido largo.

—¿Qué maúllas tanto? —preguntó el mago—. ¿Y qué quieres decir con los higaditos, Málakor?

—Es que puedo entenderlo. Es un don.

—Asombroso. Debería estudiártelo.

—No, no deberías. Venga, date brío. Quiero salir de aquí antes de que se haga de noche.

El mago se fue, no sé dónde, pero lo perdí de vista. Su felino, tras observarme unos minutos, caminó al filo de la camilla, pegado a mi cuerpo. Cuando llegó a mi hombro, pasó por encima de mi cara. Su colgante y oscilante barriga me dio en la nariz.

—¿Puedes dejar de hacer eso, Rosquillas?

—¿Me darás comida? —Se puso a olerme tras la oreja.

Su aliento húmedo y sus bigotes me hicieron cosquillas

—Sí, te daré comida cuando salga de aquí.

—Bien, bien… —Dio un ágil salto hasta el suelo—. Búscame en el patio de armas, estaré allí tomando el sol. Y tráeme algo rico, eh, a Pandora y a mí nos gusta el pollito.

—Adiós, Rosquillas —oí decir al mago.

Ivarix regresó junto a la mesa. Me arremangó la blusa y me puso algo frío en ella. Al poco, noté un pinchazo en el brazo. Cuando miré, tenía una aguja clavada en él, unida a un tuvo por el que circulaba una sustancia blanquecina.

—¿Qué demonios…? Creo que me estoy mareando.

—Cuenta hasta diez. Cuenta nubes. No te desmayes.

—¿Que cuente nubes?

—Sí, cuenta nubes. Ayuda a no pensar. Venga.

Centré la mirada en el cielo, pero esa cosa entró en mi cuerpo y me provocó tal escozor y angustia, que ni todas las nubes algodonosas del azul sirvieron para evitar que me marease.

De hecho, acabé vomitando. La respuesta a esa pregunta sobre qué otra cosa podría ser peor en aquella soleada mañana sigmariniense era: esa cosa.

Esa cosa fue mucho peor que todo lo demás.