Málakor 4 CAPÍTULO 81
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CAPÍTULO 81

De perder el apetito

Tras otra noche de sueño escaso, fui a meterme algo al buche en el bullicioso comedor de la guardia.

Por suerte, las noticias sobre la riada seguían siendo las mismas.

Había desperfectos pero ninguna muerte que lamentar.

La buena nueva del nacimiento del niño de Ursa había corrido por la ciudad, pues hasta los guardias lo comentaban.

Me felicitaron y agradecieron por lo que había hecho.

Su chismorreo se cortó de golpe. Levanté la mirada del plato y la clavé en la puerta.

Los guardias se pusieron en pie para saludar al recién llegado.

—El rey en persona —dije—. Si vienes a echarme la bronca por lo de ayer…

—Por supuesto que sí —respondió, serio cual funeral—. Dejadnos solos.

Decir que obedecieron al momento sería un eufemismo.

Casi volaron de allí. Azkena se sentó frente a mí, en una postura relajada.

Un par de galgos que lo seguían se apostaron cerca.

Aunque tenían cara de simpáticos, no me jugaría el pescuezo a que, si lo veían amenazado, no se lanzasen a por mí.

El rey tiró de la jarra de vino que había sobre una bandeja en la mesa, se sirvió en uno de los muchos vasos limpios que estaban junto a ella y lo bebió de un trago.

—No se lo digas a nadie —anotó después.

—Los vicios ocultos de su majestad no son asunto mío.

—Gracias. —Me evaluó con la mirada mientras se frotaba la palma de las manos contra sí.

—¿Estás calentando para darme una bofetada? Mira que tengo la cara muy dura.

—Eso desde luego. —Me señaló con el dedo índice—.

Tienes suerte de que haya aprendido a arreglar los problemas con la diplomacia, porque, de lo contrario, sí, te daría esa bofetada.

Estabas con mi hermana, abrazado a ella, sin camisa, en el ala a de los aposentos reales.

No es algo que se pueda tomar a la ligera.

¿Acaso estáis buscándolo? Lo de que os obliguen a casaros.

—No tenemos nada, aunque aparezca besándola en un cuadro que has pintado, porque tú…

Se puso en pie y me tapó la boca con la mano. Le olía mucho a lavanda. Casi fue como estar con Leyla de nuevo.

—No lo digas en voz alta. Las paredes tienen oídos. —Separó la mano de mí—. Ya sabes que a algunos no les hace gracia tenerme aquí.

—¿Y qué importa una panda de lechuguinos? —bufé, echándome hacia atrás—. Córtales la cabeza, no sé, haz algo muy de rey.

—Eso me convertiría en un tirano, y no quiero ser esa clase de gobernante. —Adoptó la misma postura—. Si mi hermana y tú no tenéis nada, como dices, no deberíais trataros como si lo tuvierais.

—No lo puedo evitar. Me sale cuando estoy con ella. —Levanté las palmas de las manos en un acto de inocencia—. Te juro que no es algo que esté en mi naturaleza. Suelo evitar el contacto físico, pero con ella no puedo. Será porque es la mitad de mi destino.

—Entonces lo mejor es que nos veáis más. Anamkha se irá dentro de una semana.

—No —dije enfadado—. No puedes apartarla de mí así.

—Puedo y lo haré. Si no se va mañana mismo es por una ceremonia a la que ha de asistir.

Entrecerré los ojos, mirándolo furibundo.

—No me mires así, Málakor.

—Te juro que no nos acercaremos más de lo necesario. Estoy aquí, lejos de todo lo que conozco y de todas las personas a las que conozco. La necesito a mi lado.

—No la necesitas para respirar, que es lo que te mantiene vivo, todo lo demás podrás hacerlo con otras personas. Si tienes preguntas me las haces a mí, a Altaxio o a Khabyr. Es eso o…

Di un golpe con el puño en la mesa y me levanté.

—No he cruzado un maldito océano para no poder estar con ella.

—Cuando viniste, no sabías que estabas cruzando, realmente, un maldito océano —soltó Azkena en total calma—. Ni siquiera podemos estar seguros de que haya un maldito océano.

No se movió un ápice. No me temía a mí ni a mis reacciones. De eso no me cupo duda. Sin embargo, sus perros ladraron, más que dispuestos a saltar. Él les hizo un gesto calmado; los canes se mantuvieron alerta, aunque dejaron de ladrar.

—No soy ninguna amenaza, solo estoy enfadado —les dije, pero me ignoraron. Volví la atención al rey; apoyé la palma de las manos en la mesa y me incliné para mirarlo de frente—. Me has entendido. No puedo estar aquí sin ella.

—Pues tendrás que hacerlo. O esta ruptura flagrante del decoro y las tradiciones nos costará muy cara. Ya no sé qué más excusas poner. La gente de Sigmarina es muy recta. Siéntate —señaló el banco—, por favor.

Soltando un gruñido, le hice caso. Reptó un silencio por la estancia, que él rompió llenándose otro vaso de vino. Dio un pequeño trago, sin apartar la mirada de mí.

—¿Qué sabes de ese asunto de Medora y el dragón? —pregunté.

—No más de lo que mi hermana me ha dicho que te dijo y de lo que viste en el cuadro.

