Málakor 4 CAPÍTULO 80
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CAPÍTULO 80

De lo que guardan los cuadros

La sala estaba abarrotada de cuadros, o al menos aparentemente, pues se hallaban todos tapados con sábanas blancas.

Sobre algunas de ellas caían capas de polvo; otras estaban más limpias, señal de que habían sido pintados no hacía tanto.

En el aire flotaba el olor a óleo y lienzo.

A las flores de varios jarrones dispuestos aquí y allá; a la madera de los caballetes, algunos vacíos.

Anamkha dejó el candelabro sobre una cómoda en la que reposaban un montón de libros.

Todo brillaba bajo el fulgor de las anaranjadas llamas.

En el centro de la sala se hallaba un caballete, con un lienzo en el que había algo a medio dibujar.

Solo eran unos trazos hechos a carbón sobre él.

Pero reconocí aquello, porque lo había vivido.

Éramos Anamkha yo sentados al borde del acantilado, el día en que compartimos la manzana.

—¿Él nos vio antes de que sucediese?

—Sí —contestó ella.

—¿Por eso estabas allí?

—Ya te dije que fue por lo de los naufragios, no eres el centro del mundo. —Aunque había claudicado en llevarme allí, aún se la notaba molesta por tener que hacerlo.

—No me gruñas, pelirroja. ¿Dónde están esos cuadros? —pregunté, parados los dos a unos pasos de aquel caballete.

Señaló con la cabeza a una esquina de la habitación. Había varios de ellos, todos tapados. Algunos encima de otros; otros colgados en la pared; unos cuantos sobre caballetes.

—¿Y cuáles son? Porque no querrás que los vea todos.

—No —dijo, y caminó hacia ellos—, pero, conociéndote, igual haces lo que te da la gana.

—Eso ha sido una flecha bien tirada.

Me miró brevemente y levantó las cejas. Cogió uno de los lienzos y lo colocó en un caballete vacío. Luego llenó los pulmones de aire y, tras soltarlo, descubrió el lienzo. Abrí mucho los ojos, por la sorpresa y las ganas de verlo.

—Eso es Rádamo. Medora, tú y yo en Rádamo. —Puse la mirada en ella. Se había cruzado de brazos y tenía en el semblante una expresión ausente—. ¿Qué hacemos ahí los tres?

—Eso no lo sé. ¿De verdad ha heredado los dones de Andric? —Le tembló la voz.

—Sí, pero no sabe qué hacer con ellos. Aunque es posible que en Rádamo aprenda…, esté aprendiendo, mejor dicho. Tékim dijo que le enseñaría.

—¿Ese dios se ha vuelto loco? —soltó furiosa—. ¿Es que no sabe lo que pasará si lo hace?

—¿Lo que pasará? —Me acerqué más a ella, empujado por los nervios.

Anamkha corrió hasta otra esquina y destapó de golpe un cuadro, casi con rabia.

—Esto pasará.

Allí estaba la maga, subida a un dragón negro, con los ojos entre el púrpura y el verde y una densa energía a su alrededor. Tras ella había un ejército de no muertos. Inequívocamente, ella los comandaba.

—¿Qué…?, ¿qué quiere decir eso? No…, no puede ser.

—Tu amiga es el resultado de una unión que, aunque deseada, no debió darse. Pero no hubo más remedio que hacerlo para evitar otras cosas. Por eso su padre se la llevó lejos, a tu mundo. Por eso y para salvarla de las garras del Mal.

—¿Quieres decir que la llegada de Andric a Luara fue intencionada?

—Pensaba que lejos de Hérenthor sus dones no se desarrollarían. Había sabido que en otros continentes la magia no tenía tanta presencia, y ahora me dices que el mismísimo Tékim quiere ayudarla a hacerlo. Y, por todos los dioses, no comprendo por qué.

—Quizá es que eso —señalé al cuadro— podría evitarse, quizá es que es mejor que ella aprenda a que no lo haga, porque obtendremos más beneficio que perjuicio.

—¿Beneficio? —Rio incrédula—. Dirige a un ejército oscuro.

Grarnass tomará el control sobre ella. Eso es lo que pasará.

Y estaremos perdidos. ¿Recuerdas lo que él quiso hacerle a Araleen?

