Málakor 4 CAPÍTULO 79
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CAPÍTULO 79

De un trato deferencial

Anamkha pareció derrotada. Se llevó la mano al vientre como si le hubiera impactado una flecha. Palideció de golpe. Tuve miedo de que se desplomase, por la impresión de mis palabras o por el cansancio acumulado, así que la sostuve entre mis brazos.

—No… no puede ser —musitó.

—¿Qué es lo que no puede ser? Te digo la verdad.

—No estoy diciendo que mientas —apoyó la mejilla en mi pecho—, pero… espero que estés mintiendo. Que solo sea una equivocación.

—No te estoy entendiendo, Anamkha. —La separé un poco de mí, para mirarla a los ojos—. ¿Por qué deseas que esté equivocado?

—Es una historia complicada.

—Creo que esta noche podemos permitirnos hablar de todas las historias complicadas que nos dé la maldita gana.

—Pero ¿estás seguro de que es ella?

—Tiene esas marcas de las que me hablaste.

Dijo que su padre se llamaba Andric, y han pasado muchas cosas extrañas con ella.

—Le hablé del propagador. Los ojos se le turbaron aún más por la preocupación—.

El mismísimo príncipe de los dragones dijo que ella era una Méistari.

Si dudas de mi palabra, déjame ver el cuadro en el que está Andric y te diré si guardan algún parecido.

—Zofi te ha hablado de los cuadros —dijo con fastidio.

—Sí, me ha hablado de ellos. De esa habitación donde tu hermano los guarda.

—Un error tremendo que se colase en ella. Suerte que solo es una niña y que los niños a veces cuentan cosas asombrosas. En esa sala hay… cosas delicadas.

—¿Qué cosas?

Se mordió el labio inferior y esquivó mi inquisitiva mirada.

—Qué cosas, Anamkha —insistí.

—Mi hermano empezó a pintar sus visiones para no olvidarlas.

Las que tuvo en el pasado y las que tiene en el presente.

Es un don que heredó de nuestra madre, y eso es lo que guarda esa sala.

Para todos los demás, son solo cuadros de nuestras viejas hazañas reales o de otras que algún bardo ha inventado sobre nosotros.

La realidad es que muchos considerarían a esos sueños suyos Ynsheran, y ya sabes lo delicado que es ese asunto.

—Creo que debería verlas. Por favor, déjame ver al menos la de Andric y esa de la que me hablaste, esa en la que estamos tú y yo en Erisias.

—No, podrían condicionarte. Hacerte tomar decisiones solo para llegar a ellas. Aunque forman parte del destino, has de tener el poder de elegir, de cambiarlo si es menester.

—Creo que estás tergiversando las cosas para que solo jueguen a tu favor —dije con sumo disgusto—.

Me dijiste que lo de ayudarte a recuperar Erisias estaba en el destino, que debía encontrar la manera de llegar a Hérenthor.

Ahora me dices que no puedo ver eso porque me condicionaría.

No sé, pelirroja, pero creo que me estás tomando por tonto.

—No te tomo por tonto —replicó molesta—. Es verdad que está escrito que recuperaremos juntos Erisias, es algo que tú mismo dijiste, igual que lo del Olvido. Pero es mejor que no lo veas. Así que no me lo pidas más.

Se alejó de mí, hasta situarse en el ventanal.

Me dio la espalda y se frotó los hombros.

El cabello le caía sobre uno de ellos hacia adelante, haciendo una curva que dejaba ver parte de su cuello.

La silueta de su cuerpo se marcó al trasluz de la ventana.

La redondez de sus hombros, la curva de su cintura.

Eso, inesperadamente, me secó la garganta.

Carraspeé y sacudí la cabeza. Me acerqué a ella, hasta quedarme a un paso.

—No sé qué hay en esa visión que te da tanto miedo decirme. Ni qué hay en la de Andric para que tampoco quieras que la vea. Sea como sea, este asunto empieza a enfadarme.

—Me da igual lo mucho que te enfades.

—Será porque no me has visto enfadado.

Giró la cabeza un poco sobre el hombro y dijo:

—Ni tú a mí tampoco, pero me verás enfadada si sigues así. —Regresó la vista al ventanal—. Azani no quiere que hablemos de Andric.

—Me da igual. No está aquí para ver lo que hacemos.

Ni ella ni nadie, así que podríamos hacer lo que nos diera la gana y nadie se enteraría.

Quiero que me mires a los ojos y me des de una vez una excusa convincente con respecto a por qué no puedo ver esos cuadros.

Más allá de lo que Azani quiera o del miedo que tengas a que pueda ver algo que complique las cosas o condicione mis decisiones.