Iba a insistir; sin embargo, vi en su gesto que no mentía.

—¿Y sobre esa pintura en la que aparezco con tu hermana en Rádamo?

—Tampoco sé más que lo que pinté. Estabais allí, juntos, simplemente. —Se encogió de hombros—. ¿Vas a preguntarme por todos los cuadros de la sala?

—No, porque no me dio tiempo a verlos todos, aunque sí voy a hacerte una pregunta más: ¿Y qué sabes sobre ese en el que beso a tu hermana? —solté—. ¿Qué le dije

—No es que mis labios estén sellados. Es que el uno y el otro son como las profundidades de la tierra y los picos de una montaña. Una misma cosa.

—Hay túneles.

—Nimiedades.

Gruñí de nuevo, largamente. Miré a todos lados, antes de hablar: seguíamos estando solos.

—¿Tus sueños… siempre se cumplen?

—Rara vez no lo hacen, y, si no, es que cambian su forma o que no sé interpretarlos bien. ¿Sabes qué más he soñado, Málakor? —Inclinó el cuerpo hacia mí; su mirada me atravesó cual estaca—. He soñado que mi hermana y tú os casabais, aquí en Sigmarina.

Sentí calor en el vientre. Profundo y ardoroso como el sol de mediodía de un verano abrasador. Tragué saliva y me removí en el asiento. No me incomodaron tanto sus palabras como su tono de rechazo y su gesto.

—Supongo que habrá sido una pesadilla para ti.

—No realmente. Que mi hermana se case sería un alivio. Una carga menos que soportar.

—¿Entonces por qué lo dices de ese modo? ¿El problema es que se casa conmigo? Sinceramente, no deberías preocuparte. No he venido aquí para hacerla mi esposa ni nada de eso. Solo somos muy buenos amigos.

—Nunca he visto a unos amigos abrazarse ni acercarse tanto como lo hacéis vosotros.

Ni tampoco mirarse como vosotros os miráis.

—Levantó ambas cejas, como quien lanza una carta ganadora sobre la mesa—.

Espero que no hayas dejado a ninguna dama suspirando por ti en Luara, o encontrará que tus sentimientos están ya en otra parte.

Pero en fin… No, el problema no eres tú.

—Esbozó media sonrisa misteriosa y se retrepó.

Tras cruzar los brazos, y lanzarme otra profunda mirada, entrecerrada esa vez, en la que el azabache y el blanco de sus pestañas casi devoró al verde de sus ojos, dijo—: Tú serías un buen marido para ella.

La cuestión está en que no quiero que nadie la obligue a hacer algo que ella no desea.

Si Anamkha me dijera que quiere ser tu esposa, consentiría al momento esa unión.

—¿También tienes que darle tu permiso? —resoplé.

—Somos de Erisias, Málakor, allí es tradición que los familiares den su permiso, al menos simbólicamente.

Ninguna mujer de mi tierra se casaría con alguien que supusiera el descontento de los suyos.

Es una cuestión de respeto hacia la propia sangre, hacia el linaje y la familia.

¿Acaso no sentís respeto por esas cosas allá de dónde vienes?

—Depende de dónde —respondí sin más.

El rey cabeceó lentamente.

—¿Entiendes por qué quiero que se marche? Ha tenido que hacer muchas cosas en su vida en pos de la obligación, aún las hace, pero esta es demasiado importante como para jugar con ella así. El día en que Anamkha se despose, será porque ella así lo quiera y con quien ella desee.

Luché conmigo mismo; contra mis deseos, mis pensamientos, mis preceptos y mis necesidades. Luché con todas mis fuerzas para poder decir:

—Está bien. ¿Podré al menos despedirme de ella?

—Sería cruel no dejar que os deis un abrazo de despedida.

—Ya es cruel lo que estás haciendo ahora, una cosa más…

—Málakor… —suspiró—, no lo hago porque quiera.

Lo hago porque son las normas del sitio que gobierno.

Las leyes y las tradiciones mantienen Sigmarina en funcionamiento.

Como engranajes de un reloj bien engrasados.

Nadie puede permitirse romperlas; ni mucho menos, la familia real.

Hemos de dar ejemplo. Así que, perdóname. De corazón, no es mi voluntad.

—Eres el rey…

—Precisamente porque soy el rey. —Me miró con franqueza—. Termínate el desayuno, has de ver a Ivarix para el asunto del antídoto en tu sangre. Le ha llevado un tiempo prepararlo todo, pero ya lo tiene listo. Los guardias te indicarán donde está.

Al fin iba a conocer a ese mago del que tanto había oído hablar en esos meses pero que jamás había visto.

—Muy bien, Su Majestad —dije enervado.

A pesar de mi tono, Azkena me sonrió. Vi a Anamkha en esa sonrisa, lo que hizo que se me calentaran más las venas por el enfado.

Él se marchó, y estuve mareando el caldo, sin llegar a comer más de dos cucharadas.

Cogí el plato y lo dejé en el montón de la vajilla sucia.

Se me había quitado el apetito, lo que era alarmante.

Encima, tenía que ver a un maldito lameazufres.

¿Qué otra cosa podría ser peor en aquella soleada mañana sigmariniense?