Tornar el Bien en Mal. La Luz en Oscuridad.

Pues hará algo parecido con ella. Tornará los dones de los Méistari, nacidos para luchar contra la Oscuridad, en todo lo contrario.

Un hondo temor me agarró las entrañas y la columna con las manos y tiró de ellas como si fuera arrancármelas. Sentí ganas de vomitar ante el inminente peligro.

—Tengo que volver a Rádamo. Tengo que hacerlo. —Instintivamente, me llevé la mano al colgante. Solo quería irme, advertirles de lo que estaba por llegar; sin embargo, no sucedió nada—. ¿Por qué no me dijiste esto, Anamkha? —reprendí fuera de mí.

—Mi hermano acabó de pintarlo ayer.

—No es verdad, has dicho que Andric se llevó a Medora para evitar…

—No sabíamos que era esto exactamente lo que pasaría. Te juro que la visión de mi hermano es reciente. Estaba pensando en cómo decírtelo sin decírtelo, porque no podemos hablar de Andric.

—Estoy harto de lo que no podemos hacer. Tékim está haciendo lo que le da la gana, y tengo la impresión de que Azani me ha abandonado aquí a mi suerte. ¿Por qué no viene? —Apreté los dientes—. Quiero hablar con ella.

—Ya te dije que es posible que su tío no la deje. En cuestiones de poder y obediencia, Yssal siempre le obedecerá.

—¡¡Cuando me eche a ese mago rojo a la cara, le voy a retorcer los…!!

Anamkha puso un dedo en mis labios, lo que me cogió por sorpresa.

—Estás alzando mucho la voz.

—Si quieres me lo tomo a la ligera, no me altero. Hasta me pongo a celebrarlo.

—No es cuestión de eso, pero como nos pillen aquí, ya sabes lo que pasará. Baja la voz.

—Quizá tendríamos que hacer eso. Casarnos, fugarnos a alguna parte y que nadie sepa más de nosotros. No hace falta que hagamos cosas de marido y mujer. Solo que busquemos un rincón del mundo donde beber cerveza y jugar a los dardos.

Ella sonrió con cariño.

—La guerra llegaría a ese rincón.

—Pero nos pillaría borrachos.

Anamkha suspiró largamente, meneando la cabeza. Luego se frotó los brazos.

—¿Tienes frío? —pregunté mirándola con atención.

—Tengo frío, angustia… y mucha preocupación.

Irremediablemente, la abracé. Estaba tan helada que noté el frío de su piel en la mía. Me separé de ella un poco y me quité la blusa para ponérsela sobre los hombros.

—Estás loco —dijo, en tanto que volvía a cobijarla en mis brazos—. Te helarás.

—He andado desnudo por Paltia, en mitad de la nieve.

—No sé si quiero saber por qué.

—Brianna… y sus cosas.

—Debes de echarla mucho de menos. Hablas a menudo de ella. ¿Qué le pasó?

—Azskar la mató.

Anamkha separó la mejilla de mi pecho y me miró horrorizada.

—También quiso matar a Leyla y quiere matarte a ti —agregué—. A veces pienso que todas las personas que están cerca de mí, corren el riesgo de morir por mi culpa.

—No lo es, por muchos motivos. —Me tomó el rostro entre las manos, mirándome muy seria—. La culpa de una muerte solo es de quien la procura.

—Eso me dijo alguien una vez.

—Y tenía razón. En segundo lugar, nosotros elegimos estar contigo.

—Estar conmigo no fue una elección para ti. Está escrito en el destino. Eres, literalmente, la mitad del mío. Aunque aún no sepa ni por qué.

—Si te hubiera conocido de otro modo, habría elegido estar contigo igualmente, aunque no fueras parte de mi destino. ¿Has olvidado lo que mi hermano dijo? Eso de elegir…

—¿Por qué, Anamkha? ¿Por qué elegirías estar conmigo, aun sabiendo cuánto sabes sobre mí?

—No…

—No me digas que no puedes decírmelo —interrumpí.

—No iba a decirte eso.

Mi curiosidad se volvió imperante.

—¿Y qué ibas a decirme entonces?

—Que no lo sé.

—Ah, vaya, esa respuesta hasta me parece peor que la otra.