Quiero verlos —dije con firmeza—, no te lo pediré más. Iré a hacerlo, quieras o no.

La oí respirar pesadamente. No pude evitar aproximarme, pues todo mi cuerpo se volvía pura angustia cuando la veía pasarlo mal y solo me salía consolarla.

Apreté los puños, con el afán de contenerme.

Sin embargo, no pude. Puse las yemas de los dedos de la mano derecha en la curva de su cuello.

Los bajé despacio, por su brazo, hasta rozarle la mano.

La suya tembló un instante. Pensé que se apartaría, pero no lo hizo.

—Deberías irte a dormir —dijo.

—No quiero dormir.

Se giró, de una sola vez, y levantó el rostro para mirarme.

—Eres tan cabezota —soltó con fastidio.

—¿Y tú? —repliqué de igual modo—. Si esto fuera un concurso de cabezotas, no sé quién de los dos ganaría. Llévame a ver los malditos cuadros.

Mi mirada penetró tanto en la suya que debí de abrumarla, pues apartó el rostro y los ojos de mí.

—Anamkha… —la tomé de la barbilla con dos dedos, para hacer que me mirase—, llévame a ver los cuadros, maldita seas.

—Si no me sueltas, te atizo.

—No pienso soltarte. Jamás. Aunque me atices. —Llevé la otra mano a su cintura y la acerqué a mí. El corazón se me aceleró—. Pero déjame decirte que pegarle a la mitad de tu destino es una cosa muy fea.

La expresión de su rostro cambió un poco, como si fuera a reírse.

—¿Siempre eres así?

—Depende de la persona con la que esté. Contigo tengo un trato deferencial.

—¿Agarrarme así es una muestra de respeto y cortesía para ti?

—Por lo menos no te estoy besando en el cuello.

—¿Es que quieres morir esta noche?

—No serías capaz de matarme. —La pegué más a mí. Ella puso las manos en mi pecho, mas no hizo presión contra él para apartarme, solo las posó con suavidad—. No porque no puedas, sino porque no quieres.

Estrechó la mirada.

—No me pongas a prueba, Málakor.

—Puedo ponerte de muchas formas distintas, pelirroja. —Esbocé media sonrisa. Ella contuvo la suya—. A prueba es una de ellas, sí.

Anamkha tomó aire y lo retuvo. No supe si estaba pensando en matarme o en… a saber qué, porque los ojos le brillaron de un modo distinto.

—Eres un fastidio —dijo tras soltarlo entre las infladas mejillas.

—Lo sé, princesa.

—Cuando te pones así, no te soporto, ¿sabes?

—Pues a mí me parece que, cuando me pongo así, es cuando más te gusto.

—Para que me gustases más, primero tendrías que gustarme en algo. —Se escurrió de mi agarre y echó a andar hacia la salida secreta. Como de costumbre, igual que si la persiguieran.

Solté una carcajada.

—No te tenía por una mentirosa, Anamkha.

Fui tras ella, aprisa, y me paré a su lado ante ese cuadro de la oveja. En tanto que la puerta se abría, dije:

—¿A dónde vamos?

—A las mazmorras. Para encerrarte en ellas de por vida.

—Muy bien, pero solo si te encierras conmigo. Así puedo fastidiarte siempre que quiera y tú puedes seguir mintiéndome y diciéndome que no te gusto ni un poco.

Le di un amistoso codazo. Giró la cabeza para mirarme; una risa contenida llenaba su expresión. La dejó salir, finalmente, acompañada de un resoplido.

—¿Vas a llevarme a ver los cuadros? —le dije entonces—. Por eso has abierto la puerta.

—No lo sé, Málakor. Aún no lo sé.

—¿Y si dejas la decisión en manos del azar?

Su ceño se frunció.

—Tira ese dado que llevas contigo. El que tiraste en Irasis. Deja que él decida.

La pelirroja agachó la mirada, pensativa, y terminó por asentir.

—¿Par o impar? —preguntó.

—Par.

Sacó el dado, jugueteó con él entre los dedos y luego lo lanzó a la oscuridad del corredor que se abría entre nosotros.

Repiqueteó en el suelo hasta que se hizo el silencio.

Ella cogió un candelabro de sus aposentos y entramos a comprobar qué había salido.

El naranja de las velas se comió a la oscuridad y nos mostró el resultado.

—Es par —dijo, con un atisbo de disgusto—. Voy a llevarte a ver esos dichosos cuadros, pero no quiero que me digas una sola palabra al respecto. Ni pregunta alguna. Veas lo que veas.

Asentí, con la emoción por lo desconocido y por las respuestas que se abrían ante mí vibrándome en el pecho.