Soltó una risa con los labios cerrados.

—¿No te contentas con nada?

—No cuando se trata de decirme la verdad.

—Te he dicho la verdad, Málakor. No lo sé, pero… lo siento en el corazón. Quiero estar a tu lado.

Sus palabras me despertaron una sonrisa.

—Eso ya me gusta más.

Nos miramos en silencio, no sé cuánto tiempo. Ella entró en calor, lo que me hizo feliz.

—Tú estabas también en ese cuadro, Anamkha, ¿quiere decir que, cuando regrese a Ítaro, vendrás conmigo?

—No sé cómo llegaré, pero no así. No es posible trasladar por ese medio la energía de ambos. Somos dos seres adultos, cargados de mucha energía. La poción fallaría.

—Así es como llegó Andric con Medora, ¿no? Era él quien estaba con tu hermano cuando mencionó «estábamos con ya sabes quién». —Cuando asintió, anoté algo escamado—: Sin embargo, cuando mencioné Luara, dijiste que no lo conocías.

—Él no nos dijo el nombre, porque era un secreto de su linaje que no podía compartir. No sé qué pasó para que tuviera que quedarse allí…, ¿tú lo sabes? —preguntó temerosa.

—Murió. Medora me lo dijo. De unas fiebres.

—¿Unas fiebres mataron a Andric? Eso sí que no me lo creo… —Chasqueó la lengua.

—Es lo que ella me dijo, y parecía hablar en serio. Así que, créetelo.

Resopló agobiada.

—Deja de resoplar así, que me despeinas —bromeé, a ver si se reía, pero no salió bien, porque volvió a resoplar—. ¿Quieres que te diga que todo irá bien?

—Por favor.

—Pues todo irá bien, pelirroja. Y si no…, ya sabes, no sé qué de las cenizas de su destrucción. Ahora, enséñame el otro cuadro.

Negó con la cabeza.

—Creo que ya hemos tenido suficiente por hoy.

Hizo el amago de separarse de mí; pero la atrapé entre mis brazos y la llevé hasta la zona que había señalado antes. A pesar de que otro resoplido se le escapó de los labios, destapó el cuadro.

Ver aquello fue como llevarme una bofetada en la cara por una mano invisible del tamaño de la catedral de Sigmarina.

Había visto ese paisaje de árboles rojos antes, ese castillo en la lejanía.

Lo vi en el mundo entre los mundos. En ese cuadro, ante ese paisaje, ante ese castillo, estábamos ella y yo.

La tomaba de la mano. Anamkha tenía la Espada Esmeralda en la otra.

Yo sujetaba una en mi mano izquierda, que, aunque no idéntica, brillaba tanto como la de ella.

—¿Dos Espadas Esmeralda?

—Te dije que no tenías que hacerme preguntas.

—Estás loca si piensas que no voy a inquirirte sobre esto y, lo que es más, por eso otro. —Señalé el cuadro—. ¿Qué demonios hago besándote? Y no en el cuello precisamente.

—No lo sé.

—¿Pero lo sientes en el corazón?

—No te burles.

Se dio la vuelta para mirarme. Tenía los ojos un poco vidriosos. Nostálgicos. Volví la mía al cuadro, sin saber qué pensar ni qué más decir. Sea como fuere, mis labios estaban en los suyos y parecíamos felices por ello.

—Quizá te estaba salvando la vida otra vez —dije con el afán de rebajar la tensión.

Ella soltó una carcajada que amortiguó con su mano.

—Quizá —dijo después.

—Anamkha, ¿por qué hay dos espadas esmeralda?

—No son dos espadas, son dos partes de una, porque somos dos quienes hemos de portarlas.

—Dos partes de la misma cosa…, de acuerdo, pero seguro que la respuesta no es tan simple.

—Es la que puedo darte, porque es la única que conozco. Azani así lo ha decidido.

Tras suspirar, cansado de tantos misterios, lancé otra cuestión al aire:

—¿Esto es lo que te daba tanto miedo que viera? ¿El beso?

—Es mucho peor lo que dijiste en el sueño.

—¿Mucho peor? ¿Qué te dije? —Adiviné su intención de marcharse, así que la tomé de la cintura y la pegué a mí—. Somos adultos responsables y hablaremos de esto. Deja de huir de mí. Es más, deja de huir, en general. ¿Qué te dije?

—«Recuperaré Erisias a tu lado, aunque sea lo último que haga».

—No, lo que viene después.

Escuché el clic de la puerta. Los dos miramos hacia allí.

—Mierda… —solté.

Azkena nos miraba, de brazos cruzados, parado en el umbral. Su hermana se apartó de mí al momento.

—No es lo que parece —dijo ella—. Tenía frío y…

—¡No quiero escuchar vuestras excusas! —Se frotó la frente, al tiempo en que su hermana soltaba un suspiro cansado—. Estoy agotado. —Señaló hacia la puerta—. Largo, los dos.

—Oye, Azkena, no le vuelvas a gritar a tu hermana —dije molesto.

—Mira, Málakor, estoy consintiendo muchas cosas, demasiadas, pero esto no pienso tolerarlo. Así que no me enfades más, porque te recuerdo que…

—Que eres el rey, sí, y que aquí se hace tu voluntad.

—No iba a decirte eso —replicó ceñudo.

—¿No? —Mi ceño también se contrajo—. Pensé que me ibas a largar un maldito discurso sobre tu autoridad.

—¿Quieres que te largue un maldito discurso sobre mi autoridad? —Se cruzó de brazos—. Porque nos daría para toda la noche.

—No, quiero que me digas por qué no me has hablado antes de esto. —Señalé a mi alrededor—. Y por qué no quieres escuchar las explicaciones de tu hermana sobre lo que ha pasado aquí.

—Porque ya las sé. He soñado con ellas. ¿Por qué te crees que estoy aquí? He encontrado unos minutos para descansar, unos minutos, y me ha sacudido esta visión. Aunque la parte en la que estás sin camisa es nueva. —Carraspeó.

Su hermana me la tendió y yo me la puse mientras rezongaba.

—Anamkha tenía frío. Solo estaba cuidando de ella.

—¿Y si alguien llega a veros? Uno de mis guardias, no sé. —Suspiró, y puso la mirada en la pelirroja. Ella se frotaba los brazos, más por incomodidad que por frío, me dio la impresión—. Anamkha, dijiste que no le dirías nada hasta que no…

Ella soltó el aire entre los dientes; un siseo exasperado y firme que hizo callar a su hermano.

—Estoy cansada de esperar y de guardar secretos. Cansada, Azkena. Cualquier día empezaré a hablar y no pararé. ¡Te juro que no pararé! ¡Aunque los dioses me castiguen por ello, hablaré hasta quedarme sin voz!

Sin decir más, dejó la estancia, a toda prisa, por aquel corredor secreto.

Me quedé mirando hacia allí, con los labios apretados, sin saber qué decir.

Llevé luego la mirada al rey, que buscó la mía.

Su verde y mi azul se dieron la mano, o quizá un puñetazo, porque había cierta hostilidad en esa mirada.

El silencio entre nosotros se hizo insoportablemente pesado.

—Si te llegan a ver a solas, con ella, abrazándola casi sin ropa, mañana estarías de cabeza al altar —dijo.

—Tu hermana está sufriendo —solté con disgusto—, ¿y eso es lo que te preocupa? ¿Que la haya abrazado así?

—Sé bien lo que sufre, llevo años siendo testigo de su sufrimiento, así que no vengas a hablarme de él como si me fuera ajeno.

—Se llevó la mano al pecho—. Lo siento más dentro de mí que la sangre de mis venas, esa que compartimos.

Por eso no quiero añadir más sufrimiento al que ya padece arrojándola por obligación a cumplir con las malditas tradiciones de Sigmarina. ¿Lo entiendes?

Tomé aire hondamente; luego, un poco más. Lo solté despacio, desinflándome también de impotencia y disgusto.

—Lo entiendo, sí.

—Muy bien. Vámonos a dormir —soltó tras asentir—. Hablaremos mañana.

No quise tensar más la cuerda; hacerlo habría derivado en una discusión con el hermano de la mitad de mi destino y, por ende, en otro disgusto más para ella, así que asentí.

Dejamos a la par la estancia, a toda prisa, cada uno en dirección a sus aposentos.

Ninguno dijo nada más en la despedida, a pesar de que quedaba mucho por decir.